El Favor
Hace unas semanas que me partí el brazo. Necesito que alguien me haga un pequeño favor… .
Maldecía con ganas al central que me entró por la espalda cuando me fui de él y me quedé mano a mano con el portero. La entrada fue dura y mi único pensamiento fue no caer de cara. Saqué el brazo derecho por instinto para amortiguar la caída, y entonces lo escuché. Un crujido seco y horrible que precedió al dolor más intenso que había sentido nunca. Mientras me retorcía en el suelo, lo único que podía decir era “No me toquéis, no me toquéis”.
En el hospital me pincharon unos analgésicos que me dolieron casi tanto como la caída. Me dijeron que era una fractura de radio y cúbito, limpia, pero fea. Me pusieron la escayola desde la mano casi hasta el codo y me sentenciaron: seis semanas como mínimo. El médico me miró como si le estuviera pidiendo un milagro cuando pregunté si podía quitarme el yeso antes. Desde entonces, llevaba el brazo en cabestrillo.
Llevaba tres semanas y media sin poder usar el brazo derecho. No voy a mentir, mi humor era de perros. El brazo me dolía y me picaba a partes iguales. Además, no podía jugar al fútbol, no podía jugar a la consola, no podía escribir y me hacían exámenes orales que eran un fastidio y, lo peor: no podía pajearme. Como todos los chicos de mi edad, solía estar cachondo todo el día, pero no era capaz de aliviarme. Lo había intentado. Cada noche, para ser precisos, pero mi mano izquierda no era capaz de hacerme eyacular y acababa frustrado y con dolor de huevos.
Aquella mañana, durante el recreo, hacía un calor infernal. Álvaro, que para hacerme compañía se estaba saltando la religiosa pachanga del patio, caminaba a mi lado mientras me quejaba del brazo.
- ¿Lo has intentado esta noche también? – soltó de repente.
- ¿El qué? – le contesté yo, sin entender.
- Pajearte. – me respondió, burlón.
Lo miré entre enfadado y gracioso. Álvaro es mi mejor amigo desde la infancia. Era uno de los más altos de clase, de espalda ancha, ojos claros y pelo rubio platino que siempre llevaba peinado hacia atrás. Era uno de los chicos más populares de nuestro curso, capitán del equipo de fútbol y cabecilla de nuestro grupo de amigos. Muchas de las chicas, incluso de cursos superiores, estaban detrás de él, pero ya tenía novia.
Entre nosotros no había secretos, éramos prácticamente hermanos. Él me contaba con detalle cada vez que se follaba a Violeta (su chica) y las cosas nuevas que hacían. Yo, por mi parte, le conté hace un par de días que era incapaz de pajearme con el brazo así.
- Ja, ja. – le contesté, irónico. – Muy gracioso. – le di un pequeño puñetazo en el brazo con la mano izquierda.
- ¿Y bien? – me respondió él, frotándose el hombro.
- Pues sí. – cedí al final. – Lo he intentado, pero no hay manera.
- Menuda putada… – me dio collejita cariñosa. – Yo ayer me follé a Violeta, pero en el cuarto de sus padres. Al principio empezó a chup…
- ¡No sigas! – le respondí, empujándolo de broma para que se callase. – Me voy a poner cachondo y me van a doler aún más los huevos.
Álvaro y yo nos reímos, cómplices. El calor era sofocante.
- ¿Y si vamos al pabellón cubierto? – sugirió Álvaro. – Allí tienen el aire puesto.
- Sí, gran idea. – asentí. – Me parece increíble que a veces uses el cerebro.
Discutíamos de broma mientras entrábamos en el pabellón, donde la temperatura era mucho más agradable. Dentro, se oía el golpe rítmico de los balones contra el parquet y las zapatillas chirriando. Subimos las escaleras que daban a las gradas y nos sentamos. Un grupo de chicos jugaba al baloncesto en uno de los extremos, mientras que otros jugaban al bádminton en el lado contrario. En el centro, un grupo de chicas jugaba al voleibol. Por obvias razones, nos sentamos más cerca de ellas, deleitándonos con aquella visión.
