• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.   Siguenos en X/Twitter    Grupo de Telegram
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (6 votos)
Cargando...
Gays, Zoofilia Hombre

Barrio más lujoso pero igual ahí también me folla un perro

Hace años, en la colonia Nápoles, un perro me folló.
Me llamo Mauricio y tengo treinta y nueve años. Ahorita vivo en la Roma, en un departamento que compré con un crédito hipotecario que todavía estoy pagando, pero cuando pasó esto vivía en la Nápoles, en un cuarto de azotea que rentaba por tres mil pesos al mes. Era el año dos mil dos, o tal vez dos mil tres. No me acuerdo bien. Lo que sí me acuerdo es que tenía veintipocos años, estaba haciendo mi servicio social en una asociación civil de la Condesa, y vivía en la azotea de un edificio viejo en la calle de Texas. El cuarto era chiquito, como de cuatro por cuatro, con una ventana que daba al patio interior, un colchón en el suelo, un clóset desvencijado y una cocineta que usaba más para calentar agua que para cocinar. El baño lo compartía con otros dos cuartos, y había que bajar medio piso para llegar a él. No era gran cosa, pero era mío, y en ese entonces eso era suficiente. La colonia Nápoles en esos años no era como ahora. Ahora está llena de cafés, restaurantes, edificios nuevos, calles bien iluminadas. Pero a principios de los dos miles, era más tranquila, más vieja, más oscura. El parque que está entre la Nápoles y la Del Valle, ese que ahora tiene juegos para niños, bancas nuevas, alumbrado Led y hasta un parque para perros, en ese entonces era puro terreno  con árboles, una que otra banca oxidada, area de juegos y unas canchas de basketball, ahh, y un contenedor de basura enorme que siempre estaba hasta el tope. Por la noche, el parque se volvía un agujero negro. Había un par de lámparas, pero la mitad no funcionaban, y las que sí, daban una luz amarillenta que apenas alcanzaba para ver a dos metros. La gente evitaba cruzarlo de noche. Yo también, hasta que me tocó. Todo empezó un sábado de esos en los que no tenías nada que hacer pero terminabas haciendo de todo. Un amigo de la universidad, Toño, me invitó a una fiesta en San Pedro de los Pinos. Su primo acababa de cumplir años y habían rentado un salón en la calle de la Higuera, cerca del metro. Me dijo que iba a haber gente interesante, que llevara algo para pistear, que iba a estar bueno. Y como no tenía planes, dije que sí. Llegué como a las diez de la noche. El salón era chico, con paredes de block sin pintar, un equipo de sonido prestado y un montón de sillas de plástico. Había como treinta personas, la mayoría amigos del primo del Toño, gente que no conocía. Pero Toño sí conocía a mucha gente, y me presentó con unos cuates, y luego con otros, y para las once ya llevaba como cuatro cervezas encima. La fiesta fue subiendo de tono. Pusieron reggaetón, después cumbia, después rock en español. La gente bailaba, reía, gritaba. Yo me fui juntando con un grupo que estaba en la cocina, pistéando un ron barato que alguien había llevado. Me acuerdo que había una chava llamada Mariana, bien risueña, que me contó que trabajaba en una tienda de discos. Y un vato calvo, Fer, que era diseñador gráfico y que cada rato soltaba comentarios bien pendejos que nos hacían reír a todos. Pasaron las horas. Las cervezas se convirtieron en cubas, las cubas en algo más fuerte. Para la una de la mañana, yo ya estaba bien borracho. No borracho de caerme, pero sí de esos en los que todo se vuelve borroso, en los que las palabras salen solas, en los que el cuerpo se siente liviano y pesado al mismo tiempo. El Toño se fue como a las doce, porque al día siguiente trabajaba. Me dijo que si quería irme con él, pero yo le dije que no, que me quedaba un rato más. Luego se fueron la Mariana y el Fer, y luego otros más. Para las dos, ya casi no quedaba nadie. Solo el primo de Toño y su novia, recogiendo los vasos vacíos, y yo, sentado en una silla de plástico, viendo el techo, sintiendo cómo el alcohol me calentaba el pecho. —¿Oye, Mauricio, cómo te vas? —me preguntó el primo, un vato chaparro con lentes que se llamaba Edgar. —En Metro —le dije, aunque el Metro ya había cerrado. —No mames, wey, ya no hay Metro. ¿Quieres que te pida un taxi? —No, no, no te preocupes. Me voy caminando. No está tan lejos. De San Pedro de los Pinos a la Nápoles, caminando, eran como 20 minutos. Pero en mi estado, no me importaba. Necesitaba aire, necesitaba despejarme, necesitaba sentir el viento en la cara. Salí del salón y comencé a caminar. Las calles de San Pedro estaban vacías, con esa tranquilidad de la madrugada en la que solo se escuchan los perros ladrando a lo lejos y el ruido de algún coche pasando de vez en cuando. Caminé por la avenida Revolución, pasé el metro San Pedro, seguí derecho hasta entre las calles de la colonia. Ahí di vuelta, metiéndome por las calles de la Nápoles. Todo estaba oscuro. Las casas, viejas, de dos pisos, con sus fachadas desgastadas y sus coches estacionados en las entradas. Los árboles, frondosos, echaban sombras que parecían moverse. De vez en cuando pasaba un taxi, pero no se detenía. Yo seguía caminando, sintiendo cómo el alcohol me hacía tambalear, cómo las