El amigo de mi sobrino Parte VI
Siguen las aventuras entre nuestros tres protagonistas, Santi se atreverá a cruzar la linea con Alex?.
El amigo de mi sobrino Parte VI
A la mañana siguiente me desperté con una sensación muy agradable y cálida envolviendo mi verga. Aún estaba medio dormido cuando un gemido bajo se me escapó de la garganta. Bajé la mirada y ahí estaba Kev, completamente desnudo bajo la sábana, con mi miembro grueso metido hasta la mitad en su boca.
Estaba haciéndome una mamada de ensueño: lenta, profunda y llena de saliva. Sus labios se deslizaban con habilidad por toda mi longitud, succionando con fuerza mientras su lengua giraba alrededor de la cabeza. Cuando notó que había despertado, levantó la mirada sin sacármela de la boca. Sus ojos hermosos, grandes y castaños, estaban rojizos y llorosos por el esfuerzo, pero me lanzó una mirada tan sexy y traviesa que se me grabó en la memoria para siempre.
—Joder, Kev… —susurré ronco, pasando una mano por su cabello revuelto.
Él no dijo nada. Solo mantuvo ese contacto visual mientras bajaba más profundo, tragándose casi toda mi verga hasta que su nariz rozó mi pubis. Sus ojos se humedecieron más, pero no se detuvo. Al mismo tiempo, una de sus manos subió a acariciarme los huevos con suavidad, masajeándolos y tirando de ellos con delicadeza, mientras la otra me apretaba la base del pene.
Era delicioso. El contraste entre la calidez húmeda de su boca y la suavidad de sus dedos era perfecto. Kev succionaba con ganas, haciendo ruidos obscenos cada vez que subía y bajaba la cabeza. De vez en cuando sacaba mi verga de su boca para lamerla completa desde los huevos hasta la punta, mirándome con esa cara de chico bueno que sabe que está siendo muy malo.
—Así… chúpamela rico, mi amor —le murmuré, agarrándole el cabello con más fuerza pero sin empujar.
Kev gimió alrededor de mi verga, vibrando todo el miembro, y aceleró el ritmo. Sus ojos no se apartaban de los míos, llorosos pero llenos de deseo. Sabía exactamente cómo volverme loco.
La habitación estaba en silencio salvo por los sonidos húmedos de su boca y mis gemidos bajos. El sol de la mañana entraba por la ventana, iluminando su espalda desnuda y su culo redondo que se movía ligeramente mientras me mamaba.
Sin poder contenerme más, sentí que el orgasmo me subía desde los huevos como un rayo. Agarré con más fuerza el cabello de Kev y empujé mis caderas hacia arriba.
—Kev… —gruñí con la voz rota.
Él no se apartó. Al contrario, succionó más fuerte y me miró directo a los ojos, como si estuviera pidiéndomelo.
El primer disparo fue potente. Un chorro grueso y caliente le llenó la boca. Kev gimió alrededor de mi verga, pero siguió chupando. El segundo y el tercero fueron aún más fuertes; tanto que parte del semen le salió por las comisuras de los labios y empezó a escurrir por su barbilla.
No pude parar. Seguí corriéndome con fuerza, varios disparos más que le llenaron la boca hasta que no pudo contenerlo todo. Cuando saqué mi verga todavía palpitante, el último chorro le cayó directo en la mejilla y otro en los labios.
Kev se quedó ahí arrodillado entre mis piernas, respirando agitado, con la boca abierta y llena de mi semen. Tenía hilos blancos espesos corriendo por su barbilla, una gran cantidad en la mejilla derecha y parte en la nariz. Sus ojos seguían rojizos y llorosos, pero me miraba con una mezcla de orgullo y lujuria que me volvió loco.
Se veía precioso.
—Joder… mírate —susurré, pasando el pulgar por su labio inferior y extendiendo mi semen por su boca—. Tan bonito todo lleno de mi leche…
Kev tragó lo que tenía en la boca con un gemido bajito, luego sacó la lengua y lamió lentamente los restos que le quedaban en los labios. Después, con una sonrisa traviesa, usó dos dedos para recoger el semen de su mejilla y se lo metió a la boca, chupándolos mientras me miraba.
—Delicioso… —murmuró con la voz ronca.
No pude resistirme. Lo jalé hacia arriba y lo besé con fuerza, probando mi propio sabor en su lengua. Lo abracé fuerte contra mi pecho, sintiendo su cuerpo caliente y tembloroso pegado al mío.
Nos quedamos así un rato, respirando juntos, hasta que Kev escondió la cara en mi cuello y susurró:
—Buenos días…
Sonreí y le acaricié la espalda.
—Buenos días, mi amor.
