Carlos y Aníbal, amigos y rivales 9
Relato mis encuentros con Carlos y Aníbal, a quienes conocí cuando trabajé de maestro..
Pensar en vivir con Carlos hacía ineludible solucionar mi situación con Aníbal; no quise dejar pasar más tiempo, por ello al siguiente día le escribí para vernos el sábado por la tarde. En vista de que Carlos no iba a estar porque se iría a visitar a su padre, le ofrecí que nos reuniéramos en casa para conversar tranquilos; mi idea era decirle que no a su propuesta y tratar de quedar en buenos términos.
Aníbal llegó, vestía jeans y camisa de esas que usan los ingenieros que tienen dos bolsillos; su cabello había crecido, ahora tenía casi la misma apariencia que cuando lo conocí en el colegio, solo que un poco más adulto, flaco, y pensé por unos segundos decirle que aceptaba su propuesta y que me tomara allí mismo, pero me contuve; le ofrecí de tomar antes de empezar a hablar; ambos sabíamos a lo que íbamos, así que no era necesaria ninguna previa.
No puedo aceptar lo que me pides; Carlos no merece que le haga eso y pienso que tú tampoco mereces un segundo lugar. Lo que me propusiste nació de lo que sientes por mí; no voy a negar que también siento algo por ti, pero aceptar tu pedido sería aprovecharme de ti. Me equivoqué al involucrarme con ustedes, los tomé como un juego y no estuvo bien; por eso hoy te digo que no puedo seguir haciendo lo mismo, debo hacer lo que creo que es lo correcto. Te pido disculpas por todo, acepto que fui yo el que inició todo y no estuvo bien, por eso estoy tratando de solucionarlo. No puedo cambiar el pasado, pero sí puedo intentar corregir las cosas que están mal.
Aníbal permaneció en silencio mirando hacia un lado; así de fácil me dices que ya no quieres nada conmigo, después de que fuiste tú el que me metió en esto, y sí, sí tienes la culpa de todo, no te voy a liberar de eso; solo hay algo de lo que no te puedo culpar y es que te quedes con Carlos, porque fui yo el que se fue hace un año y ahora me toca asumir las consecuencias.
Algo sí te voy a decir: si de verdad quieres hacer lo correcto, empieza por decirle todo a Carlos. Yo lo supe y decidí continuar, pero él no tiene la menor idea de en qué está metido y, antes que me preguntes, no tengo la menor intención de decírselo yo; eso es un asunto que tienes que resolver por tu cuenta. Dicho esto, se levantó y caminó a la puerta para marcharse. Mis ojos se llenaron de lágrimas al verlo irse; sentí que nunca más lo volvería a ver. Era lo que correspondía, pero me negaba a aceptarlo. Al hombre con el que fantaseé tantas veces, por el que me arriesgué a todo, le había pedido que se aleje.
Mi mente se llenó de recuerdos de la época en que trabajé de profesor, cuando lo vi por primera vez mientras caminaba por el patio del colegio, riendo de la vida sin imaginar a dónde nos llevaría, porque yo tampoco lo sabía. Los siguientes días estuvieron llenos de tristeza; como pude, disimulé mi pena frente a Carlos. Por suerte, como había estado ocurriendo las últimas semanas, solo nos veíamos los sábados. Aníbal tenía razón; si de verdad quería hacer lo correcto, debía ser sincero con Carlos. Empezó así una lucha interna por decidir si hablaba o no.
No recuerdo por qué este fin de semana estuve más triste de lo normal; el asunto es que me costó conciliar el sueño; recién en la madrugada pude dormir. Por ello, cuando Carlos llegó el sábado, me encontró en la cama; «Hola, dormilón», me dice al verme, «voy a preparar el desayuno mientras te arreglas». Me levanté de inmediato para que no notara nada extraño; luego de desayunar, decidimos ver una película acostados en el mueble. Para ello, Carlos ya se había puesto cómodo con su short favorito y torso desnudo, como siempre le gustaba estar.
