Después de años de no hacerlo, un perro me vuelve a follar
Las historias que cuento son reales, solo cambio mi nombre pues los detalles y ubicaciones pueden hacer que mis amigos morbosos sepan quien soy. .
Me llamo Diego y tengo treinta y cinco años. Vivo solo en un departamento en Portales, cerca del metro, en una colonia que siempre ha sido de paso. Soy entrenador personal en el Smart Fit de Colonia del Valle, trabajo de ocho a ocho la mayoría de los días, y cuando llego a mi casa lo único que quiero es silencio, una cerveza bien fría y no tener que hablar con nadie. Llevo cinco años soltero. Cinco años sin que nadie me espere en la cama, sin mensajes bonitos, sin peleas estúpidas por celulares, sin nada. Al principio me costó. Me sentía vacío, como si me faltara un pedazo. Pero con el tiempo uno se acostumbra al vacío. Lo llenas con gimnasio, con series, con porno, con cenas frente al televisor. Te convences de que estás bien, de que no necesitas a nadie. Y tal vez era cierto. Tal vez no necesitaba a nadie. Pero necesitaba algo. Todo empezó en la pandemia. Mi hermana Ana, que vive en Coapa, rescató un perro de la calle. Un mestizo grandote, color miel, con orejas caídas y ojos que parecían entenderlo todo. Lo encontró en un mercado, flaco y lleno de costras, y no pudo dejarlo ahí. Lo llevó al veterinario, lo bañó, lo desparasitó, le puso todas sus vacunas. Le puso de nombre Canelo, por el color de su pelo. El problema es que Ana ya tenía dos perros en su departamento, y su esposo se negó rotundamente a quedarse con un tercero. Así que empezó a insistirme. Una y otra vez. Que si el perro era sumiso, que si no hacía desorden, que si ya estaba vacunado, que si solo necesitaba un hogar temporal mientras encontraba a alguien más. Le dije que no como diez veces. Yo vivo solo, trabajo todo el día, no tengo tiempo para un perro. Además, no soy muy animalero que digamos. Pero Ana es más necia que yo. Llegó un sábado con el perro, una bolsa de croquetas, un plato, una correa y una cama que le había comprado en Amazon. Me dijo: «Es solo por unas semanas, Diego, te lo juro. En cuanto encuentre a alguien, me lo llevo». Y se fue, dejándome ahí parado, viendo a ese perro enorme que me miraba con sus ojos color ámbar, moviendo la cola como si ya fuéramos viejos amigos. Las semanas se convirtieron en meses. Nadie apareció para adoptar a Canelo, y la verdad, para cuando me di cuenta, ya me había acostumbrado a tenerlo. Llegaba del trabajo y ahí estaba, esperándome en la puerta, moviendo la cola tan fuerte que parecía que se le iba a desprender. Me seguía a todos lados, se acostaba a mis pies cuando veía la tele, ponía su cabeza en mi regazo cuando me veía triste. Era un perro extrañamente humano en sus gestos, en su manera de mirarme, en la forma en que parecía entenderme sin necesidad de palabras. Empecé a quererlo. No sé exactamente cuándo pasó, pero pasó. Se volvió parte de mi rutina, parte de mi vida, parte de mí. Y entonces pasó lo que pasó. Era una noche de viernes, de esas en las que no tienes planes ni ganas de tenerlos. Me había tomado tres o cuatro cervezas, estaba viendo porno en mi laptop, recostado en la cama, con los pantalones bajados hasta los tobillos y la mano alrededor de mi verga, masturbándome lentamente. Canelo estaba acostado a un lado de la cama, en su lugar de siempre, con la cabeza apoyada en las patas, dormitando. No sé cómo explicar lo que pasó después. Tal vez fue el olor, tal vez fue el movimiento, no sé, algo que ninguno de los dos podía controlar. El caso es que Canelo levantó la cabeza, me miró con esos ojos color ámbar, y se acercó lentamente. Primero olió el aire, moviendo las fosas nasales. Luego se acercó más, hasta que su hocico estuvo a centímetros de mi verga erecta. Yo debería haberlo detenido. Debería haberlo empujado, haber cerrado la laptop, haber terminado ahí todo. Pero no lo hice. Me quedé quieto, viéndolo, sintiendo su aliento caliente en la piel, sintiendo algo que no había sentido en mucho tiempo: excitación sexual real. Canelo lamió la punta de mi verga con su lengua áspera y caliente. Fue un lametón corto, casi tímido, como si estuviera probando algo nuevo. Yo contuve el aliento, sintiendo una sensación que nunca había sentido, mingpun hombre antes me habpia provocado eso. Mi mano seguía alrededor de mi verga, pero ya no me estaba masturbando. Solo la sostenía, ofreciéndosela. Él volvió a lamer, esta vez más largo, desde la base hasta la