Después de ese beso profundo donde probé mi propio sabor en su boca, me separé un poco y lo miré serio, todavía con la respiración agitada. Kev tenía los labios hinchados y un hilo de mi semen todavía brillando en su mejilla izquierda. Se veía tan hermoso y tan sucio al mismo tiempo.
—En serio querías compensar lo que ocurrió ayer con Alex, ¿verdad? —le pregunté directo, sin rodeos.
Kev se tensó inmediatamente entre mis brazos. Su cuerpo se puso rígido y bajó la mirada, culpable. Intentó limpiarse rápido la mejilla con el dorso de la mano, pero solo logró extender más el semen.
—Yo… no sabía que eras un voyerista —murmuró bajito, casi avergonzado—. Que te gustaba espiar a dos chicos inocentes…
Lo interrumpí con una risa seca.
—De inocentes no tienen nada, Kev. Ni tú ni Alex.
Él levantó la vista de golpe. Todavía tenía un poco de mi semen en la mejilla y el labio inferior. Me miró serio, casi temeroso.
—¿Estás molesto? —preguntó en voz baja.
Me quedé callado un segundo, acariciándole la espalda con la mano. Sentía su corazón latiendo rápido contra mi pecho.
—Todo esto es muy extraño —admití finalmente—. Nunca imaginé que vería a mi novio cogiendo con mi sobrino… y mucho menos que me pondría tan caliente. Pero sí… me calentó. Me calentó muchísimo. Y después te di la cogida más deliciosa de tu vida precisamente por eso.
Kev soltó un suspiro tembloroso, casi de alivio, y escondió la cara en mi cuello.
—No sé qué me pasa, Santi… —susurró contra mi piel—. Con Alex se sintió bien, pero contigo se siente… diferente. Más fuerte. No quiero perderte.
Lo abracé más fuerte y le besé el cabello.
—No me vas a perder.
Kev asintió en silencio, todavía acurrucado contra mí. Su cuerpo estaba caliente, suave y completamente rendido. Yo, por mi parte, no podía dejar de pensar en la imagen de Alex follándoselo ayer… y en cómo, de alguna manera retorcida, eso solo había hecho que lo deseara más.
Lo abracé más fuerte contra mi pecho y le besé el cabello húmedo. Después de unos segundos de silencio, no pude contenerme y le pregunté en voz baja:
—¿Te gustó hacerlo con Alex?
Kev se quedó callado un momento, respirando contra mi cuello. Luego levantó un poco la cara y me miró a los ojos.
—Sí… me gustó —admitió con honestidad, un poco avergonzado—. Alex tiene grandes atributos… es grueso y sabe cómo usarla. Me folló rico, no te voy a mentir. Pero…
Hizo una pausa y me acarició el pecho con los dedos.
—Pero tú tienes más experiencia. Me haces sentir más lleno… más profundo. Más pleno. Cuando tú me coges, es como si todo mi cuerpo respondiera diferente. No es solo físico… es otra cosa.
Sonreí un poco, aunque todavía sentía esa mezcla rara de celos y excitación en el estómago.
—¿Quieres estar con Alex? —le pregunté directo, mirándolo a los ojos.
Kev negó con la cabeza casi de inmediato.
—No… no quiero estar con él de esa forma. Ayer fue un calentón muy fuerte. Alex solo quería satisfacer su curiosidad y su morbo. Y yo… me dejé llevar. Pero lo que tengo contigo es diferente. Quiero una relación real. Quiero un hombre de verdad. Te quiero a ti, Santi.
Sus palabras me golpearon fuerte. Lo miré un rato, procesando todo, y luego lo besé despacio, con más ternura que antes. Kev se derritió contra mí, respondiendo al beso con esa entrega que tanto me gustaba.
—Está bien —susurré contra sus labios—. Vamos a manejar esto paso a paso. Pero nada de secretos. Si vuelve a pasar algo con Alex, quiero saberlo. Y si tú quieres volver a probar… también me lo dices.
Kev asintió, mordiéndose el labio inferior todavía hinchado.
—Te lo prometo.
Nos quedamos abrazados un rato más, desnudos bajo la sábana, con el sol de la mañana entrando por la ventana. Sabía que la conversación con Alex iba a ser incómoda cuando llegara… pero por primera vez en todo este lío, sentí que Kev y yo estábamos más unidos que nunca.
Me encantaba estar así con Kev. Saber que tenía a un chico desnudo en mi cama, completamente dispuesto a hacer lo que yo quisiera con él, me excitaba muchísimo. Su cuerpo joven, cálido y entregado contra el mío era adictivo. Pero la realidad nos golpeó pronto: el olor a sexo era fuerte. Ayer Alex se lo había cogido primero y luego yo lo había llenado. Kev olía a semen, sudor y deseo. Urgía un baño antes de que tuviera que irse a su casa.
—Ven, vamos a bañarnos —le dije bajito, besándole la sien—. Estás todo sucio, mi amor.
