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Gays, Heterosexual, Incestos en Familia

El regalo de cumpleaños de Carla

El mejor regalo del mundo me hace mi hija .
La tarde caía suave sobre la sala cuando Carla se sentó a mi lado, con esa mezcla de timidez y audacia que la caracterizaba. Llevaba una camiseta larga y debajo sus braguitas favoritas de Frozen, y sus ojos brillaban con esa chispa traviesa que conocía tan bien.

 

—Papi —comenzó, apoyando su mano sobre mi muslo—, a ti te gusta verme… ya sabes, con otros? – Me pregunto ella.

—Ya se hija que no es lo que un padre le tendría que gustar de su hija y menos con una hija de 9 años, pero cuando lo haces me vuelves muy feliz .

—A tí te gusta hacerme feliz?

—Si Papi me encanta hacerte feliz. Tu cumpleaños se acerca y quiero darte algo especial. ¿Qué deseas?

 

La miré, sintiendo cómo la excitación anticipada ya recorría mi cuerpo. Llevaba días observando a ese vagabundo que merodeaba por el parque cercano. Pedro. Un tipo de unos cuarenta años, barba descuidada, ropa sucia pero cuerpo firme. Una tarde lo había visto orinar tras los arbustos y no pude evitar fijarme: tenía una polla gruesa, larga, de esas que cuelgan pesadas entre las piernas.

 

—Hay un hombre —dije, bajando la voz—. Ese vagabundo que ves a veces cerca de casa. Pedro se llama. Me gustaría… verlo contigo. Como regalo.

 

Carla no se inmutó. Sonrió, y en esa sonrisa había complicidad, deseo, esa devoción extraña que compartíamos.

 

—Lo are por tí, papi.

 

—

 

El día de mi cumpleaños, Carla y yo salimos temprano.Nos dirijimos al parque para buscar a Pedro y a lo lejos lo vimos sentado con cara pálida nos acercamos y le saludamos y empecé a hablar con el y convencerle de que nos acompañará a casa para que comiera con nosotros,al final después de insistir un poco accedió. Y nos fuimos para casa.

 

En casa, le serví sopa caliente. Pedro comió con avidez, agradecido, mientras Carla lo observaba con esa mirada infantil que ya conocía demasiado bien. Cuando terminó, propuse lo que habíamos planeado.

 

—Pedro, has dejado la comida. ¿Por qué no le das a Carla la oportunidad de devolverte el favor? Ella hace unos masajes maravillosos.

 

El hombre se sonrojó, incómodo, rechazando con las manos.

 

—No, no, no es necesario, de verdad. Ustedes ya han sido muy amables…

 

—Por favor —insistió Carla, acercándose, poniendo su mano sobre su hombro—. Déjame me gusta mucho hacer masajes y usted es buena persona. Te lo mereces.

 

La miré y asentí, reforzando la invitación. Pedro, entre confundido y halagado, finalmente cedió.

 

Se tendió en el sofá, boca abajo primero. Carla se sentó a horcajadas sobre sus muslos, sus manitas comenzaron a trabajar sobre la camiseta raída, masajeando esos hombros tensos por años de calle. Pedro gemía suavemente, relajándose.

 

—Voltea —susurró Carla.

 

Cuando se giró, boca arriba, la evidencia era visible. La polla que yo había espiado semanas atrás se marcaba dura contra sus pantalones rotos. Pedro intentó disimular, avergonzado, pero Carla ya lo había notado.

 

—Creo que estará más cómodo así—dijo, y sus manos bajaron.

Pedro me miro con cara de asombro, Como podía permitir que una niña de 9 años le estuviera tocando allí abajo

—Tranquilo Pedro tú déjate llevar que yo ni carla no diremos nada de lo que pase aquí y espero que tú tampoco y así nos puedas visitar más veces.

Cuando Carla desabrochó los pantalones de Pedro y liberó esa polla gruesa, el olor la golpeó de inmediato. Era intenso, acre, a piel sin lavar durante semanas, a sudor acumulado, a meado seco. La polla misma tenía una capa blanquecina en el glande, restos de smegma, y los pelos púbicos estaban enmarañados y sucios.

 

Carla se echó hacia atrás un instante, frunciendo el ceño, y me miró.

 

—Papi… huele raro. Muy fuerte. Está… está sucia.

 

Pedro intentó cubrirse, avergonzado, pero le detuve con un gesto.

 

—Cálmate —dije, acercándome a Carla, acariciando su mejilla—. Hazlo por mí, cariño. Límpiasela con tu boca. Quiero verte saborear todo eso. Por favor.

 

Carla dudó un segundo, luego asintió. Su obediencia me excitaba tanto como la escena misma.

 

Se inclinó de nuevo, respirando hondo, y tomó esa polla entre sus manos. La acercó a su rostro, cerró los ojos, y comenzó a lamer. Primero la base, largos lametones que dejaban un brillo de saliva sobre la suciedad, luego subió hacia el glande, limpiando con su lengua ese residuo blanquecino, metiéndose la punta en la boca y chupando con fuerza.

 

—¿Cómo sabe? —pregunté, masturbándome por encima de la ropa.

