Darius: Depravación Absoluta, Capítulo I
La vida del capitán Redford está a punto de cruzarse con la de alguien muy particular. .
DARIUS
Depravación Absoluta
Capítulo I
I
Estoy atrapado. O debería decir… estamos atrapados.
Es un día nublado. Son cerca de las 3:00 p.m., pero llevo despierto apenas un par de horas. Es increíblemente fácil perder la noción del tiempo cuando vives en estas putas condiciones. Afortunadamente, mis hombres están tan desorientados como yo en ese aspecto.
La primera tarea del día es pasar lista, así que empiezo.
—¡Atención! —grito—. ¡En fila, ya!
Todos dejan de hacer lo que están haciendo al instante para obedecerme. Se forman en una línea horizontal, ordenados alfabéticamente. Lo hemos hecho cada día desde que llegamos, así que ya saben sus lugares de memoria.
—¡Álvarez!
—¡Presente, capitán!
—¡Benson!
—¡Presente, capitán!
—¡Boone!
—¡Presente!
Y sigo, y sigo, hasta confirmar que cada uno de los treinta miembros de mi pelotón está en el campamento.
Me llamo Chris Redford. Todavía no puedo creer que, a mis 32 años, haya logrado convertirme en líder de pelotón para el mismísimo Ejército de los Estados Unidos. Si hace cinco años alguien me lo hubiera dicho, me habría cagado de risa en su cara.
Solía ser un desempleado de 27 años, sin propósito y sin nada que aportar al mundo. Mi vida cambió cuando conocí a una chica linda en un bar durante la transmisión del Super Bowl. Charlamos, una cosa llevó a la otra, y terminé cogiéndomela en el estacionamiento esa misma noche.
A las pocas semanas, logró encontrar el apartamento donde vivía para decirme que estaba embarazada.
No me quedó otra que aceptar casarme con ella y buscar empleo. Nunca fí del tipo al que le gusta trabajar de pie en una tienda por horas ganando el salario mínimo, así que me alisté en el ejército después de ver un comercial de reclutamiento en la tele.
Destaqué rápido, subí de rango en pocos años, y ahora, a los 32, aquí estoy: capitán oficial de una de las tropas del ejército de los putos Estados Unidos.
Nunca lo habría imaginado.
—¡Zulock!
—¡Presente, capitán!
Ese fue el último. Todos están presentes.
—¡De acuerdo, chicos! —digo mientras cierro mi libreta y guardo el bolígrafo en el bolsillo—. Hoy empezamos el día número 78 en el campamento. Ya conocen la rutina. Es lo único que hemos hecho desde que llegamos.
Todos asienten y rompen la fila para empezar con sus tareas diarias. No necesito verlos para saber que están cansados y hartos de este puto lugar.
Cuando estalló la guerra entre Rusia y Ucrania, el gobierno de Estados Unidos decidió enviar un par de pelotones de su ejército a las fronteras ucranianas. Su misión: mostrar poder.
Tenemos órdenes de no cruzar la línea ni disparar primero, pero nuestra sola presencia buscaba enviar un mensaje escalofriante a Rusia: Estados Unidos tiene poder.
Y para ser honestos… estos han sido los meses más aburridos de mi vida.
Despertamos. Paso lista. Hacemos guardia. Comemos. Dormimos. Y al día siguiente repetimos todo de nuevo.
Mierda. Lo que daría por una buena cogida ahora mismo.
El aburrimiento es malo, pero para mí lo peor de todo ha sido tener que reprimir mis necesidades masculinas. En mi país, me cogía a mi esposa todas las noches. Mierda, incluso solía serle infiel a menudo con putas o con chicas con las que coqueteaba mientras presumía mi uniforme de capitán. ¿Qué puedo decir? Me gusta coger, y mi esposa no siempre está dispuesta. Como dije: los hombres tenemos necesidades.
Ahora… no tengo a nadie a quién cogerme en este puto lugar.
Al principio bastaba con masturbarme en mi tienda mientras los demás dormían. Pero ya no es suficiente. Sin mencionar que no tenemos acceso a internet, así que no puedo buscar un buen video porno.
Dios. Odio este lugar.
Voy a mi tienda y decido echarme un rato. Entro, me quito los zapatos y, de pronto…
—Oye.