Kev sonrió con timidez y asintió. Cuando se levantó de la cama, no pude evitar quedarme mirándolo. Desnudo, con el torso plano y definido, su pene colgando semi-relajado con una gota brillante de precum en la punta, y esas nalgas redondas, firmes y perfectas que se movían ligeramente al caminar… era una visión que me ponía duro otra vez. Me dieron ganas de atarlo a la cama y no dejarlo salir en todo el día.
Era hermoso. Pero no solo me inspiraba cogérmelo… también quería cuidarlo. Estaba enamorado de él, joder.
Lo seguí al baño. Abrí la regadera y el agua caliente empezó a caer. Nos metimos juntos. El vapor nos envolvió rápido. Kev se puso bajo el chorro y cerró los ojos, dejando que el agua le corriera por el pelo y la cara. Yo me quedé atrás un momento, admirando cómo el agua resbalaba por su espalda, bajaba por la curva de sus nalgas y se perdía entre ellas.
No aguanté más.
Me pegué a su espalda, rodeándolo con los brazos. Mi verga ya dura se acomodó entre sus nalgas. Kev soltó un gemido bajito y se apoyó contra mí.
—¿Otra vez? —preguntó con la voz ronca, entre excitado y divertido.
—Otra vez —respondí, mordiéndole el lóbulo de la oreja—. Eres mío.
Lo hice mío ahí mismo, bajo el agua caliente. Lo penetré despacio pero profundo, sujetándolo por las caderas mientras el vapor nos rodeaba. Kev gemía contra los azulejos, empujando hacia atrás para recibirme mejor. Esta vez no fue salvaje como anoche… fue intenso, lento y posesivo. Cada embestida era para recordarle a quién pertenecía ese culo tan perfecto.
Cuando me corrí dentro de él, lo abracé fuerte desde atrás, besándole el cuello y los hombros mientras el agua se llevaba parte de nuestro pecado.
Nos quedamos así un buen rato, abrazados bajo la regadera, sin decir nada. Solo sintiendo.
Al salir del baño, ninguno de los dos se quitaba las manos de encima. Kev me rozaba el brazo, yo le acariciaba la cintura, nos dábamos besos cortos y hambrientos cada vez que pasábamos cerca. Quise creer que me deseaba tanto como yo a él, que lo de Alex realmente había sido solo un calenton del momento y que lo que teníamos era más fuerte.
Kev debió notar mi cambio de expresión, porque se vistió rápidamente, como si supiera que si se quedaba desnudo un minuto más terminaríamos cogiendo otra vez en la cama. Se puso los jeans y la playera con movimientos rápidos, todavía con el cabello húmedo.
—Debo irme —dijo, acercándose a darme un beso suave en los labios—. Prometo que trataré de venir a dormir mañana, ¿sí?
Asentí y lo abracé fuerte un segundo más de lo necesario.
—Cuídate, bebe.
Se fue. La casa se quedó en silencio.
Yo me vestí y salí un rato a trabajar, aunque la cabeza no me daba para concentrarme en nada. En el transcurso de la mañana, mientras revisaba unos correos, me llegó un mensaje. Era Alex.
Alex: Tío… ¿podemos hablar? Estoy afuera de tu casa.
Me quedé mirando la pantalla un buen rato. El corazón me dio un vuelco. Sabía que esta conversación tenía que llegar, pero no esperaba que fuera tan pronto.
Le respondí el mensaje de inmediato:
Yo: Entra a la casa y espérame. Voy a pasar por sushi para comer algo. No tardo.
Cuando llegué con las bolsas de sushi, Alex estaba sentado en el sillón de la sala. Tenía las manos juntas entre las piernas y una mirada nerviosa, casi culpable. Apenas levantó la vista cuando entré.
Dejé las bolsas en la mesa de centro y me senté frente a él en el otro sillón. No quise dar rodeos. Sabiendo que Kev me había elegido a mí, me sentía con cierta ventaja.
—¿Entonces? —le solté como quien no quiere la cosa—. ¿Te gustó estar con Kev?
Alex se puso rojo al instante, hasta las orejas. Bajó la mirada y tragó saliva.
—¿Kev te lo contó? —preguntó con voz baja.
—No necesité que me lo contara —respondí con una media sonrisa—. Los escuché ayer en tu cuarto. Todo. Pero sí, después Kev me lo confirmó.
Alex se quedó callado, mortificado. Yo seguí, en tono bromista para aligerar un poco la tensión:
—Incluso me dijo que tienes grandes atributos, cabrón.
Alex soltó una risa nerviosa y se tapó la cara con las manos un segundo.
—Joder, tío… esto es tan raro. No sé qué me pasó. Te juro que nunca había sentido algo así. Verlos a ustedes dos me confundió todo, y cuando estuve con Kev… no pude controlarme. Pero ahora me siento como un idiota.