ideas se me mezclaban en la cabeza. Para llegar a mi cuarto, tenía que atravesar el parque. El parque de la Nápoles, ese que ahora está lleno de luz y de gente, pero que en ese entonces era pura oscuridad. Lo vi desde la esquina, un gran rectángulo de tierra y pasto, con el contenedor de basura en una esquina, las bancas dobladas, los árboles. No había nadie. No había luces, solo la pálida claridad de la luna, que apenas se asomaba entre las nubes. Tragué saliva y crucé la calle. Entré al parque. Hojas secas crujían bajo mis tenis. El aire olía a tierra mojada, a basura, a orines de perro. Caminé rápido, con las manos en los bolsillos, viendo hacia el frente, tratando de no pensar en las sombras que se movían a mi alrededor. Pero entonces lo vi. Al principio pensé que era una bolsa de basura, de esas que la gente deja tirada. Pero se movió. Se levantó. Y vi que era un perro. Un perro grande, de esos que parecen mezcla de pastor alemán con algo más, de pelaje negro y canela, con las orejas paradas y los ojos brillantes en la oscuridad. Estaba junto al contenedor de basura, olfateando el suelo. Cuando me vio, levantó la cabeza y me miró fijamente. Me detuve. El corazón me latía rápido, pero no sé si era por el alcohol o por el miedo. El perro no se movió. Solo me miraba, con la cola quieta, sin ladrar, sin gruñir. Como si estuviera esperando algo. —¡Ssh! —le dije, con la voz temblorosa—. Vete. Vete de aquí. El perro no se fue. Al contrario, dio un paso adelante. Luego otro. Se acercó lentamente, con la cabeza baja, moviendo la cola de lado a lado. Yo no sabía qué hacer. Estaba borracho, en medio de un parque oscuro, con un perro enorme acercándose a mí. Pero en lugar de sentir miedo, sentí algo más. Algo raro. Una calma extraña, una curiosidad que no entendía. El perro llegó hasta mis pies. Olfateó mis tenis, luego mis pantalones, luego mi entrepierna. Yo me quedé quieto, sintiendo su hocico húmedo contra la tela. Su lengua, caliente, se asomó y lamió la costura de mi bragueta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo. No era frío. Era otra cosa. —¿Qué haces? —susurré, pero no aparté las manos. El perro levantó la cabeza y me miró. Sus ojos, ámbar, brillaban en la oscuridad. Volvió a bajar el hocico, y comenzó a lamer mi entrepierna con más insistencia, empujando, buscando. Yo sentí cómo se me endurecía. Cómo la sangre me subía a la cabeza. Cómo el alcohol me nublaba el juicio y me dejaba solo con el instinto. Me llevó al suelo. No sé cómo. No sé cuándo. Solo recuerdo que de repente estaba de rodillas sobre el pasto, con los pantalones bajados hasta los tobillos, sintiendo el aire frío en las nalgas. El perro se movió detrás de mí, su aliento caliente en mi nuca, su lengua recorriendo mi espalda, bajando por mi columna, llegando a mi entrada. Apreté los dientes. Cerré los ojos. Y lo dejé hacer. Su lengua, áspera y caliente, comenzó a lamer mi ano. Primero suave, como probando. Luego más profundo, más insistente, empujando, abriéndome. Yo gemí, apretando el pasto con las manos, sintiendo cómo mi cuerpo respondía, cómo mi verga se endurecía, cómo el placer me recorría como una corriente eléctrica. —Sí —susurré, sin saber a quién le hablaba—. Sí, sigue. El perro lamió durante largos minutos, hasta que sentí que estaba listo. Entonces se movió, se colocó sobre mí, sus patas delanteras en mis hombros, su peso aplastándome contra el suelo. Y sentí su verga, caliente, húmeda, presionando contra mi entrada. —Dale —dije, con la voz rota—. Dale, cabrón. Y me penetró. Fue un solo empujón, seco, profundo, que me llenó por completo. Sentí cómo se expandía dentro de mí, cómo su nudo comenzaba a inflarse, cómo me anclaba a él, cómo me volvía suyo. Grité, pero no de dolor. Grité de placer, de sorpresa, de algo que no podía explicar. El perro comenzó a moverse. Sus caderas chocaban contra mis nalgas, su verga entraba y salía, su nudo crecía y crecía, hasta que sentí que no podía más, que iba a reventar. Pero no quería que parara. No quería que se fuera. Me cogió durante lo que me pareció una eternidad. En el parque oscuro, bajo la luna, con el olor a tierra y a pasto y a sexo llenándolo todo. Y cuando terminó, cuando su nudo se hinchó por completo y sentí su semen caliente llenándome, me quedé ahí, jadeando, temblando, sintiendo cómo mi cuerpo se relajaba contra el suyo. Nos quedamos pegados un buen rato. Su nudo nos mantenía unidos, su lengua limpiaba mi cuello, su aliento caliente en mi oído. Yo no quería que se fuera. No quería que terminara. Pero eventualmente, su nudo se aflojó. Se separó de mí, se sentó en el pasto, y me miró con esos ojos ámbar que parecían entenderlo todo. Yo me levanté temblando, me subí los pantalones, y lo vi alejarse, desaparecer entre las sombras del parque. Me quedé solo, en medio de la oscuridad, sintiendo cómo su semen me escurría por las piernas. Y supe, en ese momento, que nada volvería a ser igual. Eso fue hace casi veinte años. A veces paso por el parque de la Nápoles, ahora lleno de luces Led, de cámaras de seguridad, de gente paseando a sus perros con correa. Y me acuerdo de esa noche. De ese perro. De cómo me sintió. Y sonrío. Porque hay cosas que el progreso no puede borrar.

