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Fantasías / Parodias, Fetichismo, Orgias

Voluntaria 1°

Una mujer que se ofreció a dar apoyo a un pueblo indígena pero termina adentrándose demasiado..
Me llamo Gloria Martínez. Tengo 48 años y durante más de veinte años he trabajado como médica en salud pública. Cuando me ofrecieron formar parte de un proyecto que combinaba atención médica y un documental sobre una comunidad indígena aislada en lo más profundo de la Amazonia, acepté sin dudar. Necesitaba huir. Huir de Bogotá, de las noches vacías después del divorcio, de un cuerpo que sentía pesado, maduro y cada vez más invisible para el mundo.

El viaje fue eterno: lanchas, caminatas bajo un calor asfixiante y, finalmente, la llegada a un claro junto al río donde la selva parecía tragarse todo rastro de civilización. No había electricidad, ni señal, ni forma de volver en menos de varios días de travesía.

Las primeras semanas fueron de trabajo intenso. Atendía niños con infecciones, vacunaba, explicaba cuidados básicos y grababa material para el documental. Vivía en una choza grande y abierta, donde la intimidad no existía. Todo se compartía: comida, fuego, conversaciones. Yo dormía en un rincón, sudando bajo el mosquitero, sintiendo cómo mi cuerpo de 48 años —mis pechos pesados y grandes, mi vientre suave y redondeado, mis caderas anchas y mis muslos gruesos— llamaba la atención de las mujeres, que me miraban con curiosidad.

La soledad empezó a pesarme como una losa. Por las noches me tocaba en silencio, imaginando manos ajenas sobre mi piel, y me avergonzaba después. Tenía calor constante entre las piernas. Mi coño, con su vello oscuro y abundante, se humedecía con facilidad al recordar que llevaba años sin que nadie me follara de verdad.

Una noche, la tribu celebró una fiesta por la cosecha de unas raíces sagradas. Los tambores retumbaban en el aire húmedo. Me invitaron a sentarme con ellos. Una mujer mayor me ofreció un cuenco de madera con un brebaje espeso, oscuro, de olor terroso y dulce.

—Bebe, Gloria. Para la alegría del cuerpo —me dijo sonriendo.

Bebí uno. Luego otro. Y otro más.

Pronto el mundo empezó a girar. Sentí un calor intenso subiendo desde el estómago hacia mis tetas. Mis pezones se endurecieron contra la tela fina de la camiseta, rozando de forma casi dolorosa. Entre mis muslos, mi coño palpitaba, mojándose abundantemente. Estaba borracha, excitada y sin control.

Fue entonces cuando lo vi. Kael. Un joven de piel trigueña profunda, es joven de unos 15 a 16 años, está sentado cerca del fuego. Sus ojos oscuros no se apartaban de mí. Sentí vergüenza y, al mismo tiempo, un deseo brutal que me humedeció aún más. Me levanté tambaleante y él se acercó. Sin decir nada, tomó mi mano y me llevó detrás de una choza, donde la luz del fuego apenas llegaba.

Mi corazón latía con fuerza. Sabía que debía parar, pero el brebaje y la calentura me tenían atrapada.

—No… esto no está bien… —murmuré, pero mi voz sonaba débil, casi suplicante.

Kael no entendía mis palabras, pero entendió mi cuerpo. Me empujó suavemente contra la pared de palma. Sus manos subieron mi camiseta y liberaron mis tetas enormes. Las agarró con fuerza, apretándolas, amasándolas. Mis pechos pesados desbordaban entre sus dedos oscuros. Bajó la cabeza y chupó uno de mis pezones con hambre, mordisqueándolo. Gemí alto, arqueándome hacia él.

—Joder… —susurré, temblando.

Me bajó los pantalones cortos de un tirón junto con las bragas. Mi coño quedó expuesto: hinchado, empapado, con el vello oscuro mojado por mis propios jugos. Se arrodilló y hundió la cara entre mis muslos gruesos. Su lengua lamió con fuerza mi clítoris, chupando, penetrándome con dos dedos gruesos al mismo tiempo. El sonido obsceno de mi coño mojado llenaba la noche.

Me corrí violentamente, agarrándole la cabeza, apretando mis muslos alrededor de su cara mientras mis jugos le empapaban.

Apenas me recuperaba cuando se levantó. Se quitó el taparrabos. Su polla, gruesa, venosa y dura, apuntaba hacia mí. El glande brillaba. Me levantó una pierna, abrió mis labios vaginales con los dedos y me la metió de un solo empujón brutal.

—¡Ahhhhh! ¡Dios mío! —grité.

Me folló contra la pared como un animal. Embistidas fuertes, profundas, vulgares. Mis tetas rebotaban pesadamente con cada golpe de sus caderas contra mis muslos gordos. El sonido húmedo y carnoso de su polla entrando y saliendo de mi coño maduro era vergonzoso y excitante al mismo tiempo.

—Estás tan mojada… tan caliente… —gruñía él en su lengua, pero el tono era puro deseo.

Me dio la vuelta, me puso a cuatro patas sobre la tierra húmeda y me penetró aún más profundo. Me agarraba las caderas anchas con fuerza, tirando de mí hacia atrás mientras me partía el coño sin piedad. Sentía sus huevos golpeando contra mi clítoris hinchado. Me corrí otra vez, gritando, contrayéndome alrededor de su verga.

Él no aguantó mucho más. Rugió y se corrió dentro de mí, soltando chorros calientes y abundantes de semen que me llenaron hasta rebosar. Sentí cómo salía a borbotones, chorreando por mis muslos.

Caímos al suelo. Me besó las tetas, lamiendo el sudor. Me quedé dormida allí, con su semen saliendo lentamente de mi coño usado.

Desperté al amanecer, sola. La cabeza me dolía, tenía tierra en las rodillas y los labios de mi vagina hinchados y pegajosos de semen seco. El arrepentimiento me golpeó como una bofetada.

“¿Qué carajo has hecho, Gloria? Tienes 48 años. Eres médica. Y te has dejado follar como una perra en celo por un joven que podría ser tu hijo…”

Me vestí con manos temblorosas y volví a mi choza. Kael me vio pasar y sonrió con total naturalidad, sin vergüenza alguna. Para ellos no existía la culpa. Compartían todo.

Pasé el día mortificada, evitando miradas. Pero cada vez que recordaba cómo me había abierto el coño, cómo me había llenado, sentía un nuevo latigazo de excitación. Por la tarde, mientras atendía a una mujer, noté que varios hombres de piel de ébano me observaban de forma diferente. Sabían. Y no parecía importarles.

Esa noche intenté dormir, pero el calor entre mis piernas era insoportable. Me toqué pensando en su polla gruesa abriéndome, en su semen dentro de mí, y me corrí mordiendo mi mano para no gemir.

 

3 Lecturas/22 mayo, 2026/0 Comentarios/por FulgrimafroditaIshatVenus369@
Etiquetas: follar, hijo, joven, maduro, mayor, semen, vagina, viaje
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