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Gays, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Acosador-es 2/2

Un chico quiere hacer realidad sus fantasías y fetiches, se crea una cuenta en una app donde un acosador está dispuesto a hacer realidad todas y cada una de ellas.
ANTES DE LEER ESTE RELATO, Advertencias:

Incesto explícito, Sexo con Consentimiento no consentido (fetiche de violación) y asalto sexual enmascarado, Doble penetración, grabación sexual y referencias a fantasías desde los 15 años, Contenido adulto extremo, oscuro y tabú.


Era viernes.

Sebastian apareció en la puerta de la habitación de Noah poco después de las nueve, con el pelo todavía húmedo de la ducha y una expresión tranquila que no lograba ocultar del todo el brillo oscuro de sus ojos.

—Esta noche hacemos noche de cine en la cama grande —dijo—. Tristan ya eligió la película. Ven.

Noah dudó solo un segundo. El cuerpo todavía le dolía de forma deliciosa de la última visita, y el olor a los dos hombres se le había quedado pegado a la piel como una segunda capa. Asintió y lo siguió por el pasillo.

La habitación de Sebastian olía exactamente como siempre: sudor limpio, la colonia amaderada que usaba desde que Noah tenía memoria, el detergente de las sábanas y, debajo de todo, ese rastro cítrico que compartía con Tristan. La cama era enorme, con un cabecero de madera oscura y sábanas grises recién cambiadas. Tristan ya estaba sentado contra los almohadones, en boxers negros y una camiseta vieja, con el mando en la mano.

—Al medio, chico —dijo Tristan, dándole una palmada al espacio entre él y el lado donde se iba a recostar Sebastian.

Noah se metió bajo la manta gruesa. Sebastian apagó la luz del techo. Solo quedó el resplandor azulado de la pantalla. Tristan puso play.

La película era un drama francés en blanco y negro de los años sesenta. Dos hermanos. Una casa grande en el campo. Miradas que se alargaban demasiado. Silencios cargados. Noah intentó concentrarse en los subtítulos, pero el calor de los dos cuerpos a cada lado era imposible de ignorar. Sebastian a su izquierda, Tristan a su derecha. Ambos más altos, más anchos, rodeándolo como si la cama hubiera sido hecha exactamente para que él cupiera entre ellos.

Cinco minutos después, Sebastian pasó el brazo por detrás de la cabeza de Noah y lo atrajo un poco hacia su hombro. Tristan hizo lo mismo desde el otro lado. Noah quedó atrapado entre los dos pechos, sintiendo el latido lento de ambos. El olor a colonia y piel limpia lo envolvió por completo.

En algún punto de la pelicula las posiciones de Sebastian y Tristan cambiaron, quedándose los dos juntos. uno al lado del otro y Noah no se alcanzó a dar cuenta por estar concentrado en la pelicula.

La mano de Sebastian desapareció bajo la manta.

Noah no miró. No se atrevió. Pero oyó el leve ruido de la cremallera de los pantalones de chándal de Tristan abriéndose. Después un suspiro bajo, ronco, que hizo que el colchón se moviera casi imperceptiblemente. Sebastian estaba masturbando a su hermano con movimientos lentos y firmes. Noah sentía el ritmo a través de la cama: el ir y venir de la mano de su padre, el modo en que Tristan contuvo la respiración y después la soltó temblando.

Tristan giró un poco el cuerpo hacia Noah. Su mano izquierda se deslizó bajo la manta, buscó la cintura de los boxers de Noah y entró. Los dedos estaban frescos, contrastando con el calor ya creciente de la polla de Noah, que se había endurecido a medias sin que él lo notara del todo. Tristan lo agarró con suavidad primero, solo acariciando, midiendo el peso, el grosor, la forma en que latía contra su palma.

La voz de Tristan fue apenas un aliento contra su oreja:

—Mira la película, Noah… no a nosotros.

Noah tragó saliva y forzó la mirada a la pantalla. En la película los dos hermanos se besaban por primera vez, torpes y desesperados bajo la lluvia. La mano de Tristan apretó más, subió y bajó con el pulgar rozando el glande ya húmedo de precum.

—Tan mojado… —susurró Tristan, la voz llena de algo oscuro y satisfecho—. Qué buen chico.

Sebastian se inclinó desde el otro lado. Su boca quedó a centímetros de la oreja de Noah. La voz le salió más grave, más baja, casi la misma que usaba el acosador cuando le hablaba a través de la máscara:

—No mires, chico guapo. Déjanos cuidarte.

