Historias perversas: El albañil
Hugo es un joven albañil, moreno, guapo y delgado que carga una verga caliente y lista para rellenar un culito. Si. El culito es un pequeño de cinco años, ¿Qué haría?.
Todos ocultan algo. Normalmente, son cosas tan oscuras que solo confían a sus propias mentes. ¿Alguna vez te has preguntado, qué esconden los hombres que ves caminar en la calle? ¿Qué hacen cuando están solos?
La respuesta siempre son historias perversas.
1. El albañil
Hugo soltó la cubeta del material sobrante. Suspiró y se dejó caer en el suelo. El calor de ese día era particularmente intenso, lo hacía sudar de todos lados, sus fuertes brazos morenos, su rostro, su espalda e incluso, el sudor mojaba su abdomen marcado dejando relucir la forma de sus cuadros.
Comenzó a sacudir una esquina de su sport gris, intentando airear su cansado cuerpo moreno.
Lo bueno era, que si todo salía bien, ese era su último día con este trabajo. Un pequeño pero resistente toldo en la parte trasera de la casa. Lo habían contratado hace unas semanas por una familia confiando en él y no había defraudado. Los pilares eran firmes y rectos, bien posicionados para durar. Solo restaba las últimas láminas que lo cubrían. Había puesto mucho empeño en este trabajo, pues era su primera vez chambeando sin ser ayudante y por sus escasos veintitrés años, no lo buscaban seguido. Así que sí, hizo un gran trabajo.
Dejó la cubeta en la esquina del patio.
Tomó sus herramientas y volvió a subir al andamio improvisado. Con cuidado, colocó la última lámina sobre la estructura, alineándola perfectamente con las anteriores. Sacó los tornillos autorroscantes y, uno a uno, los fue fijando en los perfiles metálicos, asegurando que quedaran bien apretados para que el toldo resistiera el viento y la lluvia. Revisó cada punto de anclaje, golpeando suavemente con el martillo para verificar que todo estuviera firme.
Su jefa, una mujer madura, chaparra y morena salió a llamarlo.
— Ay, Hugo. Sí quedó bien. —dijo la señora con una sonrisa—. Te voy a recomendar con los vecinos, neta.
— Gracias, jefecita. —río orgulloso Hugo—. Le dije que sí iba a quedar.
— Oye, nada más que, ¿será que mañana puedas venir a buscar tu pago? Es que, saldré ahorita con mi esposo a cobrar su quincena y vamos a llegar tantito tarde. No creo que te alcancemos.
— Nada. No se preocupe, jefecita. Paso mañana, entonces.
La mujer volvió dentro y después de unos minutos, escuchó el carro alejarse. Los padres ya se habían ido.
Mientras aseguraba los tornillos de las láminas, Hugo escuchó el sonido de la regadera. Volteó y notó la regadera abierta desde la ventana del baño posicionada detrás de él. Una ventana corrediza, pequeña pero perfecta para ver del otro lado.
Por pura curiosidad, se acercó a ver quién estaba dentro. Solo podían ser dos, claro. La hija mayor, una nena de dieciséis años llamada Karol, o podía ser Miguel. El hijo pequeño, de cinco años.
Hugo no sabía porqué espió, pero al hacerlo no se arrepintió. Dentro, estaba Karol dándose un baño. Dándole la espalda a la ventana inerte en su tiempo en la regadera. A Hugo se le comenzó a abultar el pantalón. Ya estaba caliente de ver a la pequeña como dios la trajo al mundo. Desde que llegó por primera vez, se fijó en ella y su belleza adolescente. Morena, alta y con un cuerpo de toda una mujercita. Ahora, discretamente disfrutaba de ese espectáculo.
La nena era culoncita, caderona y delgada. El agua le caía por todo su cuerpo trigueño. Cuando la niña volteó, Hugo se escondió en la orilla de la ventana, pero la pequeña nunca prestó atención al hombre que la espiaba.
Al fin, pudo ver la puchita de la niña. Una bella vagina pequeña, estrecha seguramente y con pequeños atisbos de vellos.
Cuando Hugo volteó a ver su entrepierna, notó la gran carpa que se marcaba en sus pantalones sucios. Sobó su gran erección y sacó su celular para grabar a Karol tallándose la espuma del culito respingado. Ya se imaginaba a sí mismo en su casa, masturbando su verga dura viendo el video de ese pequeña putita.
Después de unos minutos, la pequeña cerró la regadera y salió rumbo a su cuarto. Desde su posición, Hugo escuchó la puerta de su habitación, cerrarse y asegurarse.
