Carlos y Aníbal, amigos y rivales 8
Relato mis encuentros con Carlos y Aníbal, a quienes conocí cuando trabajé de maestro.
Esperé con ansias que pasaran las tres semanas de prueba para saber si se hacía realidad lo de vivir juntos; era lo que siempre había deseado. Estas semanas fueron complicadas; como su padre no estaba, Carlos debía acompañar a su madre a hacer las diligencias del hogar. Solo los sábados pudimos vernos y los dedicamos en parte a preparar la habitación que se encontraba sin uso, para mostrarla a sus padres si acaso querían ver dónde se quedaría. Les diría que se quedaría conmigo; pensamos que, como me conocían, aceptarían más fácil su idea. Así llegamos a la última semana del mes, la cual era decisiva.
El miércoles a eso de las siete, estaba duchándome, puesto que recién había llegado del trabajo; lo hacía muy despreocupado, sabiendo que estaba solo. Siento que alguien me mira, me doy la vuelta y me encuentro con Carlos, que me observaba desde la puerta. —¿Qué haces? —dije, tomando la toalla para cubrirme. Acabo de llegar, te hablé, pero no respondiste; luego escuché la ducha y supe que estabas aquí.
Necesitamos tener una charla sobre lo que significa privacidad. Me cubro mejor con la toalla. No hagas eso si ya te he visto todo; mejor espera, yo también me quiero duchar. Se quita la camiseta y la tira a la cama; luego se afloja el pantalón y se quita los zapatos. En un instante estuvo desnudo, camina hacia mí y, quitándome la toalla, me hace retroceder y volver a la ducha; me ayudas a ducharme, me dice abriendo el agua.
Accedí a su petición; no hubo parte de su cuerpo que no tocara, incluso me agaché para lavar sus pies. Muy sumiso a mi criterio, pude ver que su sexo se puso duro, pero lo ignoré para aumentar la tensión sexual que había. Listo, señor, ya está totalmente limpio. «Pero aún te falta algo», me increpa. «¿Qué cosa?». «Yo quiero el servicio completo». «¿Cuál es ese?», me besa. Lo empujó: «Respéteme, señor». Estalla en risa, pero enseguida vuelve al personaje. Sabía que me gustaba fantasear, así que continúo.
Dame el servicio completo y te doy una buena propina; es más, si lo haces bien, hasta me mudo a vivir contigo. O sea que… me besa y no me deja terminar de hablar. Estallé en alegría, lo arrimé a la pared y le dije: «Agarrese, señor, que va a recibir una muestra del servicio que ofrecemos». Levantó sus manos y se sujetó de la ducha, entregándose por completo. Me agaché, tomé su sexo y pasé mi lengua por toda su extensión, le arranqué sus primeros gemidos, restregué mi cara por todo su sexo, lamí sus huevos, hasta que finalmente me la metí entera. Le hice el amor a mi hombre, quien cerró los ojos y se dedicó a disfrutar.
Le comí con deseo; su sexo cada vez estaba más duro. Lo tomé de las caderas y me lo metí todo; hasta el último milímetro entró en mi boca. Me provocó arcadas, pero no me importó; lo quería todo para mí. Sentí su cabeza atorándose en mi garganta. «Aah, mi amor», chilla extasiado. Algo de saliva escurría de mi boca, pero no me importaba. Solo cuando sentí que me faltaba el aire retrocedí. —¿Qué fue eso? —pregunta sorprendido. «Su servicio VIP, señor». Me limpié la cara con la mano y volví a hacerlo. Chillé nuevamente al sentir que me abría la garganta; temblaba de placer. Continué mi trabajo tan bien que muy pronto sentí que iba a acabar. «Espera», me detiene, «quiero comerte el chochito».
No, señor, no puedo hacer eso. Se acerca y, besándome el cuello, me dice: Sí puedes, lo estoy deseando desde hace rato que te vi mientras te duchabas; pero es su culpa que le dieran ganas por mirar lo que no debe; dime qué tengo que hacer para que me lo des. «Vivir conmigo», respondí. Acepto, pero dámelo ya; me tienes loco por comerte el chochito. Me giré para entregarme a mi hombre, quien no perdió tiempo y se agachó para chuparme la conchita y prepararme para hacerme suyo como solo él sabe hacerlo.
Abre mis posaderas y me come todo. Chillé al sentir cómo acariciaba mi entrada con su lengua; lo hacía con lujuria, se notaba que estaba ansioso por hacerme suyo. «Despacio, papi», no hizo caso y continuó en lo suyo, haciéndome el amor con su lengua. Se levantó y, poniendo saliva en su miembro, me dice: Ya no aguanto, te quiero hacer mío ya. Sí, papi, yo también quiero ser tuyo.
Guía su sexo a mi entrada y presiona, pero no entra. Vamos, mi amor, abre el chochito. Se agacha y me vuelve a chupar con desesperación, haciéndome chillar como toda una putita. Vuelve a intentarlo y finalmente logra entrar. Eso, mi amor, ábrete para mí. Gemimos sintiendo cómo nuestros sexos se unían. Cuando entró, todo me rodeó con sus brazos y me hizo levantar para besarme como agradecimiento por haberle dado lo que tanto quería.
Empezó sus movimientos; nuestros gemidos llenaron el ambiente; estábamos disfrutando el uno del otro. «Qué rico, mi amor», me decía mientras abría mis entrañas. Me encantaba sentirlo entrando y saliendo de mí. Una tarde tranquila se había convertido en una llena de lujuria. Mi hombre me tomaba en la ducha con locura; era la primera vez que lo hacíamos allí. Ya nos habíamos duchado juntos, pero algo así no había pasado.
Gemíamos sin control, disfrutando el uno del otro. Tuve que apoyar mi mano en la pared para soportar sus embestidas. «Me encantas», me decía mi hombre entre gemidos. No me soltaba por nada; me sentía toda una hembra tomada por su macho. Nuestros cuerpos chocaban una y otra vez. «Qué rico, mi amor», me dice, dejándomela toda dentro. Me levanté buscando besarlo; me corresponde sin dudar. Así me tomó mi hombre hasta que empezó a decir que iba a acabar. «Todavía no», dije suplicante, «quiero más». Buscó salirse de mí para descansar, pero no lo dejé y lo arrimé a la pared para aprisionarlo. Empecé a mover mis caderas. «Aah, mi amor, ¿qué haces?», intentó detenerme, pero no pudo. Dándose por vencido, levantó sus manos y volvió a sujetarse de la ducha.
Ahora él se entregó a mí; lo cogí con tal fuerza que a ratos parecía que lo levantaba del piso. «Aah, aah, eso, mi amor, cogeme con tu chochito», empezó a chillar desesperado, haciendo lo imposible por retrasar su inminente corrida. Ya no aguanto, amor, me voy a venir. Me detuve y lo dejé respirar unos segundos; estaba extasiado y agitado por el esfuerzo. Aproveché para tocarme y acabar porque también estaba que me moría por hacerlo. Apenas bastaron unos leves movimientos y sucedió. Luego retomé mis embestidas. «Jueputa, qué rico chochito tienes, mi amor», apretaba los dientes soportando mis embestidas, haciendo su mayor esfuerzo para no acabar aún, pero fue inevitable; dio un alarido como si se le rompiera la verga en el instante que empezó a llenar mis entrañas con su esencia. Me agarró por las caderas para empujármela más, como si se pudiera. Chillaba soltando hasta la última gota dentro de mí. Cuando terminó, volvió a sujetarse de la ducha, quedando prácticamente colgado de ella sin fuerzas.
Con razón los jefes se cogen a los empleados; el placer es increíble, reímos de sus conclusiones, permanecemos unidos un buen rato hasta que me dice: Ya, amor, safate, que me tengo que ir; solo salí a dar una vuelta y ya he demorado mucho. —No, yo quiero seguir así —acarició mi espalda—. Te prometo que cuando vivamos juntos dormiremos pegados toda la noche si quieres, pero ya déjame ir. De mala gana lo libero; chillamos al separarnos, pues su sexo casi no había perdido su porte.
Nos lavamos y salimos de la ducha. Carlos se vistió pronto para marcharse; cuando estuvo listo, me abraza por la cintura y me besa. «Excelente servicio», reímos. «Quédate un ratito más». «No puedo». «Solo un ratito», insistí. Dejé caer la toalla que me cubría y, camino a la cama, me acuesto de espaldas y levanto de inmediato mis piernas, ofreciéndole una vista única de mi conchita recién desvirgada por él mismo. «No hagas eso», dice Carlos, tocándose el sexo por encima del pantalón. «Ven», le dije, acariciando mi entrada. Sin duda alguna se estaba excitando, porque no dejaba de mirar y tocarse.
Mierda, de verdad me tengo que ir, ¿por qué me haces esto? Se pasa la mano por toda su cara, me metí un dedo y chillé como toda una hembrita; eso lo desquició. Se aflojó el pantalón para liberar su sexo y tocarse frente a mí. Se moría de ganas, pero no se decidía del todo aún. Caminó hacia mí y, tomándome de las piernas, me acomodó en la esquina de la cama. Abrió sus piernas lo que su pantalón le permitió para llegar a mí. Acariciaba mi entrada con su hombría, pero no me penetraba; esto nos enloquecía a ambos.
—Mete la ya le rogué. Me mira y finalmente me dice: «No sabes en lo que te has metido». Enseguida presionó mi entrada y poco a poco se fue abriendo camino dentro de mí, haciéndome chillar de placer. Tomó mis piernas y las abrió como compás para terminar de empotrarme. —Ay, papi —exclamé al sentirlo todo dentro. Me dolía un poco, pero aun así lo único que hice fue entregarme completamente a mi hombre.
Con sus brazos extendidos sujetando mis piernas, me tomó nuevamente. La habitación se llenó con el sonido de nuestros cuerpos chocando. Me daba morbo verlo vestido cogiéndome; me miraba con lujuria, solo pensaba en meterla una y otra vez. Estaba perdido en el placer o quizás buscaba acabar pronto y marcharse, pero muy al contrario de no gustarme, cada instante deseaba que siguiera así. Me tenía totalmente dominado; apreté las sábanas con mis manos, buscando desahogar algo del placer que recibía.
Sin decir nada, soltó mis piernas y, teniéndome bien empotrado, se quitó la camiseta y la tiró para un lado. Enseguida se dejó caer sobre mí para besarme; nos comimos la boca con desesperación. Nunca dejó de moverse; estábamos en pleno frenesí apareándonos y empieza a sonar su celular. No le hicimos caso y continuamos en lo nuestro, pero continuaba sonando; «seguro es mi madre», dice Carlos, «debo contestar, si no no va a dejar de llamar». Lo rodeé con mis brazos para dar a notar que no quería que se alejara de mí.
Como pudo, llegó al bolsillo de su pantalón y sacó el dichoso celular; «No hables», me dice antes de abrir la llamada; seguíamos unidos por nuestros sexos. Hola, ma…, me encontré con un amigo, por eso estoy demorando, pero ya voy… No, no estoy tomando. «Está cogiendo», dije susurrando; me tapa la boca. Para seguir molestándolo, lo agarré de las caderas e hice que me penetrara; esto lo incomodó. Su madre seguía hablando y no cerraba la llamada… «Ya mismo voy, no te preocupes…». Chao; al fin comenté riendo.
Se levanta de inmediato, dejándome abierto y pidiendo más; casi te escucha. Ahora sí te pasaste; esta me la pagas. Empezó a sacarse los zapatos y el pantalón rápidamente. Una vez desnudo, camina hacia mí. Hago que escapo, adentrándome en la cama. Se me tira encima como fiera agarrando su presa, me jala a la orilla, se hace lugar entre mis piernas. Forcejeamos un poco a manera de juego; busca abotonarme, pero no se lo hago fácil. «Quédate quieto», me dice, guiando su sexo a mi entrada y de un solo empujón me la mete casi toda, haciéndome dar un grito de placer y dolor.
Empezó a darme estocadas profundas; apreté mis dientes para no gritar. «Chilla, quiero oírte», me dice con tono fuerte; no le dije, moviendo la cabeza. «Con que esas tenemos», empieza a embestirme como todo un semental; no pude callar más y empecé a chillar como toda una hembrita. Mi hombre me daba sin compasión; la habitación se llenó de gemidos y sonidos de nuestros cuerpos chocando. Carlos me daba un merecido castigo por lo que había hecho.
Me daba una y otra vez, disfrutó de mí cuanto quiso hasta que, quedándose quieto, aah, jueputa, casi me vengo. Cuando pasó el peligro, se levantó, dejándome bien abierto como perrita recién desabotonada. Todo su cuerpo brillaba por el sudor; había hecho un gran esfuerzo. Su sexo estaba enorme y bien lubricado por su propia leche; era un hierro lo que tenía entre las piernas. «¿Aún quieres más?», me dice con mirada desafiante, acariciando su hombría. «Sí quiero», respondí sin dudar. «Agárrate las piernas, quiero verte el chochito». Lo obedecí sin vacilar y le mostré mi conchita abierta. Carlos miró a detalle su obra maestra mientras se acariciaba. Se acerca y se agacha para comérmela toda.
Chillé como putita al sentir su lengua acariciándome por dentro; el placer era intenso, me comía sin reparo hasta que, sin avisar, se levantó y buscó penetrarme y de inmediato se dejó caer sobre mí. Empezó a tomarme de nuevo con un deseo desenfrenado; lo rodeé con mis piernas y con las manos me aferré a su espalda, chillé sin control sintiendo a mi hombre dentro de mí. Carlos empezó a moverse con gran intensidad, aah aah, bramaba como toro cerca de mi oído; fueron segundos intensos de placer puto, aah aah, jueputa, qué rico, gritaba, metiéndomela una y otra vez. Me vengo, me vengo, gritó desenfrenado al sentir cómo su leche se abría paso por toda su hombría para volver a llenar mis entrañas. Qué rico, decía, mientras me daba las últimas estocadas, terminando tirado sobre mí, empapado de sudor.
Así nos quedamos unidos sin decirnos nada; no era necesario, nos lo habíamos demostrado todo. Después de recuperar un poco las fuerzas, Carlos me dice: Me tengo que ir, pero no quiero, quiero seguir unido a ti. «No te vayas todavía», le respondí abrazándolo, pero el tiempo era nuestro peor enemigo y finalmente Carlos tuvo que salir corriendo para su casa. Sabía que lo esperaba un regaño, pero no le importaba; lo vivido bien había valido la pena.
Mi felicidad también era grande, pero me trajo a la realidad recordar que aún tenía que resolver mi situación con Aníbal.

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