La mano de Tristan aceleró. Noah mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se hizo sangre para no gemir. Sebastian seguía masturbando a Tristan al mismo ritmo exacto, como si las dos manos estuvieran conectadas por un mismo hilo invisible. Noah sentía el brazo de su padre moverse detrás de su cabeza, el olor a sexo empezando a mezclarse con el de la colonia, el calor de los dos cuerpos volviéndose casi sofocante.

Tristan se acercó todavía más. La boca casi pegada a la oreja de Noah, la respiración caliente:

—Tan apretado para tu hermano mayor…

La frase quedó suspendida en el aire, deliberadamente ambigua, sucia, imposible de malinterpretar y al mismo tiempo imposible de confrontar. Noah soltó un gemido bajito, ahogado. La manta se movió. Sebastian tiró de ella un poco hacia abajo. Ahora se veía la mano de Tristan dentro de los boxers de Noah, los movimientos húmedos, el brillo del precum en los nudillos, la forma en que la polla de Noah se curvaba hacia el abdomen cada vez que el pulgar rozaba la ranura.

Tristan sacó la polla de Noah completamente. La dejó al aire, dura, goteando. Sebastian bajó la manta un poco más y la miró. Sus ojos se oscurecieron.

—Hermosa —murmuró, exactamente la misma palabra, el mismo tono que había usado el acosador la primera noche.

Tristan aceleró. Noah arqueó la espalda. El orgasmo se le subió demasiado rápido, demasiado fuerte. Sebastian se inclinó y lamió una gota de precum que ya se había escapado hasta el pecho de Noah. Después levantó la mirada hacia Tristan, la voz ronca y ordenadora:

—Córrete para nosotros… pinta el pecho de tu papá.

Noah no aguantó.

Se corrió en chorros fuertes, calientes, sobre su propio abdomen y el pecho desnudo de Sebastian. Tristan no paró. Siguió masturbándolo con movimientos lentos y firmes hasta exprimir la última gota, hasta que Noah tembló y soltó un gemido roto y largo. Inmediatamente Tristan se inclinó y lamió el semen del pecho de Sebastian y del de Noah. Lento. Obsceno. Mirándolo a los ojos mientras lo hacía, la lengua plana y caliente recogiendo cada rastro.

Sebastian se quitó la manta del todo de un solo movimiento. Se puso de rodillas entre las piernas abiertas de Tristan, que seguía medio encima de Noah. Escupió en su propia mano, se lubricó la polla gruesa y ya dura, y entró en Tristan de un solo empujón profundo. Tristan gritó contra el cuello de Noah, el sonido ahogado y desesperado. Sebastian empezó a follarlo con fuerza, cada embestida empujando el cuerpo entero de Tristan contra el de Noah, haciendo que las tres caderas se movieran juntas.

Mientras tanto Sebastian se inclinó y besó a Noah.

El beso fue profundo, sucio, abierto. Noah saboreó su propio semen en la lengua de su padre, mezclado con el sabor de Tristan. Sebastian no tuvo prisa. Lo besó como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo, mientras seguía embistiendo a su hermano con un ritmo brutal y constante.

Tristan estaba atrapado entre los dos. Sebastian lo follaba sin piedad, las manos agarrándole las caderas con fuerza suficiente para dejar marcas. Noah, todavía sensible y temblando, bajó la mano y masturbó a Tristan con dedos torpes y húmedos. Tristan gemía contra su cuello, el aliento caliente, el cuerpo sacudiéndose con cada embestida.

Sebastian gruñó, la voz baja y cargada de promesa:

—No puedo esperar a follarte de nuevo.

La frase quedó flotando, ambigua, peligrosa. Podía ser para Tristan. Podía ser para Noah. Ninguno de los dos preguntó.

Tristan se corrió por segunda vez entre los cuerpos de los tres, chorros calientes manchando el abdomen de Noah y la mano que lo masturbaba. Sebastian lo siguió segundos después. Se clavó hasta el fondo, gruñó contra el hombro de su hermano y se vació profundamente dentro de él, embistiendo con movimientos cortos y erráticos mientras se corría.

Se quedaron los tres enredados.

Sudorosos. Respirando agitados. El semen de Noah todavía brillante en el pecho de Sebastian, el de Tristan esparcido entre los tres cuerpos, el de Sebastian empezando a escurrir lentamente del agujero usado de Tristan. La película seguía sonando de fondo. En la pantalla los dos hermanos se abrazaban bajo la lluvia, pero ya nadie miraba.

Sebastian besó la frente de Noah, los labios suaves, casi tiernos. Tristan lamió una última gota de semen del pecho de Sebastian con la misma lentitud obscena de antes. Nadie habló durante un rato largo. Solo el ruido de la respiración de los tres y el diálogo en francés que ya nadie escuchaba.

Noah cerró los ojos.

