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Bisexual, Gays, Incestos en Familia

Amor Fraternal 2.1 El cumple de Lucas

Empieza el día de cumpleaños, Lucas recibe mucho amor de Aarón. Pero no todo en la familia es alegría..
Capítulo 2

Aarón despierta antes que Lucas.

Se queda un rato mirándolo dormir. Tiene la carita aplastada contra la almohada, el pelo negro desparramado por la funda, la boca abierta como los chicos, y una mano apoyada en su pecho, chiquita, tibia, con los dedos apenas cerrados. Aarón se la mira un rato y siente esa cosa que le pasa siempre, que no le pasa con nadie. Y después se inclina y le empieza a dar besos. En la frente, en la nariz, en los párpados, en la boca.

—Feliz cumple, mi amor.

Lucas refunfuña, se da vuelta y se tapa la cabeza con la sábana.

—No.

—¿Cómo que no?

—Es muy temprano. Y hoy soy el cumpleañero. Se me respeta.

Aarón se ríe y le destapa la cara.

—Ya son las diez.

—Y bueno. Los cumpleañeros dormimos hasta tarde.

—¿Eso quién lo dijo?

—Yo. —Lucas lo mira con un ojo—. Y es la regla.

—Sos un remolón.

—Soy el cumpleañero.

Aarón le come el cachete y Lucas se deja, medio dormido todavía. Abajo, en la cocina, se siente la voz de Javier y el golpeteo de la cafetera. La casa ya está despierta. Pero arriba, en esa pieza, con la puerta cerrada, es otro mundo.

—Quiero quedarme en casa —dice Lucas, con la voz pastosa—. Todo el día en la cama. Con vos.

—No podés. Hay que festejar.

—¿Con quién?

—Con tus amigos. Ya está todo arreglado. Vienen a las tres.

Lucas se queja, se estira como un gato y se deja besar. Aarón le acaricia la espalda, abajo de la remera, la piel tibia, y le da un último beso en el hombro.

—Ahora vuelvo. No te muevas.

Y baja a la cocina.

Vuelve con una bandeja: tostadas, manteca, mermelada, un vaso de jugo y una factura con una velita clavada.

Lucas se sienta de golpe.

—¿Y eso?

—De la torta de tu abuela. —Aarón se encoge de hombros y le deja la bandeja en la falda—. Después la devuelvo.

—Vas a ir al infierno.

—Por vos voy al infierno.

Lucas se ríe y se acomoda, encantado. Le gusta. Le gusta que su hermano le haga esas cosas, que se acuerde de todo, que le arme un cumpleaños ahí, en la cama, sin que nadie se lo pida.

—Es una velita de esas chiquitas —dice, mirándola.

—Es la que había.

—¿Y la prendés?

Aarón la prende con el encendedor. La llamita se queda temblando, y él se sienta al lado, le pasa el brazo por la espalda y le apoya la cabeza en el hombro.

—Pedí un deseo.

—¿Y si pido algo grande?

—Pedí lo que quieras. Es tu día.

Lucas cierra los ojos y se queda pensando. Se le frunce la carita, como si el deseo fuera un asunto de Estado, y Aarón, a su lado, no se lo pierde. Le gusta verlo así, concentrado, con las pestañas largas y la boca apretada.

—Ya está.

—Soplá.

Sopla. La llamita se apaga y un hilito de humo se va para arriba.

—¿Qué pediste? —dice Aarón, y le da un beso en la sien.

Lucas se pone colorado y se ríe, con la boca llena.

—No te puedo decir.

—¿Por qué?

—Porque no se dicen. Si los decís, no se cumplen.

—A mí sí me los tenés que decir —dice Aarón, y le clava los dedos en la cintura.

Lucas pega un chillido y se retuerce, y la bandeja casi se le va al piso.

—¡No! ¡Pará, cosquillas no!

—Entonces decime.

—No vale así.

—Vale todo.

Lucas se caga de risa hasta que se le llenan los ojos de agua, con esos ojitos que se le achican cuando se ríe, y al final se rinde. Se muerde el labio, mastica un pedazo de factura, y lo mira. Y le hace ese gesto tan de él: la cabecita de costado, la sonrisa torcida, la carita entera diciendo más que la boca.

—No me mientas —dice—. Vos también me lo tenés que decir, cuando pidas.

—Trato hecho. —Aarón le estira el meñique—. Cuando vos y yo pidamos, nos contamos.

Lucas le engancha el meñique y lo aprieta.

Y después, bajito, casi sin querer, con la vista en la bandeja:

—Yo pedí que estemos siempre juntos. —Traga—. Y que algún día no tengamos que hacer todo a escondidas.

A Aarón se le aprieta algo, ahí, en el medio del pecho. Se queda un segundo sin decir nada, mirándolo, y después le agarra la cara con las dos manos.

—Yo te voy a cumplir todos los deseos, ¿me escuchás? —Le habla contra la boca—. Todos. Y no seas bobo: nosotros nunca nos vamos a separar. Nunca.

Lucas lo mira con los ojos grandes.

—¿Nunca?

—Nunca.

Y se besan, despacito, con la factura a medio comer y la bandeja de por medio.

Después comen, medio abrazados, uno al lado del otro, pasándose la comida y los besos, como dos novios chiquitos en la cama.

En eso se abre la puerta y entra Brenda, con la ropa recién planchada doblada en los brazos. Viene con el uniforme puesto y el pelo atado, ya lista para trabajar.

—Buen día… —dice, y se frena al ver la escena.

Aarón se ríe.

—Buen día, turra.

—Les traje la ropa. La del nene también, que hoy cumple. —Brenda deja el paquete en la silla y se mira las manos—. Está la camisa celeste, la que le gusta.

—Dejala ahí.

Brenda se da vuelta para irse. Y Aarón estira el brazo, la agarra del codo, la atrae y estira la pierna para trabar la puerta. Después se levanta y le pone el seguro.

Brenda lo mira, y ya se le nota en la cara que algo le pasa. No es solo la duda. Es él. Aarón la tiene así desde el primer día, con una sola mirada, con una sola palabra bien dicha, y Brenda lo sabe y se odia por ser tan fácil.

—¿Y? —dice, para disimular.

—Y nada. —Aarón vuelve a la cama, se sienta al lado de Lucas y le pasa el brazo por los hombros—. Mirá el caramelo que tengo para el desayuno.

Brenda resopla, y se le nota que le gusta el piropo aunque se haga la ofendida.

—Pará que ayer me retaron.

—¿Y por qué te retaron?

—Por oler a pis. Estuvo toda la noche la señora con el tema. «Brenda, ¿te bañaste? Brenda, ¿qué es ese olor?»

—Por oler a puta —dice Aarón, y se ríe.

Lucas se ríe con él, tapándose la boca con las dos manos, y la factura se le queda a medio morder.

—Y bueno —se defiende Brenda—. ¿Qué querías, que salga con olor a flores?

—Yo quería que salgas con olor a mí.

Y Brenda se pone colorada. Se le sube la sangre a la cara, baja los ojos, y Aarón lo ve y se ríe más.

—Uy. Se puso colorada.

—No me puse nada.

—Sí, te pusiste. Estás como un tomate.

Aarón se da vuelta hacia Lucas y le habla bajito, casi al oído.

—¿Vos no querés que te chupen la pija?

Lucas se hace el que lo piensa. Se toma su tiempo, como si la pregunta mereciera un análisis profundo, y se pasa la lengua por los labios.

—Mmm… sí —dice al final, con un tonito re infantil, estirando las vocales—. Me encantaría. Un montón.

Y es verdad, aunque no toda la verdad. Porque a Lucas, en el fondo, lo que más lo enciende no es que le chupen la pija. Es ver a su hermano. Verlo manejar a Brenda, verlo decir esas cosas, verlo decidir. Se le aprieta la pancita de solo mirarlo trabajar, y se le hace un nudo rico en el estómago. Su hermano es un espectáculo, y él tiene la mejor platea del mundo.

Brenda lo mira, extrañada, y se le escapa la risa.

