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Gays, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

24 de Diciembre

alejo atiende a los 3 amigos de su papa un nochebuena.
24 de diciembre.

La casa olía a pavo asado, a canela molida y a ese perfume barato y empalagoso que usaban los tíos. Alejandro estaba en su cuarto, frente al espejo, abotonándose la camisa con dedos precisos.

Medía apenas 1,56. Delgadito, cintura estrecha que se hundía bajo las costillas, cadera un poco más ancha, casi femenina. El pantalón negro le marcaba el culito parado y redondo, firme, ese que se le abría en dos cuando se inclinaba a recoger algo. Piernas finas pero duras de tanto correr. Un vellito suave, casi invisible, le asomaba apenas por encima del elástico del bóxer.

Se peinó el cabello marrón una vez más. Perfecto. Piel cuidada, labios rosados y carnosos, cara de angelito. Exactamente lo que no era.

Bajó las escaleras justo cuando llegaban los invitados de su papá.

Tres hombres.

El primero, unos cincuenta y tantos, canoso, barriga redonda y firme bajo la camisa arremangada. El segundo, más alto, casi sesenta, con esa mirada de papá autoritario y unas manos grandes, pesadas. El tercero, el más viejo, sesenta y pico, sonrisa fácil, panza generosa y una presencia que apestaba a experiencia, a años follando.

Todos casados. Todos papás. Todos mirando la casa, saludando, dando la mano.

Alejandro sintió cómo se le apretaba el culo solo de verlos. Un espasmo caliente, traicionero.

Su papá los presentó con orgullo:

—Estos son mis compañeros del trabajo. Pásenle, muchachos, la cena ya casi está.

Los tres le dieron la mano a Alejandro. El del medio le apretó un segundo de más, rozándole la palma con el pulgar. El más viejo le sonrió de esa forma que no era solo amable: le sostuvo la mirada un instante de más, evaluándolo.

Alejandro bajó la mirada, sonrió tímido… y se le mojó el bóxer. Una mancha tibia y vergonzosa contra la tela.

La noche apenas empezaba.

La noche transcurría como cualquier Nochebuena.

Los hombres estaban en la terraza. Se oían las risas graves, el tintinear de los vasos, el olor a cigarro y whisky barato. Los tres compañeros de trabajo de su papá hablaban fuerte, gesticulaban, se tocaban la barriga al reírse. Alejandro los miraba de reojo desde la cocina mientras fingía servir más hielo.

Adentro, las mujeres dominaban la sala. Tías, primas y su mamá acomodaban platos, corregían el arbolito, acomodaban los regalos debajo. Todo el típico ruido femenino de Navidad.

En el cuarto de arriba se escuchaba el griterío de los primos jugando PlayStation. Con esos casi no hablaba. Ni falta que hacía.

Afuera, los niños más chicos corrían por la calle con fuegos artificiales baratos y gritos.

Y Alejandro…

Alejandro estaba parado en el pasillo, vaso de refresco en la mano, mirando hacia la terraza.

El más canoso de los tres se había arremangado la camisa hasta los codos. Se le veían los antebrazos gruesos y velludos, venas marcadas. El del medio se había aflojado el cinturón porque la comida ya le estaba haciendo efecto en la barriga; la tela del pantalón se tensaba sobre la panza. El más viejo reía con la boca abierta, mostrando esa seguridad de hombre que ya se ha follado a medio mundo y sabe exactamente cómo se siente una boca caliente alrededor de su verga.

A Alejandro se le apretó el culo otra vez. El agujero se le contrajo solo, húmedo.

Tenía que inventar algo. Rápido.

No podía aguantar toda la noche solo mirándolos.

Adalberto era el mayor de los tres. Jefe del área. Su esposa, una de las tías de Alejandro, parecía realmente una abuela: pequeña, canosa, de esas que ya no se maquillan. Él, en cambio, era otra cosa.

Maduro, barrigón, bigote espeso y canoso, camisa de cuadros metida dentro del pantalón. Muy formal. Muy macho. Sentado en la terraza con el vaso de whisky en la mano, se le marcaban los huevos grandes y pesados contra la tela del pantalón, un bulto grueso y oscuro que se movía cuando cambiaba de postura.

Alejandro lo observó durante casi media hora desde una silla cerca del pasillo. El plan era simple: el baño de los hombres estaba en el patio. Urinales y un sanitario independiente. El de adentro era solo para mujeres y niños. Si lograba pillarlo ahí, fingiría que iba a mear y se comería el show… o más.

Por fin Adalberto se levantó. Se acomodó la verga con la mano derecha, como si le pesara, y caminó hacia el patio.

Alejandro contó dos minutos. Luego lo siguió.

El baño olía a desinfectante barato y a orina. La puerta del sanitario estaba semiabierta. Sin pensarlo demasiado —solo con la arrechera subiendo por la espalda, caliente, casi dolorosa—, Alejandro empujó la puerta y entró como si fuera a mear.

Adalberto estaba de pie frente al inodoro, la verga gruesa y pesada en la mano. Dormida medía como dieciocho centímetros. Cabezona, morada en la punta, brillante de orín. Las gotas todavía le caían, lentas, resbalando por el glande y goteando al agua.

El hombre se sobresaltó y se giró.

—Joder, me asustaste, pelao —dijo, y se echó a reír, sin ni siquiera esconderla—. Ya salgo.