De nada sirvió disimular; Carlos me conocía bien. Después de un año juntos, apenas terminó la película, me dijo: Ahora sí me vas a contar qué te pasa. —No me pasa nada —respondí de inmediato—. Por nada no lloras; cuando llegué tenías la cara de haber llorado y mucho. —¿Qué dices? No pasa nada —volví a decir. —Mírame —me increpa—, ¿ves de nuevo esa cara? —¿Cuál cara? —La del otra vez cuando llegué y me pediste que te abrazara. Hoy estás así de nuevo, eso sin contar que estas últimas semanas te he visto triste y pensativo; algo te pasa. —Ideas tuyas, no pasa nada —repetí.
La mañana se llenó de tensión; empecé a mimarlo intentando hacer que olvide el tema, pero no lo logré. Tomando mi mano, me dice: No me gusta que no me cuentes tus cosas; siento que no confías en mí. «No sigas, yo quiero estar bien contigo». «Ya no vamos a estar bien, no confías en mí, mejor me voy», concluye apartándome de él. Camina en dirección a la habitación a recoger sus cosas. Espera, esto no es fácil y si lo que te digo no te gusta… Lo prefiero; al menos allí sabría que confías en mí.
Acepté mi destino: Es algo del pasado que sucedió en el tiempo que era profesor, cuando todavía no éramos novios. Yo tuve algo con… me quedé trabado; con quien me insiste; con tu amigo Aníbal. Lo dije finalmente. Carlos se quedó quieto sin emitir palabra; luego de salir del shock, pregunta: «¿Tú fuiste el que se la chupó en el baño?». Sí, respondí moviendo la cabeza; no pude hablar más. Se dio otro momento de silencio; cogiste con él; guardé silencio; responde; sí, dije nuevamente con la cabeza, manteniendo la mirada al piso.
Se escuchó un azote fuerte a la puerta de la habitación, el cual me hizo dar un brinco. Me preocupó que se hiciera daño y me levanté a calmarlo. Espera, déjame que te explique. «No me toques», me grita. Cogiste con los dos al mismo tiempo. Empuja y busca la puerta para salir de la casa, pero no se lo permito; no podía dejar que se vaya así. «Quítate o te rompo la cara». Hazlo si eso te ayuda. Me toma de la camiseta y me estruja contra la pared; no ofrecí resistencia. «¿Por qué recién me dices esto?», se quedó pensando. Claro, recién regresó, por eso estabas así, te volviste a encontrar con él. «Eres un cabrón hp», me grita lleno de ira y me lanza lejos de él.
Cuando pude articular palabra, le dije: «Yo no lo busqué, yo te quiero a ti». «Cállate», me grita; lo venció la pena y se dejó caer al piso, quedando sentado, dobló sus rodillas y apoyó su cabeza en ellas, se cubrió con sus brazos y empezó a llorar. Lo acompañé sentándome a su lado en silencio; también estaba destrozado, pero más me importaba él. Después de un rato se levantó y se encerró en la habitación; no pasaron ni cinco minutos y salió vestido, listo para marcharse. En ningún momento me miró; «No te vayas», le dije suplicante. «Eso es parte del pasado». Se detuvo para buscar algo en su bolsillo, sacó las llaves de la casa y las tiró al piso, abrió la puerta y se marchó sin pronunciar palabra.
Me invadió el odio a mí mismo por haber hablado; tomé mi teléfono y empecé a escribirle, pero no me respondió. Desde ese día no supe más de él. En dos ocasiones lo fui a buscar a la cancha donde sabía jugar, pero no lo encontré. No me atreví a ir a su casa, me llené de trabajo para no tener tiempo de pensar; no quería saber del mundo. El día más difícil era el sábado, porque me hacía sentir más su ausencia. Así pasaron los días.
