Acosador-es 1/2
Un chico quiere hacer realidad sus fantasías y fetiches, se crea una cuenta en una app donde un acosador está despuesto a hacer realidad todas y cada una de ellas.
ANTES DE LEER ESTE RELATO, Advertencias:
Incesto explícito, Sexo con Consentimiento no consentido (fetiche de violación) y asalto sexual enmascarado, Doble penetración, grabación sexual y referencias a fantasías desde los 15 años, Contenido adulto extremo, oscuro y tabú.
Prólogo
La idea nació una noche de septiembre, cuando la lluvia golpeaba los cristales de la casa y el silencio solo se rompía por el sonido lejano de la respiración de Noah en el piso de arriba.
Sebastian estaba recostado contra el cabecero de la cama, con Tristan a horcajadas sobre su regazo. Las manos del mayor recorrían la espalda ancha de su hermano mientras este se movía con lentitud, buscando ese ángulo que los hacía jadear al mismo tiempo.
—Estás pensando en él otra vez —murmuró Tristan contra su cuello, sin dejar de mecerse.
Sebastian no negó. Nunca lo hacía cuando estaban solos.
—Siempre estoy pensando en él.
Tristan se rio bajito, un sonido ronco y familiar.
—Desde que tenía quince años. Lo sé. Yo también.
Se quedaron en silencio un momento. Solo el roce de piel contra piel y el crujido de las sábanas. Afuera, el viento de Maine agitaba las ramas de los pinos.
—No podemos seguir así —dijo Sebastian al fin, con la voz grave—. Fantasear cada vez que lo oímos ducharse. Cada vez que baja en boxers a buscar agua a las tres de la mañana. Cada vez que se pone esa maldita sudadera tuya y el olor a ti se le queda pegado a la piel.
Tristan se detuvo. Apoyó la frente contra la de su hermano.
—Entonces ¿qué propones?
Sebastian miró hacia la puerta entreabierta, como si pudiera ver a través de las paredes hasta la habitación de su hijo.
—Una aplicación.
Tristan arqueó una ceja.
—¿Una aplicación?
—Una app de acosador. Anónima. Solo para Ravenshade. Él podrá crear un perfil, escribir sus fantasías… y nosotros podremos cumplirlas. Todas.
Tristan se quedó quieto. Luego una sonrisa lenta, peligrosa, se extendió por su rostro.
—Tú eres un genio enfermo, Sebastian.
—Lo aprendí de ti.
Pasaron las siguientes semanas construyendo la aplicación en secreto, usando los servidores de su propia empresa. Ravenshade Stalker. Un perfil de víctima. Un rastreador preciso hasta tres metros. Reseñas anónimas verificadas. Y un sistema de estrellas que solo ellos controlaban.
La noche en que Noah subió el perfil de “Chicobonito”, los dos estaban en la oficina del sótano, mirando la pantalla del portátil.
Apareció la foto en la que llevaba la sudadera universitaria de Tristan. Otra en la que estaba sin camiseta, con los abdominales marcados y la mano dentro de los boxers. La última… boca arriba en la cama, con una erección clara bajo la tela negra.
Tristan soltó un gruñido bajo.
—Míralo. Está pidiendo a gritos que lo rompan.
Sebastian no contestó de inmediato. Su mirada estaba fija en la lista de fantasías que Noah había escrito:
- Tómame a la fuerza contra mi voluntad.
- Fóllame y hazme tuyo hasta que me desmaye.
- Penétrame con dos al mismo tiempo hasta que no pueda respirar.
El silencio se alargó.
—Estrella —ordenó Sebastian con voz ronca.
Tristan movió el cursor y marcó el perfil.
Una notificación roja apareció en la pantalla: Perfil destacado. El acosador ha tomado interés.
Tristan se pasó una mano por la cara.
—Recuerdo cuando tenía diecisiete. Se había quedado dormido en el sofá después de estudiar. Llevaba solo los boxers. Yo pasé por ahí a apagar la luz y me quedé mirándolo… la forma en que respiraba, la curva de su cadera, el bulto suave entre las piernas. Tuve que irme al baño a correrme en silencio como un maldito adolescente.
Sebastian cerró los ojos.
—Yo lo vi una vez en la ducha. La puerta estaba entreabierta. Tenía dieciocho recién cumplidos. Se estaba tocando… lento… y susurraba algo. No pude oír qué. Me corrí en los pantalones sin ni siquiera tocarme.
Se miraron.
—Esta noche —dijo Tristan—. La conferencia es la excusa perfecta.
Sebastian asintió.
—Le dejaremos un sándwich en la nevera. Y una botella de Jack a medio vaciar en la encimera. Para que baje la guardia.
Tristan se inclinó y lo besó, profundo, posesivo.
—Esta noche dejamos de fingir.
Sebastian tomó el teléfono y envió el mensaje al grupo familiar:
Tristan y yo tenemos una conferencia este fin de semana. Salimos justo después del trabajo. ¿Crees que estarás bien solo unos días?
La respuesta de Noah llegó en menos de un minuto:
Sí. ¿Por qué no iba a estarlo?
Sebastian sonrió en la oscuridad del sótano.
Guardó el teléfono, apagó el portátil y miró a su hermano.
—Esta noche, el chico guapo dejará de ser solo una fantasía.
***
El viernes por la tarde, después de clases, Noah se dejó caer en el sofá del salón con el teléfono en la mano y el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. Maya estaba sentada a su lado, con las piernas cruzadas y una sonrisa traviesa.
