ABRIENDO LAS ALITAS 16
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CAPITULO 16 SOBREVIVIENDO
15 LA VIDA SIGUE (14-16 años)
Si el amor se apaga, ¿se apaga la vida?
Terminé la escuela secundaria y mi vida se derrumbó. En los últimos años mi motivación para vivir giraba alrededor de David, mi novio precioso. Pero él ya no estaba a mi lado, ni su sonrisa, ni su energía, ni su voz. Me sentía incompleto, solo y vacío.
Un montón de dudas se apoderaron de mi mente ¿cómo podría vivir sin él? ¿me habría olvidado ya? ¿amaría a alguien más? ¿habría sido sincero su amor?, demasiadas preguntas sin respuesta.
Conforme pasaban los días mi tristeza aumentaba. Por las noches, y a veces durante el día, lloraba en silencio al recordar todo lo vivido con David. A veces lloraba de felicidad al recordar lo mucho que David me había dado, a veces de tristeza por no estar cerca de él. No quería llorar, pero no lo podía evitar. ¿Por qué la vida nos dio tan poco tiempo para disfrutar uno del otro? Vivir ya no tenía sentido, con David había descubierto una energía que alimentaba todo mi ser, y sin él, simplemente me sentía morir. Para mi yo “sensible” era necesario el amor, el amor de David.
Para colmo de males, mi yo “machito” me hacía pensar que estuvo mal haberme dejado llevar por mis deseos “carnales”. Que todo lo que me sucedía me lo tenía merecido. Recordar el sexo con David me hacía sentir miserable, deprimido, “raro”. No quería ser un “marica”. Dios no quiere a los maricas, ma había dicho mi madre un día, y lo recordaba una y otra vez.
Las vacaciones de verano del 77 me las pasé aislado en mi cuarto bajo la excusa de estudiar para el examen de la escuela preparatoria. Pasaba el tiempo escuchando música, las canciones que le había dedicado a David. Eso me hacía sentir menos mal, me transportaba fuera del tiempo y del espacio. Cuando mi yo “sensible” demandaba un poco de atención para no desaparecer, bastaba que el rostro de David apareciera en mi mente para imaginar que volvía a sentir su piel, su amada y tersa piel, que escuchaba su voz, que me sonreía, que sentía su amor. Todas esas fantasías no me permitían morir.
Era tanta mi abstracción que creé un mundo imaginario basado en el amor que sentía por David. De escribirle canciones pasé a escribirle cartas donde le agradecía las increíbles experiencias que me permitió disfrutar con él. Le contaba cuánto extrañaba tenerlo cerca, acariciarlo, cantarle. Le prometía una y otra vez que no lo olvidaría nunca. Luego enviaba las cartas por correo a direcciones falsas. Se me figuraba que le llegarían de algún modo, que él las leería y así sabría que no lo podía olvidar.
Pasarán los días,
Pasarán los años,
Nuevas ilusiones,
Otras despedidas.
Pero a ti, olvidarte nunca.
Si juré contigo, olvidarte nunca.
Poco a poco me iba acostumbrando a mi soledad, pero…
Para complicar más las cosas mi yo “sexual”, a tono con mi desarrollo físico, me exigía sexo a todas horas, aunque a veces sentía esos deseos como algo sucio, malo, que me hacía sentir menos que los demás.
Pero la necesidad de caricias seguía ahí. No veía desde hacía mucho tiempo a mis amigos del barrio y extrañaba los encuentros sexuales con ellos. Había tenido un noviazgo excitante con David que culminó con la entrega total de los dos, y ahora no tenía nada. El tiempo pasaba sin que mis manos disfrutaran otra piel, sin que a mi cuerpo lo abrazaran otros brazos, sin besar.
El gavilancito se esconde en el nido.
Otra vez la escuela, pero sin él.
