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Fantasías / Parodias, Gays, Zoofilia Hombre

Carta de auxilio, necesito consejos por favor

Soy estudiante de seminario, en Puebla, pero tengo un problema.

Una Carta Abierta a Quien Me Lea

Escribo esto con las manos temblorosas y la frente bañada en un sudor frío que no proviene del calor de la tarde poblana, sino del terror y, maldita sea la hora en que deba admitirlo, del calor sofocante de un placer que me está consumiendo el alma. Mi nombre es Gabriel, tengo veintidós años y soy seminarista de tercer año en el venerable Seminario Palafoxiano de Puebla de los Ángeles. He consagrado mi juventud al estudio de la teología, a la oración contemplativa y a la preparación para recibir el sagrado orden del sacerdocio. Mi sotana negra es el símbolo de mi pureza, de mi desapego de los vicios del mundo y de mi eterna fidelidad al Creador.

Pero hay un secreto oscuro, viscoso y febril que bulle bajo las telas oscuras de mi hábito. Desde hace varios meses, mis noches han dejado de ser un descanso piadoso para convertirse en descensos lúcidos a las profundidades del infierno. Y lo que es peor, lo que me arrastra al borde de la locura y la desesperación, no es el fuego ni el azufre de las Escrituras, sino la carne demoníaca que me posee en la oscuridad, un éxtasis blasfemo que mi cuerpo anhela con desesperación mientras mi espíritu clama por la misericordia divina.

No sé a quién acudir. No puedo confesar esto en el confesionario; la mirada severa del padre rector o el horror en los ojos de mi director espiritual me expulsarían antes de que pudiera articular la primera sílaba. Por eso escribo estas páginas, como una confesión desesperada y anónima dirigida a ustedes, lectores desconocidos. Necesito saber si hay alguien en este mundo que haya caminado por la cornisa entre la santidad y la perdición, y que pueda decirme qué hacer con mi alma condenada.

El Seminario Palafoxiano se alza imponente bajo el cielo azul y severo de Puebla. Sus claustros de piedra colonial rezuman historia, disciplina y una quietud casi sepulcral. Desde las cinco de la mañana, cuando la campana de la capilla rompe el silencio del alba, mi rutina está minuciosamente trazada: Laudes, meditación, clases de filosofía escolástica, almuerzo en riguroso silencio mientras se lee la vida de los santos, horas de estudio en la biblioteca y, finalmente, el rezo de Completas antes de retirarnos a nuestras celdas individuales.

Durante el día, intento ser el seminarista modélico. Mis calificaciones son sobresalientes, mi postura es recta y mi mirada siempre refleja la humildad que se espera de un aspirante al sacerdocio. Mis compañeros me respetan y los profesores ven en mí una vocación firme y madura.

Sin embargo, a medida que la noche avanza y las luces del pasillo se apagan, mi cuerpo experimenta una transformación radical. Apago la pequeña lámpara de mi mesa de estudio, me despojo de la sotana y me quedo en la oscuridad de mi catre. Al principio, intentaba dormir rezando el rosario, con los dedos aferrados a las cuentas de madera hasta que me dolían las yemas. Pero desde aquella noche fatídica en que experimenté mi primer sueño lúcido, el rezo se convirtió en un susurro hueco, suplantado por un anhelo febril que me recorre la espina dorsal.

Sé que estoy soñando, y esa es la parte más aterradora y fascinante. Tengo plena conciencia dentro del sueño; sé que sigo en mi cama del seminario, pero mi mente viaja a un plano físico diferente, un abismo de piedra negra, ríos de lava coagulada y cielos de tormenta perpetua. El infierno no es un lugar abstracto de castigo teológico; es un escenario tangible, denso, cargado de un olor a azufre, almizcle y fluidos animales que despierta en mí una excitación inmediata y descontrolada.

En aquella primera incursión onírica, me encontré de pie, completamente desnudo, sobre una plancha de obsidiana humeante. El frío de la piedra contrastaba violentamente con el calor sofocante del ambiente. No sentía vergüenza por mi desnudez; al contrario, cada poro de mi piel parecía hiperestésico, receptivo al mínimo roce del aire denso y pesado.