—Dale, no seas cobarde —dijo ella, empujándolo con el hombro—. Si de verdad quieres que te cojan como en tus putas fantasías, tienes que subir el perfil.
Noah se mordió el labio inferior. La app del Acosador de Ravenshade brillaba en la pantalla. El nombre “Chicobonito” ya estaba escrito. Solo faltaba subir las fotos y activar el rastreador.
—¿Y si nadie me elige? —preguntó en voz baja.
Maya se rio.
—Con esa cara y ese cuerpo? Por favor. Sube la foto de la sudadera del tío Tristan. Esa te queda demasiado bien.
Obedeció. Subió tres fotos: una con la sudadera gris de la universidad de su tío, otra sin camiseta frente al espejo del baño y la última acostado en la cama, con la mano dentro de los boxers negros. Luego escribió las tres fantasías que llevaba meses guardando:
- Tómame a la fuerza contra mi voluntad.
- Fóllame y hazme tuyo hasta que me desmaye.
- Penétrame con dos al mismo tiempo hasta que no pueda respirar.
Cuando activó el rastreador, una notificación verde apareció:
Perfil activo. Esperando interés del acosador.
Maya le dio un golpe en el muslo.
—Listo. Ahora solo queda esperar.
Esa misma tarde, Sebastian y Tristan bajaron las maletas hasta el coche. Sebastian se detuvo en la puerta y miró a Noah con esa expresión seria que siempre le ponía la piel de gallina.
—¿Seguro que estarás bien solo?
—Sí, papá. No soy un niño.
Tristan se acercó y le revolvió el pelo con cariño.
—Hay comida en la nevera. Y si necesitas algo, llama.
—Lo sé.
Los dos hombres se subieron al coche y se alejaron por el camino de grava. Noah se quedó mirando hasta que desaparecieron entre los árboles. Luego cerró la puerta, se apoyó contra ella y soltó un suspiro tembloroso.
Por fin estaba solo.
Cayó la noche. Noah se sirvió un vaso generoso de Jack Daniels, se puso solo los boxers y se recostó en el sofá con la tele encendida a bajo volumen. El alcohol le calentaba la sangre. La app seguía abierta en el teléfono. Ninguna notificación.
Hasta que, de repente, el móvil vibró.
El acosador ha marcado tu perfil con una estrella.
El corazón se le subió a la garganta. Un segundo después, otra notificación:
El acosador se acerca. Distancia estimada: 200 metros.
Noah se incorporó de golpe. El vaso temblaba en su mano. 150 metros. 100. 50.
La puerta del porche se abrió con un clic suave.
Él se quedó congelado en el sofá, con el vaso a medio camino de los labios.
Un hombre enmascarado entró. Alto. Ancho de hombros. Vestido de negro de pies a cabeza. La máscara cubría toda la cara excepto la boca. En la mano derecha llevaba un pequeño aerosol.
Noah intentó levantarse, pero el acosador ya estaba encima de él.
—Hola, chico guapo —dijo con voz distorsionada y grave.
El aerosol silbó. Un vapor frío le golpeó la cara. Noah tosió, intentó gritar, pero el cuerpo se le volvió pesado. El vaso cayó al suelo y se hizo añicos.
El acosador lo levantó como si no pesara nada y lo empujó contra el respaldo del sofá. Las manos grandes le bajaron los boxers de un tirón. Noah intentó forcejear, pero las piernas no le respondían del todo.
—Shhh… no pelees —susurró el acosador contra su oreja—. Puedo oler tu miedo… me excita muchísimo.
Noah gimió cuando sintió la lengua caliente recorrerle el cuello. El hombre lo giró bruscamente y lo obligó a ponerse de rodillas en el sofá, con el pecho apoyado en el respaldo y el culo al aire.
—Mira qué agujero tan virgen y apretado —gruñó, separándole las nalgas con las manos enguantadas—. Voy a preñarte este agujero esta noche, chico guapo.
Noah soltó un jadeo cuando sintió la lengua del acosador lamerle desde los huevos hasta la entrada. El hombre se dedicó a comerle el culo con hambre, metiendo la lengua lo más profundo que podía, salivando, gimiendo contra su piel.
—Hueles delicioso… me moría por conocer tu olor natural —dijo entre lengüetazos.
Noah temblaba. El alcohol y el spray lo mantenían débil, pero su polla estaba completamente dura y goteando contra el sofá.
El acosador se levantó de golpe, lo agarró por el brazo y lo arrastró hacia las escaleras.
—Corre —ordenó.
Noah intentó huir. Subió dos escalones a la vez, pero el acosador lo alcanzó en el rellano. Lo empujó de bruces contra los escalones, le levantó las caderas y volvió a enterrar la cara entre sus nalgas. El sonido obsceno de la lengua chupando y follándole el agujero llenó el pasillo.
—Joder… estás temblando —dijo el acosador, con la voz más ronca—. Te gusta, ¿verdad? Te gusta que te coman el culo como a una puta.
Noah soltó un gemido ahogado. El acosador se rio bajito y lo levantó de nuevo, arrastrándolo hasta la habitación del tío Tristan. Lo tiró sobre la cama, le separó las piernas y se bajó la cremallera.
El sonido del látex siendo desenrollado hizo que Noah cerrara los ojos con fuerza.
