Chico de la Ibero y su perro
En todas las clases sociales hay gusto por ser cogido por perros.
Me llamo Santiago, tengo veintitrés años, estudio Relaciones Internacionales en la Ibero, y vivo en una casa en Lomas de Chapultepec que parece sacada de una revista de arquitectura, con dos pisos, alberca, jardín trasero con fuente italiana, y una cocina que parece de restaurante pero que casi nunca uso porque pido comida por Uber Eats. Mis papás viajan todo el tiempo: mi papá es director de una firma de abogados corporativos, mi mamá es curadora de arte contemporáneo. La mayor parte del año la casa está vacía, excepto por el personal de servicio que viene dos veces por semana a limpiar. Y por Kaiser. Kaiser es un doberman de tres años que compré cuando era cachorro, de un criadero en Querétaro que mi papá conoce de sus días en la universidad. Pagamos una cantidad ridícula por él —como treinta mil pesos, algo así—, pero vale cada centavo. Es un animal impresionante: pelo negro brillante, marcas color café en el hocico y las patas, orejas cortadas que se mantienen erguidas como antenas, un pecho ancho y profundo, y unos ojos marrones que parecen mirarte directo al alma. Pesa cuarenta y cinco kilos de puro músculo. Cuando camina, se le marcan los tendones de las patas traseras, y cuando se sienta, la postura es tan recta que parece un guardia real. Siempre supe que Kaiser era un perro guapo. No es raro decirlo —la gente que tiene perros de raza lo entiende. Es como admirar un auto deportivo o un cuadro bien hecho. Pero nunca, en ningún momento, había pensado en él de esa manera. Hasta esa noche. Era un viernes de octubre, y había ido a una fiesta en casa de un amigo de la carrera, en Las Lomas. Diego Montes, un cuate que vive en una mansión con cancha de tenis y un bar en el sótano. Llevaba una botella de Buchanan’s que compartimos entre cuatro, y para la una de la mañana yo estaba más borracho que un marinero en tierra. No recuerdo bien cómo llegué a mi casa —creo que pedí un Uber, o tal vez me trajo alguien—, pero lo que sí recuerdo es abrir la puerta de mi cuarto y encontrarme a Kaiser acostado en mi cama. Era su lugar favorito. Mi cama es king size, con sábanas de algodón egipcio que mi mamá compra en Liverpool, y Kaiser sabía que ahí estaba prohibido dormir, pero cuando no había nadie en casa, se subía y se estiraba como si fuera el dueño del lugar. Esa noche estaba acostado de lado, con la cabeza apoyada en una de mis almohadas, y me miraba con esos ojos marrones que parecían preguntar «¿dónde chingados estabas?». Me senté al borde de la cama, y el mareo me dio vueltas. La habitación giraba lentamente, y yo me dejé caer hacia atrás, quedando acostado junto a Kaiser. El perro movió la cola —un movimiento lento, pesado— y se estiró, apoyando la cabeza en mi pecho. El alcohol me había puesto la piel sensible. Sentía el peso de su cabeza, el calor de su cuerpo, el olor a perro limpio —lo bañan cada semana con un shampoo especial que compra mi mamá en una tienda de mascotas de lujo en Polanco. Kaiser olía a almendras y a jabón neutro, y su pelaje era suave, casi sedoso bajo mis dedos. Empecé a acariciarlo sin pensar, pasando la mano por su lomo, sintiendo los músculos que se tensaban y relajaban bajo mi tacto. Kaiser gruñó suavemente, no de amenaza, sino de placer, y giró la cabeza para lamerme la mano. Y entonces pasó. No sé si fue el alcohol, o la soledad, o la forma en que la luz de la luna entraba por la ventana y bañaba el cuerpo de Kaiser, haciéndolo brillar como una estatua de ébano. Pero en ese momento, lo vi diferente. No como a un perro. Como a algo más. Su cuerpo era perfecto. Las líneas de sus músculos se marcaban bajo el pelaje, el pecho ancho, las patas delanteras firmes, el vientre liso y duro. Su cuello era grueso, poderoso, y cuando levantó la cabeza para mirarme, vi la curva de su mandíbula, la forma de su hocico, la humedad de su lengua asomando entre los dientes. Mi pene, que estaba adormecido por el alcohol, empezó a endurecerse. Me asusté. Literalmente sentí un escalofrío recorriéndome la espalda, y aparté la mano como si Kaiser fuera a morderme. Pero él no se movió. Solo me miró, con esos ojos marrones que parecían decir «estoy aquí, no te voy a lastimar». Me quedé quieto un largo rato, sintiendo el latido de mi corazón en el pecho, la erección presionando contra el cierre del pantalón. La habitación estaba en silencio, solo se oía la respiración de Kaiser, el zumbido del ventilador de techo, y el eco lejano de un carro pasando por la calle. Y entonces, sin