—Eh, enano caprichoso. ¿Vos no eras puto?

Y Lucas le contesta con esa mezcla rara que tiene, de nene y de grande a la vez, y que a Aarón le saca siempre una sonrisa.

—Ser puto no significa que no me guste que me chupen el pito. —Y mira a su hermano, buscando aprobación—. ¿Verdad, Aarón?

Aarón se ríe, con esa sonrisa de costado que lo hace irresistible.

—¿Viste? —le dice a Brenda—. No te ortives. Sabelo: es un juego. Y con Lucas se juega.

Brenda se sienta en el borde de la cama, todavía dudando, mordiéndose el labio. Se le mueve la pierna, nerviosa, y cada tanto mira la puerta.

—Pero pará —dice ella, bajito—. Tus papás están abajo. Si suben y me ven así…

—Trabo la puerta.

—¿Y si te llaman? ¿Y si te mandan a bajar?

—Que esperen. —Aarón se acerca, le pone la mano en la cintura, y Brenda siente el calor de la palma a través de la ropa y se le corta la respiración—. Hoy es el cumple de Lucas. Y vos vas a ser el regalo.

Y ahí Lucas, que mira la escena desde la cama con la factura a medio comer, se mete.

—Dale, Brenda —dice, con la vocecita—. No seas mala.

Brenda los mira a los dos. Al grande, que ya le está levantando la calza con dos dedos. Y al chico, que la mira con esos ojos brillantes, cómplice, como si fueran dos contra ella. Y en el fondo del estómago siente ese cosquilleo que ya conoce, ese que le da cada vez que Aarón la agarra así, con esa seguridad, como si el mundo pudiera esperar.

El miedo está. Sí, el miedo está: que la señora suba, que la vean, que tenga que dar explicaciones. Pero el miedo no es nada al lado de las ganas.

—Bueno —dice, y se rinde—. Pero rápido.

—Rápido no —dice Aarón, y se ríe—. Bien.

Lucas se ríe desde la cama y se acomoda contra las almohadas, listo para mirar. Porque eso es lo que más le gusta: mirarlos. Ver a su hermano trabajar, ver a Brenda cediendo, sentir que todo eso pasa por él, por su cumpleaños.

Aarón le engancha el elástico de la calza con los dedos y se la va bajando despacio, sin apuro, hasta los tobillos. Le queda la tanga al aire, esa tanga blanca chiquita que le aprieta las nalgas y apenas le tapa adelante.

Lucas estira el cuello para mirar, y se ríe.

—Uy. La chancha no se cambió la tanga.

Brenda lo mira, incrédula.

—¿Y vos cómo sabés?

—Porque es la misma de ayer. —Lucas se toca la nariz, cómplice—. La que te dejamos toda sucia, cuando te meamos.

Y Brenda se pone roja, porque es verdad. La misma tanga blanca, la de ayer, la que tuvo puesta en el piso del living, con la boca de Lucas entre las piernas y los dos hermanos meándole encima. No se la cambió.

—Y bueno, no me dio tiempo…

—Qué cochina —dice Lucas, y se ríe.

—Posta que sos una negra cochina, eh —dice Aarón, y le da una palmada en la nalga.

Brenda se pone roja hasta las orejas.

—Ustedes dos me tienen de punto.

—Y te gusta. —Aarón le agarra la cabeza y la atrae hacia la cama—. Dale. Que hoy es el cumple de mi hermanito.

Y Brenda se deja. Baja la cara, se acomoda entre los dos, y Aarón le pasa la mano por el pelo.

Brenda les va destapando las piernas. Le baja la sábana a Lucas hasta los tobillos, despacio, y se queda un segundo mirándolo: el nene con la tanguita blanca puesta, las piernas flaquitas, la telita apretándole la colita. Le da ternura. Y le da otra cosa también, algo más abajo, algo que no quiere nombrar.

—Pará… —dice, y se acerca a olfatearle la piel, la nariz casi pegada al muslo—. Uy, no. ¿Y ese olor?

Lucas se ríe, tapándose la cara con el brazo.

—¿Qué olor?

—A frutilla. —Brenda levanta la cabeza y lo mira a Aarón con una sonrisa torcida—. Y a leche. Ustedes dos estuvieron haciendo chanchadas, no me mientan.

—Chanchadas, ninguna —dice Aarón, y se estira, tranquilo, como si nada—. Le hice el amor a mi novio. Como se debe.

Y Brenda se queda un segundo sin decir nada. Se le aprieta algo, ahí, en el medio del pecho, y le duele. Le duele de verdad, no como esas cosas que se dicen. Porque «novio» no es ella. Nunca va a ser ella. Ella es la que limpia, la que se deja, la que encubre. La que está ahí porque él la deja estar.

—Novio —repite, y se le escapa el veneno—. Qué lindo. Y a mí, ¿qué me toca? ¿Ser la empleada?

—Y… —Aarón se encoge de hombros—. Algo hay que ser.

—Turro.

—Turro, pero lindo.

Brenda resopla. Le daría un cachetazo si no tuviera las manos ocupadas.

Lucas, mientras, se toca la tanga con un dedito y la mira de costado. Está contento. Contento de tenerla ahí, de reojo, mirándola competir por algo que él ya tiene seguro. No es malo ni celoso. Pero le gusta. Le gusta sentirse el dueño.

—A mí me queda mejor que a vos, eh.

—¿Cómo que mejor? —Brenda se ofende de verdad—. Estás loco, pibe.

—Me queda divina.

—Te queda de nene.

—Y a vos te queda de gorda.

—Eh, gorda pero con culo.

—Basta, chicas —dice Aarón, y se caga de risa—. No peleen. Las dos están hermosas entangadas. Cada una con lo suyo.

—Yo tengo más —dice Lucas, caprichoso.

—Vos tenés menos.

—Pero es más linda.

—Se mide en centímetros, nene.

Lucas se ríe, contento, y Brenda también, aunque por dentro sigue con esa cosita, esa que no se le va.

—Dale, Brenda —sigue Aarón, y le apoya la mano en la cabeza, bajándosela—. Hacele un buen pete al nene. Y hacelo acabar, ¿eh? Que se lo ganó.

—¿Y vos?

—Yo después. Primero él. —Aarón le palmea la nuca—. Y sin dientes, que no tiene con qué defenderse.

—Sé chupar, gracias.

—Demostralo.

Brenda se inclina. Le corre la telita a un costado, con dos dedos, y le saca el pito. Chiquito, duro, tibio, parado ahí como una cosita. Lo mira un segundo, con el corazón hecho un puñito, y después se lo mete en la boca.

Es raro. Es raro y es rico. Le cabe entero, sin esfuerzo, y lo chupa despacio, con cuidado, como si fuera algo frágil. Como si fuera de vidrio.

—Te merecés que te atiendan siempre bien, mi amor —dice Aarón, y le agarra la cara.

Y le come la boca.

Le come la boca entre romántico y obsceno: primero un beso largo, hondo, y después la lengua, y después se le pasa la lengua por el cachete, por el mentón, por el cuello. Lucas se le cuelga, se le prende, y le lame la cara. Los dos se ríen con la boca pegada y quedan hilos de saliva colgando entre los dos, brillantes, y ninguno se los limpia. Se miran así, a centímetros, cómplices, con esa risa que solo ellos entienden.

Y abajo, Brenda chupa.

Chupa bien. Con la boca húmeda, la lengua trabajándole la puntita, la cabeza subiendo y bajando parejo. Lucas empieza a gemir con la boca ocupada por la de Aarón, y los gemidos se le cuelan entre los besos, chiquitos, agudos.

Aarón le pasa la mano por la espalda, se la baja hasta el culito y se lo aprieta. Con ternura. Le habla en la oreja, sin dejar de comerle el cuello.

—Sí, bebito. Disfrutá. Me encanta verte así. La cara que ponés cuando la pasás bien.

—Te amo —dice Lucas, contra su boca.

—Yo te amo más.

