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Gays

El chico de la infancia

La historia que les voy a contar es cien por cien real. Es la primera vez que escribo algo en estos sitios, y lo hago con todo lo que viví, sin suavizar nada. .
La historia que les voy a contar es cien por cien real. Es la primera vez que escribo algo en estos sitios, y lo hago con todo lo que viví, sin suavizar nada.

 

Soy del sur de México, para ser más precisos, de Morelos — un pueblo pequeño donde se da la caña y el elote. Soy un chico moreno, alto, mido 1.80. No soy gordo ni tan flaco, algo normal… pero tengo nalgas lindas y una verga que me mide dieciocho centímetros, media gruesa. Y sí, sé usarla bien.

 

Desde niño supe que era gay — ya saben, ciertos modos que a lo largo de mi vida aprendí a controlar para verme más «masculino». Pero por dentro, siempre supe lo que me gustaba.

 

De niño tenía un vecino de nombre Arnold. Un chico de piel clara, lindo, que siempre me atrajo. Éramos de la misma edad. En ese tiempo tenía unos ocho años y siempre buscaba la excusa de jugar con su hermana — dos años menor que yo — solo para verlo a él. Siempre quedaba hasta ese punto: jugaba con ella, lo miraba a él… y listo.

 

Por azares del destino, mi familia decidió irnos a Estados Unidos y perdí todo contacto. Al cumplir dieciocho regresé a México por cuestiones familiares. La verdad era que todo se sentía extraño: había perdido contacto con mis amigos, y mi pueblo natal se me hacía ajeno después de acostumbrarme a la vida del norte. Me irritaba todo, de cierto modo.

 

Ese mismo día llegaron primos, tíos, tías… toda la familia que tenía años sin ver. Los saludé a todos, hasta que un primo de nombre Alberto, de mi misma edad, me invitó a salir en la noche. Acepté.

 

—Paso por ti a las diez, vamos a juntarnos en el parque.

 

Llegó la noche. Me bañé bien, me puse ese perfume que me gustaba — uno de Antonio Banderas — y me arreglé para salir. Alberto llegó en su moto.

 

—¿Ya estás listo, primo? Vámonos.

 

Me subí. Pasamos a un Oxxo, compré cervezas y nos fuimos directo al parque. Era un parque pequeño, con palmeras enormes que daban sombra, una cancha con gradas… y ahí había varios chicos y chicas reunidos. Bajamos. Mi primo me presentó con todos, y al fondo, entre la gente, había un chico que me llamó de inmediato la atención.

 

Alto, fuerte, tatuajes en los brazos, cabello negro corto peinado hacia atrás, mandíbula firme y barba recortada — muy varonil. Tenía unos labios rosados, carnosos, que se me antojaron de golpe. Cuando me acerqué, me miró fijamente por unos segundos.

 

—Eres Gael, ¿no? —dijo, y su voz me recorrió entero.

 

—Sí… disculpa que no sepa quién eres, no me acuerdo —respondí, con una pena genuina, aunque algo en él me era familiar.

 

—Soy Arnold. Tu vecino. Jugabas con mi hermana de niños.

 

El mundo se me detuvo un segundo. Él. El chico que me había gustado desde que era un niño, ahí, frente a mí, hecho un hombre, más imponente que nunca.

 

—Ya recuerdo… ¿cómo estás? ¿Cómo te ha ido? —pregunté, y me senté a su lado, relajándome de golpe.

 

—Bien, wey. Estoy juntado y mi esposa está embarazada —comentó, mientras me extendía una cerveza y la abría con destreza—. ¿Y tú? ¿Qué tal te fue en el gabacho?

 

—Bien, ya sabes… trabajo y estudiar.

 

Nos pusimos a platicar, y poco a poco dejé de notar a los demás. Mi atención estaba completamente fija en él. En su voz, en sus gestos, en cómo movía las manos al hablar. En algún momento se levantó y caminó unos pasos hacia un árbol para orinar. No pude evitar mirar. Y cuando se bajó el cierre… vi salir su verga, flácida, hermosa, media gruesa, y cómo lanzaba ese chorro de orina blanca y abundante. Me quedé helado, observando cada detalle, hasta que logré apartar la mirada antes de que se diera cuenta. El corazón me latía a mil por hora.