punta, cubriéndome de saliva. Cerré los ojos y dejé escapar un gemido. Me sentía sucio, prohibido, excitado como no lo había estado en años. Mi verga estaba dura, goteando precum, y Canelo seguía lamiendo, cada vez con más confianza, cada vez con más hambre. No sé cuánto tiempo pasó así. Minutos, tal vez media hora. Lo único que recuerdo es que cuando terminé, cuando me vine en su boca mientras él seguía lamiendo, supe que ya no había vuelta atrás. Había cruzado una línea, y no me arrepentía. Esa noche, después de limpiarme y de acostarme, Canelo se subió a la cama conmigo, algo que nunca había hecho antes. Se acurrucó a mi lado, puso su cabeza en mi pecho, y se quedó dormido. Yo pasé la mano por su lomo, sintiendo su calor, sintiendo su respiración rítmica, y me quedé viendo el techo, preguntándome qué carajo estaba haciendo. Pero ya sabía la respuesta. Pasaron unas semanas antes de que volviera a pasar. Me sentía culpable, confundido, excitado. Cada vez que veía a Canelo, recordaba esa noche, recordaba su lengua en mi piel, recordaba la forma en que me había mirado mientras me lamía. Y quería repetirlo. Lo quería con una desesperación que me asustaba. Una noche, después de bañarme, salí del baño completamente desnudo, con la toalla en la mano. Canelo estaba acostado en la sala, pero cuando me vio, se levantó y se acercó, moviendo la cola. Se paró en dos patas y puso sus patas delanteras en mis caderas, oliendo mi entrepierna. Yo lo dejé hacer, sintiendo su lengua caliente en mis testículos, en la base de mi verga. Me recosté en el sillón, con las piernas abiertas, y lo dejé que hiciera lo que quisiera. Canelo me lamió durante un buen rato, primero con calma, luego con más intensidad, hasta que mi verga estuvo completamente erecta, brillante de saliva. Luego se subió al sillón, se colocó detrás de mí, y comenzó a jadear contra mi nuca. Yo sabía lo que quería. Lo había visto hacerlo con otros perros en el parque. Lo había visto montar almohadas, montar sus juguetes. Pero nunca pensé que lo haría conmigo. Canelo se colocó sobre mí, con sus patas delanteras a los lados de mi torso, y comenzó a empujar. Su verga, roja y gruesa, emergió de su prepucio, buscando mi ano. Yo estaba nervioso, excitado, asustado. Pero no lo detuve. Cuando finalmente entró, cuando sentí su verga llenándome, solté un gemido que era mitad dolor, mitad placer. Era más grande de lo que esperaba, más caliente, más vivo que cualquier juguete que hubiera usado. Canelo comenzó a moverse, primero lento, luego más rápido, jadeando contra mi oído, empujando una y otra vez, hasta que mi mente se vació por completo. Esa noche terminamos en mi cama, con su verga aún dentro de mí, con su pecho contra mi espalda, con su lengua lamiendo mi cuello. Me quedé dormido así, sintiéndome más completo de lo que me había sentido en años. Desde entonces, no he vuelto a buscar novio. No lo necesito. Canelo es mi macho, mi compañero, el que llena todos los huecos que tenía. En mi departamento, lo dejamos ser. A veces lo busco yo, a veces él me busca a mí. No hay reglas, no hay horarios, no hay vergüenza. Pero a veces me gusta llevarlo a lugares abiertos. La Marquesa, el Ajusco. Lugares donde podamos estar solos, donde podamos hacerlo al aire libre, sintiendo el viento en la piel, sintiendo la tierra bajo mi cuerpo. Me gusta la sensación de estar expuesto, de estar haciendo algo prohibido bajo el sol. Canelo se pone más intenso cuando estamos afuera, más salvaje, más dueño. Me monta con una furia que me hace olvidar mi nombre, me hace olvidar que soy un hombre de treinta y cinco años con un trabajo de mierda y una vida solitaria. El otro día lo llevé al Ajusco, a un sendero que conozco, alejado de todo. Me recosté en el pasto, me bajé los pants, y lo dejé que hiciera lo suyo. Me cogió durante casi una hora, cambiando de posición, lamiéndome, mordisqueándome el cuello, hasta que no podía ni caminar. Me quedé ahí tirado, viendo el cielo, sintiendo su peso sobre mí, sintiendo su lengua en mi mejilla. Y pensé: esto es lo que necesitaba. No un novio, no una relación, no citas aburridas en cafeterías. Necesitaba esto. Necesitaba a alguien que me tomara sin preguntar, que me llenara sin juzgar, que estuviera ahí sin condiciones. Canelo es mi secreto, mi vergüenza, mi salvación. Y no lo cambiaría por nada.
Si me quieres escribir manda mensaje a [email protected] o a mi ig: @rafaeodzoom



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