Carlos y Aníbal, amigos y rivales 7
Relato mis encuentros con Carlos y Aníbal, a quienes conocí cuando trabajé de maestro..
Me llené de trabajo para evitar ver a Carlos; durante esta semana solo nos escribimos. El viernes a eso de las ocho de la noche me sorprende llegando; hola, amor, me besa; perdón, estoy sudado porque vengo de jugar, mejor me ducho primero, camina a la habitación quitándose la ropa; luego de un rato sale solo con una pantaloneta, como siempre lo hace. Apenas me ve acostado en el mueble, se me tira encima; nota que algo no andaba bien: ¿Qué pasa? Lo abracé fuerte. «¿Qué pasa?», insiste en preguntar. «Solo abrázame», le dije; así lo hace a pesar de no entender nada.
Me acomodé en su pecho y nos quedamos en silencio; no me di cuenta en qué momento me dormí. La verdad, había sido una semana estresante. Cuando desperté, ya había pasado una hora. —¿Estás mejor? —pregunté. «Sí», respondí. «Lo siento, tú venías a otra cosa y yo te tengo aquí». «No te preocupes», me responde; «pero ya mismo te vas y ni siquiera te preparé de comer». Quise levantarme, pero no me dejó. Espera, mejor hablemos.
Te tengo una buena noticia: hoy no tengo que regresar a casa, mi familia no está, se fueron de viaje, dejaron que me quede porque mañana tengo clases y les dije que no quería faltar; tú sabes que mi clase de los sábados es la más importante. Me besa; lo más importante, bien que te fuiste con tus amigos y me dejaste solo, dije en mi mente.
Decidimos preparar de comer; luego vimos una película hasta que fue la hora de ir a dormir. Carlos recibió la llamada de sus padres, así que me tuve que adelantar a la cama. Cuando llegó a la habitación, se estiró un poco; no pude dejar de notar lo hermoso que era. Sintió que lo miraba e hizo mofa de sus encantos; reímos de su ocurrencia. Luego de esto, se acostó junto a mí. «Seguro no te importa que no hagamos nada hoy». No importa, cuando tengas ganas lo hacemos; yo te espero. Me invita a recostarme en su pecho; lo besé intentando devolver algo del cariño que me daba. Sin querer, rocé con mi pierna su sexo; pude notar que estaba algo duro, tenía ganas sin lugar a dudas después de tantos días sin vernos, pero no quería presionarme.
Cerré los ojos para dormir, pero no fue posible; no podía olvidar lo que había sentido antes. Mi novio me necesitaba. Miré su sexo y este se le marcaba debajo de la delgada tela que lo cubría. Empecé a acariciar su abdomen fingiendo que lo hacía de manera involuntaria; luego metí mi mano en su pantaloneta. Él permaneció muy desentendido; quizás creía que solo lo estaba haciendo por obligación y no por deseo, pero su cuerpo no podía ocultar lo que sentía. Busqué liberar su sexo de la tela que lo aprisionaba.
Estuve por un buen rato acariciándolo, sentí ganas de meterlo a mi boca; con disimulo empecé a bajar hasta llegar a él. Gimió un poco cuando pasé mi lengua, pero se hizo el dormido; me lo metí todo al punto de atragantarme. Se notaba que lo estaba disfrutando; no gemía, pero su cuerpo vibraba cada vez que su cabeza chocaba en mi garganta. Le regalé el placer que había venido a buscar. En ningún momento me dio señal de estar consciente; continuó fingiendo estar dormido, situación que le aportó una dosis de morbo al momento.
Sentí que estaba por correrse; no paré de darle placer. Dio unos leves gemidos mientras descargaba en mi boca todo lo que había acumulado durante estos días. Su orgasmo fue intenso; no me había equivocado, tenía muchas ganas y solo se estaba sacrificando por mí. Una vez que cumplí mi cometido, regresé a sus brazos. No pudo disimular más, se le escapó una sonrisa; lo besé. Buenas noches, bello durmiente. Porque lo hiciste, ya te había dicho que esperaba a que tuvieras ganas de hacerlo; porque te quiero, respondí, volviéndolo a besar. Finalmente, los abrazamos para dormir.