Ya era julio, habían pasado tres semanas desde que Carlos se había ido. El sábado, a eso de las cinco de la tarde, tocan la puerta. «Carlos», pensé, corrí a abrirle, pero no era él, era Aníbal. Quedé paralizado unos segundos por la sorpresa de verlo; después, lo único que se me ocurrió fue abrazarlo como buscando consuelo. Entonces sí sucedió, se lo dijiste; lo invité a pasar. —¿Cómo supiste lo de Carlos? —pregunté intrigado. Hoy hubo una juntada de amigos; yo había dicho que no iba, pero al final sí fui. Cuando llegué, vi que Carlos se incomodó, se levantó y se fue sin dar explicaciones. Lo llamamos y no respondió a nadie. Todos comentaron que desde que llegó estaba extraño y que había tomado mucho». Enseguida pensé que tú tenías que ver en eso; la verdad, no pensé que se lo fueras a decir tan rápido, imaginé que te iba a costar, estabas muy metido con él.
Se levantó y buscó un par de cervezas, las que siempre guardaba Carlos. «No quiero tomar». Te hará bien; las penas con cerveza pasan más rápido. Así continuamos conversando. Cuando nos dimos cuenta, ya eran más de las siete. «Bueno, ya creo que me tengo que ir», comenta Aníbal. No te preocupes, esta vez no me tienes que llevar a casa como aquella vez. Me levanté para despedirlo, lo abracé nuevamente. No imaginé verte de nuevo; pensé que me odiabas por haberte pedido que te fueras.
La verdad, sí te odié al principio, pero luego entendí que tenías razón, era una locura, te estaba pidiendo ser tu putita, concluye entre risas, pero ya pasó, ahora estoy con nuevos proyectos; ¿algún chico? No, eso solo contigo, son unas compañeritas de la universidad; después te cuento si quieres. Luego de esto se marchó.
La visita de Aníbal me ayudó mucho; supe que, por lo menos con él, las cosas habían quedado bien. Desde ese día cruzamos uno que otro mensaje, en son de amigos. Un día, mientras estaba laborando, recibo un mensaje de él, abrí y era una foto de Carlos jugando futbol, luego un video de unos pocos segundos. «Esta es tu venganza», le escribo. Para nada, pensé que te interesaba saber de tu amorcito; ¿lo volviste a ver? ¿No te dijo nada?». No, no lo he visto; las fotos me las pasó un amigo que me escribió a contar que había aparecido el perdido. Esta noticia me llenó de alegría y tristeza a la vez: alegría por verlo bien y tristeza porque quizás ya me había olvidado.
En fin de semana van a haber muchos eventos por las fiestas de la ciudad; deberíamos ir a dar una vuelta, así te distraes un rato. Lo pensé un poco, pero al final acepté; sentí que me haría bien. Ese día decidí salir sin auto por el cierre de vías y demás. Se vivía mucha alegría en las calles, había música en cada esquina, todos bailaban y bebían, pues había una especie de feria de cervezas. Aníbal me obligó a probarlas todas, con la excusa de que opine cuál era la mejor. La verdad, fue una tarde y noche muy divertida.
Terminamos la jornada viendo al artista que se presentaba en vivo; me hizo recordar aquel viaje que hicimos a la playa. Aníbal ya estaba muy tomado, bailaba a más no poder, me abrazaba e incluso intentó besarme un par de veces, así que pensé que sería mejor que ya nos fuéramos a casa. Costó un poco, pero aceptó, así que empezamos a caminar por calles oscuras hasta donde pasaban los taxis.
Tuve que ayudarlo porque ya estaba muy mareado. Espera, me dice, deteniéndose en un lugar sin luces. ¿Qué pasa?, pregunté sin entender. Sin decir nada, me arrima al muro y me besa. Mucha gente pasaba a nuestro lado, pero por la oscuridad dudo que pudieran distinguir nuestras caras. Me besó con mucha pasión, dejándome sin aire. «Lo siento, pero tenía muchas ganas de hacerlo». No supe qué decir; obviamente, me seguía gustando, pero también guardaba la esperanza de volver con Carlos. No me dejó pensar y de nuevo me besó; ahí sí no pude más y respondí con igual pasión. «Vamos a tu casa ya», me dice. Empezamos a caminar lo más rápido que pudimos.