—¿Ah? —reacciono sobresaltado—. ¿Qué mierda…?
Hay un cabo acostado sobre mi bolsa de dormir, dentro de mi tienda. Está tirado como si fuera el puto dueño del lugar.
—¿¡Qué significa esto, soldado!? —grito, furioso.
A pesar de mi enojo, el cabo no reacciona con la urgencia que esperaba.
—Capitán —dice, sonriendo—. Lo estaba esperando. ¿Qué le parece si tomamos algo para pasar el rato?
El tipo tiene unas latas de cerveza en las manos. No entiendo de dónde demonios las sacó. No tenemos esa clase de bebidas en el campamento.
—¡Soldado! —escupo—. ¡Está violando la propiedad de su superior!— Aprieto los puños e hincho el pecho, tratando de mostrar mi autoridad. —Le ordeno que abandone mi propiedad inmediatamente o juro por Dios que lo castigaré de por vida. ¿¡Entiende?!
Pero el cabo no se inmuta. Ni siquiera parpadea.
Entrecierro los ojos, molesto, y es entonces cuando realmente veo al hombre acostado sobre mi bolsa de dormir.
El pelo. Completamente blanco. No canoso, no rubio platino. Blanco. Como la nieve. Como la puta cocaína pura. Y los ojos… rojos. No inyectados en sangre, no irritados. Rojos. Como dos monedas de cobre brillante. Y cuando el soldado sonríe, noto los colmillos. Demasiado largos. Demasiado puntiagudos para ser normales.
Un escalofrío le recorre la espalda, pero lo ignoro. Soy el puto capitán. No me dejaré intimidar por un cabo unsubordinado con problemas genéticos.
—¡Nombre! —exige, sacando su libreta con mano temblorosa—. ¡Deme su nombre ahora mismo para reportarlo, soldado!
El cabo no se levanta. Solo inclina ligeramente la cabeza, como si estuviera analizándome.
—Puede llamarme Darius —dice, con voz calmada—. Capitán.
—¡Darius qué, maldita sea! ¡Apellido, rango, unidad!
Darius, o como se llame, ignora mis preguntas. En lugar de eso, alza una de las latas de cerveza y la sacude suavemente. —Tómese un momento, capitán. Hace calor allá afuera. Nadie tiene que enterarse.
—¡Saque esa cerveza de mi tienda ahora mismo!
Darius sonríe otra vez.
Muestra los colmillos. —No creo que haga eso, capitán. —dice, y su voz cambia. Se vuelve más grave—. Llevo mucho tiempo esperando para hablar con usted.
Retrocedo un paso sin querer. Mi mano viaja instintivamente hacia la funda de mi pistola.
En los meses que llegó aquí no recuerdo haber visto a este cabrón entre mis hombres. ¿Realmente forma parte de mí pelotón? Y su apariencia… me da mala espina… es un poco aterradora a pesar de lo indudablemente guapo que es. ¿Será un infiltrado de los rusos? No lo creo. Su forma de hablar y pronunciación es completamente estadounidense.
—¿Hablar conmigo?
El tipo asiente.
—¿Sobre qué tendría que hablar con un cabo?
—Capitán. Le pido que guarde la calma. Vamos, estamos entre amigos. —Extiende su cerveza hacia mí nuevamente.
«A la mierda.» Pienso.
No sé quién es este tipo, pero tiene cerveza, y ha pasado un buen tiempo desde que he tomado una. Tomo la cerveza y decido sentarme a charlar con él. Además… tengo muchas preguntas.
II
Pasan un par de horas y sorprendentemente… me cae bien este tipo.
Es divertido, carismático y me hace pasar un buen rato. Tras charlar de cosas del ejército, y de nuestras vidas, finalmente decido preguntarle:
—¿Por qué te ves así?
—Se estaba tardando en hacerme esa pregunta. —dice—. ¿Habla de mi apariencia?
—¿Es tinte de color? ¿De dónde conseguiste eso en un lugar como este? ¿Y eso que traes son pupilentes?
Darius solo me observa. —No. —dice—. No es tinte de cabello ni pupilentes. Así luzco. ¿No le gusta?
—Me estás jodiendo, ¿verdad? —digo mientras río.