Puedes mandarme correo a [email protected] o a ig: @panda.8357316

29 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: amigos, baño, mayor, metro, parque, semen, sexo, universidad
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
Conociendo a Mauricio
METAMORFOSIS 11
CO-CA-CU: Mi primera vez
El esposo de mi amante era supuestamente muy celoso, pero conmigo actúa como todo un cornudo y cabrón después de todo soy el dueño de la empresa.
SEXO EN GRUPO GAY MI PRIMERA VEZ TRAVESTIDO
Viole a la hermanita de mi mejor amigo
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter
Únete a nuestro grupo en Telegram

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.509)
  • Dominación Hombres (4.692)
  • Dominación Mujeres (3.428)
  • Fantasías / Parodias (3.826)
  • Fetichismo (3.090)
  • Gays (23.338)
  • Heterosexual (9.156)
  • Incestos en Familia (19.797)
  • Infidelidad (4.843)
  • Intercambios / Trios (3.428)
  • Lesbiana (1.231)
  • Masturbacion Femenina (1.136)
  • Masturbacion Masculina (2.186)
  • Orgias (2.307)
  • Sado Bondage Hombre (498)
  • Sado Bondage Mujer (219)
  • Sexo con Madur@s (4.883)
  • Sexo Virtual (286)
  • Travestis / Transexuales (2.624)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.790)
  • Zoofilia Hombre (2.375)
  • Zoofilia Mujer (1.739)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba