24 de diciembre pt 3
el 3 es el vencido.
En la terraza el ambiente seguía igual de ruidoso. Risas, cigarrillos, vasos chocando. El papá de Alejandro hablaba de un proyecto del trabajo y los demás asentían, distraídos.
Mario se sentó pesado en su silla. Todavía tenía la verga dura, empujando el pantalón hacia un lado. Se cruzó de piernas intentando disimular, pero el bulto se notaba. Se pasó una mano por la cara, como si quisiera borrar la expresión de calentura que traía.
Adalberto lo miró de reojo. No dijo nada. Solo levantó su vaso de whisky, le dio un trago lento y sonrió con un lado de la boca. Esa sonrisa pequeña, cómplice, de quien ya se había dado cuenta de todo.
Mario sintió la mirada y se removió incómodo. Agarró su propio vaso y bebió de un golpe. El alcohol le quemó la garganta, pero no le bajó la erección. Al contrario: cada vez que cerraba los ojos un segundo, volvía a sentir el culo de Alejandro frotándose contra él, el dilatador duro, la lengua del muchacho dentro de su boca.
El papá de Alejandro se rió fuerte de algo y les dio una palmada en el hombro a los dos.
—¿Y ustedes dos tan callados? Parecen que vieron un fantasma.
Mario soltó una risa falsa.
Adalberto respondió sin quitarle los ojos de encima a su compañero:
—Nah… solo que el whisky está bueno esta noche.
Y volvió a sonreír, esa misma sonrisa corta, mientras Mario se acomodaba otra vez en la silla, la polla todavía latíéndole como si quisiera romper la tela.
Pasaron los diez minutos.
Alejandro seguía en su cuarto, solo con el suspensorio, el dilatador todavía adentro, esperando.
Abajo, Mario se levantó de la silla en la terraza.
—Voy a ver a mi esposa y a los muchachos —dijo, como si nada.
Los tres hombres estaban casados y con hijos. Mario tenía dos: el niño estaba en la calle jugando con el hijo de Julio, y la niña, María, en el segundo piso con la PlayStation. Las mujeres andaban entre la sala y la cocina terminando de acomodar todo.
Mario entró a la casa fingiendo que iba a saludar. Su plan era simple: desaparecer diez minutos y subir a que le chuparan la verga.
Pero su esposa lo interceptó en la sala. Era una mujer regordita, linda a su manera, aunque nada que ver con la carita de angelito de Alejandro. Lo agarró de la cintura y le dijo, media quejosa:
—Mi amor, vamos a tomarnos una foto… me tienes abandonada.
Mario se quedó frío un segundo. No sabía cómo zafarse sin levantar sospechas. Asintió.
—Sí, dale.
Se quedó ahí un rato, sonriendo para la foto, dejándose ver por los otros hombres de la terraza. Coartada lista. Después le habló bajito a su esposa:
—Espérame, voy a ver a María que está arriba con la Play… a ver cómo está.
—Dale, mi amor. Acá termino de poner la mesa, que ya casi cenamos.
Mario salió casi corriendo. Subió las escaleras de dos en dos y buscó el cuarto que le había dicho Alejandro: el tercero a la izquierda.
Abrió la puerta.
Alejandro estaba acostado en la cama, mirándolo.
Mario entró, cerró con seguro de un movimiento y sin perder tiempo se soltó la correa con una mano peluda. Se bajó el cierre, sacó la verga gruesa y ya completamente dura, y con la otra mano se acomodó los huevos pesados.
Alejandro no esperó ni un segundo. Se tiró de rodillas en el suelo, como una perrita ansiosa, y se le abalanzó a la polla en cuanto Mario se la sacó. La engulló ahí mismo, arrodillado frente a la puerta de su propio cuarto.
La verga de Mario, ya completamente dura, medía veintidós centímetros. Gruesa, venosa, pesada. Parecía un bate de béisbol.
Alejandro la agarró con las dos manos y se la metió hasta el fondo de la garganta, baboseándola sin vergüenza. Masturbaba el tronco con ambas manos mientras chupaba la cabeza con fuerza, haciendo ruidos húmedos y sucios. La saliva le escurria por la barbilla y le caía sobre el pecho.
Cuando necesitaba respirar, se la sacaba de la boca. La saliva le colgaba en hilos gruesos desde la punta hasta los labios. Sin perder tiempo, se bajaba a los huevos: grandes, peludos, con canas entre el vello oscuro. Se los metía uno por uno en la boca, los chupaba, los lamía, los empujaba con la lengua, sintiendo el peso y el calor.
Mario miraba hacia abajo con la mandíbula apretada. Agarró su propia verga y empezó a dársela en la cara a Alejandro, cacheteándolo suave pero firme con el peso de la polla mojada de saliva.
—Abrí la boca, putica… —le gruñó bajo.
