De smart fit a sports world y un nuevo cliente zoo
continuación del relato anterios.
Hola, soy Diego, y les prometí que les contaría qué pasó con Adrián y con el mastin que me consiguió un amigo. Pero antes de llegar a eso, déjenme decirles que llevo tres días sin dormir bien, y no por las pesas ni por el turno doble en Sports World. Es por esa sensación de que alguien me está observando cuando creo que estoy solo. La noche del jueves, después de cerrar el gimnasio, me fui al estacionamiento como siempre. Iba caminando rápido, con la bolsa de deporte al hombro, cuando un auto negro se detuvo a mi lado. Las ventanas estaban polarizadas, pero la ventanilla del copiloto bajó apenas unos centímetros. No vi la cara, solo la mano que sostenía un teléfono con una foto en la pantalla. Era yo. No una foto normal, sino una imagen tomada desde una ventana, en el patio trasero de una casa que no reconocí. Estaba de rodillas, con la cara levantada, y un pastor alemán enorme me tenía las patas en los hombros. La imagen era nítida, demasiado nítida. No había duda de lo que estaba pasando. —Diego —dijo la voz desde el auto, grave y tranquila—. No estás en problemas. Solo quiero hablar contigo. Mi corazón dio un vuelco. Quise correr, pero las piernas no me respondieron. El auto no se movió. La mano bajó el teléfono y subió la ventanilla. Luego, una tarjeta cayó al asfalto. Cuando el auto se alejó, la recogí. Era una tarjeta de presentación sencilla, blanca, con un nombre: Adrián, y un número de teléfono. Esa noche no pude dormir. Me quedé mirando la tarjeta, pensando en todas las formas en que podía terminar esto. Podía borrar mi número, cambiar de gimnasio, desaparecer. Pero algo en mí, esa parte que siempre me ha metido en problemas, quería saber más. Quería saber qué sabía Adrián, y qué quería a cambio de su silencio. El viernes, en el gimnasio, hice como si nada. Adrián llegó a su hora de siempre, se cambió y empezó a calentar en la banca de press. Yo estaba en la zona de cardio, fingiendo revisar unas máquinas, pero no podía dejar de mirarlo. Tenía el cuerpo de alguien que entrena en serio, pero también tenía algo más, una tensión en la mandíbula que no encajaba con su actitud relajada. Cuando me miró, no sonrió. Solo sostuvo la mirada por un segundo, y luego volvió a su rutina. Al final de mi turno, cuando ya estaba por salir, él apareció en la puerta del vestidor. No había nadie más. Se apoyó en el marco y cruzó los brazos. —¿Viste mi tarjeta? —preguntó, sin rodeos. —Sí —dije, tratando de mantener la voz firme—. ¿Qué quieres? —Hablar. Nada más que hablar. Tengo una propuesta que te puede interesar. —¿Qué tipo de propuesta? Adrián sonrió, pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que tiene todas las cartas y lo sabe. —Un amigo mío tiene un perro. Un mastin, gris, de unos 55 kilos. Es un macho joven, con mucha energía, y necesita… atención. Yo sé que tú sabes cómo darle atención a un perro así. Y estoy dispuesto a pagarte muy bien por ello. Me quedé en silencio. La palabra «pagar» me hizo sentir sucio, pero también me excitó. No por el dinero, sino por la idea de que alguien me estaba pidiendo esto abiertamente, sin juzgarme. —¿Y si no quiero? —pregunté. —Entonces la foto que tengo se queda conmigo. Y no te preocupes, no la voy a usar para nada malo. Solo quiero que sepas que tengo opciones. Pero también quiero que sepas que no soy tu enemigo, Diego. Al contrario, creo que podemos ser muy buenos amigos. No sé por qué, pero le creí. Tal vez porque estaba desesperado, o tal vez porque en el fondo, quería que alguien supiera la verdad y no me juzgara. Lo miré y asentí. —¿Cuándo? —Mañana por la noche. Te paso la dirección. La noche del sábado llegó más rápido de lo que esperaba. Me pasó la dirección de una casa en las afueras de Coyoacán, una propiedad con barda alta y portón eléctrico. Toqué el timbre y Adrián abrió. Llevaba unos jeans y una camiseta negra, y me guió al patio trasero con una linterna. El perro estaba en una jaula grande, pero no parecía