Pero no se movió. Seguía sosteniendo esa bestia con la mano, mirando a Alejandro con una mezcla de sorpresa y diversión. La verga pesada, tibia, todavía medio hinchada del esfuerzo de mear.

Alejandro sonrió con esa carita de angelito. Sin decir ni una sola palabra, cerró la puerta del sanitario detrás de él con un clic suave.

Se agachó en cuclillas frente a Adalberto. Con las dos manos le tomó la verga gruesa y pesada, todavía tibia y con restos de orín. El olor era fuerte, masculino, a meados y a piel. La acercó a su boca y la engulló de una vez, abriéndose la garganta, sintiendo cómo la cabeza ancha le empujaba la lengua hacia abajo.

Adalberto, medio tomado, no dijo nada. No se apartó. Solo se quedó de pie, respirando más pesado, mientras el muchacho le chupaba con ganas. Un gemido bajo le salió del pecho cuando Alejandro metió la lengua debajo del glande y chupó fuerte.

Alejandro se agarró de las nalgas grandes y peludas del hombre para sostenerse. Las uñas se le clavaron en la carne blanda. Lengüetazos largos por debajo, chupadas profundas que le hacían sonar la garganta, saliva espesa resbalando por el tronco y cayendo sobre los huevos pesados, mojándolos. Tres minutos enteros. La verga de Adalberto fue engordando poco a poco dentro de su boca, hinchándose, empujándole el paladar, aunque no llegó a ponerse completamente dura. El sabor a orín se mezclaba con el sabor salado de la piel.

Cuando Alejandro se levantó, todavía tenía algunos pelos canosos pegados en los labios y en la lengua. Se limpió con el dorso de la mano, miró al hombre a los ojos… y le plantó un beso directo en la boca. Abierto, húmedo, empujándole la lengua adentro, dejándole probar su propia verga.

Adalberto no se apartó. Le devolvió el beso un segundo, torpe, sorprendido.

Alejandro se separó apenas, todavía con la respiración agitada, y le habló bajito, casi pegado a la boca del hombre:

—Papi… qué rica verga. Me encanta pensar que así la tiene mi papá. Más tarde repetimos.

Le dio un último apretón a la polla ya tiesa de Adalberto —dura ahora, caliente, latiente— y salió del baño como si nada hubiera pasado. Cerró la puerta con suavidad y se fue caminando de regreso hacia la casa, acomodándose el pantalón. El culo se le contraía con cada paso, todavía vacío, todavía necesitado.

Adalberto se quedó solo dentro del sanitario. La verga le latía, completamente dura, brillando de saliva. Se la guardó como pudo dentro del pantalón, se acomodó los huevos y salió. Volvió a la terraza sin decir palabra, se sirvió otro whisky y se sentó otra vez, pero ahora con la mirada más pesada y la erección empujándole la tela, incómoda, traicionera.

Adalberto se sentó otra vez en la terraza con el vaso de whisky entre las manos. La verga todavía le pesaba dentro del pantalón, medio dura, incómoda.

Ese pendejito le había jodido la cabeza en tres minutos.

Lo conocía desde que era un crío. Lo había visto crecer, venir a las fiestas de la empresa con su papá, siempre callado, siempre con esa carita de ángel. Y ahora resultaba que el mismo angelito se le había arrodillado en el baño, le había chupado la verga con hambre y encima le había dicho esa mierda de “me encanta pensar que así la tiene mi papá”.

A Adalberto no le gustaban los hombres. Nunca le habían gustado. Pero ese niñato… esa carita de puta inocente, ese cuerpo chiquito y el culo que se le marcaba… daba un morbo cabrón.

Y lo peor: el papá del muchacho estaba sentado a dos metros de él, riendo, hablando de fútbol, sin tener ni puta idea de que su hijo andaba por la casa buscando verga.

Alejandro subió a su cuarto sin que nadie lo notara. Cerró la puerta, se tiró en la cama y se bajó el pantalón de un tirón.

Se agarró la verga —delgada, dura, ya goteando pre-semen— y se la empezó a jalar despacio, recordando el sabor. Todavía sentía en la lengua el gusto a orín y a verga gruesa de Adalberto. Cerró los ojos y se imaginó el cuerpo grande del hombre encima, la barriga caliente aplastándole el pecho, los huevos pesados contra su barbilla, la verga empujándole la garganta otra vez.

No aguantó mucho. Abrió el cajón secreto de la mesita, el de abajo, y sacó el dilatador de silicona que tenía escondido. Un plug negro, no muy grande, pero suficiente para ir abriendo.

Se quitó el bóxer, se arrodilló en la cama, se escupió los dedos y se metió el plug de un empujón. El frío de la silicona le arrancó un gemido bajito. Se quedó un momento así, respirando, sintiendo cómo el culo se le adaptaba, cómo el músculo se abría y cerraba alrededor del juguete, cómo la presión le llegaba hasta la base de la verga.

Después se puso un suspensorio negro que le levantaba los huevos y le dejaba el culo completamente al aire. Encima, el pantalón formal negro. La camisa por fuera para disimular.

Bajó otra vez.

Se sentó en la misma silla del pasillo, las piernas cruzadas, el plug moviéndose cada vez que se acomodaba… y se puso a esperar a la siguiente víctima.

22 Lecturas/17 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Allquilla
Etiquetas: amigos, baño, hijo, maduro, mayor, navidad, papa, primos
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