Estaba atrapado entre ellos. Caliente. Marcado. Y por primera vez en semanas, la confusión ya no dolía tanto como el deseo de quedarse exactamente ahí, en medio, para siempre.

***

Fue un domingo por la tarde.

La casa estaba en silencio. Afuera llovía con esa lluvia fina y constante de Maine que empapaba los pinos y hacía que el mundo oliera a tierra mojada y madera húmeda. Noah estaba en el sofá del salón, con las piernas encogidas y el teléfono apagado sobre la mesa. Llevaba tres días sin poder mirar a su padre o a su tío a los ojos sin que el cuerpo le traicionara. Cada vez que Sebastian le pasaba cerca, el olor amaderado lo golpeaba como un puñetazo. Cada vez que Tristan le revolvía el pelo y le decía “chico guapo”, la voz le resonaba exactamente igual que la del acosador a través de la máscara.

Ya no podía seguir fingiendo.

Sebastian y Tristan bajaron juntos de la habitación de arriba. Venían de ducharse. El pelo todavía húmedo, las camisetas pegadas al pecho por el vapor, el olor a jabón y a piel caliente mezclándose con la colonia que ambos usaban. Se detuvieron al verlo sentado ahí, tan quieto.

Sebastian fue el primero en hablar.

—Noah.

Solo su nombre. Pero el tono era diferente. Más bajo. Más cargado.

Noah levantó la mirada. La voz le salió ronca, casi rota:

—Fueron ustedes.

El silencio que siguió fue tan denso que se podía morder. La lluvia golpeaba los cristales. El reloj de la cocina marcaba los segundos con una lentitud cruel.

Tristan fue quien dio el primer paso. Se acercó despacio, se arrodilló frente al sofá y miró a Noah a los ojos sin ninguna máscara esta vez.

—Sí —dijo simplemente—. Fuimos nosotros.

Sebastian se sentó a su lado en el sofá, lo bastante cerca para que Noah sintiera el calor de su muslo. No intentó tocarlo todavía. Solo habló, la voz grave y lenta, como si llevara años ensayando estas palabras.

—Creamos la aplicación solo para ti. Las reseñas eran inventadas. Todas. Las escribimos nosotros en las noches en que no podíamos dormir de tanto pensarte. El rastreador, las notificaciones, el sistema de estrellas… todo estaba diseñado para que solo tú pudieras ser la víctima. Nunca hubo otro acosador. Nunca hubo nadie más.

Noah tragó saliva. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.

—¿Desde cuándo?

Tristan se pasó una mano por la cara, el pelo húmedo cayéndole sobre la frente.

—Desde siempre —respondió—. Desde que tenías quince y te quedabas dormido en este mismo sofá con la cabeza en mi regazo. Desde que te ponías mi sudadera y el olor a mí se te quedaba pegado a la piel. Desde que te veíamos salir de la ducha y teníamos que irnos al baño a corrernos en silencio como dos adolescentes enfermos.

Sebastian continuó, la voz más baja todavía:

—Tristan y yo… empezamos cuando éramos adolescentes. Yo tenía diecisiete, él quince. Fue en el cobertizo del jardín de nuestros padres, una tarde de verano. No planeamos nada. Solo pasó. Y después siguió pasando. En secreto. Durante años. Hasta que yo… me asusté. Tenía miedo de lo que éramos. Miedo de lo que significaba. Entonces conocí a tu madre. Me aferré a ella como a un salvavidas. Me casé. Te tuvimos a ti. Y por un tiempo creí que podía ser normal.

Se quedó callado un momento. El olor a su piel húmeda de la ducha llenaba el espacio entre ellos: jabón, colonia amaderada, y debajo ese rastro masculino que Noah ya conocía demasiado bien.

—Después del divorcio me di cuenta de que nunca había dejado de amarlo —continuó Sebastian—. Que cada vez que Tristan entraba en una habitación mi cuerpo reaccionaba antes que mi cabeza. Que dormir sin él era una tortura. Volvimos. En secreto al principio. Después ya no tanto. Y entonces… empezaste a crecer tú.

Tristan tomó la palabra, la voz ronca:

—Te mirábamos y ya no eras el niño. Eras… deseable. Peligroso. Cada vez que te veíamos en boxers, cada vez que te olíamos después del entrenamiento, cada vez que te tocábamos el pelo o te dábamos un beso en la frente, el deseo se volvía más fuerte. Y más sucio. Empezamos a hablar de ello. De lo que sentíamos. De lo que queríamos. Y un día Sebastian dijo: “¿Y si pudiéramos tenerlo? ¿Y si los tres…?”

Sebastian miró a Noah directamente a los ojos.