Bajó del toldo y se escondió en un pasillo apartado del resto del patio. Se aseguró que nadie se acercara o viera. Estaba seguro gracias a la barda de la familia.
Sacó su teléfono y comenzó a desabrochar su pantalón. Lo dejó caer a sus pantorrillas, acarició su erección en su bóxer azul, visiblemente manchado de gotas de precum y orina. Su bulto era enorme, deformando su ropa interior dándole forma de un palo grueso que ocupaba la mayor parte de su entrepierna.
Lentamente y reiniciando el video en su celular, Hugo bajó su bóxer dejando salir su verga erecta. La erección oscura, aún más que su tono de piel, rebotó hasta acostarse en un costado de su abdomen y dejando gotear más precum desde su glande oscuro. Hugo dejó salir un suspiro de excitación y tomó su tronco desde la base peluda, llena de vellos largos y ondulados.
Su verga era gruesa, venosa y bellamente curvada a la izquierda.
Con sus sucias manos, comenzó a masturbar suavemente su trozo, mordiéndose los labios e imaginando que rellenaba esa preciosa vaginita. «Seguramente la muy putita se mueve de maravilla…»
En algún momento comenzó a bufar mientras aceleraba el sube y baja de su mano desesperada por correrse. Cerró los ojos dejándose llevar y…
— ¿Qué haces? —sonó una voz—.
Inmediatamente, Hugo dio un salto mientras su corazón temblaba de nervio. Se tapó como pudo, subiendo torpemente su pantalón y levantó la mirada para ver quién lo había descubierto.
Frente a él, se hayaba Miguel. El niño moreno de solo cinco años, llevaba una conjunto infantil verde de dinosaurios, con el cabello ondulado revuelto e iba descalzo.
— Ay, Miguelito. No te escuché llegar. —dijo Hugo encontrando su voz. Subió su pantalón correctamente pero no lo abrochó. Tenía que acomodar su erección que ni con el susto, se dignó a bajar—. ¿Porqué no regresas a dentro? Te van a regañar si te ven descalzo.
— Es que mi hermana me dijo que salga a platicar con usted en lo que se cambia y limpia su cuarto. —dijo el pequeño con su tierna voz—.
Hugo tragó saliva viendo al pequeño desde sus 1.78 cm de altura, que apenas le llegaba a la cintura.
Si no decía algo rápidamente, seguramente el pequeño le contaría a sus padres qué vió. Su albañil masturbándose en el patio. Adiós recomendaciones…
— ¿Por qué no vamos a revisar el toldo y me ayudas? —dijo rompiendo el aire incómodo—.
— ¡Sí! —exclamó el pequeño—. Pero, ¿qué estabas haciendo con tu pollito en la mano?
¿Qué podía decir Hugo? ¿Qué excusa poner para que el niño no siguiera reclamando explicaciones?
— Es algo que los grandes hacen, pero no le digas a nadie que me viste.
— ¿Por qué? ¿Es malo?
— No malo, pero es algo que se hace cuando uno está solo.
Se abrochó su cinturón apretando su polla aún dura. Le rogó al pequeño ir a terminar el toldo, pero el pequeño curioso, se aferraba a sus preguntas. «¿Por qué es grande? ¿Por qué la jalabas? ¿Por qué el tuyo es oscuro? ¿Por qué tienes pelos?»
Hugo logró contestar sin comprometer nada de por medio, pero a la siguiente pregunta de Miguelito, no supo qué hacer…
— ¿Me lo muestras otra vez? —bajando su cabecita y cambiando su tono de voz, Miguelito no parecía estar preguntando por semejante cosa—.
— No, Miguelito. Los niños no pueden ver a los grandes así. —sentenció Hugo, serio—. Métete y no le digas a nadie nada de esto.
El niño hizo un pucherito, volteó dirigiéndose dentro, pero se detuvo y regresó saltando.
— Entonces, le voy a decir a mi mamá que hacías cosas malas. —Miguel sonrió con sus dientitos de leche blancos—.
«Este chamaco hijueputa» pensó Hugo. ¿Qué era mejor, hacer lo correcto y enfrentar las consecuencias o caer en el chantaje del pequeño y hacerlo guardar el secreto?
Suspiró y entró a la casa para asegurarse que nadie los veía. Karol aún estaba encerrada en su habitación y con seguro. Suspiró y lamentó ser él en ese momento.
