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Fetichismo, Infidelidad, Sexo con Madur@s

Una abuela y su promesa de graduación

Una abuela de 65 años quiere finalizar sus estudios, pero deberá hacer algo más si desea su objetivo.
El aire en mi oficina olía a polvo de tiza y desesperación. Clara, de sesenta años, con el cabello entrecano recogido en un moño tenso y sus ojos, normalmente llenos de una determinación férrea, ahora inundados de lágrimas, tenía las manos temblorosas sobre mi escritorio. Los resultados de los exámenes finales de Contabilidad Intermedia estaban impresos en la hoja que separaba nuestros mundos.

«Reprobé dos, profesor», dijo, su voz un hilo quebrado. «Sólo aprobé tres. No puedo… no puedo fallarles otra vez. A mis nietos, mis hijos, a mi marido… les prometí que esta vez lo lograría.»

Yo observaba la situación con una mezcla de profesionalismo y una punzada de lástima. Clara era una de mis alumnas más dedicadas, siempre en primera fila, tomando notas meticulosas con su pluma fuente. Su sueño de obtener su título a esta edad era admirable, un testimonio de resiliencia.

«Clara, hay un proceso de recuperación. Puedes presentar los exámenes en el periodo extraordinario, con un poco más de estudio…» comencé a explicar, pero ella me interrumpió.

«No hay tiempo. No hay dinero para otro semestre. Por favor», suplicó, y en un movimiento que congeló el tiempo, se arrodilló al lado de mi silla. Su perfume suave, a lavanda y papel viejo, se mezcló con el aire cargado. «Haré lo que sea. *Lo que sea*, ¿me entiende?»

Antes de que pudiera reaccionar, protestar o levantarme, su mano, fría y de venas marcadas, aterrizó con una certeza aterradora sobre mi pantalón, en mi entrepierna. Sentí un shock eléctrico de incredulidad.

«Clara, ¡deténgase!» Mi voz sonó más débil de lo que pretendía.

«Usted no entiende», murmuró, sus dedos comenzando a ejercer una presión firme, explorando la forma que crecía involuntariamente bajo la tela. «Esta es mi última oportunidad. Déjeme… déjeme ayudarle a sentirse bien. Y usted me ayudará a mí.»

La racionalidad y la ética profesional gritaban en mi mente, pero fueron ahogadas por una ola de lujuria pura y abrumadora, provocada por la audacia prohibida del acto. El contraste entre su apariencia de abuela respetable y la determinación lasciva de sus manos era vertiginoso. Con un gemido que era mitad protesta, mitad rendición, me recosté en mi silla.

Ella, tomando eso como consentimiento, desabrochó mi pantalón con una destreza sorprendente. Su mirada estaba fija en la mía, desafiante, suplicante, victoriosa. Cuando su boca, esos labios que solo había visto articular preguntas sobre balances generales, me envolvió, cerré los ojos. La sensación era húmeda, cálida, experta. No era el acto torpe de una novata. Movía su cabeza con un ritmo pausado y deliberado, sus manos agarrando mis muslos. El sonido era obsceno en el silencio de la oficina, solo roto por el tic-tac del reloj de pared y nuestros jadeos entrecortados. La excitación se acumuló en mi base con una velocidad alarmante. Le avisé con un gruñido, intentando apartarla, pero ella solo se hundió más profundo, y con unas pocas succiones más intensas, me hizo estallar en su boca. Tragó sin vacilar, limpiándose los labios con el dorso de la mano después, una mirada de triunfo sombrío en sus ojos.

«Ahora», dijo, su voz ronca, mientras se ponía de pie y comenzaba a desabrochar su propia falda plisada. «Ahora, usted a mí.»

La lujuria, ahora mezclada con una deuda tácita y un morbo insondable, tomó el control total. La ayudé a subirse al borde de mi pesado escritorio de roble, apartando carpetas y un portaminas. Se recostó, sus pantimedias beige ya bajadas hasta los tobillos. Me arrodillé entre sus piernas. El olor era íntimo, maduro, femenino. Usé mi lengua y mis dedos con una dedicación que no era fingida, encontrando su clítoris ya hinchado y sus labios húmedos. Ella arqueó la espalda, ahogando un grito en su puño, sus muslos temblando a los lados de mi cabeza. «Sí, así… profesor, así», jadeaba.