La dinámica de poder entre los dos era torcida y deliciosa.
Mario era el hombre grande. Cincuenta y cinco años, casado, padre, jefe de familia, el tipo rudo que siempre mandaba en su casa y en el trabajo. Tenía el cuerpo, la voz y la verga para imponerse. Cuando le cacheteaba la cara a Alejandro con la polla o le apretaba la cabeza para que se la tragara más profundo, estaba ejerciendo ese poder bruto, de macho acostumbrado a tomar.
Pero Alejandro, arrodillado, con saliva espesa colgándole de la boca y el dilatador todavía adentro, no era una víctima.
Era él quien había elegido el momento. Él quien le había dicho “en diez minutos sube”. Él quien se había quitado el pantalón y se había puesto en cuatro en el patio para provocarlo. Él quien, con su carita de angelito y su culito parado, estaba haciendo que un hombre casado, amigo de su papá, arriesgara todo por una mamada rápida en el segundo piso.
El poder se movía entre los dos como un hilo tenso.
Mario lo trataba de putica, de malparido, le hablaba sucio y le usaba la boca. Pero al mismo tiempo estaba temblando de ganas, mirando la puerta cada tres segundos, asustado de que alguien subiera. Y Alejandro lo sabía. Cada vez que levantaba los ojos mientras chupaba, había una sonrisa pequeña, casi inocente, que decía: yo te traje hasta aquí.
El muchacho de 1.56 usaba su juventud, su belleza y su desvergüenza como arma.
El hombre de 55 usaba su tamaño, su rudeza y su verga gruesa como respuesta.
Ninguno de los dos estaba realmente en control.
Y eso los tenía a ambos al borde.
Mario lo agarró de los brazos y lo levantó del piso como si no pesara nada. Lo puso de pie y lo empujó contra la pared, comiéndole la boca con violencia.
Le hablaba entre beso y beso, la voz gruesa y sucia, tratándolo exactamente como a una puta:
—Mi amor… me vas a dar conchita… dame chuchita… dame tu chuchita… mira cómo le tienes la verga a tu papi…
Mientras le decía eso le apretaba el culo con las dos manos, casi abriéndoselo, sintiendo el dilatador todavía adentro. Le frotaba la polla gruesa y babosa contra el vientre y el suspensorio de Alejandro.
Alejandro, de pie, casi colgando de él, le devolvía el beso con la misma hambre. Se agarraba del gran bate de veintidós centímetros con las dos manos, masturbándolo despacio mientras Mario le hablaba al oído como si fuera una putica cualquiera.
Se agarró con más fuerza de esa verga gruesa y venosa, masturbándola con ambas manos mientras Mario lo aplastaba contra la pared. El hombre le mordía el cuello, le chupaba la piel suave y le hablaba sucio sin parar:
—Dame esa chuchita, putica… abrímela… quiero sentir cómo te la meto…
Mario le bajó el suspensorio de un tirón. La verga delgada y dura de Alejandro saltó libre, goteando. El dilatador negro se le veía perfectamente entre las nalgas, brillando un poco de saliva y del roce. Mario lo agarró por la base del plug y lo giró despacio, haciéndolo gemir.
—Mira cómo te la tienes metida… putita preparada…
Sin más aviso, Mario lo levantó otra vez como si no pesara nada y lo tiró de espaldas sobre la cama. Le abrió las piernas de un golpe, se arrodilló entre ellas y le sacó el dilatador de un solo tirón. Alejandro soltó un gemido ahogado, el culo quedándole abierto y vacío por un segundo, el agujero rosado y hinchado palpando el aire.
Pero Mario no se la metió todavía.
Primero se inclinó, le agarró las nalgas con las dos manos grandes y se las abrió del todo. Bajó la cabeza y le pasó la lengua plana por el agujero dilatado, lamiéndolo despacio, saboreando la humedad que había dejado el plug. Alejandro se arqueó, soltando un gemido más alto, y Mario volvió a chupárselo, metiendo la punta de la lengua dentro, revolviendo, mojándolo.
Después se subió un poco, le agarró la cara con una mano y le metió dos dedos gruesos y peludos dentro de la boca.
—Chúpamelos bien, putica… mojalos…
Alejandro los engulló sin dudar, baboseándolos, pasando la lengua entre ellos, llenándolos de saliva espesa. Mario se los sacó brillantes y, sin secarlos, se los llevó directo al culo del muchacho. Le metió el índice primero, lento, sintiendo cómo el agujero todavía abierto lo recibía fácil. Después añadió el segundo dedo, abriéndolo más, empujando hasta el nudillo, girándolos, estirándolo.