De las sombras del abismo comenzaron a surgir figuras grotescas y fascinantes. Al principio creí que eran alucinaciones inducidas por la culpa, pero pronto tomé conciencia de su presencia sólida. Eran demonios de formas inimaginables. Un grupo de criaturas con cuerpos humanoides pero cabezas y fauces de cánidos salvajes se acercó lentamente, jadeando con lenguas bífidas que dejaban hilos de baba brillante sobre el suelo. Detrás de ellos, insectos colosales con caparazones quitinosos y extremidades múltiples avanzaban con un chasquido rítmico, y anfibios gigantescos, similares a sapos con pieles verrugosas y frías, exhalaban vapores narcóticos.

Sentí un terror paralizante en el pecho, un reflejo condicionado por años de sermones sobre la condenación eterna. «¡Dios mío, sálvame!», grité en mi interior.

Pero el terror duró apenas un instante. Cuando el primer demonio, una criatura de complexión musculosa con facciones de sabueso infernal, se arrodilló ante mí y comenzó a lamerme con una lengua áspera y caliente desde las plantas de los pies hasta la ingle, mi cuerpo traicionó a mi alma. Una oleada de calor eléctrico recorrió mi abdomen. Mi miembro, que debería haberse encogido por el pánico, se endureció de manera implacable, latiendo con una urgencia febril.

—Bienvenido a casa, seminarista —siseó una voz cavernosa que parecía resonar dentro de mi propio cráneo—. Aquí no hay sotanas ni mandamientos. Aquí solo existe el hambre y la carne.

Sin darme tiempo a procesar el sacrilegio, el demonio con forma de perro me levantó por la cintura con una fuerza sobrehumana y me dobló sobre la roca de obsidiana. Sentí la presión de su miembro caliente y grueso contra mi entrada. Antes de que pudiera emitir un gemido de súplica o de protesta, me penetró con una estocada profunda, violenta y perfecta.

Un grito que oscilaba entre el dolor agudo y el éxtasis más absoluto escapó de mi garganta. Lejos de estar espantado, sentí que una chispa divina, invertida y oscura, estallaba en mi cerebro. Cada embestida del demonio canino me arrancaba espasmos de placer físico que jamás había experimentado en mis veintidós años de vida casta. Las criaturas circundantes —los insectos que frotaban sus apéndices con un zumbido hipnótico y los sapos que exhalaban vapores pesados— se acercaron para rodearnos, tocando mi cuerpo con una devoción perversa mientras el demonio me follaba sin piedad, llenando el abismo con el sonido de nuestros cuerpos colisionando en la oscuridad.

Los días en el seminario se volvieron una farsa insostenible. Mientras asistía a las clases de teología moral y escuchaba al padre rector sermonear sobre la pureza de la carne y los peligros de las asechanzas del maligno, mi mente vagaba inevitablemente hacia la hora de dormir. Ya no temía a la noche; la anhelaba con una fuerza que superaba mi devoción por el sagrario. El abismo onírico se había convertido en mi verdadera morada, y los demonios en mis amantes indiscutibles.

Fue en una tarde de mercado en el centro histórico de Puebla, bajo el pretexto de comprar cuadernos de notas y estampas religiosas, cuando caí en la tentación material que sellaría mi perdición consciente. Me detuve frente a una pequeña tienda discreta, de escaparates opacos, y tras dudar durante largos minutos con el corazón latiéndome en la garganta, entré.

Salí de allí con un pequeño paquete oculto en el fondo de mi sotana. Esa misma noche, en la soledad de mi celda, tras cerrar con cerrojo la puerta de madera, me despojé de la austera ropa interior blanca que el seminario nos obligaba a usar. En su lugar, desplegué una prenda minúscula: una tanga de encaje negro, ligera y transparente, con tiras finas que se ajustaban a mis caderas.

Cuando me la puse frente al pequeño espejo del lavabo, el reflejo me devolvió una imagen perturbadora. Debajo de la pesada tela negra de la sotana, que abrochaba con sus botones hasta el cuello, mi piel sentía el roce suave y provocativo del encaje. No era el atuendo de un aspirante al sacerdocio; era el uniforme de una puta entregada a sus amos. Me sentí increíblemente sexy, impuro y, sobre todo, febrilmente excitado. Al acostarme en mi catre y cerrar los ojos, sabiendo que esa noche los demonios me desollarían con sus miradas y me poseerían sin piedad, mi miembro se endureció dentro de la tanga negra, latiendo con una promesa de pecado que ya no deseaba redimir.

El sueño de esa noche fue más vívido y denso que los anteriores. Apenas crucé el umbral del abismo, sintiendo el aire caliente y cargado de azufre golpear mi rostro desnudo —o más bien, cubierto únicamente por la tanga de encaje negro que mis amos sabían apreciar—, una jauría de criaturas me rodeó con murmullos guturales de aprobación.

—Llevas las sedas de la perdición, pequeño seminarista —ronroneó una voz que parecía brotar de las profundidades de la tierra.

Un demonio con la parte superior humanoide y la mitad inferior dotada de múltiples extremidades quitinosas, semejantes a las de un insecto gigante, se deslizó hacia mí con un chasquido escalofriante. Sus patas afiladas rasgaron con delicadeza perversa la tanga negra, despojándome de ella en un parpadeo, mientras sus apéndices me acariciaban los muslos, el abdomen y el pecho con una sensibilidad escalofriante y húmeda.

No pude evitar gemir de placer. El insecto me levantó del suelo, apoyándome contra una estalactita de obsidiana, y me penetró con un miembro rugoso y palpitante que me llenó por completo. Mientras el demonio insectoide me follaba con un ritmo frenético, una legión de anfibios gigantescos —sapos con pieles frías y babosas— se acercó para lamer mis piernas y mi espalda, cubriéndome de secreciones narcóticas que entumecían mi piel pero magnificaban mi excitación sexual hasta el paroxismo.

Más allá, una criatura con escamas reptilianas y ojos dorados aguardaba su turno, observando cada espasmo de mi cuerpo con una codicia infinita. Cuando el insecto terminó, dejándome tembloroso y bañado en sudor y fluidos, el demonio reptil me arrastró hacia un lecho de piedra caliente. Me abrió de piernas y me penetró con una fuerza titánica, mientras yo, con los ojos cerrados y las manos arañando el suelo volcánico, suplicaba por más, sintiendo que cada estocada demoníaca borraba un poco más al seminarista piadoso que un día fui, dejando en su lugar a una criatura entregada por completo al éxtasis del abismo.

Han pasado ya varios meses desde aquella primera noche en el abismo, y mi vida en el Seminario Palafoxiano se ha convertido en una esquizofrenia espiritual insostenible. Durante el día, camino por los pasillos coloniales con la sotana perfectamente abrochada, participo en los cantos gregorianos de laudes y miro los altares dorados con una mezcla de terror y cinismo que me quema por dentro. Sé que estoy viviendo en pecado mortal continuo. Sé que si el padre rector descubriera las cajoneras de mi celda, repletas de tangas de encaje negro, medias de red y prendas íntimas que compro furtivamente en el centro de Puebla, sería expulsado ignominiosamente antes de que cayera la noche.

Sin embargo, lo que más me atormenta no es el miedo al descubrimiento humano, sino el vacío que siento al despertar cada mañana. Cuando el sol de Puebla se cuela por el ventanuco de mi celda y el sonido de la campana me arranca del sueño, la ausencia del calor de los demonios, del peso de sus cuerpos bestiales y del éxtasis de sus penetraciones me deja desolado. Me arrodillo ante el crucifijo de madera colgado en la pared, intento rezar, intento llorar mis culpas y pedirle a la Virgen de Guadalupe que interceda por mi alma descarriada. Pero en lo más profundo de mi conciencia, allí donde la teología ya no alcanza, sé la verdad: no quiero ser salvado.

Disfruto de cada segundo de mi perdición. Disfruto sintiendo cómo los perros infernales, los insectos quitinosos y los anfibios colosales me toman noche tras noche, convirtiendo mi cuerpo consagrado en un templo del vicio más absoluto.

Por eso escribo estas líneas, lectores. A ustedes, que me leen desde el anonimato del mundo exterior, les confieso mi infierno personal. ¿Qué debo hacer? ¿Debo confesarme, abandonar los hábitos y buscar una vida común donde mi naturaleza pueda expresarse sin el peso de la sotana? ¿O estoy condenado irremediablemente, atrapado para siempre entre el altar que prometí servir y el abismo que me ha robado el alma y el cuerpo? Necesito consejo, necesito una respuesta antes de que la próxima noche me llame de nuevo a las sombras.

 

Puedes darme consejo aquí o en [email protected]

10 Lecturas/14 agosto, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: amantes, clases, compañeros, desnudo, madura, padre, puta, virgen
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