Carlos me hizo sentir que con él lo tenía todo, no necesitaba más; en este momento supe lo que tenía que hacer, no podía aceptar lo que me había propuesto Aníbal, Carlos no lo merecía. Dormí profundo, como hace varios días no lo hacía. Cuando desperté, ya casi amanecía. Me quedé en silencio viéndolo dormir, acaricié su pelo con mucha delicadeza para no despertarlo, agradecí a la vida por haberlo conocido, recordé todo lo que habíamos vivido juntos, las locuras, los momentos de risas y los tristes también; así amanecí entre recuerdos que habían sacado algunas lágrimas de mis ojos.
Cuando despierta, me encuentra contemplándolo en silencio; nota que había llorado. —¿Sigues triste? —me pregunta. —No, al revés, estoy feliz porque acabo de confirmar que tengo al mejor novio que la vida pudo dar. —Carlos se conmueve y, limpiando mis lágrimas, me dice: —Siempre vamos a estar juntos, sin importar nada. Nos abrazamos.
Después de pasar este momento único, decidimos levantarnos. Carlos se ofreció a preparar el desayuno, así que se arregló e de inmediato se fue para la cocina; yo permanecí acostado unos minutos más hasta que me levanté y me preparé para salir de la habitación. Lo encontré con el desayuno casi listo; mi mente me jugó un mal rato y me trajo el recuerdo de Aníbal preparando el desayuno aquella vez que se quedó a pasar la noche. No escuché que Carlos me hablaba. «Hey», me dice insistente, «¿en qué piensas?». «En lo bueno que está el cocinero, que diga el desayuno», respondí jocosamente para safarme del momento; «no calientes lo que no te vas a comer», me responde sonriendo.
—¿Y quién ha dicho que no me lo voy a comer? —serio me dice, estallando en alegría. Si le respondo con la cabeza, se me lanza encima para besarme, me agarra para levantarme, lo rodeo con mis piernas. Ya nos íbamos para la habitación y veo la cocina aún encendida. —Espera, apaga eso —le dije. Así cargándome, se acercó, apagó todo y continuamos nuestro camino, dejando todo lo demás tirado.
Me sienta al filo de la cama, desprende mi pantalón para de un solo tirón quitármelo junto con mi ropa interior. Sabía lo que quería, me tumbé de espaldas y llevé mis rodillas al pecho ofreciéndole mi cola; sin perder tiempo, se arrodilló en el piso para comerme todo, haciéndome chillar de placer. Sin duda, la mejor forma de abrir un chocho es comiéndolo; sentía cómo me dilataba sin esfuerzo o quizás serían las ganas que tenía de darle amor a mi novio.
Se pone de pie y se arranca la ropa en un segundo; su sexo ya estaba duro, solo pensaba en penetrarme, pero debía prepararlo. Me giré y, de perrito a la orilla de la cama, le pedí que me dejara comerle su hombría. Le arranqué su primer gemido; levantó sus manos y las puso atrás de su cabeza, entregándose por completo. Disfruté de mi hombre como siempre lo había hecho, le hice el amor con mi boca, pero él quería más. «Quiero cogerte», me dice con tono suplicante. No lo hice esperar y enseguida me acosté, abrí mis piernas y le ofrecí lo que tanto deseaba. Carlos se trepa a la cama y de rodillas se ubica entre mis piernas, guía su sexo a mi entrada, me mira como pidiendo aprobación. «Métela», le digo. Obedece y de inmediato empuja. Sentí cómo su sexo presionaba mi entrada; estaba costando un poco, pero finalmente logró entrar. Chillé al sentir cómo se abría paso dentro de mí. Abríamos nuestras bocas sin emitir sonido, sintiendo cómo nuestros sexos se unían. No paró hasta meterla toda; cuando lo hizo, se dejó caer sobre mí.
