El Hijo Putito
Como hice a mi hijo la puta qué reemplazo a su madre. .
La casa se sentía más grande y más vacía desde que la mamá se había ido. Laura tenía 43 cuando dejó a Miguel por un chavo de 28. Se fue sin dar muchas explicaciones. Miguel, de 48 años, 1.82 m y 90 kg de cuerpo normalito pero ejercitado (hombros anchos, brazos marcados, pancita suave de papá), se quedó callado la mayor parte del tiempo. Su verga de 21 cm ya casi ni se le paraba de la tristeza… hasta que todo empezó a cambiar.
Su hijo Mateo tenía 20 años y llevaba año y medio con su novia Sofía. Al principio le gustaba tener novia, el sexo era regular, pero nunca sintió esa emoción de verdad. Nunca se le aceleraba el corazón cuando la besaba, nunca se moría de ganas de verla desnuda. Después de que su mamá se fue con el tipo más joven, Mateo empezó a cuestionarse más. Una noche, solo en su cuarto, abrió el navegador “solo por curiosidad”. Buscó porno gay. Luego bisexual. Luego “papá e hijo”. Se la jaló viendo eso y se vino más fuerte que nunca. Unos días después se tomó fotos: se empinó frente al espejo, se agarró la verga y se sacó varias enseñando todo (culo, verga dura, cara de cachondo). Las guardó en su tableta. No sabía bien para qué, pero le prendía un chingo.
Miguel y Mateo casi no coincidían. Miguel salía temprano al trabajo y regresaba entre las 6 y las 7 de la tarde. Mateo iba a la universidad y volvía por la noche. La casa estaba en silencio la mayor parte del día.
Una tarde, Miguel llegó más temprano de lo normal. Su celular no abría un archivo del trabajo y vio la tableta de Mateo sobre la mesa de la sala. Pensó que solo la usaría un minuto.
Abrió el navegador.
El historial lo golpeó directo en los huevos:
gay porno
bisexual papá hijo
chico empinado
verga gruesa madura
Bajó y abrió la galería.
Ahí estaban las fotos de su hijo.
Mateo de 20 años, empinado sobre la cama, culo redondo y prieto hacia la cámara. Otra de frente, agarrándose la verga dura, mirándose al espejo. Otra donde se la estaba chaqueteando, boca entreabierta. El chico tenía una verga bonita, gruesa para su edad, y un culo que parecía hecho para manos grandes.
Miguel sintió que se le secaba la boca. Su verga empezó a hincharse dentro del pantalón. No podía creer lo que veía. Su propio hijo… buscando eso y tomándose fotos así. Se sentó en el sillón, se abrió el pantalón y sacó su verga. 21 cm de carne gruesa y venosa, ya goteando por la cabeza. Se la jaló despacio al principio, mirando las fotos de Mateo empinado. Se imaginaba agarrándole ese culo joven y metiéndole toda la verga. Subió un video que Mateo tenía guardado: un señor maduro follándose a un chico de 20. Los gemidos llenaron la sala.
Estaba a punto de venirse cuando escuchó la llave en la puerta.
¡Pinche madre!
Mateo había llegado temprano.
Miguel cerró todo de golpe, se guardó la verga dolorida y se metió al baño del pasillo. Se bajó los pantalones, se agarró la verga con fuerza y se la chaqueteó como loco, recordando las fotos de su hijo: ese culo ofrecido, la verga del chico dura, la cara de cachondo. Se vino mucho, chorros gruesos que le salpicaron la mano y el piso. Se limpió rápido, se lavó las manos y salió como si nada.
Mateo estaba en la sala. Vio su tableta en un lugar distinto. Frunció el ceño un segundo, pero no dijo nada. Solo miró a su papá de reojo y murmuró “hola”.
Miguel sintió el corazón en la garganta. ¿Se habría dado cuenta?
Pasaron dos semanas.
El ambiente en la casa estaba cargado. Los dos se masturbaban pensando en el otro más de lo que querían admitir. Mateo seguía con Sofía, pero el sexo seguía siendo meh. Cada vez que estaba con ella, su mente se iba a las fotos que se había tomado y al historial que su papá había visto.
Un martes, Mateo no tenía clases. No le avisó a su papá. Se quedó en casa, en short y playera holgada. Miguel, por su parte, su jefe se fue de viaje y le dio el día. Llegó como a las 2 de la tarde, pensando que estaba solo.
Se sentó en el sillón de la sala, puso un video erótico en la tele (dos hombres maduros con un chico joven) y se bajó el pantalón. Su verga gruesa y pesada saltó libre. Se la empezó a chaquetear despacio, gimiendo bajito, imaginando cosas que no debería.
No escuchó cuando la puerta del cuarto de Mateo se abrió.
El chico se quedó parado en el pasillo, congelado.
Ahí estaba su papá: sentado con las piernas abiertas, la verga de 21 cm completamente dura en su mano grande, chaqueteándosela mientras veía a dos hombres en la tele. El cuerpo de Miguel se veía poderoso: pecho subiendo y bajando, brazos gruesos, pancita suave, y esa verga… tan grande, tan gruesa, tan de hombre maduro.
Mateo sintió que se le paró la verga al instante. El morbo le subió como fuego por todo el cuerpo. Se metió la mano dentro del short y se la jaló despacio, mordiéndose el labio para no gemir. Ver a su papá así… era demasiado cabrón.
En un movimiento torpe, su codo golpeó la mesita del pasillo.
¡Plas!
Miguel abrió los ojos de golpe. Mateo corrió a su cuarto y cerró la puerta de un putazo.
Miguel se quedó quieto, verga todavía dura. Sabía perfectamente lo que había pasado. Había visto la sombra. Y lo que más lo excitaba era que Mateo no había gritado ni se había enojado… solo había huido.
Se subió los pantalones y fue al cuarto de su hijo. Tocó la puerta.
—Mateo… ¿estás bien?
Dentro, Mateo estaba sentado en la cama, tratando de esconder su verga dura con una almohada.
—S-salí temprano de la uni… —mintió, voz ronca.
Miguel abrió la puerta despacio. Lo miró. Sabía que estaba mintiendo. Y eso lo puso todavía más cachondo.
—Ah… yo también salí temprano del trabajo. ¿Quieres que vayamos a cenar? Hay un lugar de tacos que te gusta.
Mateo lo miró. No había enojo en los ojos de su papá. Solo algo oscuro y caliente que le hizo temblar las piernas.
—…Sí. Vamos.
Cenaron tacos y se tomaron unos tequilas. Los dos estaban un poco pedos cuando regresaron a la casa. La tensión se sentía espesa.
Se sentaron en el sillón a ver una película. En la tele, dos hombres se besaban con ganas, uno mayor y uno joven. Las manos del más grande bajaban hasta agarrarle el culo al chico.
Miguel y Mateo se miraron de reojo. Sonrieron nerviosos.
Mateo, con el valor del tequila, se recargó despacio contra el pecho de su papá. Miguel no lo apartó. Al contrario, pasó un brazo por encima de los hombros de su hijo.
Poco a poco, la cabeza de Mateo resbaló: del pecho… al abdomen… a la pancita de Miguel… hasta quedar recostada directamente sobre el regazo de su papá.
La verga de Miguel, que ya estaba medio dura, empezó a crecer de verdad. Se hinchó contra la cara de Mateo, gruesa y pesada, separando la tela del pantalón. Se notaba perfecto el contorno: la cabeza gruesa, las venas, todo.
Mateo fingió que dormía. Pero sentía todo. El calor. El olor a hombre de su papá. La verga latiendo contra su mejilla, rozando su nariz y sus labios por encima de la tela.
Con mucho cuidado, casi sin moverse, sacó la lengua y la pasó lentamente por un costado de la verga de su padre. La tela se humedeció un poco. La verga de Miguel dio un salto fuerte contra su cara.
Mateo volvió a lamer, esta vez más despacio, más largo, sintiendo cómo la verga crecía y se ponía aún más dura contra su boca. La tela ya tenía una manchita húmeda de precum.
Miguel tragó saliva fuerte. Su mano en el hombro de Mateo se apretó. No lo apartó. No dijo nada.
Solo se quedó ahí, con la verga dura como piedra, dejando que la lengua caliente de su hijo de 20 años le recorriera la verga por encima del pantalón mientras fingían que nada estaba pasando.



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