—Voy a follarte hasta que no puedas pensar —prometió el acosador, alineando la gruesa cabeza de su polla contra la entrada todavía húmeda—. Voy a preñarte este agujero virgen y apretado esta noche, chico guapo. Y vas a tomar cada centímetro.
Empujó.
Noah gritó. El ardor fue intenso, casi insoportable. El acosador no se detuvo. Siguió empujando hasta que sus caderas chocaron contra el culo de Noah.
—Tan jodidamente apretado… —gruñó—. Mírame. Ábreme los ojos.
Noah obedeció. La máscara negra lo miraba desde arriba mientras el hombre empezaba a embestirlo con fuerza. Cada embestida hacía crujir la cama. El sonido de piel contra piel llenaba la habitación.
—Tómala… tómala toda —ordenaba el acosador—. Este agujero es mío ahora. Dilo.
—E-es tuyo… —jadeó Noah.
—Más alto.
—¡Es tuyo!
El acosador se inclinó y le mordió el hombro mientras aceleraba el ritmo. Una mano le agarró la polla y empezó a masturbarlo al mismo tiempo.
—Vas a correrte con mi polla dentro —le dijo al oído—. Vas a correrte como la putita que eres.
Noah se arqueó. El orgasmo lo golpeó tan fuerte que vio estrellas. Se corrió sobre su propio estómago y sobre la mano del acosador, gritando sin control.
El acosador gruñó, embistió tres veces más y se quedó profundamente dentro mientras se corría dentro del condón.
Durante un largo momento solo se oyó la respiración agitada de los dos.
Luego el acosador se retiró con cuidado, se quitó el condón, lo ató y lo metió en un bolsillo. Sacó un pañuelo húmedo y limpió el semen del vientre de Noah con una ternura sorprendente.
—Buen chico —susurró, acariciándole el pelo—. Si eres un buen chico… me verás de nuevo pronto.
Se inclinó y le dio un beso suave, casi cariñoso, en los labios.
Luego se enderezó, se ajustó la máscara y salió de la habitación sin hacer ruido.
Noah se quedó tirado en la cama del tío Tristan, temblando, marcado, lleno y más vivo de lo que se había sentido en toda su vida.
En la pantalla del teléfono, que había quedado en el sofá de abajo, una última notificación brillaba en la oscuridad:
El acosador se ha retirado.
***
La luz de la mañana entraba a través de las cortinas entreabiertas de la habitación del tío Tristan. Noah abrió los ojos con dificultad. El cuerpo le dolía de una forma que nunca había experimentado. Cada músculo protestaba. Al intentar incorporarse, un ardor profundo entre las nalgas le arrancó un gemido ahogado.
Se quedó quieto un momento, respirando por la boca. La sábana olía a sexo, a sudor y a algo más… un aroma masculino, amaderado y ligeramente cítrico que le resultaba extrañamente familiar. Bajó la mirada. Tenía moretones en las muñecas, en las caderas y en la parte interna de los muslos. El hombro donde el acosador lo había mordido estaba marcado con claridad.
Se levantó con cuidado y caminó cojeando hasta el baño. Frente al espejo se examinó. El cuello tenía una marca roja. El pecho, arañazos superficiales. Y entre las nalgas… estaba sensible, hinchado, usado.
Sacó el teléfono del bolsillo de los boxers (alguien se los había subido mientras dormía) y abrió el chat con Maya.
Noah: Pasó.
Noah: Anoche. El acosador vino.
Noah: Me folló.
La respuesta de Maya llegó en segundos.
Maya: ¡¡¡QUÉ!!!
Maya: ¿Estás bien??
Maya: ¿Te hizo daño?
Maya: Cuéntame TODO. Ahora mismo.
Noah se sentó en el borde de la bañera y le escribió los detalles principales: la máscara, el spray, las escaleras, el rimming, cómo lo había tomado con fuerza en la cama del tío. Omitió algunas de las frases más sucias porque le daba vergüenza incluso escribirlas.
Maya respondió con una avalancha de mensajes:
Maya: Joder, Noah.
Maya: Eso es exactamente lo que pediste.
Maya: ¿Y cómo te sientes?
Maya: ¿Quieres que vaya?
Él miró su reflejo otra vez. El cuerpo le dolía, pero entre las piernas sentía un calor extraño, una satisfacción oscura.
Noah: Estoy bien. Raro. Pero bien.
Noah: No vengas. Papá y el tío regresan hoy.
Apagó el teléfono y bajó a la cocina. El sándwich que habían dejado en la nevera seguía intacto. La botella de Jack Daniels estaba casi vacía. Noah se sirvió un vaso de agua y se quedó mirando la puerta del porche, recordando cómo el acosador había entrado como si tuviera llave.
A media tarde escuchó el motor del coche de Sebastian en el camino de grava. El corazón se le aceleró. Bajó las escaleras lo más normal que pudo, aunque cada paso le recordaba lo que había pasado la noche anterior.
Sebastian entró primero, con el abrigo todavía puesto y esa expresión seria que siempre usaba cuando estaba preocupado. Tristan venía detrás, cargando las maletas.
—Estamos en casa —anunció Sebastian.
Noah intentó sonreír.
—Hola.
Sebastian lo miró de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron un segundo demasiado en la forma en que Noah se apoyaba en la pared, en cómo evitaba sentarse del todo.
—¿Estás bien? —preguntó con voz baja.
—Sí. Solo… dormí mal.