—Creamos la app porque no sabíamos cómo decírtelo. Porque teníamos miedo de destruirte. Porque queríamos darte la oportunidad de pedir exactamente lo que deseabas sin que supieras que éramos nosotros. Cada noche que te follamos con la máscara puesta… cada vez que te llamábamos chico guapo… cada vez que te llenábamos y te dejábamos temblando… estábamos diciéndote la verdad de la única forma que nos atrevíamos.

El silencio volvió. Noah sentía el sudor frío en la nuca, el calor que le subía por el pecho, el modo en que su polla empezaba a endurecerse traicioneramente dentro de los boxers a pesar de todo. El olor de los dos hombres lo rodeaba por completo: el amaderado de Sebastian, el cítrico más fresco de Tristan, el jabón todavía caliente en su piel, el rastro de la ducha reciente.

—¿Y ahora? —preguntó Noah, la voz apenas un susurro—. ¿Qué quieren ahora?

Sebastian se inclinó. Le tomó la cara con las dos manos, los pulgares rozándole las mejillas.

—Ahora queremos que sepas. Que nos veas. Que nos sientas sin máscaras. Que sepas que siempre te hemos pertenecidо. Que eres nuestro chico guapo. Que vamos a preñarte los dos. Que cuando preguntemos a quién perteneces… la única respuesta que queremos oír es la verdad.

Tristan se levantó, se acercó y se arrodilló en el sofá al otro lado de Noah. Los tres quedaron tan cerca que el calor de sus cuerpos se mezclaba. El olor a sudor limpio, a colonia, a deseo contenido durante años llenaba el aire hasta volverse casi tangible.

Sebastian fue el primero en besarlo.

El beso no tuvo nada de tierno. Fue profundo, posesivo, abierto. Noah sintió la lengua de su padre invadiendo su boca, el sabor a menta de la pasta de dientes, el calor, la urgencia. Tristan no esperó. Se inclinó y empezó a besar su cuello, a morderle la piel justo debajo de la oreja, a inhalar su olor como si se estuviera muriendo de sed.

—Siempre te hemos pertenecido —susurró Sebastian contra sus labios—. Eres nuestro chico guapo.

Le bajaron la camiseta. Se la quitaron por la cabeza. Las manos de los dos hombres recorrieron su pecho, sus pezones, su abdomen. Tristan se inclinó y le chupó un pezón con fuerza, mientras Sebastian le mordía el otro. Noah gimió, el sonido roto y necesitado.

Sebastian lo tumbró en el sofá. Se quitó la camiseta de un tirón. El pecho ancho, el vello oscuro, el sudor todavía brillante de la ducha. Se bajó los pantalones y los boxers. Su polla gruesa y ya dura saltó libre, goteando. Se colocó entre las piernas de Noah, le levantó las caderas, le bajó los boxers y los tiró al suelo.

—Primero yo —dijo con voz ronca—. Quiero sentirte sin nada entre nosotros.

Escupió en su mano, se lubricó y empujó.

Noah gritó. El ardor fue intenso, familiar y nuevo al mismo tiempo. Sebastian entró hasta el fondo de un solo movimiento profundo y se quedó quieto, respirando agitadamente contra su cuello.

—Tan apretado… —gruñó—. Joder, Noah… siempre supe que te sentirías así.

Empezó a moverse. Embestidas largas, profundas, posesivas. Cada una hacía que el sofá crujiera. El olor a sexo empezó a mezclarse con el del jabón y la colonia. El sudor de Sebastian caía sobre el pecho de Noah. Tristan se arrodilló al lado y le ofreció su propia polla. Noah la tomó en la boca sin que se lo pidieran, chupándola con hambre mientras su padre lo follaba.

—Míralo —dijo Tristan, la voz rota de placer—. Tan puta. Tan perfecto. Tomando a su papá como si hubiera nacido para eso.

Sebastian aceleró. La mano le agarró el pelo a Noah y lo obligó a mirarlo a los ojos mientras lo embestía.

—Vamos a preñarte los dos —gruñó—. Esta noche te vamos a llenar hasta que no puedas más. ¿A quién perteneces?

Noah soltó la polla de Tristan solo el tiempo suficiente para responder, la voz rota y temblorosa:

—A ti… y al tío Tristan…

—Otra vez.

—¡A ti y al tío Tristan!

Sebastian se corrió con un gruñido profundo, clavándose hasta el fondo y vaciándose dentro de él. Se quedó quieto un largo rato, respirando agitadamente, el sudor brillándole en la frente, el pecho, los hombros. Cuando por fin se retiró, el semen empezó a escurrir inmediatamente.

Tristan no esperó.

Se colocó entre las piernas de Noah, alineó su polla todavía brillante de saliva y empujó dentro del agujero caliente y resbaladizo que su hermano acababa de usar. Noah soltó un gemido largo y desesperado. Tristan empezó a follarlo con un ritmo más rápido, más salvaje, las manos agarrándole las caderas con fuerza.

—Eres nuestro —gruñó Tristan—. Siempre lo has sido. Desde que eras demasiado joven para entenderlo. Desde que te mirábamos y nos tocábamos pensando en ti.

Sebastian se arrodilló al lado de la cabeza de Noah y le ofreció de nuevo su polla semidura. Noah la tomó, saboreando su propio sabor mezclado con el de su padre. Los dos hombres lo usaban al mismo tiempo: uno follándole el culo, el otro la boca. El olor a sexo, a sudor, a semen y a colonia llenaba el salón hasta volverse casi asfixiante.

Cuando Tristan se corrió, lo hizo con un grito ronco, embistiéndose hasta la base y vaciándose profundamente dentro de él. Se retiró despacio. El semen de los dos hermanos empezó a escurrir junto, caliente y espeso.

Pero no habían terminado.

Sebastian se recostó en el sofá y atrajo a Noah sobre su regazo, de espaldas contra su pecho. Tristan se colocó delante. Entre los dos lo levantaron, lo alinearon, y empujaron al mismo tiempo. Una polla desde abajo, la otra desde delante. Noah gritó cuando las dos cabezas presionaron juntas contra su entrada ya usada y resbaladiza. El dolor fue blanco, cegador, casi demasiado. Pero no pidió que pararan.

Centímetro a centímetro, las dos pollas se deslizaron dentro hasta que las cuatro caderas quedaron pegadas a su cuerpo. Estaba completamente lleno. Estirado hasta el límite. Cada respiración hacía que las dos invasiones se movieran.

—Míralo… —susurró Sebastian contra su oreja, la voz temblando—. Tan abierto. Tan nuestro.

Empezaron a moverse.

Al principio coordinados, uno entrando mientras el otro salía. Después más rápido. Más fuerte. El sonido obsceno de dos pollas follando el mismo agujero llenó el salón. El sudor de los tres se mezclaba. El olor a sexo era tan denso que se podía saborear. Noah lloraba de placer y de sobrecarga, los gemidos rotos y constantes.

—Siempre te hemos pertenecido —gruñó Sebastian.

—Eres nuestro chico guapo —añadió Tristan.

—Vamos a preñarte los dos —dijeron casi al unísono.

Sebastian le mordió el hombro y preguntó una última vez, la voz grave y dueña:

—¿A quién perteneces?

Noah gritó la respuesta mientras se corría sin que nadie le tocara la polla, el cuerpo convulsionando alrededor de las dos invasiones:

—¡A ti y al tío Tristan!

Los dos hombres lo siguieron segundos después. Se clavaron hasta el fondo, gruñeron contra su piel y se vaciaron dentro de él al mismo tiempo. El calor fue intenso, casi quemante. Se quedaron quietos un largo rato, todavía enterrados, respirando agitados, el sudor brillándoles en la piel, el olor a sexo y a colonia y a los tres mezclados impregnándolo todo.

Sebastian besó la sien de Noah. Tristan le lamió una lágrima de la mejilla.

Nadie habló durante varios minutos.

Solo el sonido de la lluvia contra los cristales y la respiración entrecortada de los tres cuerpos enredados en el sofá.

Por primera vez en años, no había máscaras.

Solo ellos.

Y la certeza absoluta de que ya no había marcha atrás.

***

La habitación de Sebastian olía a sexo, a sudor y a la colonia que los tres ya compartían como si fuera un perfume propio. La cama grande estaba deshecha. Las sábanas grises revueltas. Noah estaba recostado en el centro, desnudo, con Sebastian a su izquierda y Tristan a su derecha. Los tres se besaban sin prisa, lenguas lentas, bocas abiertas, el sabor de cada uno mezclándose hasta volverse indistinguible.

Las manos de Sebastian y Tristan bajaron al mismo tiempo. Envolvieron la polla de Noah, ya dura y goteando, y empezaron a masturbarlo juntos. Los dedos de uno se entrelazaban con los del otro. El pulgar de Sebastian rozaba el glande mientras Tristan apretaba la base. Noah gemía entre los besos, las caderas empujando hacia arriba, buscando más.

Sebastian se separó de su boca solo lo suficiente para hablar, la voz grave y ronca:

—Tan duro… ya estás listo para nosotros otra vez.

Tristan se rio bajito contra el cuello de Noah y mordió la piel con suavidad.

—Siempre está listo. Nuestro chico guapo nunca dice que no.