No lo he mencionado pero el tipo me daa sensación de verse como una especie de… ¿hombre lobo? O tal vez como un tipo de demonio sexy sacado de una novela para adolescentes cachondas… es raro que diga esto sobre otro hombre porque realmente solo le prestó atención a las mujeres, pero este cabrón es guapo.
—Es mi color de pelo natural.
—¿Y esos colmillos? ¿Son prostéticos?
Niega con la cabeza.
—¿Quién eres? —finalmente suelto—. No eres de mis hombres. No creo que seas ruso o ucraniano. Y no soy un puto idiota para creerte eso de que te miras así en realidad.
Darius solo ríe. —En efecto. Tiene razón, capitán. No formo parte de su pelotón, ni tampoco soy ruso, ni ucraniano. Soy solo soy un nómada, viajo por el mundo conociendo lugares y personas, y… buscando diferentes tipos de placeres.
—¿Placeres? Hablas de mujeres.
—No necesariamente. —El tipo de recuesta nuevamente—. ¿Cuánto tiempo lleva aquí, capitán Redford? Unos meses ya, ¿cierto? Dígame… ¿No le gustaría… ya sabe… tener una buena cogida?
—Más que nada. —le contesto—. Pero estoy únicamente rodeado de hombres hacia donde sea que miro a ver.
—Yo puedo arreglar eso. —dice sonriendo—. Conozco un buen lugar donde encontrará dónde desestresarse.
—¿Un burdel? —pregunto con curiosidad.
—Um… no necesariamente, pero algo así—.
Rio mientras me termino mi lata de cerveza. —Mierda. No sabía que había lugares así cerca. Pero no puedo. No puedo abandonar mi posición, y dejar a mis hombres solos. Sin mencionar que ese lugar que mencionas debe estar lleno de putas ucranianas, ¿no? No sé hablar ucraniano, así que…
—Déjeme eso a mí, capitán. —dice—. Yo me encargo de eso. Mire… ¿Conoce ese árbol gigantesco que está a unos 500 metros de este campamento?
—Claro. He estado aquí por meses. Conozco bien los alrededores.
—Lo miro ahí está noche. A medianoche para ser exactos.
—No creo que…
—Vamos. —me interrumpe—. No le pasará nada a sus hombres. Este sitio es una maldita tumba.
Hay algo muy extraño en este tipo, y no lo digo únicamente por su apariencia fuera de lo normal… es algo más. Si fuera cualquier otro invasor probablemente ya lo hubiera matado a disparos. Pero… hay algo en él que me hace bajar la guardia, algo hipnótico. Lo conozco de hace unos minutos y de pronto ya lo trato como si fuera una especie de viejo amigo.
—Bien. A la mierda. —digo—. ¿Por qué no?
Darius sonríe. Se despide y sale de la tienda.
No sé a qué putas me acabo de comprometer, pero hay algo dentro de mí que no puede esperar a que sea medianoche.
III
A la medianoche todos mis soldados ya se encuentran dormidos o por lo menos metidos dentro de sus tiendas de acampar. Me escabullo sin hacer ruido y finalmente llego al árbol donde acordé en verme con Darius.
Ahí está. Recargado sobre el tronco del árbol mirando aas estrellas cuando me ve mirar.
—Capitán. —dice—. Por un momento pensé que no vendría.
—No sé quién eres. —le contesto—. Pero no puedo evitar dejar de tener curiosidad sobre ti. Además, dijiste que me llevarías a coger, y ahora mismo mataría por una buena vagina como un adicto por un gramo de cocaína.
Darius solo ríe, y comenzamos a caminar y alejarnos de mi campamento.
Charlamos más durante nuestra caminata. Nuevamente, hay algo en él extrañamente hipnótico. Algo que me hace querer tomar decisiones estúpidas como esto que estoy haciendo ahora mismo. Algo que me hace querer seguirlo.
El tipo es bastante alto y tiene un cuerpo casi tan buen formado como el mío. No es vagabundo ni nada por el estilo, se ve que pasa horas en el gimnasio, o por lo menos trabaja en algo que lo hace tener un cuerpo así.
Tras unos veinte minutos caminando, Darius dice: —Llegamos.
Miro alrededor pero no veo absolutamente nada. Solo una pequeña casa de madera a un lado de un pequeño lago.