Brenda, mientras, hace números para sus adentros. Está ahí, arrodillada, chupándole la pija a un nene de siete años, por un pibe de catorce que no le va a dar bola nunca, y con la tanga sucia del día anterior puesta. Y aun así no cambia nada. Se siente bien. Se siente usada y contenta.

Estira una mano para manotearle la pija a Aarón.

Y Lucas, sin dejar de besar a su hermano, le saca la mano.

—No. Vos chupá la mía. —Se separa apenas, con la voz pastosa—. La de él me la dan a mí.

Brenda levanta una ceja, y se le escapa la risa.

—Ah, ¿y vos sos el dueño de todo?

—Soy el novio. Vos sos la empleada.

—Me cago en vos.

Aarón se ríe, y entiende. Se para.

Se queda de pie al lado de la cama, con el cuerpo entero a la vista: los hombros, el pecho, los abdominales, y la poronga dura apuntándole a la cara al nene.

Y ahí, cuando se la pasa por la cara, Lucas lo siente. El olor. La frutilla del gel, mezclada con algo más, con algo de él, con el olor de su propio culito que se le quedó pegado a la pija de su hermano.

Lucas cierra los ojos y la huele. Inhala hondo, como si fuera una droga, con la nariz pegada a la piel, y se le pone la carita de placer: los labios entreabiertos, las cejas apretadas. Y encima, abajo, Brenda le sigue chupando, así que gime y huele al mismo tiempo, todo junto, y no sabe qué hacer con tanto.

Aarón lo ve y se la pasa a propósito. Por el cachete, por la nariz, por debajo de la nariz, dejándosela ahí para que la huela bien.

—Tomá —le dice—. Oleda. Que sé que te gusta.

—Me encanta —dice Lucas, con la voz pastosa—. Me encanta el olor de mi culito con tu pija.

—Chancho —dice Brenda, y levanta la cabeza un segundo—. Sos un nene chancho y caprichoso.

Lucas la mira, y para provocarla nomás, con esa carita de ángel que sabe usar:

—A vos te jode porque esta pija es mía. —Se relame—. Y más te va a joder, porque yo sé que a vos mi hermano te gusta. Te gusta desde el primer día. —La mira desde arriba—. Pero es mío. Yo llegué primero.

Brenda se queda con la boca abierta. Y le duele, otra vez, ahí en el pecho, porque el nene tiene razón y no tiene razón, y encima se lo dice con esa carita que te dan ganas de pegarle. Y no puede contestar bien, porque tiene la boca ocupada, así que sigue chupando, obediente, y apenas se separa un segundo, con un hilito de saliva colgando del labio.

—Yo no me enojo —dice, con la voz ronca—. Y no es que me guste. Es que… —se traba—. Y bueno, sí. Me gusta. Pero eso no cambia nada.

—No, no cambia nada.

—Y vos sos un soberbio.

—Soy el novio. Vos sos la que limpia.

Y vuelve a bajar la cabeza, porque tiene que hacerlo, porque él se lo mandó, y porque en el fondo, muy en el fondo, le gusta estar ahí abajo.

Lucas la mira un rato, chupando, obediente, y se le ablanda algo. Entonces se estira y le acaricia el pelo.

—No te preocupes —le dice—. Te la voy a prestar. En serio. —Y mira a su hermano—. ¿Verdad, Aarón?

Aarón se ríe y le da un beso en la sien.

—Ahí está. Eso es compartir. Bien, mi amor.

Y Lucas se pone contento, como si le hubieran puesto una medalla.

Y Aarón, con su humor de siempre, se agacha, le agarra la cara, y le da un beso. Después se separa apenas, le escupe la boca, y se miran los dos, a centímetros, con la misma sonrisa.

Y recién ahí Lucas dice:

—La chupo toda.

Y Lucas abre la boca y se la mete.

No tiene que pensarlo. Abre y se la mete, así, de una, como se mete la llave en la puerta de casa. La conoce. La conoce desde que tiene memoria. La boca se le acomoda sola, se le hace el hueco justo, y el sabor le cae en la lengua como algo propio, conocido, de siempre. Es el olor de su hermano. Es la cosa más familiar que tiene.

Y el pete lo hace bien. Lo hace desde bebé, desde que Aarón lo sentaba entre las piernas y le decía «abrí, bebito», y él abría y se la metía y se quedaba ahí, chupando despacio, sin apuro, como si mamara. Desde entonces le hace petes, y los hace con ganas, con toda la boca, sin dientes. No es ninguna novedad. Es la costumbre más vieja que tiene.

Pero esta vez es distinto. Esta vez, abajo, le sube otra cosa. Una cosa nueva, caliente, que le hace temblar las piernas.

Entonces Aarón le agarra el pelo de la nuca, con la mano abierta.

—Ahora comela toda —le dice.

Y le aprieta la nuca y le marca el ritmo. No para enseñarle: Lucas ya sabe. Para tenerlo. Para sentirlo ahí abajo, manejándolo, que es lo que a él le gusta.

—Despacito —le dice, con la voz ronca—. Pero hasta el fondo, eh.

Lucas lo mira desde abajo. Y se queda fascinado. Fascinado de verlo ahí, parado, con el cuerpo entero a la vista, la cabeza un poco de costado, la ceja levantada, el pelo revuelto de dormir. Su hermano es hermoso. Lo ha mirado mil veces desde ese mismo lugar, de rodillas, con la chota en la boca, siempre con la misma cara de enamorado, siempre con los ojos brillantes. Pero ahora, además, le tiembla algo por dentro.

Se deja. Se deja meter la pija hasta la garganta, todo lo que le entra, y se aguanta las arcadas, y siente cómo le abre la garganta y le tapa la respiración. Aguanta, aguanta, aguanta.

Y después Aarón se la saca, para que respire.

Lucas respira, con la boca abierta, un hilo de saliva colgándole hasta el mentón, y lo mira.

—Estás re lindo —le dice, sin pensarlo.

Aarón se ríe, y le da un pijazo en la cara. Le golpea el cachete con la chota, suave, y después le pasa la punta por el labio.

—Y vos sos hermoso —le dice—. Y el pete lo hacés como nadie, eh. Como nadie.

—Me encanta tu pito —dice Lucas, con la voz pastosa—. Te lo juro. Todavía tengo el sabor de mi culito.

—Porque ese puto es mío —dice Aarón, y le agarra la cara—. Y todo lo mío te lo llevás en la boca.

Abajo, Brenda los mira desde el piso.

Y no puede sacarle los ojos de encima a Aarón. Al cuerpo, a la seguridad, a la soltura con la que hace todo. A la chota. Una chota de catorce años, perfecta, parada, y él ahí, manejando a un nene como si fuera lo más natural del mundo. Brenda piensa, con un poquito de rabia, que es un desperdicio que esa pija esté en la boca de un nene. Un desperdicio y una envidia.

Pero después mira a Lucas. Y a Lucas le tiene cariño, en serio. Le tiene cariño de antes, de las tardes en que el nene le pide la teta y le acaricia la mano. Y lo ve temblar. Temblar de placer, sin acabar, sin poder acabar, todo el cuerpo en tensión, y entiende. Entiende que el nene está enamorado. Perdido de amor. Y que por eso se entrega así.

Pero también sabe cómo es. Porque el nene es un caprichoso. Un celoso. Y lo que le gusta no es tenerla de sirvienta. Es recordarle, cada tanto, que ella está enamorada de Aarón. Y que Aarón no. Que Aarón lo ama a él. Y que ella, ahí abajo, con la pijita en la boca y un dedo en el culo del nene, es una concha descartable. Un agujero de turno.

Y entonces Brenda hace algo que sabe que a Lucas le gusta.

Le suelta la pijita un segundo, se humedece un dedo, y se lo manda despacio por el ano. Despacito, sin forzar, hasta el fondo.

Lucas suspira. Se le escapa un suspiro largo, hondo, y se le afloja todo el cuerpo, y por un segundo se olvida de chupar.

Aarón lo nota. Mira a Brenda, por encima de la cabeza del nene, y le sonríe.

—Bien —le dice—. Muy bien. Así se le da amor a mi bebito.