saber bien por qué, empecé a desabrocharme el pantalón. Lo hice lentamente, como si estuviera en un trance. Mis dedos temblaban mientras soltaba el botón, bajaba el cierre, y me deslizaba los pantalones hasta los tobillos. Me quedé en boxers negros, con la erección marcada contra la tela, y Kaiser movió la cola, golpeando la cama con un ritmo constante. —¿Qué estoy haciendo? —susurré, pero no me detuve. Me quité los boxers. Mi pene saltó hacia afuera, erecto, duro, la punta ligeramente húmeda de precum. Me quedé desnudo frente a Kaiser, sintiendo el aire frío del ventilador en la piel, y el perro se incorporó, sentándose en la cama, mirándome con una atención que nunca le había visto antes. —Ven —dije, y mi voz sonó ronca, extraña. Kaiser se acercó, oliendo el aire, y su hocico tocó mi muslo. Sentí su aliento caliente en la piel, y mi pene dio un salto, una gota de precum cayendo sobre la sábana. El perro lamió la gota, y el contacto de su lengua áspera me hizo temblar de pies a cabeza. Me acosté boca arriba, abriendo las piernas, y Kaiser se colocó entre ellas, su cuerpo caliente presionando contra el mío. Su pecho rozó mi pene, y gemí, un sonido que me sorprendió a mí mismo. —Sí —dije, sin saber a quién le hablaba—. Sí, hazlo. Kaiser se movió, y su lengua encontró mi ano. Era áspera, caliente, húmeda, y cuando empezó a lamer, sentí que el mundo se desvanecía. Mis dedos se aferraron a las sábanas, mi espalda se arqueó, y un gemido largo y tembloroso escapó de mi garganta. El perro lamió durante lo que parecieron horas, su lengua penetrándome una y otra vez, ablandándome, preparándome. Y cuando finalmente se detuvo, sentí el peso de su cuerpo sobre el mío, el calor de su vientre contra mi espalda, y la presión de su pene contra mi entrada. Era grande. Más grande de lo que esperaba. Y cuando entró, sentí un dolor agudo que se convirtió rápidamente en un placer abrumador, una sensación de plenitud que me hizo gritar. Kaiser empezó a moverse. Sus caderas chocaban contra las mías, su respiración era pesada, caliente contra mi nuca, y yo me aferraba a las sábanas, sintiendo cada embestida, cada centímetro de su pene dentro de mí. El perro gruñía suavemente, un sonido ronco y profundo que vibraba en su pecho, y yo gemía, decía su nombre, me perdía en la sensación. No duró mucho. Tal vez cinco minutos, tal vez diez. Pero cuando terminó, cuando Kaiser se derrumbó sobre mí, jadeando, su pene todavía dentro de mí, sentí una oleada de placer que me recorrió el cuerpo, y me vine, disparando semen sobre la sábana, temblando incontrolablemente. Me quedé ahí, acostado, con Kaiser encima, sintiendo su peso, su calor, su aliento. Y cuando finalmente se bajó, cuando se acostó a mi lado y apoyó la cabeza en mi hombro, me quedé mirando el techo, sintiendo una mezcla de vergüenza y excitación que no sabía cómo procesar. Y entonces, por primera vez, miré hacia la ventana. Y vi una silueta. Alguien estaba ahí, en la ventana del cuarto de la casa de al lado, mirándome fijamente. No pude ver su rostro —estaba demasiado oscuro—, pero vi su silueta recortada contra la luz tenue de su cuarto, y supe que me había visto todo. El corazón me dio un vuelco. Sentí que la sangre se me helaba, y me quedé paralizado, sin saber qué hacer. Pero la silueta no se movió. Solo se quedó ahí, mirándome, y luego, lentamente, levantó una mano y me saludó. Y sonrió. La historia de Santiago no terminó esa noche. Esa noche solo fue el principio. Porque al día siguiente, cuando desperté con Kaiser acostado a mi lado y un dolor sordo en el ano, supe que algo había cambiado en mí. Algo que no podía explicar, pero que no podía ignorar. Y lo primero que hice fue levantarme, vestirme, y salir al jardín trasero, con Kaiser siguiéndome de cerca, para ver si el vecino de la ventana estaba ahí. Estaba. Se llamaba Andrés, tenía veinticuatro años, estudiaba arquitectura en la Anáhuac, y vivía solo en la casa de al lado mientras sus papás estaban en el extranjero. Era moreno, de cabello oscuro y rizado, ojos verdes que parecían brillar bajo el sol de la mañana, y una sonrisa que me desarmó por completo. —Hola —dijo, apoyado en la barda que separaba nuestras casas—. Soy Andrés. Y creo que tenemos que hablar. Esa conversación cambió todo. Porque Andrés no solo me había visto esa noche. Me había visto muchas otras noches. Y no solo a mí. —Tengo un pastor belga —me dijo, con una sonrisa pícara—. Se llama Thor. Y te juro que es igual de guapo que tu doberman. Y así empezó todo…
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