Tomamos el taxi y, mientras viajábamos, nos tocábamos cómplices; por suerte, mi casa estaba relativamente cerca. Apenas ingresamos, me volvió a subir a la mesita donde ya me había tomado antes. Nos besamos con desesperación; de inmediato empezó a safarse la camisa y terminó tirándola lejos. Siguió con su pantalón, sacó su miembro, lo tomé enseguida con una mano y empecé a masturbarlo. Estuvo a tope en un instante; se notaba que tenía ganas.
Quiso safarme mi pantalón. Espera, campeón, ya sabes que eso no se puede así nomás; entonces, entonces voy a tener que usar mi boca. Me bajé y lo empujé hasta que chocó con el espaldar del mueble. Me arrodillé frente a él y, tomando sus pantalones, se los bajé hasta las rodillas, liberando totalmente su sexo. Tomé su hombría y lo hice a un lado. Quería oler sus bolas sudadas. Restregué mi cara en ellas. «Ya cómetela», me suplica. Lo tenía muerto de ganas; miraba al cielo esperando sentir mi boca.
No lo hice esperar más y me lo comí todo, arrancándole su primer gemido. Empecé mi tarea, no me contuve y le regalé placer puro; chillaba sintiendo cómo mi boca le hacía el amor. Lo saqué y me golpeé la cara con su hombría. «Qué duro estás, así me pones», me responde viéndome a los ojos. Lo comí con deseo, resistió mi desenfreno como todo un macho por un buen rato, pero al final me entregó su esencia entre gritos de placer. Chorro tras chorro inundaron mi garganta; la descarga fue abundante, se notaba que había estado sin actividad por un buen rato. Quedé sentado en el piso, satisfecho con mi ración de leche. Aníbal empezó a acariciar su sexo, que aún se mantenía listo para la batalla. «Quiero chocho», me dice. «Si me esperas, te doy lo que quieras». Acepto, moviendo su cabeza. Me levanté entonces y me fui a preparar para mi hombre.
Cuando estuve listo, salí de la habitación. Aníbal me esperaba sentado totalmente desnudo sobre una toalla; se había duchado en el baño de visitas. Bebía una de las cervezas que había comprado en la feria. ¿Por qué te pusiste ropa, si no la vas a necesitar? En el ejército pasábamos la mayoría del tiempo en calzones y uno que otro en bolas». «¿Cuántos te comiste?», estalló en risa. Tú sigues siendo el único; aparte de ti, solo he estado con mujeres.
Ven, me invita a acercarme, me da la vuelta y me baja el pantalón para liberar mi cola, me manosea a su antojo, levanta la pierna aquí, me dice señalando el brazo de mueble. Lo obedezco, me toca la espalda y me pide que me agache; de esta forma mi cola queda expuesta para él. No pierde tiempo y enseguida se acerca para darme mi primera chupada de chocho. Me hizo temblar al sentir que acariciaba mi entrada con su lengua. Qué rico chochito tienes, empezó a comerme con desenfreno; tuve que apoyarme con mi mano para poder contener su arrebato.
Me hacía chillar como toda una hembrita. «Acuéstate en el mueble», me pide. Lo obedezco de inmediato y abro mis piernas para recibirlo. Me toma de las caderas y levanta más mi cola, toma la cerveza y vierte un poco en ella para luego recogerla con su lengua. Me encanta la cerveza de chocho. Continúa dándome placer; parecía que quería hacerme acabar a punta de lengua. No paró hasta acabarse la botella. «Te la quiero meter», me dice levantándose y buscando mi entrada con su sexo. Enseguida empieza a presionar; por lo mojado que estaba, casi enseguida su cabeza entró. «Ay», chillé al sentir cómo me abría. «Qué rico, mi amor», chillaba mi macho al sentir cómo iba entrando. Cuando estuvo casi todo dentro, se tumbó sobre mí para besarme. Mientras lo hacía, me dio una estocada final para clavármela toda. «Ay, cabrón», grité, clavándole las uñas en el brazo. «Ya eres mío», me dice, volviéndome a besar.
