24 de Diciembre pt2.
alejo sigue atendiendo a los invitados.
Alejandro Apenas se había sentado cuando apareció Mario.
El de 55. El más grosero de los tres. El que no abría la boca sin soltar una vulgaridad, el más bulloso, el que más tomaba, el más guache. El típico macho abusador, de esos que se pasan la mano por la entrepierna cuando creen que nadie mira.
A Alejandro le dio un poco de miedo. Con ese no se podía arriesgar a caerle encima como con Adalberto. Así que cambió de estrategia: mejor provocar.
Se levantó, fue directo al patio y se quitó el pantalón negro de un tirón. Se quedó solo con el suspensorio negro, el culo redondo y parado completamente al aire, las nalgas firmes separadas apenas por el dilatador que se le asomaba entre ellas. Se puso frente a la batea como si estuviera lavando algo, frotando el pantalón con agua y jabón, arqueando la espalda a propósito, ofreciendo el trasero, moviendo la cadera despacio para que el plug se notara más.
Mario salió del baño acomodándose el paquete. Se detuvo en seco al verlo de espaldas.
Alejandro volteó la cabeza, con esa carita de angelito, y dijo con voz suave, casi inocente:
—Qué pena, señor Mario… es que me ensucié.
Mario no respondió de inmediato. Se quedó mirándole el culo fijamente, los ojos entrecerrados, la respiración ya más pesada.
—Cabron… qué nalgones, Alejito. No sabía que estabas tan crecido.
Alejandro se agarró una nalga con la mano y la abrió un poco, mostrándole el dilatador negro que tenía metido. El borde de silicona brillaba un poco por la humedad. Empujó hacia atrás, ofreciéndoselo.
—¿Le parece?
Mario se tocó la verga por encima del pantalón. Miró rápido hacia el pasillo para asegurarse de que nadie venía. Después se le puso encima de una vez, le pegó la polla dura contra el culo y le habló al oído, con voz ronca y sucia:
—Yo sabía que eras putica malparida… Dame, dame culito.
Mario se le quedó mirando el culo como si se le hubiera trabado el cerebro.
Primero se le endureció la respiración. El pecho le subía y bajaba más fuerte. Después se le marcó la verga de golpe contra el pantalón: gruesa, larga, empujando la tela hacia un lado, el contorno claro del glande hinchado. Se la tocó por encima, apretándola con la palma entera, frotándola despacio, como si necesitara confirmar que estaba dura de verdad.
Se le puso colorado el cuello. Las venas del antebrazo se le hincharon cuando apretó el puño. Dio un paso adelante, pesado, y le pegó la entrepierna completa contra las nalgas de Alejandro. Se notaba el calor, el peso, el pulso de la polla ya completamente tiesa rozándole el dilatador a través de la tela. La empujó más fuerte, frotándola arriba y abajo, sintiendo cómo el culo del muchacho se hundía un poco bajo la presión.
Le agarró la cadera con una mano grande y le apretó, clavándole los dedos. La otra se le fue sola al cinturón, aflojándoselo un poco para que la erección tuviera más espacio. Respiraba por la boca, caliente, contra la oreja del muchacho, dejándole el aliento húmedo.
—Mierda… —soltó entre dientes, la voz ya más gruesa—. Qué rico culo de putica.
Alejandro no se hizo el difícil.
Ni corto ni perezoso, se empujó hacia atrás, abrió las nalgas con las dos manos y frotó su culo directamente contra la gruesa polla que se le marcaba a Mario por el pantalón. Se restregó despacio, dejando que el dilatador rozara la erección del hombre, moviendo las caderas en círculos cortos, ofreciendo el agujero, sintiendo cómo la verga de Mario empujaba el plug más adentro con cada roce.
Mario soltó un gruñido bajo, casi animal. Se giró un poco, le agarró la cara con una mano grande y le plantó un beso. Su barba era corta, de tres días, áspera, raspaba la piel suave de Alejandro, dejándole la mejilla ardiendo.
Con cada mano le apretó una nalga fuerte, casi abriéndoselas, los pulgares hundidos cerca del dilatador, y se comieron la boca ahí mismo. Beso largo, sucio, con mucha lengua. Se oía el ruido de las bocas, el chasquido de la saliva, los jadeos cortos. Estaban en el patio, a escasos metros del pasillo, donde cualquiera podía salir en cualquier momento.
La tensión era espesa, casi física.
Estaban a menos de cinco metros del pasillo. Desde ahí se oía todo: las risas de los hombres en la terraza, el ruido de los platos que acomodaban las mujeres, algún primo gritando por el PlayStation en el piso de arriba. Cualquier paso, cualquier sombra en el pasillo, y los descubrían.
Mario lo sabía. Alejandro también.
Por eso el beso se volvía más sucio. Por eso Mario le apretaba las nalgas con más fuerza, casi con rabia, y le frotaba la verga dura contra el culo como si quisiera metérsela ahí mismo, todavía vestido. El glande le rozaba el dilatador una y otra vez, empujando, buscando. El riesgo los estaba calentando más que el roce.
Alejandro sentía el corazón en la garganta. Cada vez que se oían pasos cercanos, el cuerpo se le tensaba… y el culo se le apretaba alrededor del dilatador. El miedo a que saliera su papá, o una tía, o peor, Adalberto, le hacía la polla latir más fuerte dentro del suspensorio, goteando contra la tela negra.
Mario respiraba agitado contra su boca. Lo tenía acorralado contra la batea, el cuerpo grande y pesado cubriéndolo casi por completo. Si alguien asomaba la cabeza, no había forma de disimular: dos hombres pegados, uno con el pantalón a medio bajar y el otro en suspensorio, comiéndose la boca en pleno patio, las manos grandes del mayor abriéndole el culo.
Ese peligro los tenía al borde.
Alejandro se separó un poco de la boca de Mario, todavía jadeando, y le susurró, rozándole los labios:
—Sal… se van a dar cuenta de que te demoraste.
Pero Mario no lo soltaba. Le apretaba el culo con las dos manos, los dedos hundidos en la carne, y seguía buscándole la lengua, como si no pudiera parar. Le dio un último empujón con la verga, fuerte, dejándole claro lo dura que estaba.
Alejandro tenía otro plan. Quería probársela antes de que volviera a la terraza. Se zafó con cuidado, le miró a los ojos y le dijo bajito, casi contra los labios:
—Ve a la terraza. En diez minutos sube a mi cuarto… y te la chupo.
Mario lo miró un segundo, con la cara desencajada, la boca entreabierta, y asintió sin hablar. La verga le latía tan fuerte que se le notaba el pulso a través del pantalón.
Alejandro se puso el pantalón lo más rápido que pudo, se acomodó el suspensorio —la polla todavía dura y húmeda— y salió del patio como si nada.
Mario se quedó solo. La verga le latía como una piedra dentro del pantalón, dura, molesta, imposible de disimular del todo. No entendía muy bien qué estaba haciendo… pero estaba loco. Se acomodó lo mejor que pudo, empujando la erección hacia un lado, y caminó de regreso a la terraza.
Adalberto lo vio llegar.
Notó la erección marcada, la cara enrojecida, la respiración todavía agitada. Y sonrió por lo bajo, tomando un trago de whisky, sin decir ni una palabra.

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