—¿Este es tu burdel?
—No es un burdel.
—Pero me dijiste que…
—Ey. —me interrumpe—. Nunca dije que fuera un burdel, ¿recuerdas? Solo dije que ibas a poder coger aquí.
Me guía hacia la casa. Parece ser la propiedad de alguna familia granjera o algo así. Hay un pequeño establo con un par de animales.
Nos acercamos a la casa, y Darius me lleva hacia la ventana. La abre y me dice: —Entra.
—¿Qué? —pregunto confundido—. ¿Esta casa es tuya?
Darius ríe. —No. Ya te lo dije. Soy un nómada. Viajo por el mundo.
—¿Entonces de quién es esta casa?
—De una familia ucraniana, por supuesto. ¿De quién más?
Doy un paso hacia atrás.
—Oye. —le digo—. Te seguí porque te ves como alguien interesante, y porque realmente estoy tan desesperado por coger que llegaría al punto de seguir a un extraño como tú… pero no voy a invadir un casa de civiles ucranianos. Además… ¿Qué planeas hacer ahí adentro?
—Vamos a coger, ¿recuerdas? —dice, y se lleva su manos a su entrepierna.
—¿Coger? ¿Con quién? No me digas que… hijo de perra… ¿Quieres abusar de las chicas que viven aquí?
Darius ríe. —¿Chicas? No. En esta casa vive un padre soltero con su pequeño hijo de 1 año de nacido. —Voltea a verme con sus ojos rojos de depredador—. Vamos a cogernos al bebé.
Sacó mi arma rápidamente y le apunto. —¡Maldito enfermo hijo de puta! ¡Sabía que no debía confiar en puto fenómeno como tú! ¡Atrévete a entrar a esa cada y te vuelvo los sesos!
No me hace caso, y comienza a entrar a la casa por la ventana. Así que tiro del gatillo y disparo.
—¿Ah?
No lo entiendo. Mi pistola está cargada pero por alguna razón las balas no salen.
—Vamos, Chris. —me dice estando ya del otro lado de la ventana, dentro de la casa—. Te conozco.
—¡Tú no me conoces! —digo—. ¡Apenas te conozco!
—Tú me conoces desde hace unas horas. —dice—. Pero yo te conozco de toda tu vida.
—¿Eh?
—Sé bien que te gusta el sexo. El placer. Tanto que has llegado a engañar a tu esposa por él. Lo único que quiero es enseñarte más formas de placer.
—¡¿Cómo sabes eso?!
Me mira con sus ojos rojos, y es ahí donde me doy cuenta…
—Tú… ¿Eres una especie de demonio?
Darius ríe. —¿Demonio? No. Jaja. Aunque eso no significa que no me comporte como uno a veces.
—¡¿Quién putas eres tú?!
—Cuando decidas dejarte de tonterías puedes entrar conmigo. Estaré adentro pasándola bien.
Se adentra más a la casa y me deja solo.
Mierda, mierda … ¡¿Qué hago?!
¡¿Llamo a la policía?! ¡Estoy en un puto país extranjero donde no hablo ni su idioma!
De pronto… me doy cuenta de una cosa… Mierda… estoy duro.
Una erección comenzó a formarse en mi pantalón.
¡Mierda! ¡¿Qué hago?! Intento hacer que se vaya, pero es imposible. Llevo meses sin coger, y por alguna extraña razón, la forma en que Darius hablaba me produjo una erección… ¿Qué debo hacer?
Sin ninguna idea de qué hacer… decido entrar a la casa con Darius.
IV
Entro a la casa.
Esta todo absolutamente oscuro y no percibo ningún rastro de Darius.
Decidido explorar un poco, yendo de habitación en habitación en la oscuridad… hasta que doy con él.
Darius se encuentra en una habitación hasta el fondo de un pasillo. Lo veo… está sosteniendo entre sus brazos a un bebé al lado de su cuna.
—Sabía que no te resistirías. —me dice—.
Mierda. ¿De verdad planea hacer está locura perversa?
Pero por mucho que intente sobreponer mi raciocinio moral sobre todo esto… debo admitirlo… estoy muy cachondo. La idea mental de ver a alguien tan grande y musculoso abusando de un bebé tan pequeño por alguna razón me la puso dura.