—Así… abrite bien para papi…
Le metió los dos dedos hasta el fondo un par de veces, sacándolos y volviéndolos a meter, haciendo ruido húmedo. Alejandro jadeaba, la verga delgada goteando sobre su propio vientre. Cuando Mario se sintió satisfecho, se sacó los dedos, escupió sobre su propia verga, se la restregó un par de veces y se la puso contra el agujero rosado y ya bien dilatado.
—Pedila —le ordenó, la voz ronca—. Pedime que te la meta.
Alejandro, con la cara ya roja y la respiración agitada, lo miró desde abajo con esa expresión de angelito corrompido:
—Métamela, papi… quiero sentir esa verga gruesa adentro…
Mario empujó.
La cabeza gruesa y morada abrió el agujero con facilidad gracias al plug y a los dedos. Entró de un solo movimiento hasta la mitad. Alejandro arqueó la espalda y se tapó la boca con las dos manos para no gritar. Mario no se detuvo: siguió empujando hasta que los huevos pesados le golpearon las nalgas.
Se quedó quieto un momento, respirando fuerte, disfrutando la presión caliente y apretada alrededor de su polla.
—Mierda… qué rico culo…
Empezó a follarlo.
Fuerte. Profundo. Sin piedad.
Cada embestida hacía que la cama crujiera. El sonido húmedo de la verga entrando y saliendo se mezclaba con los gemidos ahogados de Alejandro y los gruñidos bajos de Mario. El hombre le agarraba las caderas con las dos manos grandes y lo jalaba hacia atrás cada vez que empujaba, como si quisiera llegar más adentro todavía.
Alejandro tenía las piernas abiertas en el aire, las rodillas casi tocando el pecho. Cada vez que Mario le daba un golpe especialmente duro, le salía un “ahh” ahogado contra las manos. La verga delgada le rebotaba contra el vientre, goteando sin parar.
Mario se inclinó sobre él, le agarró la cara y le metió la lengua en la boca otra vez mientras lo follaba sin ritmo, solo con hambre.
—Así te gusta, ¿verdad, putica? Que te den verga de hombre… que te abran el culo mientras tu papá está abajo tomando whisky…
Alejandro solo pudo asentir, los ojos húmedos, la boca abierta, recibiendo cada embestida.
Mario aceleró.
Las nalgas de Alejandro ya sonaban cada vez que le pegaba. El hombre le agarró la garganta con una mano —sin apretar del todo, solo para sentir el control— y con la otra le masturbaba la verga delgada al mismo ritmo con el que lo follaba.
—Voy a venirme adentro… te voy a llenar el culo…
Alejandro se corrió primero.
Un chorro blanco le salió disparado hasta el pecho y el cuello, el cuerpo temblando, el agujero apretándose con fuerza alrededor de la verga de Mario. Ese apretón fue suficiente.
Mario se hundió hasta el fondo, se quedó quieto y se vino con un gruñido largo y bajo. Alejandro sintió los chorros calientes llenándole el culo, uno detrás de otro, mientras Mario le seguía dando embestidas cortas y profundas para meterla toda.
Se quedaron así unos segundos, jadeando.
Mario se salió despacio. La verga le salió brillante de semen y saliva. Un hilo espeso de corrida le resbaló del agujero de Alejandro y le manchó las sábanas.
El hombre se quedó mirando el culo abierto y lleno un momento, como si no pudiera creer lo que acababa de hacer. Después se acomodó la verga dentro del pantalón, se subió el cierre y se abrochó el cinturón con manos todavía temblorosas.
Alejandro seguía tirado en la cama, las piernas abiertas, el semen saliéndole despacio.
Mario se inclinó, le dio un último apretón en una nalga y le habló al oído, ya más calmado pero todavía sucio:
—No te limpies. Quiero que bajes así… con mi leche adentro.
Y salió del cuarto, cerrando la puerta con suavidad.
Alejandro se quedó solo un momento, sintiendo el semen caliente resbalarle entre las nalgas. Se rió bajito, se limpió un poco la cara con la sábana y se levantó.
Todavía le temblaban las piernas.
Se puso otra vez el suspensorio —ahora manchado— y encima el pantalón negro. El culo le ardía delicioso. Cada paso que daba hacía que un poco más de semen le resbalara hacia abajo.
Bajó las escaleras despacio.
En la terraza, Mario ya estaba sentado otra vez, vaso en mano, fingiendo normalidad. Adalberto lo miró de reojo y sonrió por lo bajo, como si oliera exactamente lo que acababa de pasar.
Alejandro pasó por el pasillo, se detuvo un segundo frente a la puerta de la terraza y miró a los tres hombres.
Adalberto.
Mario.
Y el tercero… Julio, el más viejo, el de la sonrisa fácil y la panza generosa, que todavía no había tocado.
Alejandro se pasó la lengua por los labios, todavía hinchados del beso y de la mamada, y pensó:
Todavía falta uno.
Y la noche apenas empezaba.

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