Me recargué en el sillón y lo miré con calma.
—Alex, no eres un idiota. Estás confundido, eso es todo. Tienes novia, eres joven, y de repente descubriste que te gusta algo que no esperabas. Es normal que te hayas dejado llevar. Lo importante es que Kev y yo hablamos. Él me dijo que contigo fue solo un calenton, que quería satisfacer su curiosidad… y que lo que tiene conmigo es diferente. Quiere algo real.
Alex levantó la vista, con una mezcla de alivio y tristeza.
—¿Y tú? ¿No estás enojado conmigo?
—Un poco sí —admití con sinceridad—. Pero también me excitó verlos. Todo esto es un pedo muy grande, chamaco. No sé cómo vamos a manejarlo, pero prefiero que sea de frente y no a escondidas.
El silencio cayó entre nosotros un momento. Alex se mordió el labio y miró las bolsas de sushi.
—¿Quieres que comamos primero? —preguntó, intentando cambiar de tema.
Sonreí.
—Sí, mejor comamos. Después seguimos hablando.
Mientras comíamos el sushi, la tensión del principio parecía aligerarse poco a poco. Alex se fue relajando, aunque todavía tenía las mejillas algo sonrojadas. Decidí indagar un poco más, con cuidado.
—¿Cómo lo sentiste? —le pregunté entre un bocado y otro—. ¿Tuviste tiempo de compararlo con cómo lo haces con una chica?
Alex masticó despacio, pensando la respuesta.
—Sí, me gustó estar con Kev —admitió, mirando el plato—. Es un chico muy lindo y tierno. Estar con él fue… una experiencia bonita. Diferente. Con una chica también se siente bien, obvio, pero con él fue intenso de otra forma. Creo que Kevin tiene razón… solo fue calentura y curiosidad.
Sonreí y no pude evitar bromear:
—Imagínate si lo hubieras hecho conmigo… entonces sí tendrías problemas para decidir qué te gustaba más, jeje. Te habría movido fibras que sí dudarías sobre seguir con mujeres.
Me carcajeé al ver la cara que puso: ojos muy abiertos, rojo hasta las orejas y casi atragantándose con el sushi.
Pero no me esperaba su respuesta.
—¿En serio? —dijo, mirándome con una mezcla de sorpresa y picardía—. Tal vez deberíamos probarnos, ¿no, tío?
Por un segundo me quedé helado. Mi risa se cortó. Alex se dio cuenta del cambio en mi expresión y se carcajeó también, pero había algo en sus ojos… una chispa que no estaba antes.
Sin embargo, una flama se había encendido. Y una flamita puede ocasionar un gran incendio, ¿no?
Me miró con esa sonrisa nerviosa pero atrevida y me preguntó:
—¿Qué tan malo podría ser?
El ambiente en la sala cambió de golpe. El sushi quedó olvidado en la mesa. Alex me sostenía la mirada, esperando mi reacción, y yo sentía que el corazón me latía más fuerte.
De un momento a otro me quedé helado. Mi boca se había secado totalmente y mi mente se nubló. El corazón me latía tan fuerte que lo sentía en los oídos. Alex me miraba con esa mezcla de nervios, picardía y desafío que me desarmaba.
Solo se me ocurrió seguir el coqueteo.
—Joder, Alex… —dije con una sonrisa ladeada, intentando sonar más calmado de lo que estaba—. ¿Estás seguro de que quieres jugar con fuego? Porque si te pruebo… dudo mucho que después quieras volver con tu novia tan fácil.
Alex se mordió el labio inferior y se recargó un poco hacia adelante en el sillón, acercándose más.
—¿Y si te digo que ya estoy pensando en eso desde ayer? —respondió, la voz más baja—. Ver cómo Kev gemía contigo… y luego sentirlo yo… no he podido sacármelo de la cabeza. Tal vez sí quiero saber qué se siente que me lo hagas tú.
El silencio que siguió fue eléctrico. Lo miré de arriba abajo: su cara todavía sonrojada, y esa mirada que ya no era solo de sobrino curioso.
Me levanté despacio del sillón y me acerqué hasta quedar de pie frente a él. Alex levantó la vista, tragando saliva.
—Estás jugando con cosas peligrosas, chamaco —le dije bajito, casi un susurro—. Si seguimos por este camino… vamos a cruzar una línea de que no hay vuelta atras.
Alex no se movió. Solo respiró profundo y murmuró:
—Entonces… ¿qué vas a hacer, tío?
Me quedé mirándolo un segundo más, el corazón latiéndome fuerte. Luego solté un suspiro y le dije con voz ronca:
—Quiero que experimentes, chamaco. Y sabes que puedo llegar tan lejos como tú quieras… pero ¿será que podemos detenernos antes de que alguien salga lastimado?
