• Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (Ninguna valoración todavía)
Cargando...
Fantasías / Parodias, Gays, Incestos en Familia

El seminarista blasfemo gay

un estudiante de seminario que quiere ser sacerdote encuentra placer en la blasfemia.
La noche se cernía sobre el seminario, un manto de silencio que solo rompía el eco de mis propios pasos en los pasillos fríos y vacíos. Las paredes de piedra parecían susurrar secretos antiguos, pero mi mente solo podía concentrarse en un único deseo, una obsesión que me roía por dentro cada vez que mis ojos se posaban en las imágenes de nuestro Señor. No era la devoción lo que me llamaba, sino algo más carnal, más terrenal.

Siempre me había sentido atraído por ellas, por esas representaciones de Jesucristo, a menudo semidesnudo, con esos músculos marcados que mi imaginación amplificaba hasta la saciedad. La rigidez de mi vida enclaustrada, la abstinencia forzada, solo avivaban esa llama prohibida. Y así, cada vez que la oportunidad se presentaba, cuando el último de los hermanos se había retirado a sus aposentos y el director del seminario roncaba plácidamente, yo me escabullía.

Mi destino era siempre el mismo: la capilla. Ese lugar sagrado, que para mí se había convertido en un santuario personal de placer. La luz tenue de las velas proyectaba sombras danzantes sobre las figuras de yeso y madera, pero mis ojos buscaban la que más me excitaba. Era una estatua de Jesucristo crucificado, pero la túnica estaba rasgada estratégicamente, dejando al descubierto su torso musculoso, sus costillas marcadas, la tensión de sus extremidades.

Con el corazón latiendo desbocado en mi pecho, me acercaba a ella, sintiendo el frío del mármol bajo mis dedos. La quietud de la escena contrastaba violentamente con el torbellino que sentía dentro de mí. Me arrodillaba, la respiración entrecortada, y comenzaba mi ritual.

Mis manos, temblorosas al principio, se deslizaban con creciente audacia sobre la figura de yeso. Recorría cada contorno, cada músculo esculpido, imaginando la piel cálida bajo mi tacto. Mis labios seguían el camino de mis manos, lamiendo la superficie fría, embriagándome con la sensación, con la profanación que me hacía sentir vivo. Era un acto de adoración retorcida, una blasfemia que me empujaba al borde del éxtasis.

Pero mi secreto no terminaba ahí. En el altar, junto a la estatua, había un crucifijo de plata, pequeño y ornamentado, que solía usar el padre superior durante las misas. Esa noche, como tantas otras, lo tomé. Su peso en mi mano era reconfortante, familiar. Y entonces, con una mezcla de audacia y desesperación, lo acercaba a mi cuerpo.

La punta metálica, fría al principio, se volvía cálida con mi propia urgencia. Me lo introducía lentamente, sintiendo la resistencia, el estiramiento, cada pulsación de mi cuerpo respondiendo al contacto. Gemía en silencio, mi voz ahogada contra la tela de mi sotana, mientras el crucifijo se hundía más y más, un dolor agudo y placentero que me hacía temblar.

Mis ojos se cerraban con fuerza, visualizando la figura de Jesucristo, sintiendo su presencia de una manera totalmente diferente a la que se esperaba en este lugar. La saliva, mezclada con el polvo de la estatua, lubricaba mi cuerpo, mientras el crucifijo se movía al compás de mi respiración agitada, de mi deseo incontrolable. Cada movimiento era un grito silencioso, una confesión a nadie y a todos, un acto de rebelión contra la pureza que se me exigía.

El clímax llegaba como una tormenta, un estallido de sensaciones que me dejaba sin aliento, temblando, cubierto de sudor y una mezcla de devoción pervertida. Me quedaba allí, en el suelo frío de la capilla, con el crucifijo aún dentro de mí, la estatua de Jesucristo como testigo mudo de mi pecado. Una vez que la intensidad amainaba, la culpa comenzaba a roer, pero incluso en ese arrepentimiento fugaz, sabía que volvería. La noche siguiente, si la oportunidad se presentaba, volvería a buscar consuelo en esta profanación sagrada.

Si quieres platicar mada un correo a [email protected]

5 Lecturas/19 mayo, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: gay, hermanos, padre
Compartir esta entrada
  • Compartir en Facebook
  • Compartir en X
  • Share on X
  • Compartir en WhatsApp
  • Compartir por correo
Quizás te interese
POR FAVOR DESCULAME, TE LO PIDO COMO UN GRAN FAVOR.
Mi prima menor pago lo que la mayor inicio
Seduje a mi amigo hetero
Mi paso de hetero a gay pasivo
Amigos de fútbol 2
Mis dos amadas II
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.477)
  • Dominación Hombres (4.537)
  • Dominación Mujeres (3.284)
  • Fantasías / Parodias (3.671)
  • Fetichismo (2.968)
  • Gays (22.976)
  • Heterosexual (8.926)
  • Incestos en Familia (19.316)
  • Infidelidad (4.721)
  • Intercambios / Trios (3.343)
  • Lesbiana (1.203)
  • Masturbacion Femenina (1.096)
  • Masturbacion Masculina (2.100)
  • Orgias (2.222)
  • Sado Bondage Hombre (481)
  • Sado Bondage Mujer (207)
  • Sexo con Madur@s (4.696)
  • Sexo Virtual (280)
  • Travestis / Transexuales (2.558)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.711)
  • Zoofilia Hombre (2.323)
  • Zoofilia Mujer (1.722)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba