El Olor a Tabaco
Alex, el hijo del patrón, descubre a Nixon, su trabajador miskito, bañándose en los barriles. Lo lleva al galpón donde lo prepara con dedos antes de culear. Don Alejandro los sorprende pero en lugar de enojarse, cita a Nixon para el día siguiente, insinuando que él también quiere participar..
El sol de Estelí estaba bien fuerte, como siempre. Don Alejandro y su hijo Alex pasaban la mañana en la oficina de aire acondicionado, viendo los números y hablando por teléfono con los compradores de Miami y España. Ellos eran los dueños, la cara de la marca «Tabacos Alegría», así que no se iban a ensuciar las manos con el trabajo de la plantación. Esos eran los trabajos para los muchachos como Nixon.
Nixon era un miskito del Caribe, había llegado como tantos otros después del huracán. Tenía el cuerpo seco y marcado de tanto trabajar al sol. Era callado pero hacía bien su trabajo, por eso don Alejandro lo mantenía ahí. En sus brazos se le veían unos tatuajes raros, bien feos, como hechos con aguja y tinta de mala calidad, algunos ni siquiera se entendían qué decían. Parecía que en su vida pasada anduvo en alguna mara del Caribe.
Alex, aunque era el hijo del patrón, se pasaba el día mirando a Nixon desde la ventana de la oficina. Le gustaba ver cómo sudaba cuando cargaba los sacos de tabaco, cómo sus músculos se tensaban en la espalda. Alex tenía 22 años y acababa de volver de Miami, donde estudió, pero aquí en la finca se aburría, y Nixon era la única cosa interesante que tenía para mirar.
Ese día el calor era más pesado que de costumbre. A las seis de la tarde, cuando el sol ya no pica tanto, Nixon se fue detrás del galpón viejo. Ahí había unos barriles grandes donde guardaban el agua para el riego. Los trabajadores se aprovechaban a darse una ducha rápido antes de irse a sus casas, aunque don Alejandro había dicho que era prohibido.
Se quitó la camisa y los pantalones, dejándose solo en su boxer alicrado que estaba amarillento y con algunos agujeros de tanto uso. Parado junto al barril, se echó un cubo de agua fría encima desde los hombros. El agua le corría por la espalda y le quitaba el polvo y el cansancio.
Alex lo vio desde la esquina de la oficina. Su corazón empezó a latir más rápido. Se fue caminando como si nada hacia el galpón, como si fuera a revisar algo. Se acercó a los barriles, donde Nixon estaba de espaldas, mojándose el pelo.
—Nixon —dijo Alex, con una voz que no sonó muy segura.
Nixon se giró rápido, sorprendido. Se cubrió un poco con las manos, como por instinto.
—Patroncito, ¿qué hace por aquí?
—Nada, solo… revisando —dijo Alex, acercándose más—. El agua está buena, ¿eh?
—Sí, patrón. Ayuda a quitarse el calor.
Alex se paró junto al barril, metiendo una mano en el agua. Miraba a Nixon, que todavía estaba de pie, con el pelo pegado a la frente y el boxer pegado al cuerpo. Alex podía verlo todo, las formas, cómo se marcaba todo.
—Te trabajas mucho, ¿verdad? —dijo Alex, casi en un susurro.
—Es mi trabajo, patroncito.
—Dejémonos de «patroncito» —dijo Alex, y su mano salió del agua y tocó el brazo de Nixon—. Llámame Alex.
Nixon se quedó quieto, sin saber qué hacer. La mano de Alex estaba caliente en su piel fría y mojada.
—Alex… —repitió Nixon, como probando el nombre.
Eso fue todo lo que Alex necesitó. Se inclinó y besó a Nixon. Fue un beso torpe al principio, pero luego Nixon le correspondió. Sus labios se abrieron y Alex sintió el sabor del agua y el sabor de Nixon. Sus manos encontraron el pecho del miskito, sintiendo los músculos duros bajo la piel mojada.
—Vamos a adentro del galpón —susurró Alex, tomando la mano de Nixon y guiarlo hacia adentro.
Una vez dentro del galpón, con la puerta medio cerrada, Alex empujó a Nixon contra una pila de sacos. Se arrodilló frente a él y le bajó el boxer alicrado. La polla de Nixon ya estaba dura, y Alex la tomó con la mano, sintiendo el calor y el peso de ella. No estaba circuncidado, y el glande se asomaba por debajo del prepucio.
