Carlos y Aníbal, amigos y rivales 5
Relato mis encuentros con Carlos y Aníbal, a quienes conocí cuando trabajé de maestro.
Todo regresó a la normalidad con Carlos; continuamos como antes, viéndonos entre semana cuando nos era posible y esperando el sábado para pasar el día juntos, ya sea en casa o saliendo de paseo.
Mayo inició con un feriado que se extendió hasta el fin de semana. Carlos me contó que sus padres habían planeado un viaje familiar para aprovechar los días libres, así que no nos íbamos a poder ver. Me organicé entonces para mantenerme ocupado resolviendo pendientes y que estos días pasen rápido.
El domingo a eso de las seis de la tarde estaba viendo estados en mi celular; en medio de tantos me aparece una foto grupal de varios chicos celebrando con botella en mano. En primera instancia no reconocí a nadie; luego que vi mejor y se trataba de Aníbal, recordé que me había dicho que pronto saldría del ejército. No le di más importancia y continué.
A los minutos recibo un mensaje: ¿Qué tal? ¿Te gustó mi foto? No entendí cómo sabía Aníbal que había visto su foto; luego recordé que se registra quiénes ven tus estados. Decidí no responder y hacerme el desentendido. Al rato, otro mensaje: Mira mi estado, aquí aclaro que mi celular nunca me avisa cuando alguien sube estados nuevos y cosas así; si yo no entro a ver, no me entero de nada. Me ganó la curiosidad y entré; casi suelto el celular por lo que vi. Era otra foto grupal, pero esta vez también estaba Carlos en ella.
¿Qué hacía allí Carlos, si al mediodía me había dicho que recién iba a regresar con la familia del dichoso viaje? Le escribí a Aníbal: «¿De cuándo es esa foto?». No respondió sino hasta después de varios minutos: Es de hoy más temprano; todavía sigue allí. «¿Qué piensas hacer?», pregunté angustiado. Tranquilo, ya se están yendo, solo nos tomamos unas cervezas para celebrar mi regreso.
No podía creer que de nuevo Carlos había preferido ir con sus amigos en lugar de venir conmigo. Aníbal siguió escribiendo; mi amigo contó que recién llegaba de un viaje con la familia, lo que quiere decir que pasaste solo el feriado; me hubieras avisado para ir a acompañarte. Estaba muy aventado, seguramente por efecto de las cervezas que había tomado. Continué respondiéndole por temor a que se molestara si no lo hacía; lo necesitaba en paz para que continuara cumpliendo su promesa.
Las indirectas de Aníbal me estaban tentando debido a que había sido un fin de semana muy solitario. Decidí ducharme para bajar la temperatura y de paso prepararme para consentirme solo, en vista de que mi novio había decidido abandonarme. Cuando volví a tomar mi celular, Carlos había escrito: Hola, mor, ya estoy de vuelta; te cuento que llegamos muy tarde, así que no tuve oportunidad de escaparme. «Mentiroso», dije indignado, «de nuevo elegiste a tus amigos; a ver si uno de ellos te da el culo cuando te den ganas». Lo ignoré como él lo había hecho conmigo. Aníbal también había escrito bastante, pero solo le presté atención a los últimos mensajes; en ellos decía que quería tomarse unas cervezas conmigo, que ya salía para acá.
Qué avasallador, pensé; ahora, ¿cómo hago para aguantar la tentación al tenerlo nuevamente aquí? No tuve mucho tiempo para pensar; a los minutos llegó un mensaje: «Ya estoy afuera». No tenía opción, debía recibirlo para que continúe de buenas conmigo. Abrí y lo encontré arrimado a la pared; vestía de jean y camisa blanca abierta, varios botones que dejaban ver su pecho, hermoso por donde se lo mire, el cabrón. «Traje cervezas», me dice; «¿me dejas entrar?». «Sí», respondí con la cabeza; se le notaba que ya estaba tomado.
Apenas entró, comenta: Te la volvió a hacer el cabroncito; ¿qué cosa comenté? Carlitos te volvió a dejar botado para irse de fiesta con nosotros, pero tranquilo, vine a ayudarte a pasar el mal rato». No podía negarlo, era cierto, tenía mucho coraje dentro. Nos sentamos a beber; decidí acompañarlo a pesar de que no me gusta mucho el licor, pero necesitaba que la bebida que había traído se terminara pronto.