 

Se terminaron las cervezas y me ofrecí a comprar más. Él me acompañó al Oxxo. Compré un veinticuatro de cerveza Victoria y cigarros.

 

—Wey, vente… vamos a tomar al campo deportivo —señaló hacia una calle con poca luz, apartada.

 

—Va, wey, te sigo.

 

Llegamos al campo deportivo — enorme, de pura tierra. Caminamos hasta la parte más alejada, donde ya estaba oscuro y no pasaba nadie. Había un tronco caído y ambos nos sentamos. La oscuridad nos protegía.

 

—Wey, ¿te espantas si fumo mota?

 

—No, wey, adelante. No me espanto.

 

Preparó su cigarro, encendió, y el humo se mezcló con la noche. Yo abrí otra cerveza y empecé a beber, sintiendo cómo la tensión crecía entre nosotros sin necesidad de palabras.

 

—Wey… ¿te acuerdas cuando jugabas a las muñecas con mi hermana? —preguntó, soltando el humo lentamente.

 

—Sí, obvio que me acuerdo —respondí, dándole un trago largo.

 

—Te invitaba a jugar fútbol conmigo y siempre decías que no te gustaba.

 

—Hasta la fecha no me gusta.

 

—Pues al chile, wey… todos decíamos que eras joto. Y luego lo que nos contó Hugo, pues ya quedó más que claro.

 

Me puse nervioso, aunque ya sabía a dónde iba todo esto. —¿Y qué les dijo Hugo?

 

—Pues que le dabas sus mamadas de verga, wey —soltó, y una sonrisa pícara se le formó en los labios—. Decía que se la mamabas bien rico.

 

—No mames, Arnold… ni me acuerdo, wey —reí, aunque el morbo ya me recorría todo.

 

—Netas, wey. Decía que la dejabas bien brillosa. Supongo que ahora tienes más experiencia, ya estás grande… —dijo, y su mano rozó su entrepierna, apretando levemente. Lo vi todo.

 

—Algo así… garganta profunda, con todo y huevos —solté, atreviéndome, y le di otro trago a la cerveza, sintiendo cómo el deseo me quemaba por dentro.

 

—Qué rico… no lo he probado eso de que se traguen mi verga con todo y huevos. No les cabe de seguro —dijo, y su voz se hizo más grave, más baja, más cercana.

 

—¿Apoco la tienes grande? —pregunté, y el morbo ya me tenía ardiendo.

 

—Dos puños, cabeza libre… y ahorita que mi vieja está panzona, no puedo meterla, y la neta aburre.

 

Era mi momento. Y no lo iba a desperdiciar por nada del mundo. Lo miré directo a los ojos, y le solté sin dudar:

 

—Pues solo di… y te ayudo con gusto.

 

Arnold se levantó de golpe, se puso frente a mí, y sin decir nada más se bajó el cierre y sacó su verga. Diecinueve centímetros, gruesa, con una cabeza rosada y enorme que me llamó de inmediato. Se veía pesada, caliente, lista.

 

—Pues de una vez… y si haces buena chamba, te la meto ahorita mismo —ordenó, con voz firme.

 

Sin dudar, me incliné. Agarré su verga con una mano —pesada, caliente, palpitante— y empecé a lamerla desde la base, saboreándola, sintiendo su calor. Desabroché sus pantalones y los dejé caer junto con su bóxer. Sus huevos eran grandes, peludos, pesados, y no dudé en llevarme uno a la boca, luego el otro, chupándolos suavemente mientras mi lengua jugaba con ellos en círculos. Luego volví a su verga… y la empecé a chupar con ganas. Me la metía hasta el fondo, y Arnold gemía fuerte, soltando el aire entre dientes.

 

—No mames… qué rico la chupas. Hugo tenía razón. Dale más… chúpala como si fuera la última.

 

Me la metía toda, hasta que su vello púbico rozaba mi barba, y la sacaba lentamente, mirándolo a los ojos mientras lo hacía. Arnold gemía más fuerte al sentir cómo mi garganta apretaba su verga. Mientras la chupaba, con una mano lo masturbaba al mismo ritmo, y con la otra jugaba con sus huevos, apretándolos suavemente. La sacaba de mi boca, la escupía, y la volvía a devorar con más hambre, como si no hubiera mañana. Apreté sus huevos grandes con suavidad, agarrando a la misma vez su verga con fuerza… y me la metí con todo y huevos, abriendo la boca lo más que pude.