Los dos hombres bajaron por el pecho de Noah, dejando un rastro de besos y mordiscos. Se arrodillaron entre sus piernas abiertas. Sebastian tomó la polla de Noah en la boca primero, chupando profundo, la lengua plana y caliente. Tristan se unió un segundo después, lamiendo los huevos, subiendo por el tronco, encontrándose con los labios de su hermano alrededor de la misma polla. Se turnaban. Se besaban con la polla de Noah entre ellos. El sonido húmedo y obsceno llenaba la habitación.

Noah arqueó la espalda. Una mano en el pelo de Sebastian, la otra en el de Tristan.

—Joder… no paren…

Sebastian se separó solo un instante, un hilo de saliva conectando sus labios con el glande brillante.

—Córrete para nosotros —ordenó, la voz baja y dueña—. Queremos saborearte. Llena nuestra bocas, chico guapo.

Tristan asintió, la mirada oscura de deseo.

—Hazlo. Píntanos la lengua. Sé un buen chico y córrete para tu papá y tu tío.

Noah no aguantó mucho más. El orgasmo lo atravesó como una descarga. Se corrió en chorros calientes y espesos. Sebastian y Tristan se lo repartieron: uno se tragó la primera descarga, el otro la segunda, y después se besaron con la boca llena, compartiendo el semen de Noah entre ellos antes de volver a lamerlo hasta dejarlo limpio y sensible.

Noah temblaba, la respiración agitada, el pecho subiendo y bajando. Sebastian se incorporó, le acarició el pelo y sonrió con esa sonrisa peligrosa que Noah ya conocía demasiado bien.

—Tenemos una sorpresa para ti.

Se levantó de la cama, desnudo, la polla todavía semidura y brillante de saliva. Caminó hasta el televisor de la pared, tomó el mando y lo encendió. La pantalla se iluminó. Un menú simple apareció. Sebastian seleccionó un archivo y dio play.

La imagen tembló un segundo y después se estabilizó.

Era la habitación de Noah. La noche de la cuarta visita. La cámara de acción, montada en el pecho de uno de ellos, mostraba todo desde un ángulo bajo y cercano: las manos enguantadas separando las nalgas de Noah, la lengua negra de la máscara comiéndole el culo, después las dos figuras empujando dentro de él al mismo tiempo. El audio era nítido. Se oían los gemidos de Noah, los gruñidos de los dos acosadores, el sonido obsceno de piel contra piel y de dos pollas follando el mismo agujero.

En la cama, Noah se quedó mirando la pantalla con los ojos muy abiertos. El recuerdo lo golpeó con toda su fuerza. Sebastian regresó, se recostó a su lado y le susurró al oído mientras la grabación seguía:

—Esa noche Tristan era el que te estaba follando por detrás. Yo estaba en el baño, con la puerta entreabierta, escuchándote gritar y masturbándome hasta correrme en la mano. Deseando que fuera yo quien estuviera dentro de ti. Deseando que me dejaras olerte después.

Tristan se acercó por el otro lado, la boca contra la oreja de Noah, la voz ronca:

—Mira cómo te abrías para nosotros… cómo tomabas las dos. Eras tan perfecto.

En la pantalla, el Noah de la grabación gritaba mientras las dos pollas se enterraban hasta el fondo. El audio llenaba la habitación real:

—“Vas a tomar todo lo que te demos… cada gota… cada centímetro…”

Sebastian y Tristan se miraron por encima de la cabeza de Noah. Después bajaron las manos otra vez. Empezaron a masturbarse mientras miraban la pantalla, las pollas ya completamente duras otra vez. Tristan se inclinó y tomó la de Sebastian en la boca, chupando profundo, saboreando el rastro de semen de Noah que todavía quedaba. Sebastian gruñó y le agarró el pelo, embistiéndole la garganta con lentitud mientras seguían viendo la grabación.

Después se turnaron.

Sebastian se colocó entre las piernas de Noah y empujó dentro de él de un solo movimiento profundo. Noah gimió, el cuerpo todavía sensible. Tristan se arrodilló junto a su cara y le ofreció la polla. Noah la tomó en la boca. Mientras Sebastian lo follaba, el audio de la grabación seguía de fondo:

—“Hueles delicioso, chico guapo… me moría por conocer tu olor natural…”

Sebastian aceleró el ritmo, las manos agarrándole las caderas a Noah con fuerza.

—Mira cómo te follábamos… —gruñó, mirando la pantalla y después a Noah—. Eras tan perfecto. Tan abierto. Tan nuestro.

