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Fantasías / Parodias, Gays, Masturbacion Masculina

El necrofilo gay

Un nerds estudiante de medicina al que los hombres no prestan atención encuentra placer en la morgue.
La puerta principal de la morgue, una pesada losa de acero con una pequeña ventana rectangular, se abre con el más mínimo chirrido. La figura que se desliza al interior es la antítesis del entorno. Se llama Leo, tiene 22 años, y es una contradicción andante. Sus gafas de montura delgada reflejan la luz fluorescente, ocultando por un momento la intensidad de sus ojos castaños. Su rostro es afilado, con pómulos altos y una boca que parece hecha tanto para la concentración académica como para secretos indecibles. Es delgado, pero no frágil; la delgadez de un corredor de fondo, con músculos largos y definidos que se adivinan bajo su sudadera gris y sus jeans ajustados.

Cierra la puerta tras de sí con un clic apenas audible. No está autorizado para estar aquí. Es un estudiante de medicina en prácticas, pero su turno terminó hace horas. Las llaves que tintinean en su bolsillo son un duplicado que pulió en silencio durante semanas. Su respiración, visible en el aire frío, es rápida y poco profunda. No es solo por el frío. Es por la anticipación, por el miedo eléctrico

(Leo camina por el pasillo central, sus pasos amortiguados por las suelas de sus zapatillas deportivas. Su mirada no se posa en los cadáveres envueltos en sábanas. Va directo hacia el último cuerpo, el que está desnudo, el que lleva todo el día llamándolo desde el fondo de su mente como un imán perverso. Se detiene al lado de la plancha. Su sombra cae sobre el torso gris azulado del muerto.

Extiende una mano, los dedos temblando ligeramente. No toca la piel. No aún. Sus yemas de los dedos flotan a un centímetro del pecho pálido, sintiendo el frío que emana como una presencia física. Su pene, dentro de sus jeans, ya está endureciéndose, una reacción visceral y vergonzosa que lo hace apretar los dientes. La vergüenza arde en sus mejillas, pero es superada por un impulso más fuerte, más oscuro. Un susurro sale de sus labios, tan bajo que se confunde con el zumbido de las luces.)

«Tan frío… tan quieto…»

(Su mano baja, pasando por el vientre frío, hasta detenerse justo sobre el miembro erecto del cadáver. El cont

(Con movimientos bruscos, casi violentos, Leo comienza a quitarse la ropa. La sudadera va primero, arrancada por la cabeza, revelando un torso pálido, delgado pero marcado. Los músculos de su abdomen se tensan con cada movimiento. Los jeans y la ropa interior siguen, bajados hasta los tobillos para luego patearlos a un lado. El aire frío de la morgue golpea su piel desnuda, erizándole los vellos y provocando que sus pezones se pongan duros como perdigones. Pero el frío es solo un detalle distante.

 

Su propio pene está completamente erecto ahora, grueso y rojizo, palpitando con la sangre caliente que su cuerpo vivo aún bombea. Se yergue en marcado contraste con la pálida rigidez del miembro del cadáver. Leo mira de uno a otro, su respiración acelerada empañando los cristales de sus gafas. Un sudor frío, ajeno al esfuerzo, comienza a brotar en su frente y en la hendidura de su espalda.

Coloca las manos a ambos lados del torso frío del cadáver, sus palmas aplanándose contra el acero aún más frío de la plancha. En cuclillas, sobre las caderas del muerto, su ano expuesto.

(Con un jadeo que es mitad dolor, mitad éxtasis prohibido, Leo baja su cuerpo. Su ano, sensible y ardiente, toca primero la cabeza fría y rígida del miembro del cadáver. La sensación es un choque eléctrico: el calor extremo contra el frío extremo, la suavidad viva contra la dureza muerta. Un gemido largo y tembloroso se le escapa de los labios, empañando aún más sus gafas.