Y Brenda siente algo en el pecho, algo chiquito y lindo, como un orgullo. Pero al mismo tiempo le cruza la otra cosa. El enano. La carita. Sabe lo que viene.

Y viene. Porque Lucas se saca la chota de la boca. Despacio, mirándola. La tiene toda babosa, y le queda un hilo colgándole hasta el mentón, y no se lo limpia.

—Vos lo querés a él —le dice, con la voz pastosa—. ¿O no?

Brenda se queda un segundo.

—Y bueno…

—Decilo.

—Sí. Lo quiero.

—Y él me quiere a mí. —A Lucas se le estira la carita en una sonrisa de nena—. A vos te usa. Sos una concha. Nada más.

Y Brenda se queda con la boca abierta, porque es verdad. Es una concha. Joven, linda, con las tetas paradas y un dedo adentro del culo de un nene, y ni así. Ni así le va a ganar.

—Sos un reverendo hijo de puta —dice Brenda.

—Soy el favorito —dice Lucas, y se mete la chota de nuevo.

Aarón se caga de risa, y le acaricia la cabeza a su hermano.

—El favorito —repite—. Y vos, negra, atendelo. Que para eso estás.

Y Brenda se acomoda. Le agarra la colita a Lucas con las dos manos, y vuelve a la pijita, y esta vez chupa mejor. Mejor, con más ganas, con la lengua, con la boca entera, mientras le mueve el dedo adentro, despacito. Y Lucas se vuelve loco. Loco de las dos cosas juntas: del culo y de la pijita, y las dos le suben y le bajan, y no sabe dónde poner el cuerpo.

Aarón le agarra la cabeza de nuevo, se la echa para atrás, y le escupe la boca. Después lo mira. Le mira la cara: desencajada, los ojos entrecerrados, los labios hinchados, la frente brillante. Una cara de placer que no puede con ella.

—Me encanta verte así —le dice, con la voz rota—. Loco de placer. Sos lo más lindo que hay, eh.

Y le come la boca.

Le come la boca de un beso húmedo, obsceno, con toda la lengua, y le tapa los gemidos con la boca. Y Lucas grita adentro del beso, grita y no se escucha, y el grito se le queda ahí, apretado contra la lengua de su hermano. Siente el dedo de Brenda en el culo, entrando y saliendo, esa sensación de que lo penetran, de que lo llenan, de que alguien está adentro de él. Siente el olor de la chota de Aarón en la cara, pegado, a frutilla y a su propio culito. Siente la boca de su hermano encima, y la de Brenda abajo, chupándolo como una profesional.

Y explota.

Explota fuerte, con todo el cuerpo, con un espasmo que le sube de los pies a la cabeza. Le sale un poquito de líquido transparente, y un poquito de pis también, y Brenda lo toma todo, con la boca abierta, sin soltar ni el dedo ni la pijita. No se le escapa nada.

Y después Lucas cae para atrás. Cae sobre las almohadas, con los brazos abiertos, el pecho subiendo y bajando, los ojos cerrados, sin poder hablar.

Aarón le saca el dedo a Brenda del culo de su hermano, despacio, y se lo lleva a la boca. Se lo chupa, mirándola, y después sonríe.

—Me encanta el sabor de mi principito.

Lucas, desde las almohadas, con la voz apagada, dice:

—No sabía que era tan rico que te chupen la pija así.

—Y eso que no probaste nada todavía, gil —dice Aarón, y se ríe.

Brenda se levanta.

Lo hace despacio, apoyando las manos en el borde de la cama, y se sube la calza. Tiene la cara rara. Esa cara que pone la gente cuando se está aguantando algo y no quiere que se le note.

—Listo —dice, y se pasa el dorso de la mano por la boca—. Me voy, que tengo que laburar.

Cruza el cuarto, corre el pasador y sale sin mirar atrás.

Aarón la sigue con los ojos. Y la ve justo antes de que cierre: un brillo, un brillito en el borde del ojo, y una lágrima que se le escapó y que ella no se secó.

Algo se le aprieta a Aarón, ahí, en el medio del pecho.

—Esperame en la cama —le dice a Lucas, y le da un beso en la frente—. Ya vuelvo.

—¿A dónde vas?

—Ya vuelvo, te dije.

Y sale al pasillo. Desnudo, tal cual, sin acordarse de la ropa.

Brenda está por bajar la escalera.

—¡Brenda!

—Dejame, Aarón. —No se da vuelta—. Tengo que trabajar.

La alcanza en tres zancadas, la agarra del brazo y la da vuelta. Y la empuja contra la pared, con las dos manos abiertas, sin fuerza. Y le come la boca.

Se la come con toda la lengua, con la mano en la nuca, sosteniéndole la cara. Brenda intenta resistirse. Lo intenta de verdad, dos segundos. Y después se le afloja la boca, le devuelve el beso, y se le empiezan a caer las lágrimas.

Cuando se separan, ella lo empuja del pecho.

—Dejame —dice, con la voz rota—. No hace falta. En serio. Yo soy la empleada, Aarón. Vos sos el hijo. Yo soy la que limpia.

—¿Y?

—Y nada. Que no hace falta que me corras por el pasillo.

—¿Y quién te dijo que no hace falta?

—El nene. —Brenda se limpia la cara con la manga, rápido, con bronca—. Y tiene razón. Él es lo que es. Y yo soy una negra que le plancha las camisas.

Aarón le agarra la barbilla y le levanta la cara.

—No seas tontita —le dice.

Y le sonríe. Le sonríe con esa sonrisa de costado, la que le hace a todo el mundo, la que es pura magia. Y Brenda, con la cara llena de lágrimas, se queda mirando esa sonrisa como una boluda.

—Yo te quiero —dice él—. ¿Entendés? Te jodo, sí. Te jodo un montón. Pero vos sos especial para mí.

—No es cierto.

—Sí es cierto.

—No. Lucas tiene razón. Vos a mí me usás.

—Lucas es lo más importante de mi vida —dice Aarón, y lo dice sin dudar, mirándola a los ojos—. Eso no lo discuto con nadie. Pero eso no quiere decir que no te quiera a vos. ¿O te creés que le corro a todas por el pasillo?

Brenda se quiere ir.

Se suelta, se da vuelta, y ya está agarrando el pasamanos cuando Aarón la toma de la cintura, la levanta medio en el aire y la mete en la pieza de huéspedes. Cierra la puerta con el pie. Y la tira sobre el sofá chico.

Y la vuelve a besar.

—Callate —le dice, entre beso y beso—. Callate y disfrutá.

—No quiero.

Aarón le agarra la cara con las dos manos, fuerte, y la obliga a mirarlo.

—Decime que no —le dice—. Decime que no y te suelto, y te vas, y no te toco más.

Y Brenda lo mira. Lo mira a los ojos, se le vuelven a llenar de agua, y se le empieza a caer todo.

—Te amo —dice.

Y se le rompe la voz en la última letra.

Aarón la mira un segundo. Le acaricia la cara con el pulgar.

—Ya sé —dice—. Y es importante para mí. ¿Sabés lo importante que es eso para mí?

—No.

—Un montón. —Le da un beso en la frente—. Lucas es el amor de mi vida, Brenda. Eso no cambia. Pero vos también sos. Sos otra cosa. Y me importás.

Y le agarra la calza con las dos manos y se la baja de un tirón, con la tanga, las dos cosas juntas, hasta los tobillos.

Brenda queda como petrificada. Se queda ahí, con la calza enredada en los pies, mirándolo.

—¿Qué vas a hacer?

—Te voy a hacer el amor —dice Aarón.

Y la besa.

Le saca la remera por la cabeza y la tira al piso. Y Brenda queda desnuda, entera, tirada en el sofá, con las tetas enormes, los pezones parados, la panza joven y el pelo desparramado.

Aarón se arrodilla al lado del sofá y la empieza a tocar. La toca despacio, de arriba abajo: la clavícula, las tetas, las costillas, la cintura. Y Brenda, al principio, no se resiste. No puede. Estira una mano y le toca el pecho, los hombros, los brazos. Los músculos. Esos músculos de un pibe dos años menor que ella, que la tienen loca desde el primer día, desde que lo vio en el living con la camiseta pegada. Y le empieza a temblar todo. Y se pone a llorar.