—¿Y bien? —digo—. ¿Vas a hacerlo?
—Claro que sí.
Me hace una señal para que me acerque, y obedezco.
Pone al bebé sobre la cuna y se sube también a ella, posicionándose junto a él. Me dice que haga lo mismo y lo hago.
Y ahí estamos. Dos hombres adultos de rodillas frente a un pequeño bebé el cual aún duerme.
—¿Y cómo planeas hacerlo? —pregunto.
—¿Qué nunca has cogido en tu vida? —se burla de mí—. Obviamente me lo voy a coger por el culo, ¿Existe otra forma?
—¿Y si lo lastimas?
—No me importa.
Pienso si realmente está hablando en serio o no. Sigo creyendo que en cualquier momento dirá que todo esto es en realidad una broma… o que pronto despertaré de lo que recordaré como el sueño más bizarro de toda mi vida, pero no ocurre, y aunque no me atreva a decirlo… tengo morbo por ver qué pasa ahora.
Darius comienza a quitarse la camisa. Mierda… que cuerpo tan bien trabajo. Puede que no sea del ejército como dice, pero tiene un mejor cuerpo que muchos soldados.
—¿Te gusta? —me pregunta, refiriéndose a su cuerpo.
—¿Acaso me ves cara de marica? —contesto, tratando de defenderme.
Solo ríe y me hace un señal con los dedos para que me quite mi camisa. La verdad… aunque me toma algo de tiempo agarrar valor para hacerlo, lo hago.
—Vaya. —me dice—. Buen cuerpo. Tal como esperaba de un militar.
Me sonrojo. —¿Y ahora qué?
Darius solo ríe y de pronto, agarra al bebé y lo despierta de una cachetada.
PLAC.
—¡¿Qué haces?! —le pregunto preocupado.
—Me gusta que lloren. —dice—.
Volteo rápidamente a la puerta de la habitación, esperando que el padre del pequeño no venga, pero no viene.
Después vuelvo a ver a Darius y… mierda…
—Mmmm…. —dice Darius, mientras se encuentra chupando el pequeño pene del bebé—. Qué buen pito tienes, pequeño. Apuesto que será grande cuando crezcas.
—Mierda… —ahí fue cuando… me di cuenta que iba en serio con lo que decía.
Darius voltea al pequeño y con las dos manos le abre el pañal como si fuera una bolsa de frituras.
El pequeño culito del bebé queda hacia arriba.
—Eso es de lo que hablo.
Las pequeñas nalgas del bebé son redondas, sin imperfecciones. La piel de un pequeño bebé. Darius entierra su rostro en ellas y comienza a devorarlas como un puto animal. El bebé comienza a llorar, y Darius comienza a hacer ruidos con la boca como si estuviera comiendo algo delicioso.
No puedo dejar de ver.
Darius se aleja del culito, y con las dos manos, separa sus nalgas hacia los lados, dejando de ver el pequeño ano del infante, el cual estaba cubierto de saliva.
—Es muy pequeño… —digo.
—No hay mejor sexo que el que se tienen con un bebé. —dice Darius—. Son tan pequeños que su culo aprieta como no tienes idea.
—Tú… ¿Ya has hecho esto antes?
—Todo el puto tiempo. —dice sonriendo—. Es lo único que hago.
Y entonces… finalmente comienza a desabrochar su cinturón. Mierda… cuánta expectación. Y entonces… lo saca.
—Vaya…
Su erección es gigante. Un trozo gigante de carne, que se alza con orgullo y gloria. Dios… y yo pensé que era la mía era la mejor que había visto.
—¿Te gusta?
—¿Ah?
—¿Te gusta mi verga?
—¡No, hombre! —digo, fingiendo indignación—. ¡Soy un hombre!
Pero… Darius toma mi mano, y la lleva a su verga parada. Puedo sentirla. Dios… está dura como una roca. Es como un trozo de metal forrado con carne. Es caliente, y siento como palpita.
—No hay nadie viéndonos. —me dice, de manera sensual—. ¿A quién le importa si eres hombre? Ten el valor de hacer lo que quieres. De probar lo que quieres. Sé como yo.
Sin darme cuenta… ya había bajado mi cierre para sacar la mía. Estuvimos varios segundos acariciando nuestras erecciones mutuamente.