Las que estaban al lado opuesto a la red tenían la atención puesta bajo la grada, donde alguien iba a sacar, pero no éramos capaces de ver quién. Para nuestra sorpresa, un chico apareció y mandó el balón con fuerza y precisión hasta el campo contrario. Nadie fue capaz de interceptarlo.
- ¿Oye, ese no es “El Rosa”? – preguntó con algo de curiosidad Álvaro.
Me fijé bien. Aquél era, efectivamente, un chico de nuestra clase, llamado Benjamin Rossi, al que algunos llamaban así (El Rosa) por su apellido y por ser gay. Sin embargo, su actitud ahora no podía ser más distinta a la de siempre. El chico más tímido de toda la clase, al cual escuchabas hablar 2 veces por trimestre (y porque tenía que presentar un trabajo), estaba ahora celebrando el punto alegremente con el resto de las chicas y riendo ante las protestas de las del equipo contrario.
- Sí, creo que sí. – contesté yo, aún dudando de que fuesen la misma persona.
Nos quedamos unos segundos más observando el partido. Ante las quejas de las chicas, Rossi sacó más suave esta vez y el punto duró un poco más, aunque no mucho. Las del equipo rival remataron fuerte, pero Rossi reaccionó con una velocidad increíble, recibió el balón y, un segundo después, dio un brinco para mandar el balón de nuevo al suelo del campo contrario.
- Míralo. – dijo Álvaro con algo de sorna. – Ese mariconcito parece otra persona cuando está rodeado de niñas.
Me reí por costumbre, pero no aparté la vista. Recuerdo que, hace un par de años, ese chico era la comidilla de todo el curso. No recuerdo cómo, pero salió del armario y la gente se metía bastante con él. Yo nunca había sido partícipe, pero tampoco hice nada por impedirlo. Héctor, un chico de nuestro equipo de fútbol y mejor amigo de Rossi, se había peleado con más de uno por defenderlo. Aunque llevaba saliendo con Natalia desde primaria, se llevó su ración de burlas y más de uno dijo que eran novios.
- Oye, Benja, si sigues abusando así, no te dejamos jugar más. – escuché decir a una de las chicas, molesta.
- ¿Cómo que abusando? ¡Si sois mayores que yo! – se rió Rossi, sacándole la lengua.
- ¡Advertido estás! – le respondió la chica, sin poder ocultar media risa y devolviéndole el balón.
Rossi puso los ojos en blanco mientras reía, botando el balón con soltura mientras caminaba hacia la línea de saque. Desde ese entonces, se notó que bajó el ritmo y ponía las cosas más fáciles para que las demás pudiesen jugar.
- ¿Sabes qué se me ha ocurrido? – soltó Álvaro de repente, al cabo de unos minutos.
- Sorpréndeme. – contesté, levantando las cejas.
- Pídele al Rosa que te haga una paja. – dijo, irónico. – Seguro que es tan joto que acepta.
- Eres idiota. – negué con la cabeza, sin poder creer lo que decía.
- Es en serio. – siguió con tono de broma. – Lo mismo hasta te la chupa.
- Calla, imbécil. – le empujé con el hombro, riéndome. – A mí me van las tías.
Ambos reímos y, justo entonces, un balón llegó rebotado a nosotros. Me levanté y lo cogí con mi mano sana. Miré hacia abajo, donde el Rossi de la pista de voleibol había desaparecido y era el Rossi de clase quien me clavaba sus ojos grises. Su rostro se había desencajado un poco al darse cuenta de que estábamos allí, observando. Le sonreí ligeramente y le eché el balón antes de sentarme de nuevo. Vi cómo decía “gracias” antes de girarse rápidamente y pasarle el balón a una compañera.
El resto del partido, ya no se lo escuchó hablar más. Había algo extraño en ese chico que me llamaba la atención, aunque no sabía qué exactamente. Pasaron pocos minutos más cuando la campana que nos devolvía a clase sonó. Álvaro y yo nos encaminamos al aula, sin prisa, mientras hablábamos de cualquier chorrada.
Aquella tarde fui a ver el entrenamiento del equipo de fútbol. Allí en la grada, maldije de nuevo (por enésima vez en el día) al chico que hizo que me partiera el brazo. Cuando llegué a casa, estuve viendo un partido de Champions y, después de cenar, me fui a dormir. Ya en la privacidad de mi habitación, fue irremediable que me entrase un calentón enorme cuando me tumbé en la cama. Creí que hoy sí sería capaz, así que me bajé el elástico del pijama y de los calzoncillos y lo intenté.
Mi mano izquierda agarró la piel suave de mi rabo, que la tapaba casi por completo, y que ya tenía una gota pequeña y transparente en la punta. Cerré los ojos y me puse a pensar en alguno de mis vídeos porno favoritos. Mientras tanto, mi mano subía y bajaba la piel sobre el prepucio, haciendo que la gota (que ya no era la única) se extendiese por todo el glande.
Mi rabo no es el más grande del equipo de fútbol (alguna vez, de broma, nos la habíamos enseñado empalmadas en las duchas), pero tampoco era el más pequeño. Estaba más bien en el lado generoso, o al menos eso me gustaba pensar. No tenía nada de vello en el cuerpo, tan solo un matojo rubio oscuro sobre el pubis que ya me tocaba podar, pues me hacía cosquillas en la mano. En las axilas también tenía un poco de pelo, aunque tampoco mucho. En el resto del cuerpo, mi vello era tan rubio que apenas era perceptible, o simplemente, no tenía (como en el pecho o en el culo).
Seguí pajeándome con furia, aunque, como cada noche, notaba que algo no funcionaba. Estaba caliente como una mona, pero el agarre de mi mano sobre mi rabo era raro y, como que no encajaba. Una sensación extraña, pero que no me daba el suficiente placer para llegar al orgasmo. Después de casi media hora, en la que ya estaba sudando y los huevos me empezaron a doler, desistí. Resoplé, enfadado con el mundo. Necesitaba correrme. Estaba llegando a un punto en el cual creía que iba a subirme por las paredes.
Las chicas de mi edad eran todas unas pavas y nos llamaban guarros cada vez que le decíamos algo subido de tono. Era misión imposible que alguna me hiciese una paja. Antes tendría que empezar a salir con ella, liarnos, tener citas, luego quedar a solas… y, ya si eso (y con suerte), lo mismo me sobaba el paquete. Maldita sea. Si tan solo fuesen como las tías mayores, que eran más guarras… Pero ellas nunca se fijarían en alguien de mi edad. ¿Por qué no podían ser igual de directos como nosotros? Joder. Si una chavala de mi edad, que está medio buena (como yo), me pidiese que le hiciera un dedo porque tiene el brazo roto… ¡Le comería hasta el coño! Pero no…
“Pídele al Rosa que te haga una paja”. Aquella frase me atravesó la cabeza. A ver, Rossi es un chico, y seguro que está igual de cachondo que yo todo el rato. He de admitir que no es feo, de hecho, es guapo, aunque tampoco es que me gusten los tíos. Yo solo necesito cerrar los ojos y que me la casque hasta correrme. Una tía no lo va a hacer y yo no puedo aguantar otras tres semanas. Mierda, pero es tímido de cojones y se va a pensar que le estoy vacilando o que le estoy gastando una broma pesada… ¡Pero es un tío! Seguro que, si le insisto un poco, acepta. A él también le van esas cosas, ¿no? Los dos salimos ganando… Ese fue mi último pensamiento antes de quedarme dormido.
A la mañana siguiente, cuando la erección matutina que tenía era tan fuerte que hasta me dolía, decidí que mi única solución sería pedirle aquel favor a Rossi y rezar por que aceptara.
Durante la primera hora de clase apenas escuché al profesor. Cada vez que giraba la cabeza hacia la izquierda lo veía a él, sentado junto a la ventana, con esa postura encogida de siempre, copiando apuntes en silencio. Resultaba casi imposible relacionarlo con el chico que el día anterior reía y gritaba en la cancha de voleibol. Esa misma mañana, en el recreo, tendría que encontrar el momento. No delante de nadie. Y sobre todo no delante de Álvaro. Cuando faltaba poco para que el timbre del descanso sonara, le dije a mi mejor amigo:
- Bro, juega hoy al fútbol si quieres. – empecé. – Yo necesito ir al baño y tiene pinta de que va para largo. – bajé el tono y me puse una mano en mi barriga.