Alex se me acercó lentamente. Pasó la lengua por sus labios de forma casi inconsciente y me miró directo a los ojos.
—Solo lo sabríamos tú y yo —murmuró.
Y ya no pude detenerme.
Lo agarré por la nuca y lo besé. Fuerte. Hambriento. Alex se tensó un segundo por la sorpresa, pero luego me devolvió el beso. Al principio fue tímido, casi torpe, como si todavía no creyera lo que estaba pasando. Sus labios eran suaves, calientes, y sabían un poco al wasabi del sushi. Pero rápidamente el beso se volvió ardiente. Su lengua buscó la mía con urgencia, sus manos subieron a mi pecho y me agarraron la playera.
Lo empujé contra el respaldo del sillón y me puse encima de él, besándolo más profundo. Alex soltó un gemido bajito contra mi boca y me rodeó el cuello con los brazos, atrayéndome más. Su cuerpo joven y caliente se arqueaba debajo del mío. Sentí cómo se ponía duro contra mi pierna.
—Joder, tío… —jadeó entre beso y beso.
No respondí con palabras. Solo bajé una mano y le apreté el muslo, subiendo despacio hacia su entrepierna. Alex tembló y me besó con más fuerza, casi desesperado.
Sabía que esto era una línea muy peligrosa… pero en ese momento, con su boca devorando la mía y su cuerpo respondiendo así, no me importaba.
De un tirón le arranqué la playera y la tiré al suelo. Alex soltó un gemido ahogado cuando mi boca bajó directo a sus pezones. Los chupé con ganas, primero uno y luego el otro, mordisqueándolos suavemente mientras mi lengua los rodeaba. Estaban duros y sensibles; cada vez que los succionaba, su cuerpo se arqueaba contra mí.
—Ahhh… tío… —jadeó, la voz entrecortada.
Con sus manos temblorosas intentaba quitarme la camisa. Le ayudé un poco, levantando los brazos para que me la sacara de un jalón. Apenas la tiró, sus manos recorrieron mi pecho y mi abdomen con urgencia, como si quisiera memorizar cada músculo.
Lo empujé más contra el sillón y seguí bajando con la boca por su torso plano, besando y lamiendo cada centímetro hasta llegar al borde de sus pantalones. Alex respiraba agitado, las manos metidas en mi cabello.
No dije nada. Solo lo miré un segundo a los ojos, pidiéndole permiso silencioso. Él asintió, mordiéndose el labio.
Le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con el bóxer de un tirón. Su verga saltó libre, dura, gruesa y goteando precum. Me la metí a la boca sin pensarlo dos veces, tragándomela hasta el fondo mientras Alex soltaba un gemido largo y ronco.
—Joder… Santi…
Lo mamé con ganas, succionando fuerte y usando la mano para acariciarle los huevos. Alex se retorcía debajo de mí, gimiendo sin control, las caderas empujando hacia arriba.
Sabía que esto era una locura. Sabía que Alex era mi sobrino. Pero en ese momento, con su verga palpitando en mi boca y sus gemidos llenando la sala, solo quería más.
Kev no mentía. Alex estaba enorme. Su verga era gruesa, venosa y curvada ligeramente hacia arriba, palpitando frente a mi cara. La cabeza brillaba de precum y era más grande de lo que esperaba. La chupé con ganas un rato más, tragándola hasta donde pude, pero hoy no quería su pito dentro de mí.
Yo quería enterrarme en él.
Lo volteé con fuerza y lo puse de rodillas sobre el sillón, el pecho apoyado en el respaldo. Alex soltó un gemido nervioso y, por instinto, apretó las nalgas. Ese gesto tan inocente me encendió todavía más.
—Relájate, chamaco… —le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo—. Voy a hacer que esto sea algo que nunca olvides.
Empecé a besarle la espalda, bajando despacio, lamiendo cada vértebra. Cuando llegué a sus nalgas redondas y firmes, las separé con ambas manos y le di una lamida larga y profunda desde los huevos hasta el hoyo. Alex se estremeció y soltó un gemido ahogado.
—Ahhh… tío…
Lo calenté con paciencia. Lamí, succioné y besé su entrada virgen, metiendo la lengua lo más profundo que pude mientras mis dedos lo abrían poco a poco. Alex empujaba hacia atrás, pidiendo más sin palabras. Cuando metí dos dedos y toqué su próstata, su cuerpo entero se sacudió.
—¡Joder! —gritó, las piernas temblando.
Lo preparé hasta que estuvo jadeando, abierto y desesperado. Entonces me puse de rodillas detrás de él, escupí en mi verga y coloqué la cabeza gruesa contra su agujero.
—Respira —le ordené.
Empujé. Lento pero firme. La cabeza entró y Alex soltó un gemido largo, mezcla de dolor y placer. Seguí entrando, centímetro a centímetro, hasta que estuve completamente enterrado dentro de él. Su culo me apretaba como un puño caliente y palpitante.
