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Gays, Infidelidad, Travestis / Transexuales

El peso de los 10 cm

10 cm.
10 cm

Nicolás llegó a casa a las 8:47 p.m., como casi siempre. Dejó las llaves en la bandeja del pasillo, justo al lado de las gafas de sol rosas de Ofelia. Ella estaba en la sala, recostada en el sofá, con una blusa sin mangas que dejaba ver sus hombros anchos y torneados. Sus piernas, musculosas por las sentadillas con barra, descansaban sobre la mesa de centro. Su cabello moreno claro caía sobre un lado de la cara.

—Llegas tarde —dijo ella sin mirarlo, mientras hojeaba su teléfono.

—Hubo un incidente con el clúster de bases de datos —respondió Nicolás, soltando su mochila en el suelo—. Moreno volvió a equivocarse. El muy… no sé ni cómo llegó a analista.

Moreno. El analista de soporte técnico: veinticinco años, calvo, 116 kilos repartidos en un metro noventa de humanidad sudorosa y peluda. Nicolás lo veía todos los días sentado frente a tres monitores, con las axilas oscuras por el vello y el teclado brillante de grasa. Y para colmo, Moreno era más alto que Ofelia. Más alto que él por veinticinco centímetros. Moreno tenía manos de oso hormiguero y una risa cavernosa que resonaba en el cubículo contiguo.

Ofelia por fin lo miró. Sus ojos recorrieron el cuerpo menudo de su esposo: sesenta y cinco kilos, un sesenta y cinco enjuto de piernas y glúteos marcados por subir cerros a solas. Uno sesenta y cinco de estatura que, frente a ella —sus siete centímetros menos—, se empequeñecían aún más cuando ella usaba tacones.

—¿Comiste? —preguntó ella.

—Un sándwich de pollo, en el escritorio.

Ofelia se levantó. Su cadera amplia rozó la esquina de la mesa. Pasó frente a él y, al hacerlo, le puso una mano en la nuca. No con ternura. Con posesión.

—Voy a bañarme —dijo él, sintiendo que el día le pesaba en los hombros.

—Primero, ven aquí.

Lo sentó en el sofá. Nicolás obedeció. Ella se arrodilló frente a él, le desabrochó el cinturón. No era un acto de servicio; era una inspección. Ofelia era dominante incluso cuando sus dedos rozaban la tela de su ropa interior.

Pero ocurrió lo de siempre. O, mejor dicho, no ocurrió.

Ella lo miró expectante. Nicolás sintió la sangre caliente que nunca llegaba. El pene de diez centímetros —en su mejor momento, que era cada vez más raro— permanecía blando, pequeño, como un pulgar tímido.

—Otra vez —dijo Ofelia, con un tono plano.

—Es el estrés —murmuró él.

—Es el cigarro. Te lo he dicho. Fumas como carretero.

Nicolás se subió el pantalón y fue al baño. Cerró la puerta, abrió la llave de la regadera y se sentó en la tapa del inodoro. De su bolsillo interior de la chamarra sacó un cigarro. Lo encendió. El humo le ardió en la garganta mientras el agua corría inútilmente.

Al salir, Ofelia ya estaba en la cama, de espaldas a él. Nicolás esperó a que su respiración se hiciera profunda. Luego, con sigilo de ladrón, abrió el segundo cajón de la cómoda. Ahí, bajo un par de sudaderas viejas, estaban las prendas de ella: una blusa de seda color vino, unas medias negras de encaje, una falda tubo. Escogió las medias. Las puso bajo el pijama, sintiendo la textura contra su piel. Por un momento, el peso en el pecho se alivió.

A la mañana siguiente, Nicolás llegó temprano a la oficina. Moreno ya estaba ahí, con su mole de 116 kilos ocupando dos sillas. El calvo le brillaba bajo la luz fluorescente. El vello de sus brazos asomaba por debajo de la manga de la camisa. Masticaba un dona con una lentitud casi obscena.

—Buenos días, jefe —dijo Moreno con la boca llena—. Ya arreglé lo del clúster. Me quedé hasta tarde.

Nicolás sintió una mezcla de gratitud y asco. Asintió sin palabras y se encerró en su oficina. Desde la ventana de vidrio veía a Moreno teclear con dedos gruesos y rápidos. El tipo resolvía problemas que Nicolás ya no podía ni diagnosticar.

Esa noche, Nicolás llegó más temprano. Ofelia no estaba en la sala. La encontró en el dormitorio, probándose un vestido rojo de tirantes. Se giró al verlo.

—¿Te gusta? —preguntó, y no esperó respuesta. Se acercó a él, lo tomó de la barbilla y lo obligó a mirarla a los ojos—. Esta noche salimos. Y vas a comportarte.

En el restaurante, ella pidió vino tinto; él, agua. Ella usó tacones y quedó nueve centímetros más alta. En la mesa de junto, un hombre de espalda ancha no dejaba de mirarla. Ofelia se dejó mirar. Nicolás apretó la servilleta.

—¿Viste al de la camisa azul? —susurró ella—. Parece que también va al gym.

Nicolás no dijo nada. Se llevó la mano al bolsillo, buscando el cigarro que no podía encender ahí.

De regreso, en el auto, Ofelia puso una mano en su muslo.

—Esta noche no te duermas —dijo—. Me toca a mí.

Nicolás sintió el estómago encogido. En el garaje, antes de bajar, apagó el motor y se quedó mirando el volante.

—Ofe… —empezó.

—¿Qué?

—¿Tú crees que debería dejar de fumar?

Ella lo miró largamente. Luego sonrió, pero no con dulzura. Era una sonrisa de las que ella usaba cuando sabía que tenía el control.

—No sé, Nico. ¿Tú crees que deberías seguir usando mis medias?

El silencio se hizo profundo como un pozo. Nicolás sintió que la piel se le ponía de gallina bajo la tela de su pantalón.

—Vamos —dijo Ofelia, abriendo la puerta—. Sube.

Y él subió. Como siempre. Como quien sube un cerro en solitario, con las piernas cansadas y sin más recompensa que llegar a la cima para encontrar, una vez más, que el paisaje es el mismo que ayer.

 

8 Lecturas/27 junio, 2026/0 Comentarios/por tania90
Etiquetas: baño, culo, esposo, gym, metro, pene
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