 

Carla se separó un instante, haciendo una mueca.

 

—Raro, papi. Salado, amargo… fuerte. Pero no me importa. Lo hago por ti.

 

Y volvió a metersela hasta donde llegaba, haciendo arcadas, dejando que sus jugos la limpiaran por completo. Pedro gemía, sus manos temblaban sobre la cabeza de Carla, sorprendido por tanta dedicación.

 

—Ahora tú —ordené a Pedro, que me miró confundido—. Quiero que la comas. Todo. Su coñito y su culo. Quiero ver tu cara entre sus piernas.

 

Carla se recostó en el sofá, abriendo las piernas, exhibiendo su coñito húmedo y rosado. Pedro se arrodilló, todavía incrédulo, pero el hambre pudo más. Se acercó, olfateó, y comenzó a lamer. Sus lametones eran desesperados, desordenados, recorriendo desde el clítoris hasta el agujero anal, mojando todo con su saliva.

 

—Dios, sí… —gemía Carla, agarrando su cabeza, presionándola contra sí—. Más profundo. Mete la lengua en mi culo. Hazlo.

 

Pedro obedeció. Separó sus nalgas y hundió su lengua en ese ano apretado, haciendo que Carla gritara. Alternaba entre el coñito y el ano, una y otra vez, dejándola empapada, lista.

 

—Fóllala —dije, desabrochándome el pantalón—. Por los dos lados. Quiero verla completamente usada.

 

Carla se puso a cuatro patas. Pedro se alineó detrás, pero así sin condón, me preguntó.

—Si a ella y a mi no nos gusta la protección. dije

 

Tomó su polla ya limpia y brillante de saliva, y se la metió por el coñito de un solo golpe. Carla gritó, arqueando la espalda, mientras él comenzaba a embestir con fuerza salvaje, sin piedad, cada golpe hacía que Carla rebotara.

 

—El culo —ordené—. Quiero verla por el culo también, rompele el culo a mi hija. Hazlo

 

Pedro se salió, la punta de su polla brillaba con los jugos de Carla. Apuntó a ese ano ya lubricado por su saliva y empujó. Carla jadeó, sintiendo cómo se abría, cómo esa polla gruesa penetraba su segundo agujero, llenándola de una manera diferente, más intensa, más cruda.

 

—Joder, qué apretado… —gruñó Pedro, comenzando a moverse.

 

Follaba su culo con la misma intensidad que había usado en su coñito, embistiendo sin tregua, mientras Carla me miraba con su carita y lágrimas en los ojos, pero aún así gemia. El sonido de su carne siendo penetrada, de sus gritos, llenaba la habitación.

 

—Me voy a venir —anunció Pedro, acelerando, sus caderas chocando contra ella—. Dios, me voy a venir…

 

—Adentro — Dijo Carla—. Lléname, por favor… eso es lo que mí papi quiere.

 

Pedro se hundió hasta el fondo y explotó. Su cuerpo se tensó, sus dedos se clavaron en sus caderas, y descargó todo su semen caliente dentro de su ano, chorro tras chorro, mientras Carla también se venía, contrayéndose alrededor de esa polla pulsante.

 

Cuando terminó, Pedro se retiró, su polla cayó flácida, cubierta de semen y de los jugos de Carla.

—Asi no se puede ir —Dije—

Y me arrodillé y me la puse en la boca para limpiar los restos de semen y jugos de carla, cuando la tuvo limpia me levanté y le volví a repetir que no dijera nada.

 

Pedro se vistió rápidamente, sin mirarnos, confundido, satisfecho, y salió de la casa sin decir palabra.

 

Carla se quedó en el sofá, desnuda, con el semen de Pedro goteando de su ano, extendiéndose por sus muslos. Estaba jadeante, los ojos vidriosos. Entonces me miró y extendió una mano hacia mí.

 

—Ahora ven, papi —dijo con voz ronca, seductora—. Ven y toma mas leche de Pedro.

 

Me acerqué, desnudándome por completo. Carla se recostó, abriendo las piernas, mostrándome ese coñito y ese ano rebosantes del semen del vagabundo. Me tendió los brazos y me guiñó un ojo.

 

—Límpiamela, papi. O fóllame y mezcla tu semilla con la suya. Quiero sentirte dentro, tomando lo que él me dejó.

—Sabes que yo nunca te follaria cariño.Le dije.

Entonces me puse delante de ella y me arrodillé por segunda vez en el día y empecé a limpiarla con la lengua. Ella me cogió de la cabeza para que no parara y al poco tiempo noté como salía líquido y mezclado con el semen de Pedro me lo trague todo.

Cuando terminamos nos quedamos mirando y le dije te quiero mucho carla.

—Y yo a ti Papi —Dijo ella.

—Pero tengo otra sorpresa para ti para la noche tús regalos aún no han terminado….

 

Me gustaría que comentaran mis relatos y sí tienen alguna idea para poder escribir más.

De todas formas muchas gracias por todas las valoraciones positivas.

128 Lecturas/20 agosto, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: anal, culo, cumpleaños, hija, leche, padre, parque, semen
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