Llegó septiembre y otra vez, como al entrar a la escuela secundaria, me tocó ser, a los casi 15 años, el menor de los alumnos en el grupo. Los 15 los cumpliría hasta octubre. En el espejo descubrí un día que mi cara mostraba signos de tristeza. Increíblemente descubrí algunas canas en mi cabellera. La estatura y la complexión, y tal vez la cara de tristeza que ahora me acompañaba, me daban una apariencia de mayor edad.
Solo pude inscribirme en una escuela privada pequeña que estaba en el centro de la ciudad. Mis padres decidieron que esa era la mejor opción ya que solo tenía que tomar un autobús para llegar. Para facilitarme las cosas, tomé el turno vespertino, entraba a las 12 30 y salía a las 6 30 de la tarde de lunes a viernes.
La vida no me sonreía, se burlaba a carcajadas de mí, como siempre.
La vida tenía que seguir, pensé.
El primer día de clases llegué desmotivado, caminando como autómata. Había muchos chavos en la entrada de la escuela revisando las listas pegadas en los ventanales donde se mostraban los nombres de los alumnos y su correspondiente grupo. Me dirigí al salón indicado con la intención de dejarme caer en la primera silla que encontrara. Cuando entré vi de reojo que ya había algunos jóvenes ahí. De pronto, mi mente se confundió con las imágenes que alcancé a captar. A mitad del salón algo llamó la atención de ¨mi diablillo¨ y mi corazón saltó de la emoción.
¡Lo vi! Ahí sentado, en ese salón, estaba el amor de mi vida. Fue tan fuerte la impresión que me sentí mareado. Sentí que el corazón se me saldría del pecho.
Me puse de pie con la intención de abrazarlo. Al fijarme mejor me congelé, ya no me moví. No era David, era un chavo muy parecido a él, su cabello era igual con su copete cubriéndole la cara, su mirada tierna era igual, sus labios finos eran iguales, solo su tez era más morena. Lo que lo hacía completamente diferente era el tupido bigote que enmarcaba sus labios. La desilusión fue tremenda, aunque mi yo “sensible” resucitó con fuerza.
A media tarde teníamos un receso y me dirigí a la cafetería. Mi diablillo, que resucitó repentinamente ese día después de haberse ido de vacaciones desde que salí de la secundaria, me aconsejó que lo buscara en la fila para formarme cerca de él. Lo vi platicando con otro estudiante del salón y al voltear ellos me reconocieron.
–Hola, me llamo Rodolfo –dijo al extender la mano para saludarme.
–Este es mi amigo Cristian.
¡Me quedé como pendejo con la boca abierta! Volví a sorprenderme, su voz era igual a la de David, ¡y su energía también! ¿Me estaría engañando yo mismo? No me importó.
–Soy Daniel, y me dicen Dany –atiné a contestar.
–A mí me dicen Fito –contestó Rodolfo.
No pude decir nada más, su belleza y su parecido con mi novio me tenían aturdido. Mi yo “sexual” mostró un gran interés, casi tan grande como el bulto bajo mi trusa. Esa noche creo que me masturbé 6 o 7 veces mientras mi diablillo intentaba convencerme de que Fito era David.
Al siguiente día llegué temprano a la escuela para sentarme a un lado de Rodolfo, como por “casualidad”, para tener tiempo de admirarlo y de conocerlo. A la semana ya éramos amigos Fito, Cristian y yo. Ellos eran dos chavos alegres y guapos, bueno, Fito era más bello que Cristian, y su personalidad tan agradable que su amistad me revitalizaba poco a poco. Casi a diario, al salir de clases, pasábamos tiempo en una cafetería cercana a la escuela para escuchar música en una rocola. Fito no tardó en estar rodeado de amigas y amigos todo el tiempo.