Cuando estuvo lubricada y jadeante, me puse de pie y la penetré en una embestida profunda. El misionero era extrañamente íntimo; podía ver cada arruga de su rostro contraído por el placer, cada hebra de cabello suelto de su moño. Gemía con cada embestida, sus uñas clavándose en mis brazos. Luego, casi por instinto mutuo, ella se dio la vuelta, apoyándose en sus codos sobre el escritorio, su espalda arqueada, ofreciéndome su trasero maduro. La penetré desde atrás—la posición «de perrito»—con mayor fuerza. El sonido de nuestros cuerpos chocando, de su piel palmeándose contra la mía, llenó la habitación. Ya no era el profesor y la alumna; éramos dos animales copulando sobre un altar de papeles y promesas rotas. Con un rugido gutural, eyaculé profundamente dentro de ella, sintiendo cómo sus contracciones internas extraían cada última gota de mi rendición.

Nos separamos, jadeantes, vestidos en silencio. No intercambiamos palabras. Ella recogió su bolso, sus movimientos de nuevo los de una señora mayor. En la puerta, se detuvo. «Los documentos de la recuperación… estarán en mi buzón mañana, ¿verdad?»

Asentí, incapaz de hablar.

Esa fue la primera vez. No fue la última.

Clara aprobó sus exámenes de recuperación. Brillantemente. Y una dinámica perversa se estableció. Cada vez que un examen importante se acercaba, o un proyecto crucial, recibía una visita en mi oficina después del horario de clases. A veces era rápida, contra la puerta cerrada. Otras veces, más lenta, en el sofá desgastado de la sala de profesores. Ella era ávida, agradecida en su manera retorcida, y yo era un adicto a la transgresión que representaba.

La mayor transgresión llegó un martes por la tarde. Clara llegó con una sonrisa nerviosa. «Mi marido, Roberto… él sabe. Sabe sobre nuestros… acuerdos de estudio.»

Me quedé helado, una ola de pánico lavándome.

«Es su fetiche», continuó ella, bajando la voz. «Ver. Ver a su esposa… con otro hombre. Con una autoridad. Le excita. ¿Podría…? Él está afuera en el auto.»

El morbo alcanzó un nuevo cenit, monstruoso y irresistible. Asentí.

Roberto era un hombre bajo y calvo, de unos sesenta y cinco años, con una sonrisa tímida y ojos que brillaban con una intensidad nerviosa. No habló mucho. Clara me guió a su dormitorio, en una casa modesta pero acogedora, con fotos de sus nietos en la repisa de la chimenea. Roberto se sentó en un sillón en un rincón, observando con una atención devota mientras yo desnudaba a su esposa en su propia cama matrimonial.

Hacerlo con él observando era una experiencia surrealista. Cada gemido de Clara, cada caricia mía, era amplificada por la mirada fija de su marido. Podía escuchar su respiración acelerarse, ver cómo se ajustaba incómodamente los pantalones. Clara, lejos de avergonzarse, parecía electrizada por la audiencia, más ruidosa, más expresiva. Cuando la penetré por detrás esa noche, pude ver el reflejo de nuestros cuerpos entrelazados en el espejo del armario, y en él, también el rostro extasiado de Roberto. Eyaculé en su interior, como siempre, y al retirarme, vi a Roberto acercarse rápidamente, no con ira, sino con devoción, para limpiarla con una toalla, sus manos temblando de excitación.

Ahora, es un ritual. Clara se graduará en dos meses. A veces estudio con ella, de verdad. Repasamos estados de flujo de efectivo y pasivos diferidos. Otras veces, «estudiamos» de la otra manera. A veces con Roberto como testigo silencioso y participativo en la sombra. Ella tiene un promedio de 8.5. Su familia está inmensamente orgullosa. Yo tengo un secreto que me carcome y me excita en igual medida. Y en el silencio de la noche, me pregunto qué demonios hemos construido sobre los cimientos de un simple deseo de aprobar un examen, y qué pasará cuando el último diploma sea entregado, y la deuda, finalmente, saldada.

9 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por Francisco el viejo
Etiquetas: abuela, alumna, clases, esposa, maduro, marido, mayor, profesor
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