Llora bajito, tratando de contenerse, apretando los labios. Pero no puede. Las lágrimas le corren solas por la cara hasta el apoyabrazos del sofá.

—Pará de llorar, negra —le dice Aarón, y le da un beso en la panza.

—No puedo.

—No podés.

—No.

Aarón le baja la mano, le abre las piernas, y se mete abajo.

Le mira la conchita de cerca, con la cara a centímetros, y sonríe. Le sonríe con picardía, con esa cara de pícaro que tiene, y ella se tapa los ojos con el brazo.

—¿Qué hacés?

—Te estoy oliendo.

—Ay, pará…

—No, en serio. —Aarón le pasa la nariz por el vello, le aspira el olor, hondo, y se ríe—. Amo tu olor, Brenda. Amo cómo olés.

Y le pasa la lengua. Se la pasa desde el ano hasta el clítoris, despacio, largo, entero, sin apuro, gozando cada centímetro. Le pasa la lengua por el ano primero, y Brenda se estremece. Después sube por los labios, por la concha, hasta el clítoris. Y vuelve a bajar. Y vuelve a subir. Y se queda ahí un rato, abajo, tomando, chupándole el papo, saboreando, con los ojos cerrados, como si estuviera comiendo algo rico y no tuviera ningún apuro.

—¿A quién querés más? —le pregunta, con la boca contra la concha—. ¿A mí o al negro?

—Ay… —Brenda levanta la cabeza—. A vos.

—¿A mí?

—A vos, sí.

—Bien. Porque yo te voy a hacer sentir más mujer que ese gil. Siempre.

Y le agarra el clítoris con los labios, y se lo empieza a succionar. Suave primero, con la lengua por debajo, y después con más ganas, más fuerte, más rápido.

Y Brenda se muere.

Se muere ahí, en ese sofá, con las manos agarrándose el pelo. Se le tensa todo el cuerpo, se le arquean los pies, se le abren las piernas solas, y grita. Grita de placer, sin cuidarse, sin acordarse de los viejos ni de la casa ni de nada. Grita y llora al mismo tiempo, y en el medio del grito dice que lo ama, y se le sacude el cuerpo entero hasta que se queda sin aire.

Aarón levanta la cara. La tiene toda mojada, la boca, la nariz, el mentón, y está sonriendo como un rey. Sonriendo, arrogante, con la cara sucia.

Brenda lo mira desde abajo, todavía temblando, todavía con las lágrimas, y no lo puede creer. No puede creer el poder que ese pendejo tiene sobre ella. Dos años menos, y la tiene ahí, en un sofá, muerta, llorando.

—Pedime que te coja —dice Aarón.

—Cogeme.

—Decime que me amás más que a él.

—Te amo más que a él.

—¿Y?

—Y sos un hijo de puta. —Brenda se ríe, y le sale una risa con lágrimas—. No me podés hacer esto.

—Si te querés ir, andate.

Y le apoya la punta de la pija en la entrada de la concha.

Brenda suspira. Se le escapa un suspiro largo, de lo más profundo, y se le afloja la cara.

—Te gusta, ¿no? —dice Aarón, y le aprieta un poquito la punta—. Te gusta, negra.

—Sí…

—Decime si te gusta más que la del novio.

—Sí. —Brenda se muerde el labio—. Es más grande. Me llenás. Sos un guacho.

Aarón se ríe, y se le nota en la cara lo bien que le hizo eso.

—Me moría por gorriar a ese gil con vos —dice—. Desde el primer día.

Y entra.

Entra despacio, centímetro a centímetro, mirándola a la cara, y Brenda levanta la cabeza para ver cómo se le mete. Y cuando lo tiene todo adentro, cuando se siente llena hasta el fondo, se deja caer de vuelta en el sofá y cierra los ojos.

Aarón empieza a cogerla. Ritmo parejo, profundo, sin apuro. Y le dice que le va a dar lo que ella quiere. Y Brenda no entiende. No entiende nada, porque la pija de su patrón le está llegando a un lugar al que nunca llegó, y le está dando una cosa que el novio no le dio nunca. Se siente plena. Se siente completa. Se siente cogida de verdad.

Y Aarón baja, y le empieza a chupar las tetas.

Esas tetas enormes, blancas, pesadas, con los pezones enormes también. Se las chupa como un bebé, después le muerde los pezones, y después vuelve a chupar.

—Amo estas tetas —le dice, con la boca llena—. Desde el día que te dieron el trabajo. El primer día que te vi, con la remerita, me volviste loco. Te lo juro. Me la pasaba pensando en estas tetas.

Brenda gime. Gime y se le agarra de la cabeza, y le aprieta la cara contra el pecho, y él se deja, y sigue chupando, y ella empieza a mover la cadera sola, siguiéndole el ritmo.

Después Aarón sube. Sube lamiéndola, por el esternón, por el cuello, hasta la boca. Y la besa. La besa mientras sigue cogiéndola, con la misma cadencia, regular, honda.

Y le sostiene la mirada. Sin parar. Sin bajar el ritmo. La pija le llega hasta el tope, y él la siente hasta el fondo, y los huevos los tiene duros, pesados, llenos de leche, y se aguanta, porque la quiere mirar. Quiere verle la cara.

—Decime que me amás —le dice.

—Te odio.

—Decime que me amás, negra.

—Te odio. —Brenda llora—. Y me gusta que me humilles. Eso es lo peor.

—Ya sé. —Aarón sonríe—. Miráme.

—No seas hijo de puta.

—Miráme. Y decime que me amás a mí y no a él.

Brenda lo mira. Lo mira con los ojos llenos de agua, llorando, muriéndose de placer, con la boca abierta, y dice:

—Sí. Te amo.

—Muy bien —dice Aarón—. Entonces ahora te voy a dar lo que querés.

Brenda no entiende. No pregunta. Solo se deja, y el cuerpo se le empieza a tensar de nuevo, porque está subiendo otra vez, otro orgasmo, y no puede creer que haya otro.

—Prometeme que vas a dejar al novio —le dice Aarón, contra la boca.

—¿Eh? ¿Por qué?

—Porque yo te lo pido.

—Estás loco.

Aarón se ríe.

—Decilo.

—No… —Brenda se agarra del brazo del sofá—. No sé…

—Decilo.

Y le da más fuerte, y le agarra las dos muñecas y se las aprieta contra el sofá, arriba de la cabeza. Y Brenda, con las muñecas agarradas y la pija entrándole hasta el fondo, intenta resistirse dos segundos más.

Y después dice que sí. Que lo va a hacer.

—Listo —dice Aarón—. En el fondo sabés que esto te hace más feliz que ese negro feo.

Y le habla al oído.

—Te voy a llenar, negra.

Y Brenda cae.

Cae en la cuenta de golpe. Se da cuenta de que no hay forro. De que Aarón está ahí adentro, sin nada, y de que él no la frenó.

—Pará —dice—. Aarón, pará, que no tiene…

—Ya sé.

—¡Pará!

—No. —Y Aarón acelera.

Acelera y la caga a palos, hondo, fuerte, rápido, y Brenda no puede hablar más. No puede pedir nada. Solo gemir. Gemir y mirarlo, y sentir cómo ese pibe la está desarmando por dentro. Y en un momento, en un momento, siente que él se aprieta, que se le endurece todo, que se le viene, y explota. Explota adentro suyo, bien adentro, en el fondo, en el útero, caliente, largo, con un gemido ronco que le sale de las tripas.

—Mmm… negra chota… —dice Aarón, con la frente apoyada en la de ella—. Toma. Querías mi semen adentro. Te lo doy. Por lo bien que cuidás a mi bebito.

Y se le sacude el cuerpo, y vuelve a decir «ahhh, mmm», y se queda ahí, temblando.

Brenda se pone a llorar. Lo abraza. Le pasa los brazos por el cuello y lo aprieta contra ella, y se quedan abrazados, pegados, sudados, sin hablar, un momento largo.