Se retiró después de unos minutos. Tristan tomó su lugar. Entró con un empujón largo y profundo. Sebastian se arrodilló detrás de Tristan, escupió en su mano, se lubricó y se embistió dentro de su hermano de un solo movimiento. Tristan gritó alrededor de la polla de Noah, el sonido vibrando. Sebastian empezó a follar a Tristan con fuerza, cada embestida empujando a Tristan más profundo dentro de Noah.

El audio de la grabación seguía:

—“Este agujero ya es mío… dilo…”

Sebastian se inclinó sobre la espalda de Tristan, le mordió el hombro y miró a Noah a los ojos mientras lo follaba a través del cuerpo de su hermano.

—Vas a tomar las dos pollas de tu papá y tu tío —prometió con voz grave—. Esta noche de verdad. Sin máscaras. Sin mentiras.

Se retiraron. Sebastian se recostó y atrajo a Noah sobre su regazo, de espaldas contra su pecho. Tristan se colocó delante. Entre los dos lo levantaron, lo alinearon y empujaron al mismo tiempo. Una polla desde abajo, la otra desde delante. Noah gritó cuando las dos cabezas presionaron juntas contra su entrada ya resbaladiza y usada. El dolor fue intenso, casi demasiado, pero no pidió que pararan.

Centímetro a centímetro, las dos pollas se deslizaron dentro hasta que las cuatro caderas quedaron pegadas a su cuerpo. Estaba completamente lleno. Estirado hasta el límite. Cada respiración hacía que las dos invasiones se movieran.

En la pantalla, el Noah de la grabación gritaba exactamente igual.

Sebastian y Tristan empezaron a moverse. Al principio lento, cuidadoso, coordinados. Uno entrando mientras el otro salía. Después más rápido. Más fuerte. El sonido obsceno de dos pollas follando el mismo agujero se mezclaba con el audio de la grabación:

—“Vas a tomar todo lo que te demos…”

Sebastian le mordió el hombro a Noah y habló contra su oído, la voz temblando de placer y de algo más profundo:

—Eres nuestro. Siempre lo has sido.

Tristan se inclinó y lo besó, sucio, abierto, mientras seguía embistiéndose dentro de él.

—Te quiero, chico guapo… —susurró contra sus labios—. Te quiero tanto que duele.

Sebastian aceleró el ritmo, las manos agarrándole el pecho a Noah, los dedos apretándole los pezones.

—Te quiero, hijo… —gruñó, la voz rota—. Te quiero, chico guapo. Siempre te hemos querido así.

Noah se corrió sin que nadie le tocara la polla, gritando, el cuerpo convulsionando alrededor de las dos invasiones. Sebastian y Tristan lo siguieron segundos después. Se clavaron hasta el fondo, gruñeron contra su piel y se vaciaron dentro de él al mismo tiempo. El calor fue intenso, casi quemante. Se quedaron quietos un largo rato, todavía enterrados, respirando agitados, el sudor brillándoles en la piel.

Cuando por fin se retiraron, el semen de los dos empezó a escurrir inmediatamente. Sebastian y Tristan se miraron. Después bajaron juntos entre las piernas de Noah. La voz de Sebastian fue baja, ordenadora y llena de deseo:

—Ahora, a comer.

Se inclinaron y empezaron a lamer. Lenguas calientes y lentas recogiendo el semen que se escapaba del agujero usado de Noah. Se turnaban. Se besaban con la boca llena. Chupaban hasta que Noah tembló otra vez, hipersensible, casi al borde de otro orgasmo. El audio de la grabación seguía de fondo, pero ya nadie lo escuchaba de verdad. Solo el sonido de las lenguas y de la respiración de los tres.

Cuando terminaron, se subieron otra vez a la cama. Sebastian se recostó en el centro. Tristan a un lado. Noah al otro. Lo atrajeron entre ellos, el cuerpo de Noah pegado al de los dos, las piernas enredadas, las manos acariciando sin prisa.

Sebastian besó la frente de Noah. Tristan le besó el hombro.

Nadie habló durante un rato largo.

Solo el sonido de la lluvia afuera y la respiración que se iba calmando.

Noah cerró los ojos. El olor a los tres mezclados lo envolvía por completo. El calor de los dos cuerpos lo mantenía anclado. Por primera vez en mucho tiempo, no había confusión. No había máscaras. Solo ellos.

Se quedó dormido entre su padre y su tío, exactamente donde siempre había pertenecido.

***

Epilogo

Pasaron seis semanas.

La aplicación del Acosador de Ravenshade ya no existía. Sebastian y Tristan la habían borrado de los servidores de su empresa una noche, en silencio, mientras Noah dormía entre ellos. No quedó ni un rastro. Ni perfiles. Ni reseñas inventadas. Ni notificaciones rojas. Solo el recuerdo de lo que había empezado todo.

