Gay, borracho y puta de perros de madrugada
Yo no se si me vieron o no todos los carros que pasaron junto al camellón donde dos perros me cogieron de madrigada.
Me llamo Jorge, tengo veintidós años y estudio arquitectura en la UNAM. Vivo en un departamento pequeño cerca del Metro Coyuya, en la colonia Gabriel Ramos Millán. Los viernes y sábados son sagrados: salgo con mis amigos del salón, nos vamos a casas de alguien, y siempre termino borracho perdido, caminando solo por el camellón de regreso a mi casa. Esta noche no fue diferente. Eran las cuatro de la madrugada cuando salí de la fiesta en casa del Memo, en la Narvarte. Había mezclado tequila con cerveza, y mi cabeza daba vueltas. El Uber me dejó en la entrada del metro, pero le pedí que me bajara antes porque quería caminar, porque el aire me hacía falta. El camellón está lleno de árboles raquíticos y pasto seco. El alumbrado público apenas alumbra, y los coches pasan rápido. Caminaba tambaleándome, la mochila golpeándome la espalda, cuando vi dos perros: uno negro, grande, de pelo corto, con orejas puntiagudas. El otro era café claro, más robusto, con la lengua colgando. Estaban olfateando el suelo cerca de un poste de luz. Cuando me vieron, levantaron la cabeza. —Ey, perritos —dije. ¿Qué hacen aquí solos? El perro negro se acercó primero. No ladró, no gruñó. Solo caminó hacia mí. Metió el hocico entre mis piernas, oliendo mi entrepierna y eso me hizo temblar. El alcohol había disuelto cualquier barrera en mi cerebro, y en lugar de apartarme, abrí un poco más las piernas. El perro café se acercó por detrás, metiendo la nariz en la curva de mi espalda baja, bajando hasta mis nalgas. Sentí su aliento caliente a través de la tela de mi pantalón, y mi verga, que ya estaba medio dura, dio una sacudida. Me apoyé contra un árbol, las manos temblándome, y sin pensarlo dos veces empecé a desabrocharme. Mis dedos torpes encontraron el botón del pantalón, el cierre. Bajé todo de una vez: pantalón y calzones hasta los tobillos. Me incliné hacia adelante, apoyando las palmas en la tierra, ofreciéndome en cuatro. —Vamos… vamos, cabrones —. El perro negro se montó sobre mí sin dudar. Sentí sus patas delanteras apoyándose en mi espalda baja, el peso de su cuerpo presionándome contra el suelo. Su vientre caliente rozó mis nalgas, y luego sentí algo húmedo y firme buscando entrada. Su verga, gruesa y caliente, empujó contra mi ano, y yo jadeé, apretando los dientes. Entró de un solo golpe. gemí, pero no era dolor, era pura sorpresa. El miembro del perro se deslizó profundo dentro de mí, llenándome de una manera que ningún humano había logrado. Era más grueso que cualquier verga que hubiera tenido, más caliente, y el ritmo era diferente. Cada embestida era rápida, animal, sin pausa. El perro café se puso frente a mí, lamiendo mi cara, mi boca. Abrí los labios y dejé que su lengua áspera se metiera entre mis dientes, sintiendo el sabor a tierra y pelo. Mientras el perro negro me montaba, yo lamía la boca del otro, sintiendo cómo la saliva del animal se mezclaba con la mía. Los coches pasaban. Cada vez que un par de faros iluminaban la escena, yo veía por un segundo mi reflejo: un chico de rodillas, nalgas al aire, un perro montándome. Sabía que podían verme. Sabía que cualquier conductor trasnochado podía distinguir las siluetas. Y eso me excitaba más que cualquier otra cosa. Pero entonces sentí algo diferente. El perro negro empujó más profundo, y se quedó quieto. Su polla comenzó a ensancharse en la base, una presión extraña que crecía dentro de mí. El nudo. La famosa base hinchada de la vẻga canina que los mantiene atrapados durante la cópula. Intenté moverme, pero no pude. Estaba anudado al perro. —No mames… —pensé, sintiendo el bulbo caliente dentro de mí, manteniéndome prisionero. El perro café se puso detrás de mí, lamiendo mis nalgas mientras el nudo crecía. Yo estaba atrapado en esa posición de cuatro, el perro negro jadeando sobre mí, su semen caliente empezando a llenar mi interior en chorros gruesos. Podía sentir cómo cada descarga me llenaba, cómo mi culo se contraía alrededor del nudo. Empecé a masturbarme, frotando mi verga contra el pasto seco. Estaba tan excitado que me vine en segundos, un orgasmo borracho y sucio que me dejó temblando. En ese momento, otro coche pasó, las luces bañándonos por completo. Alcancé a ver la cara de sorpresa del conductor, un chico que abrió la boca antes de acelerar y desaparecer. Pero yo no podía moverme. Estaba anudado a un perro en el camellón de Gabriel Ramos Millán, y era estaba muy excitado.