—Qué rico estás Nixon —murmuró Alex antes de meterla en su boca.
Nixon se recostó en los sacos, con los ojos cerrados, mientras Alex lo chupaba. Nunca había pensado que algo así pasaría, que el hijo del patrón, el muchacho de Miami, lo haría sentir así. Sus manos se metieron en el pelo de Alex, empujándolo más hacia él.
—Sigue, Alex, sigue… —gemía Nixon, perdiendo el control.
Alex se detuvo, se levantó y se quitó la ropa. Su cuerpo era más pálido, menos marcado que el de Nixon, pero igual de caliente. Se acercó y besó a Nixon de nuevo, esta vez con más fuerza.
—Culear con el patrón… quién diría —dijo Nixon entre besos.
—Cállate y métela —respondió Alex, dándole la espalda y apoyando las manos en la pared.
Pero antes de hacerlo, Alex se giró y tomó la mano de Nixon.
—Prepárame primero, maricón —dijo Alex, guiando la mano de Nixon hacia su trasero.
Nixon, sorprendido pero obediente, metió un dedo en la boca para mojarlo bien. Luego lo deslizó lentamente dentro de Alex, que gimió al sentirlo. Metió otro dedo, moviéndolos para abrirlo bien. Alex empujaba contra los dedos de Nixon, queriendo más.
—Ahora sí, métela —dijo Alex, volviéndose a dar la espalda.
Nixon no lo pensó dos veces. Se colocó detrás de Alex y entró lentamente. Alex gritó de dolor y placer al mismo tiempo. Nunca lo habían hecho así, pero le gustaba. Le gustaba sentirse lleno, sentir cómo Nixon lo poseía allí, en el galpón, donde cualquiera podía entrar.
—dale con ganas cabrón —gemía Alex, empujando contra Nixon—. Dame más, así rico.
Nixon obedeció, moviendo las caderas más rápido. El galpón se llenó de sus gemidos y del sonido de sus cuerpos chocando. El olor a tabaco se mezclaba con el olor a sudor y a sexo.
—Estoy cerca, Alex —avisó Nixon.
—Adentro, maricón, déjalo todo adentro —suplicó Alex.
Con un último movimiento, Nixon se vino dentro de Alex. Cayeron al suelo, agotados y sudorosos, sus cuerpos entrelazados sobre los sacos de yute.
—¿Y si su padre nos descubre? —preguntó Nixon, su cabeza en el pecho de Alex.
—Que descubra —dijo Alex, aunque en su corazón sentía un poco de miedo.
Justo en ese momento, la puerta del galpón se abrió de golpe. Allí estaba don Alejandro, con una mirada que no podía leer. Se quedó quieto en la puerta, mirándolos en el suelo, desnudos y cubiertos de sudor.
—Papá… —dijo Alex, tratando de cubrirse con las manos.
Don Alejandro no dijo nada. Su mirada pasó de su hijo a Nixon, y por un momento, Alex pensó que lo iba a despedir, que lo iba a mandar a la calle sin nada.
Pero entonces don Alejandro hizo algo que Alex no esperaba. Cerró la puerta detrás de él y se acercó lentamente.
—Nixon —dijo don Alejandro, con una voz más baja de lo normal—. Mañana ven temprano a la casa. Hay algo de lo que necesito hablar con vos.
Nixon miró a Alex, confundido. Alex no sabía qué pensar, qué sentir. Su padre los había descubierto, pero en lugar de enojarse, parecía… interesado.
Don Alejandro se fue, cerrando la puerta detrás de él. Alex y Nixon se quedaron en el galpón, en silencio, sin saber qué acababa de pasar.
—¿Qué cree que quiere? —preguntó Nixon, por fin rompiendo el silencio.
—No sé —dijo Alex, aunque tenía una idea—. Pero creo que esto se acaba de poner más interesante.
Y mientras se vestían, Alex no podía dejar de pensar en la mirada de su padre, en cómo sus ojos se habían posado en Nixon. Quizás, solo quizás, la historia no había terminado. Quizás estaba apenas comenzando.



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