Para la segunda semana mi yo “sensible” ya se había repuesto completamente con la energía tan positiva que emanaba de Rodolfo. Empecé a imaginar que tal vez el amor podría surgir entre nosotros. Mi yo “sexual” mantenía mi pene constantemente duro al imaginar cómo sería su cuerpo. “Cántale, eso funciona” dijo mi diablillo. De inmediato escogí canciones para cantarle cuando estuviéramos juntos. Empezaba a sentirme completo y vivo nuevamente.
–Ahí te va esa, para ver si te gusta –le decía.
Pronto, mis amigos y yo, nos convertimos en los chavos más populares entre las alumnas que iban a la cafetería. Yo no era tan guapo como Rodolfo, pero con el ejercicio y cuidando mi apariencia, me defendía. Además, en algo ayudaba que yo les cantara las canciones románticas del momento, yo se las cantaba a Fito, aunque él no lo sabía.
Sin duda, de los tres, el que más chavas atraía era Rodolfo, la mayoría de las chavas se excitaban cuando estaban cerca de él, se contoneaban de un lado a otro y doblaban la espalda para que les sobresalieran los pechos. Yo estaba fascinado de ver cómo, cuando estaba rodeado de chavas, Fito se volvía todo un “macho”, muy sexual, su voz se tornaba un poco más grave, se paraba más derechito, y de inmediato se le abultaba el pene. Pensaba que así se debía de ver David en donde quiera que estuviera. Pensé que tal vez, poco a poco, mi dolor por la partida de David podría ir desapareciendo con la amistad de mis nuevos amigos y, por qué no, con un nuevo amor.
Nunca debes creer que tienes todo bajo control en esta vida.
–Hola, guapos –oímos que dijo una voz masculina con tono femenino.
–Papacitos –gritó otra con el mismo tono.
Estábamos Cristian, Rodolfo y yo afuera de la cafetería una tarde después de la escuela platicando con unas amigas cuando pasó un auto lleno de chavos.
–Pinches putos, ¡cómo los detesto! –exclamó Rodolfo muy enfadado.
Con esas palabras la tonta idea de conquistar a Fito desapareció inmediatamente. Mi yo “sensible” y mi yo “sexual” corrieron asustados a refugiarse en algún rincón oscuro de mi mente.
Mi yo “machito” desde ese momento tomó el control de mi vida social en la preparatoria, donde, por pláticas con mis compañeros, sabía que ser considerado “marica o puto” era una condena implacable. Tardé poco en descubrir que la opinión de las personas que nos rodean tenía más importancia a esta edad que en la edad de la secundaria. Fui dándome cuenta de que las personas, a la hora de criticar y juzgar, se iban haciendo más crueles con la edad. El rostro envejecido que hacía poco había descubierto al mirarme al espejo se acentuaba claramente.
Lástima, en verdad me gustaba Rodolfo, solo podría ser su amigo.
Otra vez, sin alguien a quien amar.
Borré de mi mente la tonta idea de conquistar a Fito. Pasaban los meses sin encontrar un compañero o compañera, aunque fuera ocasional, para mi vida sexual, no me animaba a relacionarme íntimamente con nadie. Solo mis juegos en solitario calmaban mis ansias, bueno al menos lo intentaba, en realidad a veces sentía que me estaba volviendo loco. Sentía mi cuerpo tan inquieto por la falta de sexo que pensé que un día me iba a explotar el pito.
Mi amor por David no desaparecía por más que mi yo “machito” intentaba borrarlo de mi memoria. Recordándolo, pasé innumerables horas bailando desnudo en mi recámara abrazado a su camisa, percibiendo su aroma, su camisa era él. Bailábamos despacito, me hacía el amor como aquella noche en su casa, luego yo lo penetraba, nos acariciábamos y nos besábamos apasionadamente. Cuando me masturbaba, la imagen de su cuerpo y el recuerdo de lo que me hizo sentir eran tan nítidos que me parecían reales. En ese momento, David estaba ahí, desnudo, en mi cama. Mi amor y mi imaginación me hacían percibir esos delirios como algo casi tangible.
El gavilancito vuela por cielos oscuros.