Se quedó quieto dejándomela toda dentro; poco a poco fue moviéndose. Cuando vio que no ofrecía resistencia, se incorporó, tomó mis piernas y empezó a penetrarme. Me enloquecía ver su torso desnudo cubierto de vellos, sus brazos fuertes sosteniendo mis piernas, su mirada de placer. No pude hacer más que entregarme. Bufaba mi hombre dándome una y otra vez; estaba descontrolado dándome placer. «Jueputa, qué rico chochito tienes, mi amor, me encantas», me decía entre gemidos.
Su ritmo era frenético; parecía que nunca iba a acabar, pero empezó a gritar: «Aah, aah, jueputa, qué rico, mi amor, me vas a hacer venir, no, no, jueputa», gritaba sintiendo que se corría, pero no quería detenerse, pero fue inevitable. Empezó a chillar al sentir cómo su leche se abría paso a través de su hombría para llenar mis entrañas. No se detuvo nunca; chorro tras chorro salían disparados. «Qué rico, mi amor», me dice acercándose a mí para besarme, teniéndome bien abotonado.
Mientras me besaba, metió sus manos debajo de mi espalda y me levantó teniéndome ensartado. Quedó sentado conmigo encima. «Monta a tu macho», me ordena. Obedecí y empecé a montarlo; su leche era el mejor lubricante. Me agarra de las caderas, pero tomo sus manos y se las hago poner al lado de su cabeza. Entendió que yo mandaba ahora. Empezó a bufar; seguramente estaba sensible por su reciente corrida, pero él mismo lo había buscado. Quería seguir cogiendo; apretaba los dientes soportando mis embestidas.
Ambos chillábamos de placer; cuando me di cuenta, estaba a punto de correrme. Me toqué y estallé sobre su pecho, lo cual lo enfureció y, tomándome de las piernas, me levantó y buscó arrimarme a la pared. Ay, ay, chillé al sentir sus estocadas salvajes; no podía hacer nada, me tenía prisionero. Me aferré a él con mis brazos; la sala se llenó de nuestros gemidos. Sentía que me abría todo; empecé a arañar su espalda, pero ni eso lo detenía. Me tomó a su gusto, empezó a bramar como toro dándome estocadas profundas, hasta que volvió a preñarme entre gritos de placer. Quedamos abrazados, empapados de sudor. «Jueputa, qué rico», susurra Aníbal cerca de mi oído; sus brazos fuertes me sostenían, solo él podía tomarme así.
Le volví a clavar mis uñas, satisfecho, machito, sí, me dice con una sonrisa en la cara; no se supone que éramos solo amigos, lo somos, esto solo fue refuerzo de amistad. Reímos, regresamos al mueble y me depositó; chillé al sentir que salía de mí. Apenas estuvo fuera, se dejó caer hacia el otro lado del mueble; su sexo estaba rojo y empapado con su propia leche; aún se mantenía bastante duro.
Palpé mi conchita recién desvirgada, noté que empezaba a salirse su leche; y si me ayudas, le dije mostrándole su obra. «No hay nada cerca», comenta, mirando para todos lados. «Espera, ya sé», se acerca a mí y me ensarta nuevamente su hombría, pero solo su cabeza. «Ya te puse el tapón», me dice entre risas y se dejó caer nuevamente hacia su lado. Quedamos así un rato recuperando las fuerzas.
Cuando nos dimos cuenta, ya era más de la una de la madrugada. Me tengo que ir, comenta Aníbal; mi madre ya ha de estar molesta. Empezó a vestirse mientras yo le buscaba un taxi; por suerte, lo encontré pronto. Imagino que por las fiestas había mucho movimiento a pesar de la hora. Adiós, amigo, me dice Aníbal despidiéndose; me encantó este paseo, ojalá se repita. Reímos cómplices y finalmente se marchó.
Me quedé pensando si debía seguir esperando a Carlos o ya debía pensar en intentar algo con Aníbal.

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