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Gays

Carlos y Aníbal, amigos y rivales 4

Relato mis encuentros con Carlos y Aníbal, a quienes conocí cuando trabajé de maestro..
Cuando desperté, estaba solo. Tomé mi celular y vi que ya eran más de las 12 del día. Había varios mensajes de Carlos; me contaba el regaño que le habían dado por haber llegado tomado, también que no iba a poder salir de casa lo que restaba del fin de semana. Me invadió la culpa por lo que había hecho, pero no podía hacer nada para cambiarlo; solo me quedaba asumir las consecuencias.

Me arreglé y salí a ver qué había pasado con Aníbal; pensé que quizás ya se había marchado, pero lo encontré en la cocina. Tenía puesto solo su pantalón militar. Saludamos y enseguida me dice: «Siéntate, ya mismo está la comida, aunque no sé si puedes hacerlo», comenta sonriendo. Mientras terminaba de cocinar, me conversó de sus vivencias en el ejército; pronto saldría e iría a la universidad, para luego volver; esa era la idea, pues si se quedaba desde ahora no podría ascender, según me explicó, por falta de estudios. Quería estudiar alguna ingeniería. Me contó también que ahora se levanta temprano a hacer ejercicio y, cuando puede, prepara él mismo sus alimentos.

No nos dimos cuenta del tiempo que pasó entre tanta conversación; cuando vimos, ya eran más de las 2 de la tarde. Aníbal corrió a terminar de vestirse para salir; debía tomar un taxi a la terminal de buses y de allí viajar a otra ciudad para llegar al cuartel a las seis. Se veía hermoso con su uniforme; recién pude apreciarlo con tranquilidad. Nos despedimos como grandes amigos; no menciono nada relacionado con lo que había pasado entre los dos. Creí que, como lo había propuesto, todo se quedaba en una sola noche; decidí confiar en que así sería. Finalmente, se marchó.

Arrancó la semana; recién el martes me vi con Carlos. Me negué a estar con él, alegando estar resentido por haberse ido de fiesta con los amigos en el único día de la semana que podíamos pasar juntos. Sentencié que su pena sería esperar hasta el sábado siguiente para volver a estar juntos, esto porque debía esperar que desaparezcan las marcas que Aníbal había dejado en mi cuerpo, así que fue una semana de abstinencia, tiempo que también aproveché para aplacar la culpa que sentía luego de haberlo traicionado.

Llegó el sábado, me levanté temprano para preparar todo para mi novio; iba a ser un día especial, quería que me hiciera suyo y poder así de alguna forma lavar mis culpas. Carlos llegó a la hora de siempre; apenas entró, tiró su maleta al piso, se quitó la camiseta y caminó a donde me encontraba para fundirnos en un beso de novela.

Se detiene y, tomándome de la mano, me guía a la habitación. Espera, preparé desayuno para ti. «¿No vas a comer?», «Claro que voy a comer», responde sonriendo. Me tira a la cama y salta encima de mí; continuamos besándonos. Me tocaba por todas partes, especialmente mi cola. Se detiene para tirar de mis pantalones y quitármelos lo más rápido posible. Toma mis piernas y las guía para que mis rodillas queden a la altura de mi pecho. Se agachó y empezó a recorrer mi entrada con su lengua; esto me hizo temblar. Agarré mis piernas para ofrecerme por completo.

Sentía su lengua jugar con mi entrada, abría mis posaderas para llegar más profundo, me hacía chillar de placer. «¿Te gusta cómo te como?», sí, le respondí entre gemidos. Le hacía el amor a mi cola, apretaba los dientes para no gritar del placer. Sin avisar, me mete un dedo. «Ay», chillé. Lo saca, regresa a comerme. «Estás apretadito, mi amor, necesitas más lengüita». «Sí, papi, cómeme todo», le pedía, abriéndome con mis propias manos. No se hace de rogar y me come el chocho con deseo una y otra vez. «Qué rica conchita tienes, vuelve a meterme el dedo». Esta vez gemí de placer, lo saco e intento meter su lengua. «Ay, papi», chillé al sentir cómo me acariciaba por dentro.

Se levanta para terminar de quitarse la ropa, mira cómo me tienes, me muestra su sexo que estaba a tope; me levanté y de perrito me acerqué hasta él para comérmelo entero. Me agarró de la cabeza e hizo el gesto de penetrarme; me daban arcadas, pero poco le importaba, solo pensaba en disfrutar de mí. «Qué rico te la comes, mi amor», dice extasiado. Me soltó y puso sus manos en su cabeza, entregándose por completo. «Jueputa, qué rico», lo hacía retorcerse de placer. Me la metía toda; a ratos sentía que su cabeza podía quedar atorada en mi garganta. Eso lo enloquecía, parecía que acabaría allí mismo.

Se detiene y me dice: «Date la vuelta». Me giro obediente y quedo en cuatro al filo de la cama. Se agacha y enseguida siento su lengua recorrer toda mi cola, pero esta vez solo me lubrica. Toma su sexo y lo guía a mi entrada, me agarra de la cintura y empuja. En primera instancia no logra entrar; su cabeza estaba demasiado hinchada. No se detuvo y lo intentó de nuevo. «Despacio, papi, que estás muy grande», pero no me escuchó. Empujó y esta vez lo logra. «Ay», grité al sentir cómo me abría. Busqué escapar adentrándome en la cama, pero me sigue de rodillas, abotonado a mí. «Aguanta, mi amor», me dice, manteniéndome prisionero. Continuó empujando hasta meterla toda. Se mantiene quieto, disfrutando por un momento. Me toma del cabello para que me levante; mi espalda choca con su pecho, prácticamente quedé sentado sobre él, bien ensartado. Me rodea con sus brazos, uno por el abdomen y el otro por el pecho. Empezó a cogerme, haciéndome chillar de placer y dolor a la vez.