Álvaro me miró, se burló un poco de mí, pero no le dio mayor importancia. Mi plan estaba en marcha. El timbre sonó minutos después y Álvaro se fue directamente con los chicos de nuestro grupito. Yo me quedé un poco rezagado, recogiendo lentamente las cosas de mi pupitre. Rossi, como era habitual, también salía uno de los últimos. Salí detrás de él. El pasillo estaba prácticamente vacío y, antes de bajar las escaleras al piso inferior, me acerqué y lo agarré del brazo. Rossi se giró, asustado, mirándome con pavor en los ojos al ver que no era ninguno de sus amigos.
- Hey. – le saludé con una sonrisa, tratando de ser amable y soltándolo del brazo.
- Ho-hola. – tartamudeó.
- Oye…, ¿podemos hablar? Necesito pedirte una cosa. – ahora era yo el que estaba un poco tenso.
Rossi bajó la mirada hasta sus pies, como sopesando mi propuesta. Un segundo después, levantó la cabeza, pero sus ojos esquivaban los míos.
- ¿Qué necesitas? – su voz salía tenue, casi en un susurro.
- Será solo un minuto, pero aquí no. – contesté. – Vamos a los baños del fondo, están vacíos siempre durante el recreo.
Rossi tragó saliva, dudó un par de segundos y asintió sin mucha convicción. Caminé por el casi despejado pasillo hasta los baños, escuchando los pasos de Rossi a mi espalda. Al llegar, entré yo primero y me senté en el bordillo de la encimera que sujetaba los lavamanos. Rossi permaneció a una distancia prudente, lo cual me provocó entre risa y lástima.
- ¿Qué es lo que quieres? – preguntó de nuevo.
Me ruboricé de inmediato. Mierda… realmente había llegado hasta esta situación. Pensé en el dolor de entrepierna que tenía cada noche.
- Verás es que… – comencé a decir, sin ser yo esta vez capaz de mirarle a la cara. – Como verás, tengo el brazo derecho roto. – resoplé. Al carajo, lo diría sin preámbulos. – Y la verdad es que no soy capaz de pajearme y acabar, y tengo los…
- ¿Y qué pinto yo en eso? – me cortó Rossi, un poco molesto, pero con algo de rubor en las mejillas.
- Bueno… yo… – tragué saliva. – Quería pedirte el favor de que me ayudaras con… mi problemilla.
Rossi chasqueó con la lengua y negó con la cabeza. Pero no se fue.
- ¿Y por qué yo? – dijo, encogiendo los hombros, sin entender del todo. – Fabiola o Paula te podrían ayudar. Te comen con los ojos.
- Ya, pero antes pasaría mucho tiempo, ya sabes cómo son las tías. – me excusé. – Además, pensé que a lo mejor no te parecía tan raro. Y porque estoy desesperado, si te soy sincero. Creo que me van a reventar los huevos si no los descargo.
Aquella última confesión la dije tan en serio como lo creía. Rossi se quedó callado. Se le notaba el nerviosismo en cómo apretaba la correa de la bolsa y en cómo evitaba mirarme. Tragó saliva. El cuerpo le estaba respondiendo, se le marcaba en aquel bulto cada vez más evidente bajo el pantalón corto
- Si es una broma… – empezó.
- Va en serio. – respondí, tratando de sonar sincero. – No te estoy obligando. Si dices que no, abro la puerta y me voy. – abrí los brazos, dando a entender que era tan simple como eso. – Como si esta conversación nunca hubiera existido.
Pasaron varios segundos. Yo no dije nada más. Al final soltó el aire temblando un poco y asintió, tan bajo que casi no se oía.
- Vale. Pero… rápido. Y no le digas a nadie.
- No le voy a decir a nadie. – le respondí, en tono tranquilizador.