Noah ya no vivía en su antigua habitación. Dormía en la cama grande de Sebastian, casi todas las noches. A veces Tristan se quedaba también. A veces los tres. La casa olía diferente ahora: más a sexo, más a colonia compartida, más a ellos. Nadie fingía ya. Nadie se escondía.

Era una mañana de noviembre. El frío de Maine se filtraba por las ventanas, pero dentro de la habitación el calor de los tres cuerpos lo mantenía todo suave y denso. Noah despertó primero. Estaba en el medio, como siempre. Sebastian a su izquierda, respirando profundo contra su nuca. Tristan a su derecha, con un brazo pesado atravesándole la cintura.

El sol entraba a través de las cortinas entreabiertas, dibujando rayas doradas sobre las sábanas grises y sobre la piel de los tres. Noah se movió un poco. Sintió la polla de Sebastian, semidura, rozándole el culo. La de Tristan, caliente contra su muslo. Sonrió en la penumbra.

Sebastian se despertó con el movimiento. Su mano grande subió por el pecho de Noah, los dedos lentos, casi perezosos, hasta encontrar un pezón y rozarlo con el pulgar.

—Buenos días, chico guapo —murmuró contra su oreja, la voz todavía ronca de sueño.

Tristan abrió los ojos un segundo después. Se incorporó un poco, le besó el hombro a Noah y después la boca, lento, sin prisa.

—Nuestro —susurró contra sus labios—. Siempre.

Sebastian se acomodó detrás de él. Escupió en su mano, se lubricó con calma y empujó dentro de Noah con una lentitud casi cariñosa. No había urgencia. No había máscaras. Solo el deslizamiento profundo y conocido. Noah soltó un gemido suave, el cuerpo abriéndose como si hubiera nacido para eso. Tristan se acercó más, le tomó la polla en la mano y empezó a masturbarlo al mismo ritmo que las embestidas de Sebastian.

—Tan bueno… —murmuró Sebastian, besándole la nuca—. Tan perfecto tomándome. Buen chico.

Tristan se inclinó y le chupó un pezón, la lengua caliente, los dientes rozando apenas.

—Nuestro chico guapo —dijo entre lengüetazos—. Siempre lo has sido. Desde antes de que lo supieras.

Sebastian lo follaba con movimientos largos y profundos, casi perezosos. Cada embestida hacía que el colchón crujiera suavemente. El olor a sexo matutino, a piel caliente y a colonia residual llenaba el aire. Noah se corrió entre los dedos de Tristan con un gemido largo y tembloroso. Sebastian lo siguió poco después, clavándose hasta el fondo y vaciándose dentro de él con un gruñido bajo y satisfecho.

Se quedaron así un rato. Enredados. Respirando. Sebastian todavía dentro. Tristan acariciándole el pelo a Noah con dedos perezosos.

—Te quiero —dijo Sebastian contra su piel.

—Te quiero —repitió Tristan.

Noah cerró los ojos y sonrió.

—Yo también. A los dos.

Más tarde, cuando el sol ya estaba más alto, Noah bajó a la cocina en boxers y una de las sudaderas viejas de Tristan. Maya estaba sentada en la isla, con una taza de café entre las manos y esa sonrisa de lado que siempre usaba cuando sabía más de lo que decía.

Lo miró de arriba abajo. La sudadera. Las marcas suaves en el cuello. La forma en que caminaba como si todavía sintiera algo dentro.

Maya arqueó una ceja. Dio un sorbo a su café. Y solo dijo, con esa voz tranquila y llena de complicidad:

—Al fin.

Noah se rio bajito, se sirvió café y se sentó frente a ella. No hizo falta explicar nada. Ella ya lo sabía. Quizá siempre lo había sospechado.

Esa noche, mientras Sebastian y Tristan discutían en voz baja sobre un nuevo proyecto de software y Noah los miraba desde el sofá con la cabeza apoyada en el respaldo, pensó en cómo había empezado todo.

Una sudadera universitaria robada.

Un perfil llamado Chicobonito.

Una aplicación que nunca debió existir.

Y dos hombres que lo habían querido en silencio durante años, hasta que ya no pudieron más.

Sonrió para sí mismo, el corazón tranquilo por primera vez en mucho tiempo.

En Ravenshade, algunas cosas están mejor cuando se quedan en familia.

Fin


Estoy aceptando peticiones para futuros relatos, sugerencias, consejos y si quieren ver algunas imágenes de los personajes. Todos es bienvenido solo escríbanme por Telegram: @Jakeabbott

Los quiero <3

4 Lecturas/28 agosto, 2026/0 Comentarios/por Phorass
Etiquetas: hermano, hermanos, hijo, incesto, madre, mayor, padre, sexo
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