—Estás tan apretado… —gruñí, agarrándole las caderas.
Empecé a follarlo. Primero despacio, profundo, saliendo casi todo y volviendo a entrar hasta el fondo. Alex gemía con cada embestida. Luego aceleré, follándolo más fuerte, más rápido. El sonido de mi pelvis chocando contra sus nalgas llenaba la sala.
—Más… dame más… —suplicó, la voz rota.
Lo cogí con todo. Embistidas brutales, profundas, sin piedad. Cada vez que le daba en la próstata, Alex gritaba. Su verga goteaba precum sin parar, balanceándose entre sus piernas sin que nadie la tocara.
De repente su cuerpo se tensó por completo. Empezó a temblar, las piernas le fallaron y se aferró al respaldo del sillón.
—¡Santi! —gritó con fuerza, casi desesperado—. ¡Santi, joder…!
Y se corrió sin tocarse. Chorros gruesos y potentes salieron de su verga, manchando el sillón y el piso debajo de él. Su culo se contrajo violentamente alrededor de mi verga, ordeñándome. Eso me llevó al límite. Me enterré hasta el fondo y me corrí con un gruñido animal, llenándolo por completo con mi semen caliente.
Alex seguía temblando, gimiendo mi nombre mientras su orgasmo lo recorría entero. Lo abracé desde atrás, todavía dentro de él, besándole la nuca y la espalda sudorosa.
—Esa fue tu revelación, chamaco —le susurré al oído, todavía jadeando—. Ahora ya sabes lo que es que te coja un hombre de verdad.
Nos quedamos así unos momentos, unidos, respirando agitados. Sentía el palpitar de su culo apretándome mi recién deslechada verga, todavía enterrada hasta el fondo. Alex respiraba con dificultad, el cuerpo totalmente mojado de sudor, temblando ligeramente debajo de mí. Su propio semen le manchaba el abdomen y el sillón.
Poco a poco fui perdiendo la erección. Mi pene se salió de su culo con un sonido húmedo y obsceno. Y entonces, como si fuera una botella de champán recién destapada, un chorro espeso de mi semen salió de su agujero abierto, corriendo por sus nalgas y bajando por sus muslos.
Alex soltó un gemido mezcla de sorpresa y placer.
—Joder, Santi… ¿qué carajos hiciste? —exclamó, la voz ronca y entrecortada—. Fue… espectacular.
Me reí bajito, todavía jadeando, y le di una nalgada suave en una de esas nalgas redondas que ahora estaban rojas por el roce.
—Te llené bien, chamaco. Mira cómo te escurre todo.
Alex se giró un poco, todavía de rodillas, y miró hacia atrás. Al ver el semen saliendo de su culo, se sonrojó intensamente, pero también había una sonrisa satisfecha en su cara.
—Nunca me habían hecho sentir así… —admitió, casi en un susurro.
Lo jalé hacia mí y lo abracé fuerte, besándole la nuca y los hombros sudorosos. Su cuerpo joven y caliente se pegó al mío, todavía temblando por el orgasmo tan intenso que había tenido sin tocarse.
Le di un beso intenso, profundo, casi posesivo. Alex, totalmente entregado, me lo devolvió con la misma hambre, gimiendo bajito contra mi boca mientras nuestras lenguas se enredaban. Lo cargué en brazos sin esfuerzo y lo llevé al baño. Todo el camino él me miraba embobado, con los ojos brillantes y una sonrisa tonta en los labios. Me sorprendió ver que su pene, a pesar de haberse corrido hace apenas unos minutos, ya estaba semi-rígido otra vez, balanceándose con cada paso.
Una vez en el baño, abrí la regadera y nos metimos juntos bajo el chorro de agua caliente. El vapor nos envolvió rápido. Seguíamos besándonos, rozándonos, manos explorando cuerpos mojados. Mi verga todavía estaba medio blanda, pero Alex se burló con una sonrisa traviesa:
—Al parecer la edad sí pesa, tío… aún no se recupera tu pene.
Eso hirió mi orgullo masculino. Lo miré con una ceja levantada y, como si fuera una orden directa, mi verga se irguió en su totalidad en ese mismo instante, dura, gruesa y palpitante contra su abdomen.
—¿Edad, eh? —gruñí, agarrándolo de las caderas y empujándolo contra los azulejos—. Ahora vas a ver si la edad pesa o no.
Lo besé con más fuerza, casi castigándolo, mientras mi mano bajaba a agarrarle el culo todavía sensible y lleno de mi semen. Alex soltó un gemido ahogado y se arqueó contra mí, su propia verga ya completamente dura rozando la mía.