Me incorporé y me metí dentro de uno de los cubículos, invitando a Rossi a que me siguiera. Cerré el pestillo de la puerta y me giré. El ambiente se llenó con la fragancia de Rossi, que olía suavemente a vainilla. Me fijé mejor en él. Su cabello, liso y oscuro como el carbón, caía en mechones sobre su frente, tapándola. Sus cejas, finas y del mismo color de su cabello, protegían unos ojos grandes y grises que esquivaban mi mirada. Su nariz armonizaba con el resto de su rostro alargado y sus labios eran de color rosado.
El chico estaba hecho un flan. Estaba entre un poco pálido de los nervios y algo ruborizado por la excitación. Me sentí un poco mal por usarlo de aquella manera, pero necesitaba correrme a toda costa.
- Si en cualquier momento quieres parar… solo dilo, ¿vale? – le dije, para tratar de calmarlo.
Me miró a los ojos y asintió. Pude ver en ellos la desconfianza mezclada con algo de lujuria. La erección bajo su pantalón me dio a entender que estaba ganando esta última. Dejé mi mochila en el suelo y él me imitó. Me bajé el elástico del chándal y de los calzoncillos y mi polla, que aún no estaba dura del todo, quedó suspendida en el aire. La mandíbula de Rossi se tensó durante un par de segundos cuando bajó la vista y la observó. Tragó saliva, pero se quedó inmóvil, como calculando las repercusiones que podría tener aquello.
- Toca si quieres. – murmuré, incitándolo.
Rossi no apartó la mirada de mi entrepierna y, finalmente, llevó su mano derecha a mi entrepierna. Sus dedos temblorosos y tibios abrazaron con dubitativos el tronco de mi semi erecto rabo. Era la primera vez que alguien me tocaba y sentí una descarga de placer al sentir aquel tacto ajeno. Fue tan placentero que mis ojos se cerraron instintivamente y traté de pensar que no era un tío el que me estaba tocando. Mi polla pronto comenzó a ponerse dura como una piedra y la mano de Rossi correspondió, subiendo y bajando con suavidad la piel sobre el glande.
Aquella sensación era magnífica. Con mi mano buena, levanté un poco el filo de mi camiseta, que chocaba con la base de mi miembro. Ante la vista de mi pubis y de mi vientre, Rossi resopló bajito. Aquello me puso un poco, para qué mentir.
- Ven, acércate. – dijo Rossi al cabo de unos segundos, soltando mi rabo.
Abrí los ojos y vi cómo se sentaba sobre la tapa del váter. Su mirada era ahora otra. Se parecía más al chico extrovertido y alegre del partido de voleibol. Di un par de pasos hasta llegar a él, mi polla frente a sus ojos. Pensé que quizá Álvaro llevaba razón y hasta me la chuparía. Sus dedos volvieron a cerrarse sobre mi pene, esta vez con más firmeza. Cerré los ojos de nuevo. Desde aquella posición, su mano se amoldaba a la perfección a la anatomía de mi rabo, dándome unas descargas de placer aún más intensas.
Rossi me pajeaba a un ritmo cada vez más elevado y podía sentir cómo el precum que lubricaba mi miembro había acabado embarrando sus dedos, haciendo que la fricción fuese aún más placentera. Mi respiración desigual se entremezclaba con algunos gemidos que no lograba reprimir y con la propia respiración agitada de Rossi. Después de pocos minutos, sentí aquella sensación. Aquel escalofrío que te recorre desde la punta de la polla hasta la coronilla previo al orgasmo. Mis rodillas casi cedieron.
- Me-me corro… – gemí ahogadamente.
Mi polla comenzó a palpitar salvajemente entre los dedos de Rossi mientras mi cuerpo se tensaba y arqueaba de manera voluntaria. Un relámpago de placer tan fuerte que dejó mi mente en blanco precedió a la mayor corrida que había hecho jamás. Rossi giró mi miembro justo a tiempo, sin parar de pajearme. Perdí la cuenta de cuantos trallazos de semen fueron a parar a la pared del cubículo, pero la dejaron llena de mi leche. Rossi parecía tan asombrado como yo al ver aquella cantidad ingente de material genético escurrirse por la pared.
- Joder… – dejó escapar Rossi.
- Te dije… – intenté controlar mi respiración. – Que no era mentira…
Rossi seguía pajeándome suavemente, casi por inercia, mientras seguía mirando la corrida, hasta que mi abdomen comenzó a contraerse por reflejo a la sensibilidad que ya tenía mi glande.
- Para, para. – casi supliqué. – Ya es demasiado.
Rossi se sorprendió al darse cuenta de que aún no había retirado la mano y sus dedos se abrieron como un resorte.
- Lo siento. – se excusó.
- No me pidas perdón, bro. Ha sido la mejor corrida de mi vida. – le respondí amablemente, mientras cogía algo de papel y me limpiaba los restos de corrida de mi rabo. – Gracias.
Rossi asintió con la cabeza y se levantó del retrete. Le di un trozo de papel y se limpió mis lefa de los dedos. En su pantalón, una pequeña mancha húmeda había aparecido sobre su inflamada entrepierna. Rossi vio que lo miraba y, sonrojándose aún más, se acomodó el paquete. Durante un instante, me pareció ver cómo en su cabeza algo hizo click, como si comprendiese lo que acababa de suceder. Sin decir nada más, caminó por mi lado, quitando el pestillo y abriendo la puerta. Cogió su macuto del suelo y fue hasta el lavabo. Con movimientos bruscos, se lavó las manos con jabón y se secó con papel con prisas. Antes de salir por la puerta del baño, se giró, y sus ojos grises se clavaron en los míos.
- Esto no ha pasado, ¿de acuerdo? – me dijo, su voz seria pero inestable.
- De acuerdo. – asentí yo, también algo serio.
La puerta se cerró suavemente, dejándome solo en aquel lugar, todavía algo agitado. Mi cabeza estaba hecha toda un lío. El alivio físico estaba ahí, era evidente. Pero debajo había algo que no había calculado. Me había gustado. No solo el hecho de correrme, sino su forma de tocarme, el esfuerzo que le había costado aceptar, la inseguridad primero y firmeza después… Me había gustado más de lo que debería.
El sonido de su respiración tan cerca. Incluso el olor a vainilla que me había dejado en la nariz. Había cerrado los ojos intentando fingir que era una tía, pero en ningún momento se me había olvidado que era Rossi. Y aun así… había sido la mejor corrida de mi vida.
Me pasé la mano buena por la cara, todavía un poco aturdido.
- Joder, Thiago… – murmuré para mí mismo.
Un olor fuerte como a cloro me sacó del ensimismamiento. Recordé que aún tenía que limpiar el Van Gogh que había hecho sobre la pared del cubículo. Tomé algo de papel de manos, que era más grueso, y me metí dentro. Cuando lo miré incrédulo de nuevo, ya goteando por el suelo, me volvió a parecer increíble que toda esa cantidad de lefa hubiese salido de mi rabo. Con algo de asco, limpié todo lo mejor que pude y tiré el papel al inodoro. Justo cuando recogí la mochila del suelo, la sirena anunció el inicio de la segunda mitad del día. Me limpié las manos y salí de aquel baño.
Parecerá mentira, pero sentía el cuerpo más ligero y me sentía de mejor humor conforme llegaba a clase, aunque en mi cabeza había algo de run run sobre lo que sentía respecto a lo que acababa de pasar con Rossi.
Me dejé caer en mi asiento. Álvaro llegó poco después, algo sudado, junto al resto del grupo. Antes de sentarse me dio una colleja suave.
- Ya has tenido que tener la barriga suelta, no te he visto en todo el recreo. – dijo, riendo, mientras se inclinaba a sacar los libros de su mochila.
En ese momento, Rossi entró por la puerta, justo detrás de Héctor. Nuestras miradas se cruzaron por un instante, pero él la apartó enseguida, como si quemara. No pude evitar sacar una sonrisa.
- Nunca me he sentido tan aliviado. – respondí.
Hasta aquí este primer capítulo. Espero que les haya gustado, yo he disfrutado mucho escribiéndola. Si es así, no duden en hacérmelo saber en los comentarios o via e-mail ( [email protected] ), donde les responderé encantado. ¡Un abrazo enorme!

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