Conversamos y bebimos por más de dos horas, hablamos de varios temas como su salida del ejército, la universidad en la que estudiaría, que por suerte no era la misma de Carlos. Cuando la cerveza se terminó, Aníbal se levantó y buscó más en el refrigerador; sabía que allí estaban las reservas de Carlos. Me levanté para detenerlo: «No vamos a beber más, es suficiente, ya te acompañé como querías, es mejor que ya vayas a casa». «Una más», me dice; por suerte no había más que dos botellas. Nos detuvimos en el mesón donde me había tomado la vez anterior; obviamente lo recordamos. Aníbal se agarró el miembro por encima del pantalón.
Ya estás muy tomado, insistí; mejor te pido un taxi para que vayas a casa. Ninguno respondió en la aplicación; como era feriado, supuse que nadie andaba de trabajo. «No importa, me voy en bus», me dice. Es peligroso que andes así a esta hora; me va a tocar llevarte. Busqué mis llaves y salimos. Cuando apenas habíamos avanzado unas cuadras, Aníbal me dice: Estoy feliz. Porque pregunté nomás para seguirle la idea. «Estoy feliz porque sí te importo, aunque sea un poco; me quieres», me dice golpeándome con su mano el pecho.
—Si lo dices porque te vine a dejar, no te ilusiones, esto es solo ayuda social. —No, tú me quieres —insiste—, te vi cómo me mirabas. —Ya empezaste a decir pendejadas por la borrachera que traes —comenté, tratando de desviar el tema—. A ver, demuestra que me equivoco, dame un beso y di que no sientes nada. —Estás peor de lo que pensaba —agregué.
Te da miedo aceptar lo que sientes, te entiendo, así me pasaba. Siempre decía que tú no me gustabas, que no sentía nada por ti, pero apenas te tenía cerca, perdía el control. Por eso me alejé, me daba miedo eso, pero de nada sirvió porque todavía me pasa lo mismo; me desvié de la ruta y me estacioné, lo tomé de la cara y lo besé. ¿Ves? No pasó nada; no seas cabrón, hasta mi madre me ha besado mejor.
Hace su asiento para atrás y enseguida se me lanza encima para hacer lo mismo con el mío; ahora sí va en serio, me toma con una mano por atrás de la cabeza y me acerca hacia él. Nos besamos; lo hace muy suave, como quien besa por primera vez. Resistí los primeros segundos; «sí puedo controlarlo», dije en mi interior, pero Aníbal subió de nivel, sentí cómo mi cuerpo se estremecía, la razón quería abandonarme. «Ya para», dije, pero no me hizo caso y continuó. Ya no resistí más, me entregué a él por completo, nos besábamos intensamente, olvidándonos del mundo, pero nos trajo a la realidad el pito de un auto que pasaba.
Aníbal tenía razón, sí sentía algo por él, pero no quería aceptarlo. Permanecí en silencio; la verdad, no había mucho que decir o explicar, todo había quedado claro. «Te dije que no me puedo controlar contigo», comenta Aníbal. «Qué calor me dio», agrega, safándose los últimos botones de la camisa para liberar su pecho y que el aire del carro le dé directo. Eso fue la chispa que lo encendió todo.
Lo tomé de la camisa y lo jalé hacia mí para que me besara nuevamente. Nos empezamos a tocar; me encantaba tocar su pecho desnudo. Otro carro nos pitó. «Espera», le digo, arranqué el auto y me metí un poco más a la zona industrial donde las calles son solitarias y oscuras. Apenas me estacioné, Aníbal se me lanzó encima. Nos comimos la boca con desesperación, pero quería más. Separándolo, le digo: «Ábrete el pantalón». Obedeció de inmediato. Tomé su sexo con una mano; su cuerpo se estremeció. «Ya estás duro, machito, así me pones», me responde. Sin más, me agaché y me lo metí en la boca. Corrió su asiento hacia atrás para darme comodidad. Me lo comí entero al punto que me daban arcadas. «Qué rica verga tienes, macho», le dije entre lamidas.
Me encantaba escucharlo gemir; le comí su hombría como si de eso dependiera el mundo. Me toma del cabello y me hace subir para besarnos; quiero comerte el chocho. Aquí no respondí; un poquito me dice, casi suplicando. Me senté a analizar la situación; la verdad, no había nadie cerca, era una calle de solo muros de lado y lado. Me aflojé el pantalón y, poniéndome de rodillas en el asiento, le ofrecí mi cola.
