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Gays

amor entre omar y camilo 1

Un relato de iniciación y romance juvenil ambientado en una finca del Atlántico, cerca de Barranquilla. La historia explora la complicidad, el descubrimiento y el afecto que surge entre Omar, de 16 años, y Camilo, de 17 e hijo del administrador del predio. Entre las tardes de calor, el trabajo en el.

Capítulo 1: El viento de los guayacanes

tal vez aca no hallan relatos explicitos todos vienen en el capitulo dos

 

El aire de la tarde en las afueras de Barranquilla no daba tregua. Era un calor denso, de ese que se pega a la piel y hace que las horas de la siesta transcurran con una lentitud casi pesada. Sin embargo, cuando el reloj marcaba las cuatro de la tarde, la brisa tibia que descendía desde la Costa Atlántica empezaba a colarse entre las frondas de los guayacanes y los palos de mango, trayendo consigo el aroma seco de la tierra trabajada, el olor del pasto recién cortado y esa sensación inconfundible de libertad que solo se respira en el campo.

Omar, de 16 años, caminaba con las manos en los bolsillos de su pantalón por el sendero principal de la finca. Las sombras de los árboles comenzaban a estirarse sobre la tierra batida, proyectando figuras alargadas que cambiaban con el vaivén del viento. A pesar de la tranquilidad del entorno, en el pecho de Omar había una pequeña inquietud, esa anticipación nerviosa pero agradable que experimentaba cada vez que la tarde caía y los trabajos pesados de la propiedad llegaban a su fin.

La finca era amplia, con potreros que se perdiendo de vista hacia el horizonte y una zona de corrales y almacenes donde se guardaba el maquinaria y los aparejos de los caballos. Era precisamente hacia la zona posterior de las caballerizas hacia donde Omar dirigía sus pasos. Sabía exactamente a quién encontraría allí.

Al doblar la esquina del granero de madera, el sonido de un hacha cortando leña y el choque metálico de las herramientas dio paso a la figura de Camilo. De 17 años e hijo del administrador de la finca, Camilo tenía la postura firme y la destreza de quien ha crecido trabajando bajo el sol caribeño. Llevaba una camiseta sencilla humedecida por el esfuerzo y un sombrero de paja echado un poco hacia atrás, dejando al descubierto su cabello oscuro y despeinado.

Al escuchar los pasos sobre las hojas secas, Camilo detuvo el movimiento de sus manos, se pasó el antebrazo por la frente húmeda y giró la cabeza. Al reconocer a Omar, una sonrisa franca y genuina se dibujó en su rostro, iluminándole la mirada.

—Pensé que te habías quedado dormido con el aire acondicionado de la casa principal —dijo Camilo, dejando a un lado la cuerda que estaba enrollando y apoyándose contra una de las vigas del cobertizo de madera.

—Imposible quedarse encerrado toda la tarde —respondió Omar, acercándose a la sombra del cobertizo y buscando la tranquilidad que solo ese rincón les ofrecía—. Adentro el ambiente estaba pesado, y preferí salir antes de que se oculte el sol.

—Hiciste bien —contestó Camilo, cuya voz tenía un tono cálido y pausado—. El día estuvo duro hoy, pero a esta hora la brisa del Atlántico siempre arregla las cosas.

Omar se acomodó en una banca de madera desgastada que solían usar para descansar al final de la jornada. Observó cómo Camilo terminaba de organizar las herramientas en el estante de pared, admirando la naturalidad con la que se movía y la confianza con la que asumía cada responsabilidad en la finca. Entre ambos existía una conexión especial que había ido creciendo silenciosamente durante los últimos meses, alimentada por tardes de conversaciones secretas, miradas compartidas y paseos a caballo lejos de la vista de los adultos.

Camilo caminó hacia una hielera de icopor que reposaba bajo la sombra de la pared posterior, sacó un termo con agua helada, bebió un sorbo y luego se acercó a la banca donde estaba Omar. En lugar de sentarse en la otra punta, se acomodó justo a su lado, lo suficientemente cerca como para que el calor de sus hombros se rozara levemente.

—Toma, refréscate un poco —dijo Camilo, pasándole el termo.

Omar tomó el recipiente, sintiendo el contraste del frío en sus manos calientes, y bebió. Mientras lo hacía, sintió la mirada fija de Camilo sobre él. No era una mirada dura ni inquisitiva; era intensa, llena de un afecto reservado que a Omar le aceleraba el pulso de inmediato.

—Gracias —murmuró Omar, devolviéndole el termo y buscando sus ojos.

—¿En qué tanto piensas hoy, Omar? Te noto un poco callado —preguntó Camilo, ladeando la cabeza y mirándolo con curiosidad.

—En nada en particular… o tal vez en lo rápido que pasan las semanas cuando estoy acá —admitió Omar en voz baja, bajando ligeramente la mirada hacia sus propias manos, que descansaban sobre sus rodillas.

Camilo guardó silencio por un momento, disfrutando del sonido lejano de las chicharras y el roce del viento en las tejas del cobertizo. Lentamente, estiró la mano y colocó los dedos sobre la mejilla de Omar, obligándolo con mucha suavidad a levantar el rostro para volver a cruzarse con sus ojos.

—A mí también se me pasa el tiempo volando cuando estás cerca —confesó Camilo en un susurro, mientras su pulgar acariciaba la piel tibia de la mejilla de Omar.

El gesto hizo que a Omar se le cortara por un segundo la respiración. La calidez del toque de Camilo disipó cualquier duda o nerviosismo. Omar inclinó levemente la cabeza hacia la mano de Camilo, aceptando el contacto y dejando que la sensación de protección y cercanía lo envolviera por completo.

Camilo aprovechó ese instante para acortar aún más la distancia. Desplazó su brazo por detrás de la espalda de Omar, rodeándolo con firmeza y atrayéndolo hacia su pecho, mientras el sol terminaba de hundirse en el horizonte, pintando el cielo de Barranquilla con matices de fuego y violeta. En ese rincón aislado de la finca, protegidos por la sombra de las caballerizas, los dos sabían que ese atardecer apenas marcaba el comienzo de algo mucho más profundo entre ellos.

6 Lecturas/6 de octubre de 2026/0 Comentarios/por omengari
Etiquetas: hijo
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