El agua caía sobre nosotros mientras nos tocábamos con urgencia, besándonos como si el mundo se fuera a acabar. Sabía que esto era una locura… pero en ese momento, con Alex gimiendo mi nombre contra mi boca, no me importaba nada más.
El agua caliente caía sobre nosotros como una lluvia espesa. Yo seguía besándolo con fuerza, mi lengua invadiendo su boca mientras mis manos bajaban por su espalda mojada hasta agarrarle esas nalgas redondas y firmes. Lo apreté contra los azulejos y froté mi verga ya dura contra su abdomen.
—Quiero cogerte otra vez —le gruñí al oído, mordiéndole el cuello.
Alex gimió, pero cuando intenté voltearlo y ponerlo de espaldas, se tensó. Sentí cómo su cuerpo se ponía rígido y soltó un quejido bajo.
—Espera… duele un poco todavía —admitió, la voz ronca y avergonzada—. Me cogiste muy duro hace rato… estoy sensible.
Me detuve al instante y lo miré a los ojos. Alex tenía las mejillas rojas, el pelo pegado a la frente por el agua y una expresión entre tímida y excitada. Bajó la mirada hacia mi verga, gruesa, venosa y completamente erecta, palpitando contra su estómago.
—Pero… puedo compensártelo —murmuró.
Sin esperar respuesta, se arrodilló frente a mí bajo el chorro de la regadera. El agua le caía por el pelo y la cara mientras me miraba desde abajo con esos ojos grandes y húmedos. Agarró mi verga con las dos manos, sintiendo su grosor y peso.
—Con razón gime tanto Kev, la tienes enorme y deliciosa—susurró, casi reverente. Pero la mía tampoco es pequeña, ¿verdad?
Sonreí y le acaricié el cabello mojado.
—No, chamaco. La tuya está muy buena. Pero ahora quiero tu boca.
Alex no se hizo rogar. Abrió los labios y se metió la cabeza de mi verga, chupándola con ganas. Su lengua caliente y húmeda giraba alrededor de la punta, lamiendo el precum que no paraba de salir. Luego bajó más, tragándosela poco a poco, hasta que casi la mitad desapareció en su boca. Sus mejillas se hundieron mientras succionaba con fuerza.
—Así… chúpamela rico —gruñí, agarrándole el cabello.
Alex gemía alrededor de mi verga, el sonido vibrando por todo mi miembro. Subía y bajaba la cabeza con ritmo, cada vez más profundo, hasta que la punta tocaba el fondo de su garganta y sus ojos se ponían llorosos. Saliva y agua de la regadera le corrían por la barbilla. Con una mano me masajeaba los huevos pesados y con la otra se jalaba su propia verga, que estaba dura otra vez.
Lo follé la boca con embestidas suaves al principio, luego más fuertes. Alex se dejaba, gimiendo y tragando cada vez que empujaba. Sus labios estirados alrededor de mi grosor se veían obscenos y perfectos.
—Voy a correrme… —avisé, la voz ronca.
Él no se apartó. Al contrario, me chupó con más fuerza, mirándome con esos ojos grandes y suplicantes. Me corrí con un gruñido largo, disparando chorros gruesos y calientes directo en su boca. Alex tragó todo lo que pudo, pero parte se le escapó por las comisuras y le cayó por la barbilla, mezclándose con el agua de la regadera.
Cuando terminé, sacó mi verga de su boca con un “pop” húmedo y me miró desde abajo, los labios hinchados y brillantes de semen y saliva.
—¿Mejor así? —preguntó con una sonrisa traviesa, todavía jadeando.
Lo jalé hacia arriba y lo besé con fuerza, probando mi propio sabor en su lengua.
—Mucho mejor —le respondí, abrazándolo bajo el agua caliente—. Pero esto no se termina aquí, chamaco.
Lo volteé con cuidado y lo puse de espaldas contra los azulejos mojados. El agua caliente seguía cayendo sobre nosotros. Alex respiraba agitado, su verga dura y goteando apuntando hacia arriba. Me pegué a su espalda, mi pecho contra su espalda, y le susurré al oído mientras mi mano derecha bajaba a agarrarle la verga.
—Quiero verte correrte otra vez —le dije ronco.
Empecé a masturbarlo despacio, con movimientos largos y firmes, apretando justo en la cabeza cada vez que subía. Alex soltó un gemido y apoyó la frente contra los azulejos. Con la otra mano le separé las nalgas y empecé a masajear su ano todavía sensible y lleno de mi semen. Lo rodeé con el dedo, presionando suavemente, y luego metí un dedo despacio, girándolo dentro de él.
—Ahhh… Santi… —gimió, empujando hacia atrás contra mi mano.
Añadí un segundo dedo, follándolo despacio con ellos mientras mi otra mano aceleraba el ritmo en su verga. Lo masturbaba con fuerza, el pulgar rozando la cabeza sensible cada vez. Alex temblaba, las piernas abiertas, gimiendo sin control.
