Descubrí a mi papá y hermano
Parte 1.
Descubrí a mi papá y hermano.
Hola a todos. Espero que les guste este relato. Desde hace tiempo quería escribir algo, pero no me animaba. Espero que lo disfruten tanto como yo disfruté escribirlo.
Me presento. Mi nombre es Cristopher y tengo 16 años. Actualmente curso la preparatoria y puedo decir que tengo una vida normal… o al menos eso creía, hasta los acontecimientos de los que les voy a hablar.
Mi familia es de clase media: no tenemos muchos lujos, pero tampoco nos hace falta nada. Mi papá se llama Thomás y tiene 37 años. Es de complexión firme gracias a la disciplina y al ejercicio que practica a diario. Es cirujano ortopédico y, según él, necesita fuerza para volver a colocar los huesos en su lugar.
Mi mamá se llama Amelia, tiene 35 años y es arquitecta en una empresa que podría decirse es reconocida.
Luego están mis hermanos. Hazel tiene 13 años y actualmente cursa la secundaria. Mi hermano menor, Thomás —aunque todos lo llaman Tommy, de forma cariñosa—, tiene 10 años y cursa la primaria.
Esta historia comienza un día lunes como cualquier otro, escuela, ajetreo y gente corriendo por todos lados en casa. Como de costumbre, se me había hecho un poco tarde por dormir 15 minutos más y mi mamá con su ropa de trabajo nos apresuraba a todos a que bajásemos a desayunar.
Esta historia comienza un lunes como cualquier otro: escuela, ajetreo y gente corriendo por todos lados en casa. Como de costumbre, se me había hecho un poco tarde por dormir quince minutos más, y mi mamá, vistiendo ya su ropa de trabajo, nos apresuraba a todos para que bajásemos a desayunar.
Cuando bajé las escaleras, vi que Tommy ya estaba disfrutando de un plato de cereal y dos rebanadas de pan con mantequilla; a su lado se encontraba mi mamá, con un desayuno americano y café. Mi papá venía hacia el comedor desde la habitación de ambos, mientras se acomodaba la camisa de manga larga y sostenía su bata de doctor en una percha. Mi hermana venía tras de mí, aún con el cabello húmedo, peinándose apresuradamente.
Nos sentamos a comer mientras nuestros padres conversaban sobre los planes del día. Papá le sugirió a mamá que él se encargaría de dejarnos en el instituto para que ella pudiera irse rápido, ya que tenía una junta a las ocho de la mañana por un proyecto de urbanización en la ciudad. Así, nos dispusimos a terminar la comida, enjuagar los platos y colocarlos en el lavatrastos, asegurándonos de dejarlos limpios antes de irnos a estudiar. Ese día, papá no tenía consulta hasta las diez de la mañana; nos comentó que, al regresar de dejarnos, aprovecharía el tiempo para revisar el expediente de su paciente antes de las rondas matutinas con los internos del hospital.
Fue así como mamá tomó su auto en dirección al trabajo, el cual le quedaba a una hora de camino, mientras papá, mis hermanos y yo nos pusimos en marcha hacia el instituto. Al subirnos al vehículo, Tommy se sentó adelante y mi hermana y yo nos acomodamos atrás, como de costumbre. Durante el trayecto, mi hermano iba concentrado en su tableta escolar con unos juegos interactivos; se había colocado boca abajo sobre el asiento del copiloto, de modo que sus pies caían directamente sobre el regazo de papá. Mi hermana, por su parte, llevaba los audífonos puestos e intentaba terminar a toda prisa la tarea de matemáticas que le habían asignado para el fin de semana. Yo, por mi lado, iba hojeando una revista sobre un campamento de rugby que me interesaba muchísimo, y al cual había insistido en asistir sin obtener el éxito esperado por parte de mis padres.
Mientras pensaba en lo genial que habría sido ir y me perdía en la música de mis AirPods, noté un comportamiento particular entre mi padre y Tommy: parecía que mi hermano ya no movía los pies, sino que estos permanecían completamente estáticos sobre el regazo de papá. Aunque él manejaba, yo fingí no prestar demasiada atención, hasta que observé cómo papá miraba con insistencia a través del espejo retrovisor. En ese momento, me acomodé en diagonal contra la ventana; primero, para que el asiento del copiloto ocultara un poco mi cuerpo y, segundo, para tener una mejor perspectiva de los pies de Tommy.
Al observar con detenimiento, noté que Tommy seguía con los pies allí, pero ahora solo movía la punta de los dedos. Esto me pareció sumamente extraño, y más aún la reacción de mi padre. Pronto me percaté de que la ropa de papá se elevaba como una carpa de circo, mostrando un bulto bien marcado y ceñido al lado derecho, justo donde descansaban los pies de mi hermano.
Al poco tiempo llegamos al colegio. Mi hermana y yo nos preparamos para bajar, ya que la escuela de Tommy no estaba muy lejos de la nuestra. Antes de salir del auto, decidí despedirme de él como siempre lo hago: me acerqué, le pellizqué la nariz y le advertí que no hiciera travesuras o le crecerían las orejas como a un burro. Todo esto lo hice mientras los observaba y confirmaba que mis sospechas eran ciertas: mi papá llevaba una erección monumental, mientras mi hermano actuaba tan inocente como siempre.
No sabía si esto era algo recurrente o si era la primera vez que pasaba; la verdad, nunca me había dado cuenta de nada hasta ese día, cuando comencé a abrir los ojos ante lo que presencié en el carro.



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