No puedo dejar de admirar. Dios… es tan musculoso, su verga tan grande y sensual…. Dios… ¿Me volví gay de golpe?
—¿Listo para ver cómo me cojo al bebé?
Y yo… ya completamente hipnotizado… —Sí… Dios… sí.
Y entonces, toma al bebé de las caderas, y lo levanta levemente de forma que su pequeño culo esté alineado directamente a su verga. La punta de su verga rosada y gigante llega a la raya de sus nalgas, y entonces… de manera sorpresiva…
—¡Bwaaa!
La mete por completo sin avisar. El bebé comienza a llorar, y yo me asusto por un segundo.
—¡Ahhh! —gime Darius de placer.
¡No entiendo! ¡Cómo es que eso pudo caber en ese bebé!
—¡Lo estás lastimando! —digo, preocupado.
—¡¿Y?! —me dice, y entonces la saca por completo para volver a embestirlo de manera violenta.
—¡¿No dijiste que su papá estaba aquí?! ¡¿Y si viene?!
—Entonces que venga. —me dice—. ¡Que vea como su pequeño bebé es violado por dos vergas estadounidenses!
Sigo diciendo cosas, pero a este punto, ya no me escucha. Se encuentra demasiado ocupado embistiendo al pequeño bebé, llenando la pequeña habitación de ruidos húmedos, y de gemidos.
Mierda… ¡Es lo más sexy que he visto en mi puta vida!
Su increíblemente sexy torso golpeando el pequeño cuerpo del pequeño bebé, mientras el bebé extiende sus pequeños brazos llorando como si pudiera ayuda. ¿Por qué me excita tanto?
Su enorme verga entra en aquel pequeño agujero, obligándolo a estirarse a medidas que no debería estirarse. Después sale, y vuelve a entrar, provocando un pequeño río de semen que sale desde el agujero y cae sobre las sábanas.
Darius comienza a gemir con un puto animal. Ni está teniendo ninguna clase de piedad. No le importa en absoluto el bienestar del bebé.
—¿Te gusta? —dice Darius, pero no refiriéndose a mí, si no al bebé—. Dios… sabía que serías una buena cogida desde el momento en que ví como tú papá te paseaba en aquel parque. Tan inocente, tan pequeño…. Oh, ¡Dios, sí! ¡Y ahora eres mío!
Y entonces… Darius da un gemido tan largo y profundo que me doy cuenta que se acaba de correr dentro del niño.
Entonces… Darius finalmente sale del bebé. Su verga está totalmente empapada de su propio semen. Puedo olerlo. El ano del mocoso está lleno de su semen, y comienza a desbordarse como un maldito río.
—Vamos. —me dice Darius—. Mamamela.
—¿Ah?
—Sé que quieres chuparme la verga. —me dice—. Vamos, hazlo mientras el semen está fresco y caliente.
Nunca pensé que sentiría esto. Pero efectivamente, quiero chupar esa verga.
Así que me agacho y me llevo su verga directamente a la boca. Dios… Es tan grande, no puedo creer que acaba de usarla para cogerse un bebé. Está dura y caliente, y empapada con su semen. Comienzo a meterla y sacarla de mi boca, y la saboreo como un niño pequeño comiendo su sabor favorito de helado.
—Eso es… —me dice—. ¿Te gusta?
—Ummm… ummm… sí. —respondo—. Mucho.
—Dime, ¿Qué tal sabe la verga que acaba de violar a un bebé? ¿Te gusta el sabor de mi verga pedófila?
—Sí…
Y es así. Es deliciosa. Su semen es salado pero delicioso. No puedo dejar de probarlo.
Volteo a verlo, y me mira con esos rojos demoníacos. Es como si estuviera orgulloso de lo que acaba de conseguir conmigo.
—Abre la boca. —me ordena—. Mis bolas aún tienen un poco de leche. Te la daré a ti en vez de al bebé por haber sido tan obediente.
Abro la boca, y comienza a masturbarse, corriéndose directamente en mi lengua. Tres chorros, cada uno más caliente y espeso que el anterior. Comienzo a comérmelo como si fuera el alimento más rico del mundo.