—Estás tan apretado todavía… —gruñí, metiendo los dedos más profundo y curvándolos para tocar su próstata.
Cuando le di justo ahí, Alex soltó un grito ahogado y su verga palpitó en mi mano.
—No pares… por favor…
Lo masturbé más rápido, los dedos entrando y saliendo de su culo al mismo ritmo. El agua de la regadera se mezclaba con su precum. Alex empezó a temblar entero, las caderas moviéndose desesperadas.
—Santi… me voy… ¡Santi!
Se corrió con fuerza. Chorros gruesos y calientes salieron de su verga, salpicando los azulejos y cayendo sobre mi mano. Al mismo tiempo su culo se contrajo alrededor de mis dedos. No lo pensé dos veces: me arrodillé rápidamente, giré su cuerpo y me metí su verga todavía palpitante en la boca, tragándome los últimos chorros de su orgasmo.
Alex gritó mi nombre mientras yo succionaba hasta la última gota, mirándolo desde abajo. Cuando terminé, me levanté y lo besé, compartiendo su propio sabor.
Se quedó temblando contra mí, exhausto, con una sonrisa satisfecha y avergonzada al mismo tiempo.
—Eres… increíble —murmuró contra mis labios.
Lo abracé bajo el agua, sintiendo su cuerpo rendido contra el mío.
Nos bañamos abrazados bajo el chorro de agua caliente. Yo lo tenía rodeado con los brazos, besándole los hombros y la nuca mientras el agua se llevaba el sudor y los restos de semen. Alex se dejaba mimar, apoyando la cabeza contra mi pecho, respirando profundo y relajado. Ninguno de los dos quería romper ese momento.
Cuando el agua empezó a enfriarse, salimos de la regadera. Tomé una toalla y lo sequé con cuidado, pasando la tela suave por su espalda, su pecho y sus nalgas todavía sensibles. Él hizo lo mismo conmigo, sonriendo tímido cada vez que nuestras miradas se cruzaban. Salimos desnudos del baño, recogiendo nuestra ropa tirada por el camino: su playera en el sillón, mis jeans en el piso, todo desparramado como evidencia de lo que acababa de pasar.
Ya más calmados, nos sentamos de nuevo en la sala. Lo miré y le pregunté con voz suave:
—¿Qué te pareció?
Alex se quedó callado un segundo, luego sonrió, esa sonrisa juvenil y un poco avergonzada que tanto me gustaba.
—Fue espectacular… —admitió, mordiéndose el labio—. Le doy la razón a Kev. Estar contigo es… diferente. Más intenso. Me hizo sentir cosas que no había sentido antes.
Se acercó un poco más y me tomó de la mano.
—Y… mantengamos la promesa, ¿sí? Esto solo para ti y para mí. Nadie más tiene que saberlo.
Asentí, apretando su mano.
—Solo tú y yo —le confirmé, besándole los nudillos—. Pero si en algún momento quieres parar o hablar de esto… me lo dices. Sin secretos.
Alex se inclinó y me dio un beso suave en los labios, casi tierno.
—Sin secretos.
Nos vestimos en silencio, pero el ambiente entre nosotros había cambiado. Ya no era solo tío y sobrino. Había algo nuevo, peligroso y muy adictivo.
Terminamos sentados en la mesa de la cocina, comiendo el sushi que ya se había enfriado. La tensión sexual había bajado, pero el ambiente seguía cargado: miradas cómplices, sonrisas nerviosas y roces casuales cada vez que nos pasábamos los palillos.
Alex comía en silencio, todavía con las mejillas algo sonrojadas. De pronto soltó una risita baja.
—Esto es surreal… acabo de follar con mi tío y ahora estoy comiendo sushi frío como si nada.
Me reí también y le di un empujoncito con el hombro.
—Bienvenido al club de los que ya no pueden volver atrás, chamaco.
Cuando terminamos, lo acompañé hasta la puerta. Antes de que saliera, se detuvo un segundo, agarrándome de la cintura.
- Tendrás que tomar vitaminas Tio, porque no se si puedas llenarnos a Kev y a mi.
- Es un reto? Le conteste con una sonrisa
Alex se puso rojo hasta las orejas, pero soltó una carcajada genuina.
—Claro que pienso repetir… pero en secreto, tío. Esto queda entre tú y yo.
Lo jalé para darle un último beso, esta vez más suave y largo. Cuando nos separamos, le guiñé un ojo.
—Cuídate.
Alex sonrió, mordiéndose el labio, y salió por la puerta con su mochila al hombro. Lo vi alejarse por la calle y cerré la puerta.
Me quedé solo en la casa, mirando el desorden de la sala y oliendo todavía el sexo en el aire. Sonreí para mí mismo.
Por fa comenten para continuar con la que puede ser la última parte.



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