agresivo. Se levantó cuando nos acercó, moviendo la cola. Era impresionante, con el pecho ancho y el pelo corto y blanco, con una mancha negra en el ojo. Su miembro, flácido, ya comenzaba a hincharse al sentir mi presencia. —¿Lo quieres sacar? —preguntó Adrián, con un tono que era más una orden que una pregunta. —Sí —dije, y mi voz sonó ronca. Abrí la jaula. El perro salió, olfateó mi mano y luego mi entrepierna. Me lambió la cara, y sentí el calor de su lengua áspera y su aliento a carne. Me arrodillé, y él empujó su hocico contra mi cuello, mientras su miembro, ya erecto, se deslizaba entre mis piernas. Adrián no se fue. Se quedó de pie, a un par de metros, mirándome con los brazos cruzados. No decía nada, pero sus ojos brillaban en la penumbra. Y yo, en lugar de sentirme avergonzado, me sentí más excitado que nunca. Saber que me estaba mirando, que estaba viendo exactamente lo que hacía, me hizo olvidar el miedo. El perro me montó con una fuerza que me hizo caer hacia adelante. Sentí su peso, su calor, y cuando su verga, gruesa y rosada, encontró mi entrada, no pude evitar gemir. Adrián dio un paso al frente. —Así es —dijo, con voz baja—. Ahora entiendes por qué te elegí. Y en ese momento, entre el olor a perro y a sudor, entendí que ya no había vuelta atrás. Adrián no era un chantajista. Era un coleccionista. Y yo era su nueva pieza.
El me tenía contra el suelo de cemento, su peso aplastándome contra las losetas frías. Su verga, gruesa y veteada, entraba y salía de mí con un ritmo animal que me hacía perder la noción del tiempo. Cada embestida me empujaba contra el piso, y yo solo podía aferrarme al cuello musculoso del animal, sintiendo el latido de su corazón contra mi pecho. Adrián no se había movido. Seguía de pie, a unos tres metros, con los brazos cruzados. Pero ahora, en la penumbra del patio trasero, pude ver algo que antes no había notado: el bulto en sus jeans. Estaba duro. Su respiración se había vuelto más pesada, y cuando el perro soltó un gruñido sordo al empujar más profundo, Adrián se humedeció los labios. —Dios —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Es exactamente como lo imaginé. El perro aceleró el ritmo, sus jadeos calientes contra mi cuello. Sentí que se acercaba, esa tensión en sus músculos que ya conocía bien, y me preparé para el chorro caliente que no tardaría en llenarme. Pero antes de que estallara, Adrián habló de nuevo. —¿Sabes una cosa, Diego? —dijo, dando un paso hacia nosotros—. Yo no soy tu cliente. Nunca lo fui. El perro se detuvo. No porque Adrián lo hubiera ordenado, sino porque yo me tensé tanto que el animal lo sintió. Se quedó montado sobre mí, jadeando, su verga aún dentro de mi cuerpo, pero inmóvil, esperando una señal que no llegaba. —¿Qué quieres decir? —pregunté, con la voz ronca por el esfuerzo. Adrián se arrodilló a mi lado. Estaba tan cerca que pude oler su perfume, un aroma limpio y masculino que contrastaba con el olor a perro y a sexo que me envolvía. Me miró a los ojos, y por primera vez, vi algo más que control en su expresión. Vi deseo. —Yo era tu vecino, Diego. En el edificio de Portales, hace tres años. Vivía en el departamento 302, justo encima del tuyo. El mundo se detuvo. Tres años atrás, vivía en ese edificio, en el 202. Recordaba al vecino de arriba, un tipo callado que a veces escuchaba caminar por la madrugada. Nunca lo había visto de cerca, nunca había cruzado más de un saludo ocasional en el elevador. —Tenías un rottweiler —continuó Adrián, con una sonrisa lenta que me hizo sentir desnudo—. Un macho enorme, negro y fuego, de esos que imponen respeto. Yo solía verlo desde mi ventana cuando lo sacabas al patio interior. Y una noche, no pude dormir, y me asomé. Te vi. Su mano se posó en mi muslo, justo donde el perro aún tenía las patas. Sus dedos se deslizaron por mi piel sudorosa, y yo no pude evitar temblar. —Vi todo —dijo, bajando la voz—. Vi cómo te pusiste de rodillas frente a él. Vi cómo lo tomabas con ambas manos, cómo lo guiabas hacia tu boca. Vi cómo cerrabas los ojos cuando