Por la fuerza con la que me tomaba, llegué a pensar que sabía lo que había hecho y me estaba castigando. Su sexo era una estaca que se enterraba en mis entrañas; chillaba con cada estocada. Me tomó a su antojo, hizo que me volviera a poner de perrito, se levanta y, doblando sus rodillas, busca mi entrada. Lo recibo todo, grité. «Aguanta, mi amor», me dice. Agarré una almohada y la mordí para aplacar mis gritos. Mi castigo continuó, me clavaba una y otra vez; la habitación se llenó de nuestros gritos.

Mis piernas temblaban por la fuerza de sus embestidas; me dejé caer, ya no soportaba más tanto arrebato. Enseguida se tira sobre mí y me ensarta para continuar cogiéndome. Mordía mi espalda mientras me hundía toda su hombría, gritaba disfrutando de mí; era un semental en celo, me hacía chillar como toda una hembrita. Parecía que nunca iba a acabar; era una estocada tras otra.

—Qué rico eres —me decía cerca de mi oído—. No sabes lo que te extrañé. Yo solo podía chillar siendo objeto de su lujuria. Me daba con fuerza. —Aah, jueputa, me vengo. Aceleró aún más sus estocadas. —Aah, aah —grito ferozmente sintiendo cómo su leche se abría paso por toda su hombría para salir directo a lo más profundo de mis entrañas. Empujaba sus caderas para inyectarme hasta la última gota. —Aah, jueputa, qué rico —decía aplastándome contra la cama. Parecía que orinaba dentro de mí; su descarga era abundante, se notaba que me había esperado. Poco a poco se fue quedando quieto encima de mí.

Después de recuperarse un poco, se deja caer de espaldas a mi lado. Nos miramos sin decirnos nada. Acaricia mi cabeza. «Lo siento, te di muy fuerte, pero tenía muchas ganas; ya eran muchos días que no lo hacíamos». Apenas y te sentí, respondí con sarcasmo: «¿Qué dijiste, cabroncito?». Busca montarse sobre mí, pero me giro. «No, espera», dije riendo, «sí te sentí». Cubrí con una mano mi entrada maltrecha. «Descansemos un poco», supliqué. Carlos respondió besándome muy delicadamente, como todo novio que quiere demostrar cariño a su pareja.

En medio de tantos besos se fue acomodando entre mis piernas, me conocia muy bien sabia que lo conseguiria todo si me besaba con pasion, disimuladamente tomo mi mano que cubria mi entrada y la guio a su pecho, como diciendome tocame que soy tuyo, asi lo hice, luego solo espero unos segundos para que me descuide y lentamente fue guiando su sexo a mi entrada, cuando lo senti ya era tarde, empujo y entro su cabeza y enseguida casi sin esfuerzo el resto de su hombria, ay chille aferrandome con con brazos y piernas a mi hombre, esta vez sus movimientos eran suaves, me penetraba mientras me pesaba, sus embestidas eran profundas, lo sentia entero dentro de mi,mahora todo era placer.

Disfrutamos el uno del otro, me besa el cuello, me mordia un poco, sentia que volaba siendo tomado con amor, mi hombre me hacia suyo, pase mis manos por todo su cuerpo, sintiendo su piel, ay que rico me coges chillaba como toda una hembrita, te gusta mi amor me pregunta, si, me encanta sentirte dentro de mi chochito, de quien es tu chochito, tuyo papi dije sin vacilar, mio pregunto como pidiendo confirmacion, si, tuyo papi respondi.

Quiero montarte, le digo entre besos. Me complace, nos giramos y ahora, sentado sobre su sexo, empiezo a mover mis caderas, pongo mis manos sobre su pecho y lo hago mío. Nos mirábamos a la cara sin decir nada; no era necesario hablar, nuestros gestos lo decían todo, estábamos entregados el uno al otro.

Me agarra de las caderas para controlarme; yo estaba ido en medio de tanto placer. Despacio, amor, que me vas a romper la verga. No le hice caso y continué montándolo a mi antojo. «Aah, aah», chillaba mi macho, aguantando mi montada; se retorcía de placer. «Ya no aguanto», decía, haciendo fuerza para no venirse. Aguanta, papi, que todavía quiero más.

Aaah jueputa, chillaba mi hombre aferrado a mis caderas, ya, ya chillaba desesperado aguantando su corrida, me safe de el  y rapidamente me acomode para recibir todo en mi boca, aah jueputa gritaba, al instante su leche empezo a salir un chorro tras otro, su corrida fue abundante considerando que ya era la segunda vez, la disfrute toda, luego tome su sexo para limpiarlo con mi boca, se retorcia al sentir como le succionaba la cabeza de su miembro en estremo sensible por las recientes corridas, aah jueputa gritaba aguantando mi desenfreno, no pare hasta dejarlo reluciente, solo cuando estuve satisfecho lo solte.

Me acosté a su lado. «Eres un cabrón», me dice mi hombre acariciando su sexo. Te cobraste lo primero, lo tenías bien merecido. Me acomodé en su pecho para descansar; nos besamos un poco más hasta quedar en silencio abrazados.

Despues de recuperarnos me dice: ahora si quiero el desayuno, no comi nada en casa por salir corriendo para aca, lo bese, quieres que te traiga el desayuno a la cama, si me dice con la cabeza, me levante feliz para ir a la cocina por lo que habia preparado para mi hombre, lo atendi como a nadie para que recuperara fuerzas y poder seguir con esta especie de reconciliacion.

19 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por Anonimo
Etiquetas: amigos, leche, maestro, militar, novio, sexo, universidad, verga
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