Ella llora porque sabe que está mal. Porque tiene novio. Porque el novio está a diez cuadras. Porque le acaban de acabar adentro, sin forro, un pibe de catorce. Porque le gusta.

Aarón le acaricia el pelo.

—Yo te voy a cuidar —le dice—. Aunque no lo parezca, te quiero. Y sé que vos confiás en mí.

La besa. Y después se levanta, va hasta el piso, busca el jean de Brenda, saca el teléfono, y vuelve.

—Desbloquealo.

—¿Para qué?

—Es una orden.

Brenda, todavía tirada en el sofá, todavía temblando, estira el brazo y lo desbloquea. Se lo da.

Aarón se acerca, le levanta la cara con la mano, y saca una selfie. Los dos: él de costado, sonriendo, y ella abajo, desnuda, con la cara roja y los ojos brillantes.

Y después abre WhatsApp. Y le manda la foto a Alexis.

Y le escribe: «Brenda ahora tiene dueño. No aparezcas más.»

Brenda lo putea.

—¡Estás loco! ¡Aarón, estás loco! ¿Qué te pasa?

—Te acabo de marcar como mía. —Aarón sonríe—. ¿Eso no era lo que querías? Y bueno. Ahora lo tenés.

Y le da un beso.

—Vos no sos Lucas —dice—. Lucas es el amor de mi vida. Pero a vos te voy a cuidar bien. Y vos me vas a cuidar a mí. ¿Sí?

Y le dice que va a necesitar su ayuda con algo. Con algo de su papá.

Brenda ya no escucha mucho. Está enojada. Está furiosa. Y en el teléfono, en la pantalla, le acaba de entrar un mensaje de Alexis. Cortito. Un mensaje que dice que es una puta. Una regalada. Una hija de puta.

Y no le contesta.

Se queda ahí, tirada en el sofá de la pieza de huéspedes, con el teléfono en la mano y el semen de un pibe de catorce en el útero, mirando a Aarón, que le habla de su papá.

Una hora después, Brenda ya está abajo.

Se lavó la cara y se ató el pelo, y está sacando las cosas al patio: las reposeras, los vasos de plástico, las gaseosas, los panchos para la tarde. A las tres vienen los amiguitos de Lucas. La señora le dejó todo armado: pileta, globos, torta.

Los padres están trabajando. Javier en la clínica, Julia en el spa. Y los hermanos deberían estar en la escuela. Pero Aarón, a fuerza de mensajes, le sacó el permiso a la mamá: que el nene cumple años, que él se ocupa, que después van. Y la mamá dijo que sí.

Y Aarón se está ocupando.

Brenda, mientras cuelga las toallas, escucha. Escucha los ruidos de arriba. El crujido de la cama, los golpes, los gemidos del nene. Y piensa. Piensa que hace una hora ese mismo pibe le acabó adentro, y que ahora está arriba, con el hermanito, como si nada. Como si el mundo fuera de los dos.

Y no se equivoca.

En el cuarto del mayor, en la silla gamer, Lucas está sentado de espaldas, encima de su hermano, cabalgándolo. La tanga, corrida de costado, ya no es blanca: tiene manchones, restos de todo lo que hicieron esa mañana. La tiene muy adentro. Muy adentro y bien clavada, y sube y baja despacio, con las dos manos apoyadas en las rodillas de Aarón, la espalda arqueada, el pelo pegado a la frente de lo sudado.

Y si alguien abriera la puerta justo ahí, vería eso: un nene chiquito, delicado, de pelo negro largo, gimiendo y haciendo caras de disfrute, con la pija de un adolescente adentro. Lo vería tirar la cara para atrás, buscando los besos de su hermano. Y a Aarón, que mientras lo coge le acaricia la pijita chiquita con la mano y le come el cuello.

—Te amo —le dice Aarón, al oído, bajito, sin parar—. Te amo, Lucas. Te amo.

Lucas gime y se deja caer para atrás, contra el pecho de su hermano.

—Voy a cuidarte siempre. Siempre, ¿me oís? Voy a tenerte así siempre.

—Aarón…

—Cuando sea jugador de primera te vas a venir a vivir conmigo. Y te voy a coger así. Todos los días. Todos.

Y Lucas, como si entendiera la complejidad de ese «siempre», se agarra del pelo de su hermano, le tuerce la cara y lo besa. Lo besa con la boca abierta, gimiendo adentro del beso, y después se separa apenas.

—Me encanta mi cumpleaños —dice, con la vocecita—. Me encanta estar así con vos.

Y Aarón lo levanta.

Lo levanta en el aire, sin sacarle la pija, agarrándolo de las dos piernas, y Lucas se ríe, sorprendido, con las manos en el aire. Lo lleva así, ensartado, hasta la cama, y lo pone en cuatro patas.

Y ahí se lo coge fuerte.

Se escucha. Se escucha el plaf, plaf, plaf de los cuerpos, y el crujido del elástico, y los gemidos. Se escucha en todo el pasillo.

—¿Te gusta? —le dice Aarón.

—Sí.

—¿Así te gusta?

—Sí, sí, así.

—Decímelo.

—Me encanta —dice Lucas, con la cara aplastada contra la sábana—. Me encanta cómo me la metés.

Y no para de pedir más. Pide más, pide fuerte, pide que no pare. Y por momentos aguanta como una prostituta madura, como si tuviera veinte años y no siete, con la espalda baja arqueada y el culo alto, tomando cada embestida sin quejarse.

Está tan excitado que se le escapa un hilo de baba de la boca.

Y Aarón lo agarra con la mano. Le junta la baba con los dedos y se la pasa por la cara. Por el cachete, por el labio, por la nariz. Y Lucas se ríe, con la baba de su hermano en la cara, y se deja.

Se ve tan lindo con las marcas del sexo encima. Con el pelo revuelto, con la baba, con la piel colorada en las nalgas.

Y siguen así veinte minutos más.

Veinte minutos, sin cambiar de ritmo, sin aflojar. Y Lucas, en algún momento, levanta la cabeza.

—¿Por qué no acabás?

—Porque te quiero coger por horas —dice Aarón.

Y no le cuenta que hace una hora le acabó adentro del útero a la niñera. No le cuenta nada. Eso es otro tema.

Lucas sabe que tiene que bañarse y cambiarse. Que a las tres vienen los chicos. Que la torta, la pileta, los globos. Lo sabe. Pero no quiere que su hermano lo suelte. No quiere.

—Nada aprieta como tu culo —le dice Aarón, y le lame la espalda.

Esa espaldita. Le pasa la lengua por las vértebras, de arriba abajo, y Lucas se estremece.

Y mientras lo coge, le pasa el dedo por el borde del esfínter. Por el anillo, despacito, sin meterlo, solo por el borde. Estimulándolo. Y Lucas empieza a sentir una punzada eléctrica en el bajo vientre, una cosa que le sube por dentro y le baja, y no es de la pijita. Es de atrás.

Y llega. Llega al orgasmo, un orgasmo raro, profundo, que le sale del culo, y se mea. Se mea ahí nomás, encima de la sábana, sin poder parar, con un gemido largo y quebrado.

Aarón lo acomoda. Lo mueve un poco y sigue cogiendo, sin dejarlo bajar. Pero esta vez le pone el pie en la cabeza. Le apoya el pie en la nuca y le baja la cara, y le hace apoyar la cabeza en el charco de pis de la cama.

Y a Lucas no le molesta. Al contrario. Lo entrega más. Se queda ahí, con la cara en el pis, con la pija del hermano entrando y saliendo, y gime como un animalito.

Y así sigue hasta que a Aarón se le empiezan a endurecer las pelotas, y siente esa punzada, la de él, la que le sube de los huevos.

Entonces se sale. Lo agarra del pelo, lo hace darse vuelta y lo pone de rodillas.

Y se le acaba en la cara.

—Si querías leche, ahí la tenés —le dice.

Y le tira todo. Los lechazos le pegan en la frente, en los ojos, en la boca, en el cachete, en el pelo negro. Y Lucas, de rodillas, con la boca abierta, se la toma toda, y se pasa la lengua por el labio.

Se miran. Se miran cómplices, los dos, con la cara de Aarón sudada y la de Lucas llena de leche, y se cagan de risa.

Se ríen juntos, con la risa de los dos, esa risa que es de ellos solos y de nadie más.

Y Aarón lo levanta a upa.

Y se dan un beso. Un beso blanco, tierno, de los que se dan los chicos cuando se quieren. Y después el beso escala. Escala hasta la obscenidad, con la lengua, con las manos, con Lucas colgado del cuello.

Se lamen como gatos. Se limpian la cara uno al otro con la lengua, sin apuro, y después se tiran en la cama y se quedan abrazados, pegados, con las piernas enredadas.

—Tenemos que bañarnos, enano —dice Aarón, y le hace cosquillas en la panza.

Lucas se ríe, se retuerce, y le dice:

—Bañame vos.

—¿Ah, sí?

Y lo lleva al baño. Lo levanta, lo mete en la bañera, y abre la canilla.

Lucas se sienta y mira a su hermano. Y ya sabe lo que viene. Lo sabe desde que era bebé.

—Me vas a marcar como una perrita —dice.

Y Aarón sonríe.

—Sí —dice—. Mi perrita.

Y apunta la pija. La apunta a la cara del nene, y se queda un segundo mirándolo. Mirándole esa cara tierna, esos rasgos raros, mezcla de oriental y de latino, esa cosa que lo hace parecer de otro lado.

Y le mea la cara.

Lucas se ríe. Y después cierra los ojos y se deja.

Y se acuerda. Se acuerda de cuando era más chiquito, antes de la primera penetración, cuando esto era lo único que hacían. Cuando el juego era ese y nada más. Y se acuerda de la vez que casi los descubre la mamá, porque le sintió el olor a pis en el pelo, y Aarón dijo que se había hecho encima.

Toma el pis. Disfruta el calor del líquido en la piel, en la cara, en el pecho. Y Aarón no lo hace con humillación. Y Lucas no siente humillación. Los dos comparten todo. Todo.

Y cuando termina, Aarón se pone de rodillas en la bañera.

Se pone de rodillas y levanta la cara, y se queda esperando, con la cara mojada.

—Es tu turno —le dice—. Mi Beethoven petero.

Y Lucas se para.

Se para en la bañera, con esa sonrisita canchera que es igual a la de Aarón, pero más femenina. La misma sonrisa, en una carita de nena. Se le para la pijita chiquita, que le queda casi a la altura de la cara de su hermano, y empieza a apuntarle.

—Dale, bebito —dice Aarón—. Me encanta.

—¿En serio?

—En serio. Me encanta cómo olés. Dale. Somos el uno del otro, mi príncipe.

Y Lucas lo mea.

Le mea la cara al hermano mayor, y siente el calor, y se ríe, y Aarón se ríe también, con los ojos cerrados, dejándose.

Cuando termina, se besan así. Mojados, con olor a ellos, a pis, a sexo, a frutilla. Siendo ellos.

Y Aarón estira la mano y prende la ducha.

Se lavan los dos, se tiran agua, se ríen, y cuando terminan Aarón cambia las sábanas mojadas. Después cada uno baja por lo suyo.

Un poco antes de las tres, la casa es un quilombo.

Brenda va y viene por el patio con las bandejas. Julia, con el delantal y el pelo atado, acomoda los globos en la pérgola. De la cocina sale un olor dulce, espeso, a torta recién horneada, a galletitas de manteca, a merengue. Huele a cumpleaños.

Y adentro, en el living, Lucas está sentado al piano.

Toca.

Y mientras toca, se va. Se va del living, se va de la casa, se va de todo. El piano es el único lugar donde no tiene que ser nada. Ahí adentro no es raro, no es nena, no es nada: son las manos y las teclas y la música.

Y piensa en Aarón.

Piensa en la cara que pone Aarón cuando lo escucha. Piensa en cómo se apoya en el marco de la puerta y se queda callado, mirándolo, sin apuro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Piensa en la voz de Aarón en el oído. Y piensa, también, en las otras cosas. En esa mañana. En la bañera. En el agua tibia. En la pija de su hermano, en el gusto, en cómo le queda la garganta después. En todo eso que no le puede contar a nadie porque nadie lo va a entender.

El piano le ordena todo eso. Le pone las cosas en su lugar.

Y entonces entra la voz de su papá.

Y a Lucas, la voz de su papá le hace algo en la panza. Un frío. Una cosa que le aprieta, como una mano. Levanta los ojos y ahí está, con el saco puesto, la colonia, el reloj grande, parado atrás del banquito.

—¿Y esto? —dice Javier.

Lucas frena la mano en el aire.

—¿Qué?

—La ropa. —Javier le señala la calza con el mentón—. No es ropa de nene, eso.

—Es cómoda.

—Es ropa de nena.

Y se le sienta al lado en el banquito, y lo mira de arriba abajo, sin disimular.

Y Lucas se queda quieto. Le pasa siempre que el papá se le acerca: se le apaga el cuerpo. Porque el papá es grande. Grande y ancho, con las manos pesadas y la voz gruesa, y con un olor fuerte, a colonia, a ropa planchada, a algo que Lucas no tiene. Y habla como hablan los hombres: seguro, sin dudar de nada.

Lucas lo mira. Le mira las manos. Manos grandes, con pelos, con un reloj enorme, manos de médico. Y después se mira las suyas. Chiquitas. Finitas. Con los dedos largos y las uñas limpias.

Y piensa, ahí, sentado en el banquito, con el papá al lado, que es verdad. Que él no es como el papá. Que él es otra cosa. Que no tiene voz grave, ni manos grandes, ni colonia, ni hombros. Que es blandito. Que es chiquito. Que es raro.

Y le empieza a subir una cosa por la garganta. Una angustia. Un nudo.

—Un nene de siete años con calzas. —Javier le toca la tela con dos dedos, como si fuera algo raro—. Y encima el pelo largo. Y esa remerita rosa.

—Me gusta.

—¿Te gusta? —Javier se ríe—. A mí me gustaría que te gusten otras cosas. El fútbol. La calle. Que juegues con los pibes. Que te ensucies.

—Yo juego.

—Sí, pero así, con las calzas, parecés una nena. —Y le revuelve el pelo, sin suavidad—. A ver. Decime la verdad. ¿Vos sos nene o nena?

Y Lucas se queda pensando.

Y piensa de verdad, porque la pregunta le parece enorme. ¿Vos sos nene o nena? Y él no sabe qué contestar. Porque sí, es nene. Tiene pito. Pero el papá no le pregunta eso. El papá le pregunta otra cosa. Le pregunta si es como él. Y Lucas, mirándose las manos, las uñas, la remera rosa, siente que la respuesta es que no. Que no es como él.

—Nene —dice, al final.

Y lo dice bajito, y le tiembla un poco la voz, porque ahí, en ese momento, en ese «nene», a Lucas le empieza a parecer que está mintiendo.

—Y entonces, ¿por qué te vestís como nena?

Y desde el otro ambiente, sin asomarse, se escucha la voz de Aarón.

—Dejalo, pa.

—¿Cómo dejalo? Estoy hablando.

—Y dejalo. Está tocando.

Javier se da vuelta.

—¿Y vos quién sos para decirme a mí?

—Nadie. —Aarón aparece en el marco de la puerta, con el pelo mojado de la ducha—. Pero el nene está tocando y vos le hablás de la ropa.

—Le hablo de la ropa porque es mi hijo. Y vos no te metás.

—Me meto si quiero.

—No te metas.

—Me meto.

Javier se para del banquito.

—Mirá, pibe —dice, y le pone el dedo—. Estás en mi casa. Y no me contestes con esa cara de canchero, porque acá el canchero soy yo.

—Nadie te dice que no.

—Y entonces dejame criar a mi hijo como se me canta.

—¿Y cómo se te canta? —dice Aarón—. ¿Vestirlo de varón a la fuerza?

—Vestirlo de varón, sí. Que se ponga una camiseta, unos shorts, que salga a la calle. Que sea un pibe como la gente.

—Y es un pibe como la gente.

—¿Y entonces por qué hace esas cosas? —Javier señala a Lucas con la mano abierta—. Mirá. Mirá cómo está sentado. Con las piernas así. Y las manos. Todo él es así. Todo blandito.

Y ahí lo dice.

—Yo no quiero un hijo puto, Aarón. —Javier se pasa la mano por el pelo—. ¿Entendés lo que te digo? No es que esté mal. Pero yo no quiero un hijo puto. Hay que hacerlo hombre.

Y Lucas, en el banquito, con las manos quietas sobre las teclas, siente que se le aprieta la garganta.

Y no aguanta. Se le llenan los ojos de agua y se le caen las lágrimas solas, sin ruido, sin mover la cara. Se queda ahí, sentado, llorando despacio, mirándose las manos, para que el papá no lo vea.

Pero el papá no lo ve. Y Aarón sí.

Y Aarón se queda un segundo mirando a su padre.

—Y qué tiene —dice.

—¿Qué tiene qué?

—Qué tiene si es puto. —Aarón se le acerca un paso—. ¿Se va a morir? ¿Le va a pasar algo?

—No le va a pasar nada, pero…

—Entonces no rompas las pelotas.

—¡No te estoy rompiendo las pelotas!

—Sí, me las estás rompiendo. Y a él también. —Aarón le sostiene la mirada—. Y te aviso una cosa, pa. Te voy a recagar a trompadas.

—¿Quién me va a recagar a trompadas?

—Yo.

Javier se ríe.

—¿Vos?

—Yo. Y sabés qué más. —Aarón señala a Lucas con el mentón, sin dejar de mirar al padre—. Miralo. Está ahí, sentado, llorando. Y vos ni lo ves.

Javier se da vuelta y ahí sí lo ve. El nene en el banquito, con los ojos rojos y la cara mojada, calladito, sin hacer ruido.

—¿Y por qué llorás? —dice Javier.

Y Aarón contesta antes que Lucas.

—Porque le hacés eso. —Y le habla al padre, pero mirando a su hermano—. Lo hacés sentir triste al pedo, pa. Y a mí también. Al pedo. Por nada.

Y ahí salta Julia.

—¡Basta! —Julia entra del patio con el repasador en la mano—. ¡Basta de discutir! ¡Es el cumpleaños del nene!

—Julia, no te metás.

—Sí me meto. Me meto porque Lucas está ahí, hace diez minutos que está escuchando, y ustedes dos hablan de él como si no estuviera.

Y Lucas aprovecha el momento.

Se baja del banquito, cierra la tapa del piano de un golpe, y se va. Sube la escalera sin mirar a nadie, con la garganta apretada y los ojos picándole.

Y Aarón lo sigue con los ojos. Y después se da vuelta, ya agarrando el pasamanos.

—Por más que seas mi papá —dice—, si lo volvés a tratar así, te cago a piñas.

Y le sostiene la mirada. Desde el escalón, más alto que él, con la mirada fija.

Javier se ríe. Una risa corta, de bronca.

—¿Alguna otra cosa?

—No. Nada más.

—Y bueno. —Javier se acomoda el saco—. Entonces mándense a cagar todos.

Y se va para el escritorio.

Julia lo sigue. Cierra la puerta.

—¿Sabés qué te digo? —dice.

—No, decime.

—Que si no empezás a respetar a tu hijo más chico, te vas a tener que ir.

Javier se da vuelta.

—¿Cómo que me voy a tener que ir?

—Como lo oís. —Julia se cruza de brazos—. Yo te banco lo que quieras, Javier. Tus cosas, tus viajes, tus mujeres. Todo te lo banco. Pero a Lucas me lo tocás y te vas.

—No lo estoy tocando.

—Lo estás lastimando, que es peor. Y tiene siete años. Y el único que lo defiende en esta casa es el hermano. Pensalo.

Javier no contesta. Se sienta en el sillón del escritorio y se afloja la corbata.

Y Julia sale, se pasa la mano por los ojos, y vuelve al patio.

Y sigue acomodando las cosas: los platos, los vasos, los globos, los sandwichitos, todo. Con los ojos llenos de agua. Sin que se le note demasiado, porque es un cumpleaños, porque su hijo cumple años, y no se va a poner a llorar en el patio como una boluda.

Y Aarón sube.

Sube de a dos escalones, todavía con la bronca en el cuerpo, y abre la puerta del cuarto de su hermano.

Y Lucas está cambiándose.

Está de espaldas, sin la remera, con la calza puesta, poniéndose una camiseta de fútbol. Una camiseta de un club, con rayas, que le queda como un vestido.

Aarón se apoya en el marco de la puerta.

—¿Y eso?

Lucas se da vuelta, con la camiseta a medio poner.

—Y… por ahí así sí.

—¿Así sí qué?

—Así me acepta. —Lucas se mira la camiseta—. Con la de fútbol.

Y Aarón lo mira un segundo. Y después se ríe.

—No jodas —dice, y cruza el cuarto.

Le saca la camiseta de fútbol de un tirón, la tira a la cama, y le busca la remera rosa.

—Levantá.

Lucas levanta los brazos, obediente, y Aarón le pone la remera rosa. Se la acomoda, se la estira abajo, y le seca las lágrimas con el pulgar. Dos lágrimas que se le habían quedado colgadas.

Lucas baja la mirada.

—Tiene razón —dice, bajito—. Soy raro.

—No.

—Sí. Soy raro. —Lucas se aprieta los brazos contra el cuerpo—. Por ahí estoy enfermo.

Y Aarón se ríe. Le agarra la cabeza con las dos manos, como si lo fuera a revisar, y le habla con tono de broma.

—A ver. ¿Tenés fiebre? —Le toca la frente—. ¿Te duele algo? ¿Acá? ¿Acá?

Y le aprieta la panza, y los brazos, y le mira la garganta, todo exagerado, imitando a la mamá cuando alguien se enferma. Poniendo voz de mamá.

—Ay, mi amor, abrí la boca, decí ahhh.

Y después cambia la voz. Imita al padre. Esa voz grave de médico.

—Ven acá que te voy a revisar. Despacito. Sacate la ropa.

Y Lucas se caga de risa.

Se ríe a carcajadas, con la panza, agarrándose de los brazos de Aarón, y se le llenan los ojos de agua otra vez, pero de risa.

Y Aarón lo besa.

Le agarra la cara y lo besa, suave, y después lo mira de cerca.

—No estás enfermo —le dice.

—¿No?

—No. Y sí, sos raro. —Le sonríe—. Y eso es lo que me gusta de vos. Todo lo que los demás te ven como raro, para mí es especial. ¿Entendés? Todo.

Y Lucas lo abraza. Lo abraza fuerte, con los brazos y las piernas, y le mete la cara en el cuello.

—Gracias —dice—. Por defenderme.

—No hay por qué.

—Y espero que no te castiguen.

—No me van a castigar.

—Estoy cansado. —Lucas habla contra su cuello—. Estoy cansado de que papá me pida que sea como no soy.

—Ya sé.

—¿Y si nunca le gusta cómo soy?

—Y bueno. —Aarón le acaricia la espalda—. Yo siempre te voy a cuidar. Y de papá me encargo yo. Ya vas a ver.

Y suena el timbre.

Suena una vez, y después otra. Y desde el jardín se escucha a Julia.

—¡Lucas! ¡Lucas, mi amor, bajá! ¡Ya llegaron los chicos!

Aarón le habla al oído.

—Andá. Disfrutá tu día. —Le da un beso en el cachete—. Yo estoy cerca. Cualquier cosa. Te amo.

Y Lucas lo mira. Y le roba un último beso. Cortito, en la boca.

—Yo también te amo, hermano —dice.

Y baja corriendo la escalera.

15 Lecturas/26 de octubre de 2026/0 Comentarios/por arcangel_perverso
Etiquetas: amigos, cumpleaños, hermano, hermanos, madura, mayor, padre, sexo
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