Cuando termino necesito más. Así que voy inmediatamente al pequeño culo del bebé que acaba de llorar y comienza a lamer y devorar su pequeño culo para extraer todo el semen de Darius que pueda…. Es tan rico… Dios… creo que me acabo de enamorar.
Darius me mira completamente satisfecho y me echa una risilla. —Vaya, siempre… se vuelven locos en cuanto prueban mi semen. Nunca falla.
—¿Quién eres? —le pregunto mientras termino lo último de sus jugos.
—Darius.
—Tú… no eres normal…
—Sí, algo así.
—Me hiciste hacer todo esto. No creo que ningún otro hombre en la faz de la tierra lo hubiese podido. ¿Quién eres? Apareciste de la nada. Tu pelo… tus ojos… Además… ese rato… cuando intenté dispararte. Estoy seguro que las balas no salieron por alguna especie de influencia tuya.
—Sí. Las balas no salieron porque no lo quise. Es difícil saber qué soy… ni siquiera yo mismo estoy seguro. Me dedico a viajar por el mundo, violando niños, sobre todo bebés, y de vez en cuando, logro convertir uno que otro hombre como tú en un pedófilo. Lo he estado haciendo ya por 200… no… 300 años.
—¿Qué? —No puedo creer lo que me dice—. ¿Estás bromeando? Nadie vive tanto tiempo.
Entonces… Darius me mira, y me dice… —¿Quieres ver algo loco?
Entonces, su verga, la cual acababa de correrse dos veces, vuelve a estar dura como roca. Jamás había visto una durabilidad así. Comienza a masturbarse y frente al bebé y… pero qué mierda… comienza a correrse, y a correrse, y a correrse… dios.
—¿Crees que un humano normal pudiera hacer esto?
Sus corridas comienzan a amontonarse sobre el bebé una tras otra, y comienzan a formar literalmente un charco de semen… el cual después pasa de charco a un puto mini lago, sobre el cual el bebé comienza a ahogarse.
—Dios, sí … —dice Darius
Termina, y no puedo creer lo que miro. La cuna sobre la cual estamos está inundada de semen. El pequeño bebé lucha para no ahogarse, y tras unos segundos, deja de moverse.
—Uff… habían pasado unos cuantos años desde que mataba a uno ahogándolo en mecos. No suelo matarlos, ya que me gusta que lloren.
—Eres un Dios… —le digo—. ¿Cómo lo haces?
—No lo sé. —Me dice—. Solo imagino las cosas, y se hacen realidad. Del mismo modo, lo sé todo. Así como te conozco a ti, o sabía todo lo que había que saber del bebé cuando lo ví en el parque hace unos días. Sabes… pensaba en venir y violarlo solo, pero entonces te sentí. Sentí que estabas cerca, y que había un pedófilo en tu interior. Y decidí invitarte.
—¿Sabías que aceptaría?
—Claro. Nadie se resiste a mí.
Me di cuenta que estaba efectivamente ante un ser sobrenatural. Uno que además de ser increíblemente guapo y sexy, era un pedófilo.
—Creo que me enamoré de ti.
—Bueno… pero aún no te corres, o sí…
Me ayuda a sacar el cadáver del bebé del charco de semen, y comienzo a masturbarme hasta correrme en su pequeño cuerpo sin vida. Tras eso, Darius me besa, y nos besamos apasionadamente sobre su charco de semen por varios minutos.
—¿Y ahora?
—Debo irme. —me dice—. Hay un doctor pediatra de EUA. Quiero divertirme con él. Creo que puedo hacer que viole a sus pacientes más pequeños.
—Llévame contigo. —le digo—. Ya no me importa mi esposa, o mi hija de 5 años, o mi puesto de capitán. Solo quiero estar contigo.
—No seas irresponsable. —me dice—. Tu hija tiene 5 años, además de ser demasiado mayor para mí, es mujer… pero… ten otro bebé con tu esposa, uno varón, cuando lo tengas, ahí estaré para darle la bienvenida al mundo contigo.
—Es un trato.
V
Dormí como un bebé esa noche. Al día siguiente, nos avisaron que la guerra había terminado. Así que volví a casa.
En cuanto llegué lo primero que hice fue cogerme a mi esposa… Necesitaba embarazarla rápidamente.




Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!