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Gays, Infidelidad, Travestis / Transexuales

El peso de los 10 cm *2*

El descenso (Tres semanas).
El descenso (Tres semanas)

Un día al llegar Nicolás a casa Ofelia le informa que los invitaron a pasar unas semanas de vacaciones, los invitó la mejor amiga de Ofelia. Pero Nicolás no podía ir por la reuniones que tenía en el trabajo a demás no quería ir, no le gustaba socializar con las amigas de Ofelia, el sentía que siempre lo observaban.

Día -1: La noche antes de partir

Ofelia cerró la maleta con una rodilla. Dentro llevaba cinco bikinis diminutos: dos triángulos de tela que apenas cubrían lo necesario, un tanga color turquesa, uno amarillo fluorescente y uno blanco que se volvería transparente al mojarse. También metió tres vestidos playeros, un sombrero de ala ancha y cuatro pares de gafas de sol.

—¿Estás seguro de que no puedes mover la reunión? —preguntó sin mirar a Nicolás, que estaba sentado al borde de la cama.

—Es con el director de tecnología de Latinoamérica —respondió él, con la voz apagada—. Si cancelo, Moreno tendría que presentar el informe. Y Moreno…

—Ya sé. El gordo ese que te come el puesto.

Nicolás no corrigió el comentario. En el fondo, sabía que no era Moreno quien se lo comía. Él mismo se estaba devorando a pequeños bocados, cigarro tras cigarro, presión tras presión.

Esa noche, Ofelia se acostó temprano. Nicolás se quedó en la sala, fumando mirando el balcón. A las 2 a.m., fue al clóset de ella, tomó un vestido negro que le quedaba grande —ella era más alta y con más curvas— y se lo puso. Luego, sus bragas de encaje. Luego, su perfume. Durmió así, envuelto en la tela ajena, con el aroma de Ofelia en la almohada vacía.

Semana 1: La casa vacía

El primer día sin Ofelia, Nicolás llegó del trabajo a las 7 p.m. La casa sonaba distinta. No había música de reggaetón en la sala de ejercicios. No había tacones caminando en el piso de arriba. Solo el zumbido del refrigerador y su propia respiración.

Cenó solo. Fumó tres cigarrillos seguidos. Luego, sin pensarlo demasiado, subió al dormitorio y abrió el armario de ella.

No era la primera vez, pero esta vez era diferente. Ofelia no volvería en tres semanas.

Empezó con una blusa de seda. Luego una falda lápiz. Luego unas sandalias de tacón bajo. Se miró al espejo. El hombre de 65 kilos, piernas y glúteos marcados por correr cerros, se veía extraño con aquella ropa. Pero se veía. Y eso era algo.

Al día siguiente, llegó a casa con una bolsa de una tienda de cosméticos. Base, rubor, delineador, sombra de ojos, labial rojo. Pasó dos horas viendo tutoriales en YouTube. La primera vez que se maquilló quedó como un payaso triste. La segunda vez, mejor. La tercera vez, casi podía engañar a alguien en una foto con poca luz.

El perfume lo eligió pensando en Ofelia: uno floral, intenso, de esos que ella usaba para salir. Cuando se lo puso, sintió que el aroma lo envolvía como una segunda piel.

Para el quinto día, ya no se cambiaba al llegar a casa. Se maquillaba en el baño de la oficina antes de salir, se ponía la ropa de ella en el auto —estacionado en un lugar oscuro del sótano— y manejaba de regreso completamente vestido de mujer. Las faldas le quedaban anchas de caderas, pero él había desarrollado unos glúteos firmes de tanto subir cerros. Las piernas, torneadas por el ejercicio, eran quizás su mejor atributo.

Se sentía ridículo. Se sentía aliviado. Se sentía él.

Semana 2: El traje de látex

Un martes por la noche, navegando en una página especializada, lo encontró. Traje de látex de cuerpo completo. Incluía: vagina falsa usable, rellenos desmontables para caderas, nalgas, busto, piernas y glúteos. El color era tono piel claro. La imagen mostraba una silueta femenina perfecta, con curvas pronunciadas y una entrepierna lisa que terminaba en una hendidura realista.

Lo compró con envío urgente.

Llegó el jueves. La caja era grande, anónima, de cartón gris. Nicolás la subió al dormitorio con manos temblorosas. Cortó el precinto y comenzó a desplegar el contenido.

El traje olía a látex puro, ese olor dulce y químico que se pega en la nariz. Lo extendió sobre la cama. Pesaba más de lo que imaginaba. Las piezas de relleno —gel de silicona— eran blandas y pesadas: las caderas ampliaban la silueta quince centímetros a cada lado; las nalgas eran dos masas redondas y firmes; el busto agregaba una copa C generosa; los rellenos para piernas y glúteos completaban la transformación.

Se necesitaron cuarenta minutos para ponérselo. Polvo de talco, deslizar primero una pierna, luego la otra, meter los rellenos en sus respectivas cavidades, ajustar las caderas, las nalgas, el busto. La vagina falsa quedó colocada justo donde debía, una abertura suave y detallada, rodeada de látex imitando piel.