El nudo del perro negro seguía creciendo dentro de mí, un bulbo caliente y firme que me mantendría atrapado por varios minutos más. Podía sentir cada latido de su corazón a través de su verga, su semen caliente goteando por mis muslos mientras el animal jadeaba sobre mi espalda. Pero el perro café seguía ahí, moviéndose inquieto a mi lado, su verga roja y brillante asomando entre sus patas traseras. Sin pensarlo, sin medir las consecuencias, giré el torso lo mejor que pude, manteniendo las nalgas pegadas a la verga del perro negro. Mi boca estaba seca, pero la saliva empezó a acumularse cuando vi el miembro del perro café a solo centímetros de mi cara. Era más claro que el del otro, rosado, con venas gruesas. El glande, grande y puntiagudo, brillaba con un líquido transparente. —Ven… ven acá —susurré, la voz ronca. El perro café se acercó, olfateando mi cara, mi nariz, mis labios. Su lengua áspera me lamió la mejilla, y yo abrí la boca, dejando que su saliva caliente me mojara la lengua. Luego, bajó la cabeza y metió el hocico entre mis labios, lamiendo mis dientes, mi lengua. Pero yo quería más. Estiré el cuello, buscando su verga con la boca. El perro café pareció entender, porque dio un paso adelante y montó mi cara, apoyando sus patas delanteras en el árbol junto a mí. Su vientre caliente rozó mi frente, y su polla colgó frente a mis ojos, gruesa y palpitante. Abrí la boca y la tomé. El sabor era fuerte, salado, con un toque amargo que me hizo gemir. La verga del perro café llenó mi boca por completo, más grande de lo que parecía, golpeando el fondo de mi garganta. Empecé a chupar con desesperación, moviendo la lengua alrededor del glande, sintiendo cómo el animal se estremecía sobre mí. El perro negro seguía anudado dentro de mí, su verga todavía pulsando, llenándome de semen en oleadas lentas. Yo estaba atrapado entre ambos: uno dentro de mi culo, el otro dentro de mi boca. Los coches seguían pasando, sus faros iluminando la escena por fragmentos de segundos: un chico de rodillas, nalgas al aire, un perro montándolo, y su cabeza moviéndose rítmicamente sobre la polla de otro. El perro café empezó a jadear más fuerte, su cuerpo tensándose. Sentí cómo su polla se hinchaba en mi boca, y supe lo que venía. Pero no me aparté. Al contrario, succioné con más fuerza, pasando una mano por sus testículos, sintiendo cómo se contraían. Entonces se vino. Un chorro espeso y caliente golpeó el fondo de mi garganta, y yo tragué sin pensarlo. Otro chorro, y otro. me cubrió la lengua, la garganta, bajando caliente hasta mi estómago. Seguí chupando hasta que el animal se retiró, su verga resbalando de mis labios con un sonido húmedo. Me quedé ahí, de rodillas, el perro negro todavía atrapado en mi culo, la boca llena de semen canino. Escupí un poco, pero la mayoría se había ido. Mi propia polla estaba dura, goteando precum contra el pasto seco. —No mames… —jadeé, riendo entre dientes—. Esto es lo más puto que he hecho en mi vida. Y lo repetiría. Pasaron unos cinco minutos más y el perro negro me soltó, mi ano escurriendo chorros de semen de perro, me quedé quieto un momento, segupia borracho pero sabía lo que habpia hecho, como pude me levanté y me subí los calzones y el pantalón, me despedí de los perros y seguí caminando hasta llegar a casa con una calma la satisfacción que da una buena cogida, aunque esta vez me la dieron dos perros, Ojalá me vuelva a pasar.
Si quieren platicar manden correo a [email protected]


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