Tristan dejó las maletas y se acercó. Le revolvió el pelo con cariño, pero sus dedos se detuvieron un instante en la nuca, donde el acosador lo había agarrado la noche anterior.
—Tienes cara de no haber dormido nada —dijo el tío.
Noah se encogió de hombros y miró hacia otro lado.
Esa noche, después de la cena, Sebastian lo encontró en el pasillo del segundo piso. Noah iba camino a su habitación, todavía caminando con cuidado.
—Noah.
Se detuvo.
Sebastian se acercó. Su voz era suave, pero firme.
—Sube al baño. Ahora.
—¿Por qué?
—Porque te ves como si te hubiera atropellado un camión. Y porque soy tu padre. Sube.
El baño principal era amplio, con una bañera grande de hidromasaje. Sebastian abrió el grifo y dejó que el agua caliente llenara el espacio. El vapor empezó a empañar el espejo. Sacó una toalla limpia y la dejó sobre el lavabo.
—Quítate la ropa.
Noah dudó.
—Papá…
—Noah. Quítatela.
Obedeció. Se bajó los boxers con las manos temblorosas y se quedó desnudo frente a su padre. Sebastian no apartó la mirada. Sus ojos recorrieron los moretones, la marca del hombro, la forma en que Noah mantenía las piernas ligeramente juntas.
—Entra.
Noah se metió en el agua caliente y soltó un gemido de alivio cuando el calor envolvió su cuerpo adolorido. Sebastian se arremangó la camisa y se arrodilló al lado de la bañera. Tomó un vaso y empezó a mojarle el cabello con cuidado.
—Inclina la cabeza hacia atrás.
Noah obedeció. Los dedos fuertes de Sebastian se enterraron en su cabello, masajeando el cuero cabelludo con movimientos lentos y firmes. El olor a champú de menta llenó el aire. Noah cerró los ojos.
—Dime qué te duele —dijo Sebastian en voz baja—. Déjame ayudarte.
—Todo… —susurró Noah—. Pero sobre todo… atrás.
Los dedos de Sebastian se detuvieron un segundo. Luego continuaron el masaje, bajando ahora por la nuca, por los hombros, por el pecho. Cuando rozaron un pezón, Noah contuvo la respiración. Sebastian no retiró la mano. Pasó el pulgar una vez más, despacio, sintiendo cómo el pezón se endurecía bajo su toque.
—¿Fuiste un participante dispuesto? —preguntó de pronto, con esa voz grave que siempre usaba cuando quería la verdad.
Noah abrió los ojos. El vapor hacía que todo pareciera irreal.
—Sí —admitió en un susurro—. Yo… lo pedí.
Sebastian asintió lentamente. Su mano bajó por el abdomen de Noah, deteniéndose justo encima de la línea del vello.
—¿Puedo tocar tu entrada? —preguntó—. Solo quiero asegurarme de que no haya daño.
El corazón de Noah latía tan fuerte que estaba seguro de que su padre podía oírlo. Asintió.
Sebastian le hizo señal de que se levantara un poco y se girara. Noah se puso de rodillas en la bañera, con el pecho apoyado en el borde y el culo fuera del agua. Sintió la mano grande de su padre separarle las nalgas con cuidado. Un dedo, resbaladizo por el jabón, rozó el borde hinchado.
—Relájate —murmuró Sebastian.
El dedo empujó. Noah soltó un gemido largo cuando sintió cómo se abría alrededor de ese único dedo. Sebastian lo movió con lentitud, explorando, presionando suavemente.
—Estás hinchado… pero no hay desgarros —dijo con voz ronca—. Te usaron con fuerza.
Noah temblaba. Su polla, que había estado a medio endurecer, ahora estaba completamente dura y rozaba el borde frío de la bañera. Cada movimiento del dedo de Sebastian enviaba corrientes de placer y dolor mezclados por su columna.
—Papá… —gimió.
Sebastian no retiró el dedo. Al contrario, lo curvó ligeramente, buscando ese punto que hizo que Noah arquease la espalda.
—Shhh… déjame cuidarte.
En ese momento la puerta del baño se abrió.
Tristan entró, todavía con la camisa de la conferencia y el pelo revuelto por el viento. Se detuvo en seco al ver la escena: Noah de rodillas en la bañera, el culo al aire, el dedo de Sebastian metido hasta el nudillo, y la polla de su sobrino dura y goteando.
El silencio se densificó.
Tristan cerró la puerta con cuidado detrás de sí. Su mirada pasó de Sebastian a Noah y de vuelta.
—¿Todo bien? —preguntó con voz demasiado calmada.
Sebastian no sacó el dedo.
—Estaba revisando que no hubiera daño.
Tristan se acercó despacio. Se arrodilló al otro lado de la bañera. Su mano grande se posó en la espalda baja de Noah, acariciando en círculos lentos.
—Respira, chico guapo —dijo en voz baja.
Noah cerró los ojos con fuerza. Ese apodo. Esa forma de decirlo. El mismo tono que había usado el acosador la noche anterior.
El olor de los dos hombres lo envolvió: el amaderado de Sebastian, el cítrico de Tristan. Exactamente el mismo aroma que había sentido en la cama mientras el acosador lo follaba.
El dedo de Sebastian se movió una vez más, profundo, y Noah soltó un gemido que no pudo contener.
Tristan miró a su hermano por encima de la cabeza de Noah. Sus ojos se oscurecieron.
***
Pasaron tres días desde la noche del baño. Tres días en los que Noah apenas podía mirar a su padre o a su tío a los ojos sin que el cuerpo le traicionara. Cada vez que Sebastian le pasaba una mano por el hombro o Tristan le revolvía el pelo, el recuerdo del dedo dentro de él y de las palabras chico guapo le provocaba un calor inmediato entre las piernas.
Esa noche, cerca de la una de la madrugada, Noah se despertó con la garganta seca. Bajó descalzo hasta la cocina a por un vaso de agua. Al pasar por el pasillo del segundo piso notó que la puerta de la habitación de Sebastian estaba entreabierta. Una franja de luz cálida se filtraba. Y entonces lo oyó.
Un gemido grave, ronco, inconfundible.
—Sebastian… oh joder, Sebastian…
Era la voz de Tristan. Rota. Desesperada. Cargada de una necesidad que hizo que a Noah se le erizara la piel.
Se quedó congelado en medio del pasillo, con el vaso temblando en la mano. Otro gemido, más agudo esta vez, seguido del sonido húmedo y rítmico de piel contra piel. La cama crujía con fuerza, como si alguien la estuviera usando sin ninguna contención.
Noah se acercó en silencio hasta quedar justo al lado de la puerta. Por la rendija pudo verlos con claridad.
Sebastian estaba de rodillas detrás de Tristan. Lo tenía agarrado de las caderas con ambas manos, los dedos hundidos en la carne con tanta fuerza que dejaban marcas blancas. Tristan estaba a cuatro patas, la espalda arqueada, el pecho pegado al colchón y el culo en alto, ofreciéndose por completo. La polla gruesa de Sebastian entraba y salía de él con embestidas profundas y brutales, el sonido obsceno de piel mojada chocando llenaba la habitación.
—Más fuerte —rogó Tristan, la voz entrecortada y rota—. Joder, Sebastian… así… no pares… fóllame como si quisieras romperme…
Sebastian gruñó y aceleró el ritmo. Cada embestida hacía que el cuerpo entero de Tristan se sacudiera hacia adelante. El sudor brillaba en la espalda ancha de Sebastian, en los músculos de sus brazos, en la línea de vello que bajaba por su abdomen. Su expresión era de pura posesión: los ojos oscuros, la mandíbula tensa, la boca entreabierta en un jadeo constante.
—Tan apretado… —murmuró Sebastian con voz grave y ronca—. Siempre tan jodidamente apretado para mí. Llevas años tomándome y todavía me aprietas como la primera vez.
Tristan soltó un grito sofocado cuando Sebastian cambió el ángulo y empezó a golpearle exactamente en la próstata.
—Ahí… joder, ahí… Sebastian, no pares…
—¿Te gusta? —preguntó Sebastian, sin dejar de embestirlo—. ¿Te gusta que tu hermano te folle como a una puta?
—Sí… sí, me gusta… me encanta… —gimió Tristan, empujando el culo hacia atrás para encontrarse con cada embestida—. Soy tu puta… solo tuya… fóllame más duro…
Sebastian soltó una de las caderas de Tristan y le dio una nalgada fuerte. El sonido resonó en la habitación. Tristan gritó de placer.
—Dilo otra vez —ordenó Sebastian.
—Soy tu puta —repitió Tristan, la voz completamente rota—. Tu hermano… tu puta… la que siempre abre las piernas para ti…
Noah sintió que la polla se le endurecía de forma dolorosa dentro de los boxers. No pudo evitar bajar una mano y apretarse a través de la tela. El espectáculo frente a él era demasiado. Veía cómo la polla gruesa de su padre desaparecía por completo dentro de Tristan una y otra vez, cómo los huevos le golpeaban contra la piel, cómo el agujero de su tío se cerraba con desesperación cada vez que Sebastian se retiraba casi del todo solo para volver a enterrarse hasta la base.
—Voy a correrme dentro —advirtió Sebastian, la voz cada vez más grave—. Voy a llenarte. Y vas a quedarte así, con mi semen chorreándote por las piernas mientras duermes.
—Sí… hazlo… lléname… —suplicó Tristan—. Quiero sentirte escurriéndote de mí mañana…
Sebastian se inclinó sobre la espalda de su hermano, le mordió el hombro y aceleró todavía más. El ritmo se volvió casi salvaje. La cama golpeaba contra la pared. Tristan ya no formaba palabras, solo gemidos rotos y el nombre de Sebastian una y otra vez.
—Sebastian… Sebastian… me voy… me voy a correr…
—Córrete —ordenó Sebastian—. Córrete con mi polla enterrada hasta el fondo.
Tristan se corrió con un grito largo y desgarrado. Su cuerpo se tensó por completo, el agujero se cerró con fuerza alrededor de Sebastian y chorros de semen mancharon las sábanas debajo de él. Sebastian lo siguió segundos después. Se clavó hasta la base, gruñó contra el cuello de Tristan y se vació profundamente dentro de él, embistiendo con movimientos cortos y erráticos mientras se corría.
Durante un largo momento solo se oyó la respiración agitada de los dos. Sebastian seguía dentro, sin salir, acariciando el costado de Tristan con una ternura que contrastaba con la violencia de minutos antes.
—Te quiero —murmuró Sebastian contra su piel—. Aunque sea una mierda de forma de demostrarlo.
Tristan soltó una risa cansada y ronca.
—Cállate y bésame.