No se detiene. Usa el peso de su cuerpo, sus músculos de los muslos temblando por el esfuerzo y la tensión, para forzar la penetración. Su propio agujero, apretado y sin preparación, se resiste por un momento antes de ceder. El stretch es brutal, no lubricado, solo la humedad de su propio sudor y el moco que su cuerpo produce en un pánico de excitación. El pene del cadáver es más ancho de lo que parecía, y está inmóvil, no cede, no acompaña.

«Ah… mierda… mierda…» susurra entre dientes, su voz distorsionada por la agonía y el placer retorcido.

Finalmente, (Leo está completamente impalado. Su cuerpo se ha hundido hasta que sus nalgas descansan contra el vello púbico frío y ralo del cadáver. Todo su peso descansa sobre esa columna de carne fría y rígida que ahora llena sus entrañas de una manera que nada vivo podría. La sensación es abrumadora. El frío es un dolor sordo y penetrante que se propaga desde su centro, un contraste brutal con el calor febril que arde en su piel. Cada pequeño temblor, cada latido de su propio corazón, lo frota contra esa dureza inamovible.

Empieza a moverse. Al principio son solo contracciones involuntarias, espasmos de sus músculos internos tratando de expulsar el intruso gélido. Luego, conscientemente, levanta sus caderas unos centímetros, la fricción es áspera, seca, dolorosamente intensa. El sonido es un roce húmedo y vergonzoso en el silencio de la morgue. Al bajar de nuevo, un gemido más fuerte se le escapa, un sonido ahogado.

Su cuerpo ya está cubierto de un sudor espeso. Brilla en la luz fría, resbalando por la curva de su

(Sus movimientos se vuelven más decididos, más rítmicos. Ya no es solo una exploración temblorosa, sino una fornicación activa, desesperada. Cada embestida hacia abajo es un choque de calor contra frío, de carne viva y elástica contra carne muerta y rígida. Las caderas del cadáver, fijas por el rigor mortis, no se mueven. Es Leo quien hace todo el trabajo, montando ese falo póstumo con una energía frenética.

Sus manos, que antes se aferraban a los bordes de la plancha, ahora se arrastran sobre el torso gris azulado del hombre muerto. Sus dedos se aferran a las costillas frías, a la piel flácida del pecho. Se inclina hacia adelante, su sudor goteando sobre el esternón pálido. Su boca busca, inconscientemente, y sus labios se encuentran con la piel fría y rígida del cuello del cadáver. No besa. Muerde, un mordisco suave y desesperado, como si pudiera extraer algo de vida, o quizás hundirse más profundamente en la muerte.

«Tan frío por dentro… me está… congelando…» jadea, sus palabras entrecortadas por

(El impulso es ciego, visceral. Leo, ahogado en la fricción cruda y el contraste de temperaturas, baja aún más su torso. Su boca, caliente y húmeda, busca la del cadáver. Los labios del muerto están fríos, rígidos, ligeramente separados y de un color violáceo azulado. Sin vacilar, Leo los presiona con los suyos.

El santo es indescriptible. Un sabor a cloro, a químicos de preservación, a la sutil y dulzona promesa de descomposición que ningún refrigerante puede erradicar. La lengua del cadáver yace inmóvil y fría como un trozo de carne dentro de su boca. Leo introduce su propia lengua, forzándola más allá de esos dientes fríos, lamiendo el paladar helado. No hay respuesta, solo la pasividad absoluta de la muerte.

Él besa con una furia lujuriosa, chupando esos labios sin vida, moviendo su boca como si pudiera inflamar un fuego donde solo hay hielo. Los gruñidos y gemidos que le salen del pecho ahora están ahogados por este contacto bucal. Su culo sigue moviéndose arriba y abajo, clavándose en el p

(El clímax lo golpea como un choque de corriente. No es una ola de placer, sino una descarga eléctrica de pura tensión liberada, distorsionada por el contexto grotesco. Un grito ahogado y gutural estalla en la boca fría del cadáver mientras su cuerpo se arquea violentamente. Sus caderas se clavan hacia abajo una última vez, retorciéndose, y su pene, atrapado entre su propio vientre sudoroso y el torso frío del muerto, explota.