Algo de alivio llega a mi vida.
Para el otoño mi papá nos propuso a mi hermana y a mí que nos hiciéramos cargo de un negocio que estaba en renta cerca de casa. Era un negocio de baños públicos. La zona y sus alrededores eran barrios de personas de bajos recursos y no todas las casas tenían un baño con regadera con agua caliente y muchas personas iban al negocio a bañarse.
Decidimos intentarlo. En los meses de invierno los baños tenían una demanda tremenda, abríamos a las 7 de la mañana y cerrábamos a las 10 de la noche, incluso más noche los fines de semana. Los ingresos económicos mejoraron bastante, y con dinero todo cambia.
De noviembre a marzo, debido a la alta demanda, el negocio estuvo lleno de clientes a diario. Constantemente me excitaba al ver la cantidad de hombres guapos de todas las edades que acudían a bañarse, me imaginaba verlos masturbándose bajo el chorro del agua y ocasionalmente logré ver algunos hombres desnudos al momento de pasarles un jabón o una toalla. Mi diablillo se volvió loco imaginando las oportunidades que podría encontrar ahí para tener sexo. Mi yo “sexual” mantenía mi pene erecto todo el día, un día pensé que esa era la causa de que se me hubiera hecho más largo y grueso.
Y la oportunidad llegó.
Para la primavera del 78 la cantidad de clientes en los baños empezó a disminuir y entre semana solo acudían algunos bañistas temprano en la mañana. Entre los clientes que continuaron acudiendo a bañarse casi a diario estaba un chavo medio gordito de la misma edad que yo, que vivía cerca del negocio.
Un martes, que yo estaba solo, llegó el chavo y le asigné una cabina para bañarse. A los pocos minutos abrió la puerta para decirme que había un problema con la llave del agua caliente. Entré a la cabina para revisar la falla y de inmediato me di cuenta de que el chavo estaba completamente desnudo, no pude evitar que mis ojos se dirigieran disimuladamente a su entrepierna. Me mojé los labios con la lengua inconscientemente al ver el tamaño de su pene semi erecto. Era un pito grueso, largo y muy derechito. Me quedé turbado por unos instantes, no dije nada, pero mi nerviosismo me delató, el chavo se dio cuenta de mi reacción y me sonrió. Regulé la temperatura del agua y salí de ahí super excitado.
Pasaron unos cuantos minutos más y el chavo volvió a llamarme para decirme otra vez que tenía problemas con la temperatura del agua. Entré a la cabina y el chavo se quedó en la parte de la regadera junto a las llaves. Comprobé que la temperatura del agua era correcta y volteé a preguntarle cuál era el problema.
–Esta –dijo mostrándome una tremenda erección.
Mi yo “sexual” atacó con todo, tomé su pene y le palpé los huevos, me incliné y sin más me lo metí en la boca. Mi diablillo se hizo cargo de inmediato.
–Espérame, cierro la puerta y regreso.
Puse el letrero de cerrado en la puerta y cerré con llave. Regresé a la cabina y le pedí al chavo que se subiera en un taburete y me lancé a mamarle el pito. Por su juventud y por mi experiencia de mamador logré que el chavo terminara pronto, su semen me supo a gloria. Ahí no acabó todo, estaba seguro de que tenía más para mí, necesitaba más.
Me quité la ropa rápidamente y nos metimos juntos a la regadera. Con un poco de jabón, su pene no tardó en deslizarse dentro de mi culito, sentí delicioso el volver a ser penetrado. El chavo era primerizo, pero la calentura era mucha, pronto me inundó no solo de semen, también de mucho placer. Mi yo “machito” me reclamaba, pero mi yo “sexual” se volvió a imponer.
Ese día más tarde, camino a la preparatoria, pensaba en como mi voluntad cedía ante el deseo y eso me desagradaba. No quería sentirme “puto” por disfrutar del sexo con hombres, pero mi culito buscaba pene. ¿Qué podía hacer si eso era lo que me daba placer?