Sebastian se retiró despacio. El semen empezó a escurrir inmediatamente del agujero usado de Tristan. Sebastian lo observó un segundo, pasó dos dedos por el desastre y se los llevó a la boca de su hermano. Tristan chupó sin protestar.
Noah se corrió en su propia mano en ese mismo instante, mordiéndose el antebrazo con tanta fuerza que casi se hace sangre. El orgasmo lo dejó temblando y con las piernas flojas. Se subió los boxers como pudo, todavía con el semen caliente entre los dedos, y regresó a su habitación a oscuras, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.
No pudo dormir el resto de la noche.
El olor a sexo que se filtraba por debajo de la puerta de Sebastian se quedó impregnado en su nariz. Y la forma en que Tristan había gemido el nombre de su hermano… la forma en que Sebastian lo había poseído… todo se mezclaba en su cabeza con las noches del acosador hasta volverse casi insoportable.
***
Dos noches después, el acosador volvió.
Noah se había quedado dormido en el sofá del salón, con la tele puesta a bajo volumen y una manta hasta la cintura. La luz azulada de la pantalla parpadeaba sobre su cara. Soñaba algo confuso —manos grandes, una voz grave, el olor a madera y cítricos— cuando sintió un peso caliente y pesado posarse sobre él. Una mano enguantada le cubrió la boca con firmeza.
Abrió los ojos de golpe.
La máscara negra estaba a centímetros de su cara. Solo se veían los labios del hombre, entreabiertos, y el brillo oscuro de los ojos a través de las rendijas.
—Shhh… —susurró la voz distorsionada, baja y ronca—. No grites, chico guapo. Solo vine a usar lo que ya es mío.
Noah intentó forcejear. Empujó con las manos contra el pecho ancho del acosador, pataleó, intentó girar el rostro para liberarse de la mano que le tapaba la boca. Pero el hombre era demasiado fuerte. Lo inmovilizó con el peso de su cuerpo, le atrapó ambas muñecas con una sola mano y se las sujetó por encima de la cabeza contra el sofá.
—Lucha todo lo que quieras —murmuró el acosador contra su oreja—. Me gusta cuando te resistes. Me pone todavía más duro.
Le giró el cuerpo con facilidad hasta dejarlo boca abajo sobre el sofá. La manta cayó al suelo. Le bajó los boxers hasta los muslos de un solo tirón y le separó las nalgas con ambas manos enguantadas, abriéndolo sin ninguna delicadeza. El aire frío de la habitación golpeó su entrada expuesta.
—Mira qué agujero tan bonito… —gruñó el acosador—. Todavía un poco hinchado de la última vez. Perfecto.
Sin más advertencia, enterró la cara entre las nalgas de Noah y empezó a lamerlo con lentitud obscena. La lengua caliente y húmeda recorrió el borde, presionó, se metió dentro lo más profundo que pudo. Noah soltó un gemido ahogado contra el cojín. El acosador se dedicó a comerle el culo como si tuviera todo el tiempo del mundo: chupaba, lamía, follaba el agujero con la lengua una y otra vez, baboso y ruidoso.
—Apuesto a que sueñan con follarte —dijo entre lengüetazos, la voz todavía distorsionada pero cargada de deseo—. Tu papá y tu tío… apuesto a que se corren pensando en este agujero cada noche. Que se tocan imaginando cómo se sentiría abrirte. Cómo sonarías gimiendo su nombre.
Noah temblaba. El acosador se rio bajito y le metió dos dedos de golpe, abriéndolo sin demasiada preparación. Los dedos enguantados se curvaron dentro de él, buscando, presionando.
—Este agujero ya es mío —gruñó—. Dilo.
—E-es tuyo… —jadeó Noah, la voz rota contra el cojín.
—Más alto.
—¡Es tuyo!
—Otra vez.
—¡Es tuyo! ¡Joder, es tuyo!
El acosador se puso el condón con una sola mano, sin dejar de follarlo con los dedos. Cuando estuvo listo, retiró los dedos, alineó la polla gruesa y empujó hasta el fondo de un solo movimiento brutal. Noah soltó un grito ahogado. El ardor fue intenso, casi demasiado, pero el acosador no le dio tiempo a acostumbrarse. Empezó a embestirlo con un ritmo posesivo, profundo, casi castigador. Cada embestida hacía que el sofá crujiera. Una mano le agarró el pelo y le tiró la cabeza hacia atrás, obligándolo a arquear la espalda.
—Vas a tomar todo lo que te dé —ordenó contra su oído, la voz grave y dueña—. Cada gota. Cada centímetro. Y cuando termine, te voy a dejar aquí tirado y lleno para que ellos te encuentren oliendo a mí. Quiero que tu papá huela mi semen en ti. Quiero que tu tío se dé cuenta de que alguien más ya te ha reclamado.
Noah se corrió sin que nadie le tocara la polla. El orgasmo lo atravesó como una descarga eléctrica: se tensó por completo, el agujero se cerró con fuerza alrededor de la polla del acosador y chorros de semen mancharon el sofá debajo de él. Gritó contra el cojín, temblando sin control.
El acosador gruñó, embistió tres veces más —profundas, posesivas— y se clavó hasta el fondo mientras se corría dentro del condón. Se quedó quieto un largo rato, respirando agitado contra la nuca de Noah, todavía enterrado hasta la base.
—Buen chico… —susurró al fin—. Tan bueno tomándome.