Cuando por fin se miró al espejo, Nicolás dejó de existir.

En su lugar había una mujer de curvas exageradas, cintura estrecha por contraste con las caderas anchas, piernas gruesas, glúteos protuberantes. El rostro seguía siendo él, pero con el maquillaje y una peluca rubia que compró al día siguiente, el conjunto era casi perfecto.

Esa noche durmió con el traje puesto. Era incómodo, caluroso, opresivo. Pero no se lo quitó.

Semana 2 (continuación): La vida en látex

Al octavo día, Nicolás pidió comida a domicilio y abrió la puerta vestido así. El repartidor —un chico de unos veinte años— le entregó la bolsa sin levantar la vista. Nicolás sintió una corriente de adrenalina. Nadie había notado nada. O tal vez sí, pero no importaba.

Empezó a usar el traje todo el tiempo. Trabajaba desde casa —se inventó una excusa sobre una infección respiratoria— y atendía las reuniones virtuales con la cámara apagada. Moreno enviaba correos eficientes, resolvía incidentes, y una vez incluso le escribió por chat: Jefe, cuídese. Si necesita algo, avíseme. Nicolás odió la amabilidad de ese hombre enorme y peludo. Odio saber que Moreno podía hacer su trabajo mejor que él. Y lo odió más porque, dentro del traje de látex, con las caderas falsas y la vagina inútil, Nicolás no podía ni siquiera odiar bien. Solo sentía un vacío enorme.

Se maquillaba cada mañana. Se perfumaba. Elegía entre los vestidos de Ofelia —que ahora le quedaban perfectos gracias a los rellenos— y caminaba por la casa con tacones. Aprendió a moverse de caderas, a sentarse con las piernas cruzadas, a alisarse el pelo con un gesto femenino que practicó frente al espejo hasta que salió natural.

A veces se tocaba la vagina falsa. La textura era suave, fría. No sentía nada, claro. Pero el gesto le provocaba una especie de paz. Como si al fingir ser otra persona, pudiera descansar de ser él.

Semana 3: La marca del sol

El teléfono sonó un jueves por la tarde. Ofelia.

—¿Cómo vas? —preguntó ella. En el fondo se oían olas y música.

—Bien —mintió Nicolás, con su voz de siempre, aunque en ese momento usaba labial rojo y sostenes de relleno bajo una blusa de lentejuelas—. ¿Y la playa?

—Espectacular. El sol está buenísimo. Ya me marqué toda la espalda. Usé el bikini blanco ayer y casi me muero de la risa porque se me veían los pezones.

Nicolás cerró los ojos. Imaginó a Ofelia en la playa, su cuerpo moreno claro marcándose aún más, las caderas anchas que tanto le gustaban a los hombres en el gimnasio, la copa B apenas contenida por esos triángulos de tela. Imaginó a otros hombres mirándola. Imaginó a uno acercándose. Imaginó a Ofelia sonriendo.

—Oye —dijo ella de repente—, ¿has usado mi ropa otra vez?

El corazón le dio un vuelco.

—¿Qué? No. ¿Por qué preguntas?

—Por nada. Noté que la blusa de seda no estaba en su gancho cuando me fui. Pero seguro la moví yo. Bueno, cuídate. La semana que viene estoy de vuelta.

Colgaron.

Nicolás se quedó mirando el teléfono. Luego fue al baño, se miró en el espejo. La mujer de látex lo miraba de vuelta. Una mujer falsa, de curvas perfectas y sexo artificial, con un rostro varonil mal maquillado y ojeras de insomnio.

Se quitó el traje. Lo hizo despacio, como una serpiente que muda la piel. Debajo estaba él: sesenta y cinco kilos, piernas marcadas, glúteos duros, pene de diez centímetros flácido. Un hombre pequeño.

Dobló el traje con cuidado y lo guardó en el armario de Ofelia, al fondo, detrás de los vestidos de invierno.

Luego fue al balcón y fumó un cigarro. Dos. Tres.

La marca del sol en la piel de su esposa duraría semanas. La marca de aquellas tres semanas en su alma, sospechó, duraría para siempre.

Cuando Ofelia regresara, él estaría ahí. Con su ropa de hombre. Con su trabajo de gerente. Con su pene pequeño y sus erecciones fallidas. Con el secreto del látex escondido entre los vestidos que ella ya no usaba.

Y tal vez, pensó mientras el humo se perdía en la noche, eso era lo más triste de todo: que ella nunca lo iba a buscar ahí. Porque Ofelia no guardaba ropa de invierno. En su armario, todo era para lucirse ahora.

Nicolás apagó la colilla contra el barandal y sonrió. Una sonrisa torcida, como el reflejo de una mujer de látex en un espejo empañado.

 

7 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por tania90
Etiquetas: amiga, baño, chico, culo, playa, sexo, vacaciones, vagina
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