— Ok, te la voy a mostrar un ratito y ya. —le dijo al pequeño desabrochando su cinturón—. Pero, no le dirás nada a nadie porque los dos nos vamos a meter en muchos problemas, ¿Oíste?
— ¡Sí! —Miguelito comenzó a saltar aplaudiendo—.
Bajó hasta las rodillas su pantalón, tiró de su bóxer azul y le regaló a Miguelito, la vista de su verga semi erecta colgando.
El pequeño exclamó asombro, amplió su sonrisa y se acercó a tocar el trozo moreno que imponente apuntaba a él.
Hugo quizo detenerlo, regañarlo pero esas palabras no salieron de él. Miguelito tocó el glande con su dedito moreno y la verga de Hugo, tuvo un espasmo que concluyó en una erección completa.
Su verga se iba inchando, las venas resaltando y el glande dejando el prepucio atrás. Miguel abrió sus ojos de par en par con mucho deseo reflejando.
Hugo no entendía porqué se puso duro de repente. Era como si su mente pidiera parar la escena, pero su cuerpo se negara a acatar la orden. Suspiró viendo al niño puntear su glande con el dedito índice, mientras se reía «inocentemente«.
Hugo se quedó inmóvil, suspirando aire caliente y denso. Miró al pequeño perdido en el trozo curvado que tenía frente a él.
— Ya te mostré el mío, ¿tú no me muestras tu cuerpo? —dijo Hugo, dejando a su inconsciente tomar el control—.
El pequeño sin perder la sonrisa se quitó su shortcito, dejando ver su pequeña trusa de carritos. La bajó mostrando su pequeña verguita sin desarrollar, morena como su piel y con el prepucio en forma de cono cubriendo su infantil glande.
Hugo se relamió los labios, sintiendo calor en todo su cuerpo. Jamás había tenido algún pensamiento igual con otro niño, es más, ni con niñas siendo hetero. Pero el aire de ese momento, el contexto y la calentura lo estaban haciendo tomar decisiones que jamás pensó.
— Mira este. —volteó y le mostró su culo moreno y peludo. Fuerte y firme por el trabajo duro—. ¿Me muestras el tuyo, también?
El niño río, pero hizo caso y se volteó mostrando su culito redondo y firme. Moreno, lampiño y pequeño.
Hugo sentía su corazón en los oídos, retumbando de nervio y calentura a la vez.
Su verga con consciencia propia se estremeció y dejó caer al suelo las gotas de precum que su glande seguía produciendo.
Tomó su verga y comenzó a masturbarse viendo al pequeño nalgón. Miguelito, tomó sus nalgas y las abrió dejando ver el anito apretado y pequeño. Como si estuviera bailando, Miguel comenzó a sacudir su culito provocando al hombre.
Los ojos de Hugo brillaron, se agrandaron con extasis.
Tomó una cubeta embrocada que estaba cerca y se sentó. Tomó al pequeño de la cintura y lo sentó en su muslo derecho. Se acercó a su oído y le susurró: «¿Jugamos más cosas de grandes?»
Miguelito le dijo que sí. No. Miguelito le rogó seguir jugando. El niño de cinco años no entendía lo que estaba haciendo, solo sabía que su cuerpecito caliente se lo pedía.
Hugo terminó de quitarle el shortcito verde y bóxer a su pequeña víctima, lo bajó al suelo y acomodó su colita de tal forma que el anito virgen fuera el protagonista.
Hugo dejó caer un largo escupitajo que lubricó la entrada del pequeño. Con su dedo masculino y grande, comenzó a esparcir la saliva. Miguelito reía al sentir los masajes en su colita.
Se bajó de la cubeta e inclinó el culito del menor, se arrodilló y comenzó a mamarle el culo a Miguelito. El niño que comenzó riendo al sentir la lengua del albañil, cambió sus risas a tiernos gemidos contenidos.
Mientras lamía y esparcía la saliva en el anito super estrecho del niño, hacía presión con sus dedos y uñas sucias para prepararlo.
— ¡Miguel! —gritó Karol desde dentro—.
Inmediatamente, Hugo reaccionó yendo a la puerta trasera y cerrándola. Dejó al niño en el pasillo indicándole que guarde silencio y subió sus pantalones.
A lado de la puerta, había una pequeña ventana desde la que Hugo le preguntó a la hermana de Miguel, qué necesitaba.
— Voy a ir a la casa de una amiga en la calle de atrás, le iba a decir a Miguel que vayamos. —dijo la niña desde el otro lado de la ventana—.