 

Eso lo volvió loco. Pegó un gemido fuerte, ahogado, y sus manos se fueron directo a mi cabeza, empujándome un poco más.

 

—¡A la verga! Qué rico… no mames, nadie había hecho eso.

 

Mi lengua lamia sus huevos mientras movía mi cabeza con ritmo, metiéndome esa verga hasta el fondo una y otra vez con todo y huevos Estuve así varios minutos, devorándolo, escuchando sus gemidos, sintiendo cómo temblaba bajo mis manos y mi boca.

 

—Te la quiero meter… bájate los pantalones, putito —ordenó, firme, sin dudar.

 

Me levanté rápido, desabroché mis pantalones y me recargué en el tronco, dándole la espalda, ofreciéndome entero. Arnold escupió en su mano, untó su saliva en mi ano, y luego escupió en su verga… y sin previo aviso, me la metió de una.

 

—¡Ahhh! Espera… despacio… estás grande, espera —gemí fuerte, el dolor me nubló la vista, y traté de apartarme un instante.

 

—Ni verga. Querías verga, ¿no? Pues ahora te aguantas. Te voy a dejar el culo abierto para siempre, putito.

 

Empezó a embestirme con fuerza bruta. Sus manos se aferraron a mis caderas con fuerza, y yo sentía cómo la sacaba y la metía con violencia, llenándome por completo. El dolor era fuerte al principio… pero mezclado con ese placer prohibido, intenso, que me recorría todo.

 

—¡Ahhh… me duele! Espera, me duele… —gemía, entre el dolor y el deseo que ya no podía controlar.

 

—De eso se trata. Que te duela. Mi verga duele, pero tienes un culo apretado… no mames, qué rico cedes.

 

Me embestía más y más fuerte, y poco a poco el dolor se convirtió en algo más, en algo que me hizo gemir de placer puro. Mi culo se fue adaptando a su tamaño, a su ritmo, y ya no quería que parara.

 

—Dame más… métela toda… desde niños me gustabas mucho —solté, sin poder contenerme más.

 

—¿Sí, putito? ¿Te gustaba desde niños, eh? Pues ahora la tienes toda para ti.

 

—Sí… ¡ahhh, qué rico! Dame más, papi…

 

—Tómala toda, putito. Disfruta esta verga que no cualquiera la aguanta.

 

Seguía metiéndomela más rápido, más fuerte, llenándome cada vez más profundo. Iba a empezar a masturbarme cuando sentí su mano bajar, agarrar mi verga con fuerza y empezar a masturbarme al mismo ritmo que me embestía. Me volví loco.

 

—¿Quiero que te vengas al mismo tiempo que yo, putito? ¿Quieres que te llene de leche?

 

—¡Sí! ¡Ya, vente! Ya me quiero venir… lléname, lléname entero —supliqué, ardiendo de deseo.

 

Aceleró el ritmo al máximo, embistiéndome con todo, y su mano apretaba mi verga con fuerza, llevándome al límite. Gemimos los dos al mismo tiempo, y sentí cómo su leche caliente me llenaba por dentro, disparando con fuerza, una y otra vez. Yo también me vine, y mi leche salpicó el tronco frente a mí, cayendo en gotas gruesas y calientes.

 

Se quedó ahí dentro unos segundos más, respirando fuerte, con la respiración entrecortada, hasta que lentamente se salió. Se subió sus pantalones, se acomodó… y me miró serio.

 

—De esto, a nadie, wey. No quiero que me quemes.

 

—No digas mamadas… no le diré a nadie —le aseguré, sin aliento, sintiendo cómo me ardía todo por dentro.

 

—¿Te busco otra vez, wey? —preguntó, ya por irse.

 

—Sí… solo dímelo y voy.

 

Me despedí, le di las cervezas que quedaban, y se fue. Me quedé ahí un momento, solo, sintiendo el culo abierto, punzante, todavía lleno de él, de lo que acababa de pasar.

 

Hubo más encuentros después… pero eso será para la próxima.

 

Espero les haya gustado mi relato. Comenten y les cuento mis otras experiencias

9 Lecturas/17 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Paquito1532
Etiquetas: amigos, culo, gay, hermana, joto, parque, primos, vecino
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