Cuando por fin se retiró, lo hizo con lentitud. Limpió a Noah con un pañuelo húmedo, con una ternura que contrastaba con la violencia de minutos antes. Le subió los boxers, le acomodó la manta otra vez sobre las caderas y le dio un beso suave, casi cariñoso, en la nuca.
—Duerme, chico guapo. Pronto vuelvo.
Y se fue. La puerta del porche se cerró con un clic apenas audible.
Noah se quedó tirado en el sofá, temblando, marcado, con el culo palpitando y la mente hecha un desastre.
***
La tercera visita ocurrió cuatro días después.
Esta vez Noah estaba profundamente dormido en su propia cama. La habitación estaba a oscuras, solo se filtraba un poco de luz de la luna por entre las cortinas. No oyó la puerta abrirse. No oyó los pasos. Solo sintió, a medias entre el sueño y la vigilia, que alguien le bajaba los boxers con cuidado y le levantaba una pierna, abriéndolo.
Una lengua caliente y paciente empezó a lamerle el agujero.
Noah gimió en sueños y empujó el culo hacia atrás, buscando más de esa sensación. La lengua se volvió más insistente: rodeó el borde, presionó, se metió dentro, lo folló con lentitud obscena. Noah seguía dormido, pero su cuerpo respondía. La polla se le endureció contra el colchón. Soltó otro gemido, más largo esta vez.
La lengua se convirtió en dedos. Dos. Luego tres. Lo abrieron con paciencia, curvándose, buscando ese punto que hacía que su cadera se moviera sola.
—Tan dulce cuando duermes… —susurró la voz distorsionada cerca de su oreja.
Los dedos desaparecieron. Noah sintió la cabeza gruesa de la polla enfundada presionar contra su entrada. Empujó despacio, centímetro a centímetro, hasta que estuvo completamente dentro. Noah gimió más fuerte, todavía medio dormido, y el acosador empezó a moverse.
Lo follaron con un ritmo lento, profundo, casi tierno. Cada embestida llegaba hasta el fondo y se quedaba allí un segundo antes de retirarse. El acosador se inclinó sobre su espalda y le susurraba cosas al oído entre embestidas, la voz grave y dueña:
—Tan dulce cuando duermes…
—Este agujero me reconoce… ya sabe quién es su dueño…
—Apuesto a que tu papá se volvería loco si te viera así… con la polla de otro hombre enterrada hasta el fondo mientras sueñas…
—Vas a tomar todo lo que te dé, chico guapo. Aunque estés soñando. Aunque no sepas todavía quién soy.
Noah se despertó del todo solo cuando el orgasmo lo atravesó. Se corrió sobre las sábanas con un gemido roto y largo, el cuerpo sacudiéndose, todavía con la polla del acosador enterrada hasta la base. El hombre aceleró un poco, embistiendo con más fuerza ahora que Noah estaba consciente, y se corrió segundos después. Se quedó dentro un largo rato, sin salir, acariciándole el costado con una ternura que contrastaba con todo lo demás. Los dedos enguantados le recorrían la piel con lentitud, casi con cariño.
—Pronto ya no tendrás que imaginar quién soy —le susurró cerca de la oreja, la voz más baja, más íntima—. Pronto vas a saberlo. Y cuando lo sepas… vas a rogarme que te folle sin máscara.
Cuando por fin se retiró, limpió a Noah otra vez con un pañuelo húmedo, le subió los boxers, le acomodó la manta hasta los hombros y le dejó un último beso en la sien.
La puerta se cerró con un clic suave.
Noah se quedó mirando el techo en la oscuridad, con el corazón desbocado y la mente hecha un caos absoluto.
El olor que el acosador dejaba en las sábanas era exactamente el mismo que el de Sebastian y Tristan mezclados.
La forma de decir chico guapo.
La forma de agarrarlo.
La forma de follarlo como si lo conociera desde siempre… como si tuviera derecho a hacerlo.
La confusión se había vuelto casi insoportable.
***
La cuarta visita llegó cinco noches después.
Noah se había acostado temprano, agotado de tanto pensar, de tanto oler las sábanas que todavía guardaban el aroma de la última vez. Se quedó dormido con la luz de la luna filtrándose por la ventana y una mano metida dentro de los boxers, como si el cuerpo no quisiera soltar del todo la costumbre.
No oyó la puerta de su habitación abrirse.
Solo sintió, de pronto, el colchón hundirse a ambos lados de su cuerpo.
Abrió los ojos.
Había dos figuras negras arrodilladas sobre la cama. Dos máscaras. Dos pares de ojos oscuros mirándolo a través de las rendijas. Uno más alto y ancho de hombros (Sebastian). El otro casi igual de grande, con la misma forma de inclinar la cabeza (Tristan).
El más alto habló primero, la voz distorsionada y grave:
—Esta noche no vienes solo, chico guapo.
El segundo se rio bajito, un sonido ronco que hizo que a Noah se le erizara la piel.
—Esta noche te vamos a romper entre los dos.
Noah intentó incorporarse, pero cuatro manos enguantadas lo empujaron de nuevo contra el colchón. Le bajaron los boxers de un tirón y se los quitaron por completo. Una de las figuras sacó una pequeña cámara de acción del bolsillo del pecho, la encendió y se la sujetó al arnés que llevaba sobre el torso. El led rojo empezó a parpadear.
—Sonríe para la cámara —dijo el más bajo, la voz llena de diversión oscura—. Vamos a guardar esto. Para después.