Al mismo tiempo me sentía insatisfecho, me faltaba acariciar y ser acariciado, penetrar y ser penetrado no era suficiente. No había besado al chavo porque no había sentido una conexión con él como la había sentido con Pablo o con David. ¿Encontraría otra vez alguien a quien besar y que sus besos me llenaran de energía? ¿O terminaría siendo un simple chavo “puto” al que le encantaba la verga?
En fin, mientras resolvía todas esas preguntas en mi cabeza, “aprovecha ahora que hay con quién” me decía mi diablillo. Mi deseo de pene era mucho, los encuentros con el chavo gordito se incrementaron, le dije que podía vernir a diario si quería, le pedí que viniera como a las 11 para tener tiempo de hacerlo antes de irme a la escuela y porque a esa hora casi nunca había clientes. Yo atendía el negocio de lunes a viernes hasta las 12, cerrábamos de 12 a 2 y mi hermana lo atendía durante la tarde.
A la tercera ocasión que nos reunimos en el baño, sucedió algo inesperado, al momento de estar mamándole el pene el chavo me hiso señas para que me pusiera de pie. Luego, con una mano alcanzó mi pito y me masturbó hasta que nos venimos juntos. Eso provocó que mi diablillo me diera la idea de hacer algo más atrevido con Jorge, así se llamaba el chavo.
–Me va a doler –dijo en voz baja.
–¿A poco nunca te la han metido?
–Bueno, sí, pero una chiquita, no una como esta –dijo intentando negarse.
Me platicó que eso pasó con un primo hacía varios años. Sus ojos no se apartaban de mi erección y su voz no sonaba muy convincente. Decidí poner en acción todo lo que había aprendido en eso del sexo para excitarlo.
–Te prometo que te va a gustar, si te duele mucho no lo hacemos –le propuse.
Le tomé tiernamente la cabeza con las manos y lo besé. Luego nos metimos a la regadera y empecé a enjabonarlo y a masajear su cuerpo con suavidad. Tuve especial cuidado en lavarle su culito metiendo varias veces mis dedos con jabón para dejarlo bien limpio, todo esto sin dejar de besarlo y de decirle lo hermoso que era.
–Me va a doler –seguía repitiendo débilmente.
Al ver que el chavo estaba cediendo, me puse de rodillas detrás de él y usé la lengua para masajear su entradita. Su respiración se aceleró y sus jadeos me indicaron que Jorge estaba listo.
Le pedí que se colocara en la banca en posición de perrito y después de morderle suavemente las nalgas y los huevos, le abrí el culito con la lengua. El chavito lanzó largos gemidos de placer. Después, usé los dedos para ir abriendo sus músculos. La caricia le provocó tanto placer que Jorge empezó a temblar, pronto sentí como su hoyito se iba aflojando. Con la ayuda de bastante crema la punta de mi pene no tardó en sustituir mis dedos.
–¿Quieres que te lo meta? –le pregunté.
No contestó, pero supe su respuesta porque se empinó más para facilitarme la entrada. ¡Que culito tan delicioso y apretadito tenía! Lo penetré lentamente para no lastimarlo, para que él disfrutara tanto como yo. Fue una cochada tan placentera que le dejé doble ración de semen bien al fondo del culito.
Estaba tan entretenido con Jorge que perdí la noción del tiempo, cuando terminamos ya era casi la una de la tarde. Tuve que apurarme para irme a la escuela. Me preocupaba que mi hermana me encontrara en el negocio a esa hora ahí y con el chavo.
Seguí viendo a Jorge casi a diario varias semanas más, mi yo “sexual” se sentía satisfecho. Mis sesiones de sexo estaban completas, metía y me la metían. Mi yo “machito” intentaba convencerme de no hacerlo más, me decía que era riesgoso. Mis ganas de sexo ganaban la batalla.
CONTINUARA

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