Nos besamos con mucha pasión, sintiendo lo unidos que estábamos. Lentamente, empezó a mover sus caderas, se levanta un poco y toma una de mis piernas en su brazo. Chillé al sentir que llegaba más profundo; se notaba que había estado esperando esto toda la noche. La firmeza de su sexo me provocaba cierto dolor; decidí callar y dejar que mi novio disfrute de todo lo que le había sido negado la noche anterior. Apreté mis dientes y me ofrecí entero a mi hombre. Fueron minutos de placer puro; jadeábamos, chillábamos, nos mirábamos sin hablar; no era necesario decir algo, nuestros cuerpos juntos lo decían todo, hacíamos el amor sin lugar a dudas.
Hubiera deseado que esos minutos nunca terminaran, pero dada la intensidad con que ocurría todo, hacía lógico pensar que terminaría pronto. Carlos suelta mi pierna y se deja caer sobre mí, pone su cara junto a la mía, gemía prácticamente en mi oído, rodeó mi cuello con su brazo e intensificó sus movimientos. Esto hizo que le clavara mis uñas en la espalda; fue la única forma que encontré para desahogar tanto placer. Chillaba de placer a más no poder; me vengo, me vengo, dice entre jadeos. Aah, aah, qué rico, decía cerca de llegar al clímax. Me apretó con su brazo casi al punto de ahogarme. Aah, aah, me vengo, grito con fuerza y de inmediato sentí cómo me inyectaba su esencia en lo más profundo de mis entrañas. No paró ni un instante de penetrarme; era una estocada tras otra. Si no hubiera sentido su leche caliente llenándome, no hubiera creído que ya se había corrido. Permanecía firme como si nada hubiera pasado. Aah, aah, qué rico, decía extasiado, dejándome hasta la última gota dentro. Con su mano hace que gire mi cara hacia él; me besa como dándome las gracias. Lo abracé con fuerza para que nunca se separe de mí.
Permanecimos unidos un buen rato; no teníamos prisa de nada. Cuando estuvimos listos, continuamos dándonos amor; teníamos mucho acumulado después de tantos días de estar separados. Lo hicimos dos veces más hasta terminar viendo al techo, con la respiración agitada y cubiertos de sudor de pies a cabeza.
No te iba a decir nada todavía, pero dado el momento, te lo voy a decir, comenta Carlos. A mi padre le ofrecieron trabajo en otra ciudad, un buen trabajo, la verdad. —Te vas —dije alarmado. —Yo no, pero mi familia sí; yo me quedo por la universidad; solo por eso. —Por ti también, chillon —me dice riendo. El trabajo es en la misma ciudad donde están mis abuelos, así que mi madre está encantada porque podría quedarse con ellos y cuidarlos como siempre había querido.
¿Pero ya es seguro o todavía no? Casi, ese es el motivo del viaje; mi padre tenía la entrevista con el administrador. Anoche mi madre dijo que estaría tres semanas a prueba y, si todo va bien, firmaría contrato a fin de mes y empezaría la mudanza. Entonces te quedarías solo en tu casa; es lo que toca, pero yo estoy pensando en otra cosa. Mi casa es grande y aún la estamos pagando al banco, así que si me quedo allí sería un gasto para mi familia; por eso les dije que mejor la alquilemos y yo me iba a vivir con algún amigo que alquila para compartir gastos.
Obviamente, la idea es venir a vivir contigo, claro, si tú estás de acuerdo; era lo que siempre había querido, pero quise hacerlo sufrir un poco. No sé si quiera tenerte todos los días aquí. ¿Me pagarías?, pregunté haciéndome el interesado; podemos llegar a un acuerdo. Toma mi mano y haz que toque su sexo, tan poquito; voy a salir perdiendo. ¿Cómo que poquito? Ya te voy a enseñar que estás haciendo el negocio de tu vida. Se me lanza encima. No, ya no, dije entre risas. Tú lo pediste, me responde tomando mis manos y llevándolas arriba de la cabeza. Entrecruzamos nuestros dedos y nos besamos. Como era de esperarse, lo volvimos a hacer. De esta forma se nos fue la mañana y el desayuno casi se convirtió en almuerzo.
Este sería el fin soñado para esta historia, pero Aníbal era quien tenía en sus manos el poder para decidir cómo terminaría.

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