Lo giraron con facilidad. Uno se arrodilló detrás de él, el otro se colocó delante. Noah se encontró de rodillas en la cama, el culo al aire y la cara a centímetros de una polla gruesa y ya dura que asomaba por la cremallera abierta.
El de delante le agarró el pelo con una mano enguantada y le rozó los labios con la cabeza húmeda.
—Abre.
Noah abrió la boca. La polla se deslizó dentro hasta la garganta de un solo empujón. Al mismo tiempo sintió cómo el de atrás le separaba las nalgas y le enterraba la cara entre ellas. La lengua caliente y hambrienta empezó a comerle el culo con ruidos obscenos, chupando, follándolo, salivando hasta que el agujero quedó resbaladizo y abierto.
—Huele tan jodidamente bien… —gruñó el de atrás entre lengüetazos—. Me moría por volver a probarte.
El de delante le follaba la boca con ritmo lento y profundo, obligándolo a tragar cada vez que llegaba al fondo.
—Míralo —dijo, mirando a su compañero por encima de la cabeza de Noah—. Tan puta. Tan perfecto. Y todavía no sabe que somos nosotros.
Noah gimió alrededor de la polla. El sonido vibró. El de atrás metió dos dedos de golpe, luego tres, abriéndolo sin prisa pero sin piedad. Cuando estuvo lo bastante suelto, retiró los dedos, se puso el condón y alineó la polla.
—Relájate, chico guapo. Vas a tomar las dos.
Empujó.
Noah soltó un grito ahogado contra la polla que tenía en la boca. El ardor fue intenso, pero el cuerpo ya conocía esa invasión. El de atrás empezó a embestirlo con fuerza, profunda, posesiva, mientras el de delante le follaba la garganta al mismo ritmo. Los dos se movían como si llevaran años practicando juntos.
Después de varios minutos, el de atrás se retiró de golpe. El de delante también. Noah se quedó jadeando, con hilos de saliva cayéndole por la barbilla y el culo palpitando, abierto y vacío.
—Ahora de verdad —dijo el más alto.
Lo tumbaron de lado. El más bajo se recostó frente a él, le levantó una pierna y se embistió hasta el fondo de un solo movimiento. Noah gritó. Un segundo después sintió la segunda polla presionar contra la misma entrada, ya ocupada.
—No… espera… no cabe…
—Sí cabe —gruñó el de atrás—. Vas a abrirte para nosotros. Como pediste.
Empujó.
El dolor fue blanco, cegador, casi demasiado. Noah arqueó la espalda y soltó un gemido largo y roto. Las dos pollas se deslizaron centímetro a centímetro hasta que las cuatro caderas quedaron pegadas a su cuerpo. Estaba completamente lleno. Estirado hasta el límite. Cada respiración hacía que las dos pollas se movieran dentro de él.
—Míralo… —susurró el de delante, la voz temblando de placer—. Tan abierto. Tan nuestro.
Empezaron a moverse.
Al principio lento, coordinados, uno entrando mientras el otro salía. Después más rápido. Más fuerte. El sonido obsceno de piel contra piel y de dos pollas follando el mismo agujero llenó la habitación. La cámara en el pecho de uno de ellos captaba cada embestida, cada gemido, cada lágrima que se le escapaba a Noah por las comisuras de los ojos.
—Vas a tomar todo lo que te demos —gruñó el de atrás—. Cada gota. Cada centímetro. Y cuando terminemos, te vamos a dejar aquí tirado y lleno para que ellos te encuentren oliendo a nosotros.
—Dilo —ordenó el de delante—. ¿De quién eres?
—De ustedes… —jadeó Noah, la voz rota—. Soy de ustedes…
—Otra vez.
—¡Soy de ustedes!
Los dos aceleraron. Noah se corrió sin que nadie le tocara la polla, gritando, el cuerpo convulsionando alrededor de las dos invasiones. El orgasmo lo dejó temblando y con la visión borrosa. El de delante gruñó y se vació dentro del condón segundos después. El de atrás lo siguió casi de inmediato, embistiendo con movimientos cortos y erráticos hasta que también se corrió.
Se quedaron quietos un largo rato, todavía enterrados hasta el fondo, respirando agitados contra su piel. Uno de ellos le acarició el pelo con una ternura absurda. El otro le limpió las lágrimas de las mejillas con el dorso del guante.
—Buen chico… —susurró el más alto—. Tan bueno tomándonos a los dos.
Cuando por fin se retiraron, lo hicieron con cuidado. Limpiaron el desastre entre las piernas de Noah con pañuelos húmedos. Le subieron los boxers. Le acomodaron la manta hasta los hombros. El que llevaba la cámara apagó el led rojo y se guardó el dispositivo en el bolsillo.
El más bajo se inclinó y le dio un beso suave, casi cariñoso, en los labios a través de la máscara.
—Pronto ya no tendrás que imaginar quiénes somos —le susurró—. Pronto vas a saberlo. Y cuando lo sepas… vas a rogarnos que te follemos sin máscara.
La puerta se cerró con un clic suave.
Noah se quedó mirando el techo en la oscuridad, el culo palpitando, el cuerpo marcado por cuatro manos, y la certeza absoluta de que el olor que ahora impregnaba sus sábanas era exactamente el de Sebastian y Tristan mezclados.
La confusión ya no era confusión.
Era casi certeza.
Y esa certeza le quemaba más que cualquier otra cosa.
Continuará…
Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos y si quieren ver algunas imágenes de los personajes. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott
Los quiero <3

Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!