—Qué rico chochito, mi amor —me dice dándome una nalgada. Empezó a comerme con lujuria; chillé al sentirlo en mi entrada. Estaba desenfrenado, abría mis posaderas buscando mi conchita; por la poca luz no era tan fácil. Me devoraba todo, me mordía. Despacio le pedía, pero no me escuchaba. —Jueputa, qué rico —decía, comiéndome sin reparo. Era todo un macho en celo. Se detiene por un momento; pensé que ya había terminado, pero solo hizo una pausa para jalarse la camisa que seguía en su espalda. Como pudo, se la quitó y la tiró al fondo del auto. Ahora, con los brazos libres, me tomó de la cintura y se apoderó nuevamente de mi cola; me hizo el amor con su boca.
Cuando me di cuenta, estaba sacándome los zapatos; «¿Qué haces?», pregunté, pero no obtuve respuesta. Me los quitó y enseguida empezó a tirar de mi pantalón para que bajara de mis rodillas y saliera del todo. «Te quiero coger», me dice, tomándome de las caderas para que me pase a su asiento. Él estaba prácticamente de rodillas en el piso. Espera, vayamos a otro lugar. No, te quiero hacer mío ya. Abre mis piernas para ubicarse en el medio; era un poco incómodo, pero más podía la lujuria.
Busca mi entrada, pero no llegaba. Nos acomodamos mejor, escurriéndome un poco más. Mis pies tocaron el techo; ahora sí sentí su cabeza acariciar mi entrada, pero él no podía ver nada, así que fallaba al empujar. Cada vez se desesperaba más. Espera, yo lo hago. Tomó su sexo y lo guio. Apenas lo sentí en mi entrada, le dije que empujara. Chillé al sentir que entraba. Despacito, papi, me obedeció y poco a poco fue empujando. Jueputa, qué rico se siente tu chochito. Se agacha para besarme. Estás calientito, me dice.
Cuando estuvo todo dentro, empezó a mover sus caderas, aah, aah, chillaba siendo tomado por mi hombre. A cada momento sus embestidas eran más fuertes; seguramente el carro se ha de haber movido a nuestro ritmo. «Dame, dame», le ordenaba, «quiero que me dejes toda tu leche adentro». Le clavaba las uñas en su espalda. Empezó a jadear más fuerte: «Aah, aah, jueputa, qué rico», decía entre bramidos. «Me vas a hacer venir rápido». Se levantó y puso sus manos atrás de su cabeza; aah, aah, jueputa, qué rico, gritó. Luego de eso se agachó, me tomó de los hombros y se declaró loco. Me embistió con furia, haciéndome chillar como toda una hembrita. Aah, aah, me vengo, me vengo, jueputa, jueputa, gritó al sentir cómo su leche se abría paso a través de su verga para llenar mis entrañas. Chillaba con cada chorro que me inyectaba; nuevamente sentí que su corrida fue abundante.
Aníbal se dejó caer sobre mí, respiraba agitado, el sudor había invadido todo su cuerpo; no me quiero separar de ti, ¿sabes algo? Es la primera vez que lo hago en un auto y tú… También le respondo: «Sí, al fin soy el primero en algo». Continuamos así unidos, sin la menor intención de separarnos. Después de un rato nos empiezan a alumbrar; volvimos a la realidad nuevamente. «Salte», le digo; parecía que de verdad estábamos abotonados. Chillé sintiendo cómo salía de mí. Rápido, ayúdame a volver a mi asiento. Aníbal, con todas sus fuerzas, me eleva la cola para que caiga en el asiento del chofer. Las luces ya estaban encima de nosotros; eran dos guardias que se acercaban con linternas.
Bajé el vidrio para saludar y que no se acerquen más. —¿Qué hacen aquí? —pregunta uno de ellos. Nada, solo nos detuvimos un momento. Aníbal apenas había podido sentarse y cubrir su sexo con sus manos; permanecía descamisado. Por suerte para mí, la camiseta que nunca me quité cubría mi desnudez. No pueden estar aquí; esta zona es vigilada. Entendido, nos vamos entonces. Hasta luego, me despedí muy serio, arranqué el auto y nos alejamos. Cuando nos sentimos seguros, empezamos a reír por todo lo que había sucedido.

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