El semen caliente y espeso brota en pulsaciones convulsivas, manchando la piel gris azulada del cadáver, pegándose a los finos vellos del pecho. La sensación dentro de él es igualmente intensa; sus músculos internos se aprietan en espasmos alrededor del miembro rígido y frío, como si trataran de exprimirle una respuesta que nunca llegará.

El cuerpo de Leo se desploma después, pesado y agotado, sobre el del cadáver. Su mejilla se apoya contra el pecho frío, donde ya no hay latido. Su respiración es un jadeo irregular y ruidoso que rompe el silencio de la morgue.

(Leo permanece inmóvil durante lo que parecen minutos, su cuerpo pesado y agotado aplastado contra la frialdad del cadáver. El sudor se enfría sobre su piel, haciéndolo estremecer. Lentamente, con un esfuerzo que parece monumental, empuja hacia arriba con los brazos temblorosos. El sonido de separación es húmedo, obsceno, y le sigue un chorro de su propio líquido interno, ahora tibio, que gotea sobre los muslos pálidos del muerto y sobre la plancha de acero.

Se incorpora hasta arrodillarse, su mirada vidriosa y perdida detrás de las gafas empañadas. Mira el desastre que ha hecho. Su semen blanco y pegajoso salpica el torso gris, brillando bajo las luces fluorescentes. Su propio trasero está dolorido, con una sensación de vacío extraño y ardiente. El pene del cadáver, ahora manchado con sus fluidos, sigue erecto e impasible, un monumento a su transgresión.

Con movimientos torpes, comienza a buscar su ropa. Sus dedos tropiezan con la tela. El silencio, ahora que su respiración

(Una última compulsión, más profunda que el pensamiento, lo agarra justo cuando sus dedos cierran alrededor del elástico de su ropa interior. Se detiene. Su respiración, que había comenzado a calmarse, vuelve a acelerarse. Mira hacia abajo, al miembro ahora húmedo y manchado que sobresale del cuerpo inerte.

Se arrodilla de nuevo entre las piernas abiertas del cadáver. Sin ceremonias, sin la lujuria ciega de antes, pero con una determinación oscura y final, se inclina. Abre la boca y envuelve la cabeza del pene frío y rígido.

El sabor es salado, metálico, mezclado con el sabor a cloro y a su propio fluido. La textura es suave pero inquietantemente inerte. No hay pulso, no hay calor. Comienza a chupar, moviendo la cabeza hacia adelante y hacia atrás, tomando más longitud en su boca. Su lengua lame la parte inferior, los bordes fríos. Es un acto de posesión total, de profanación final. Quiere dejar su marca, su saliva, en esta última parte del hombre muerto.

Después de un minuto, se retira con un sonido húmedo.

(Leo se levanta con dificultad, sus piernas temblando bajo su peso. Se viste con movimientos mecánicos, cada contacto de la tela contra su piel sensible le provoca un escalofrío. No mira atrás hacia la mesa. Camina hacia la puerta de la morgue, su andar ligeramente desgarbado por el dolor y la fatiga. Antes de salir, se ajusta las gafas y apaga la luz, sumergiendo la habitación y su contenido en una oscuridad absoluta, solo rota por las luces de standby de los equipos.

La puerta se cierra con un clic suave. En el silencio que queda, el cadáver yace en la plancha, frío, inmóvil, marcado. Una mancha blanca y seca en su pecho, su pene ligeramente brillante a la luz tenue. La habitación huele a sexo, a sudor y al dulzón aroma químico de la preservación. Una combinación que se aferrará al aire frío durante horas, la única evidencia silenciosa y que se desvanecerá de lo que ocurrió allí.

Si quieren platicar manden correo a [email protected]

3 Lecturas/12 mayo, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: ano, culo, desnuda, gay, metro, pene, semen, sexo
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