te penetró, cómo arqueabas la espalda, cómo gemías su nombre, aunque los perros no tienen nombre. El perro, como si entendiera que ya no era el centro de atención, se bajó de mí y se echó a un lado, jadeando. Su verga, aún húmeda, se retraía lentamente. Pero yo no podía apartar los ojos de Adrián. —No te moviste del patio por casi una hora —siguió, con la voz cargada de una lujuria que ya no intentaba ocultar—. Yo no podía apartar la vista. Me quedé en la ventana, con la mano en mi propia entrepierna, sintiendo cómo me ponía más duro con cada movimiento tuyo. Cuando terminaste, cuando te levantaste y te limpiaste la boca con el dorso de la mano, yo ya había llegado al clímax dos veces. Me quedé sin aliento. Todo esto era demasiado. El hecho de que me hubiera visto, de que hubiera estado mirando sin que yo lo supiera, me hizo sentir a la vez expuesto y excitado. El miedo se mezclaba con una oleada de calor que me subía desde el estómago. —¿Por qué no dijiste nada? —pregunté, con la voz apenas un susurro. —Porque me gustó verte así —respondió, y su mano se deslizó más arriba, hasta mi cadera—. Me gustó verte vulnerable, entregado, haciendo algo que la sociedad te diría que está mal, pero que se veía tan bien. Me volví adicto a esa imagen. Cuando te mudaste, me deprimí. Pasé meses buscándote en otros lugares, en otros gimnasios, en las calles. Y cuando te encontré en Sports World, hace tres semanas, no podía creerlo. Se inclinó más cerca, hasta que su aliento rozó mi oído. —¿Sabes cuántas veces me he masturbado en el vestidor, mirándote de reojo mientras te cambias? ¿Cuántas veces he imaginado que soy yo quien te tiene contra el suelo de ese vestidor, en lugar de un perro? Su mano bajó hasta mi entrepierna, y yo ya estaba duro otra vez. El perro, a un lado, me miraba con sus ojos oscuros, pero ya no era el dueño de la escena. Adrián lo era. —¿Y el perro? —pregunté, sin saber por qué lo preguntaba. —El perro es de un amigo, sí —dijo, sonriendo—. Pero no es para ti. Es para mí. Yo soy quien lo monta, Diego. Yo soy quien se arrodilla cuando nadie me ve. Y cuando te vi en el patio, hace tres años, supe que había encontrado a alguien que podría entenderlo. Me besó. No fue un beso suave ni tímido. Fue un beso hambriento, que sabía a tabaco y a menta, y que me hizo olvidar por completo al perro que jadeaba a nuestro lado. Su lengua se deslizó contra la mía, y sus manos me sujetaron por la nuca, como si tuviera miedo de que desapareciera. Cuando se separó, me miró con una intensidad que me quemaba. —Quiero que vengas a mi casa esta noche —dijo—. Quiero mostrarte lo que hago cuando estoy solo. Quiero que veas cómo me preparo, cómo me abro para un pastor alemán que me visita cada semana. Y quiero que me mires mientras lo hago, igual que yo te miré a ti. El mastín se levantó y se acercó a Adrián, apoyando la cabeza en su pierna. Adrián le acarició las orejas, con una ternura que contrastaba con la crudeza de sus palabras. —No tienes que decidir ahora —dijo, poniéndose de pie—. Pero si quieres, mi casa está a dos calles de aquí. La puerta estará abierta. Se dio la vuelta y caminó hacia la casa, con el perro siguiéndolo como una sombra. Yo me quedé en el suelo, temblando, con el olor a sexo y a perro aún en mi piel. Mi mente era un torbellino de pensamientos contradictorios: miedo, excitación, vergüenza, deseo. Pero una cosa era clara: no iba a poder quedarme en casa esta noche. Me levanté, me limpié las piernas como pude, y caminé hacia la calle. La casa de Adrián estaba a dos calles, dijo. Y aunque sabía que cruzar esa puerta cambiaría todo, que no habría vuelta atrás, mis pies ya se movían en esa dirección. La noche era cálida, y las calles de Coyoacán estaban tranquilas. El sonido de mis pasos resonaba en el asfalto, acompañando el latido acelerado de mi corazón. Cuando llegué a la casa de Adrián, la puerta estaba entreabierta, y una luz cálida se filtraba por la rendija. Respiré hondo, empujé la puerta, y entré..
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