— No te preocupes, nena. Vete, aquí lo cuido, porque me anda ayudando con el toldo. —respondió Hugo, intentando que su voz no suene nerviosa—.
—¿Seguro? Bueno, regresó en una horita más o menos. Échele un ojo, porfa.
Esperó a ver a Karol abandonar la casa y regresó a donde su pequeño amante lo esperaba con el torco para abajo desnudo, únicamente usando su playera de dinosaurios.
— ¿Te gustó lo que hicimos? —le preguntó a Miguelito—.
— ¡Sí! ¿Ya no vamos a jugar?
— Sí, vamos a jugar más cosas.
Se arrodilló y se llevó la verguita del pequeño a su boca, la engulló completamente y comenzó a mamarla con ganas. Sabía a orina y aroma de niño pequeño. Un nuevo sabor espectacular que había desbloqueado.
Miguelito tomó la cabeza de Hugo con sus pequeñas manitas mientras gemía tan inocente como solo un niño de cinco podría.
Hugo se levantó y lo besó. Miguel se lo devolvió torpemente, chocando sus dientes.
Soltándolo, Hugo lo miró fijamente mientras suspiraba y su verga se negaba a abandonar aquel tamaño.
— ¿Te gustó?
— Casi me hago pipí. —río el niño—.
— Es porque te gustó, cuando seas grande no vas a soltar pipí, vas a botar leche.
— ¿Leche? —dijo Miguel extrañado—.
— Sí, lo que los grandes sacan cuando les dan cariñitos a sus pollitos. ¿Quieres verlo?
— ¡Si!
— Pues, hazme lo mismo que te hice. Chupa mi pollito y va salir leche.
Sin dudar ni renegar, Miguelito se llevó a la boca aquella gruesa y morena verga. Solo pudo metérsela hasta el glande, pero eso fue suficiente para Hugo.
Tomó al niño de la cabeza y le pidió que abriera grande la boca, cuando obedeció, comenzó a penetrar suavemente la boquita humeda de Miguel.
Echó la cabeza hacia atrás bufando de una excitación que ni la puta más joven le había regalado. Aquel niño moreno de solo cinco años, tenía su verga dura y babosa.
Ya no aguantó, necesitaba entrar en ese culito.
Se sentó en la cubeta y cargó al niño dejándolo justo ensartado en su verga. Con un buen de saliva, volvió a lubricar el ano del niño y su propio glande.
El pequeño se quejó e intentó bajar, pero Hugo lo retuvo susurrando: «Te va gustar, papi. Déjate»
Miguelito dejó de pelear, pero aún dudando llevaba sus manitas a los muslos del grande y rico hombre.
Hugo comenzó a bajar al niño mientras subía su pelvis. La verga gruesa y peluda no podía ni entrar apenas. Hugo embarró más saliva en su pene y siguió punteando más insistente hasta que la mitad del glande comenzó a entrar. Con paciencia, siguió abriendo el culito del niño.
Tuvo que tapar la boca de Miguelito, que comenzó a llorar y pedir que lo bajaran, pero ya era muy tarde. Le puso su pequeño bóxer en la boca y con las dos manos en la cadera, comenzó a sentar con más fuerza el pequeño y flacucho cuerpo de Miguel. El niño se resistía y con sus manitas intentaba apartarse de la verga que lo partía. Hugo lo sostuvo con más fuerza mientras los gritos de Miguel los ahogaba el bóxer en su boca.
Su verga curva se negaba a seguir entrando cuando cruzó todo el glande. Hugo tomó a Miguel de los costados y comenzó a penetrarlo suavemente.
El pequeño se retorcía y las lágrimas caían de sus ojos, pero Hugo sudado, sucio y sobre todo, caliente no pensaba soltarlo hasta que llenara de mecos ese huequito.
Al cabo de unos minutos, la penetración era cada vez más suave e incluso notó que Miguelito bajaba por sí mismo.
«Vaya putito en el que se convertirá…»
Le quitó el bóxer de la boca dejando al niño gemir fuertemente.
— ¿Ya te bajo? —le preguntó Hugo mientras seguía subiendo su pelvis a un riquísimo ritmo—.
Miguel ni siquiera se dignó a hablar, con su boca llena de gemidos, únicamente negó con la cabeza.
Sus movimientos eran tan suaves, dejaba que su verga curva entrara lentamente y rascara al menor dentro. Miguelito echaba su cabecita hacía atrás y movía su colita torpemente.
Tomó al pequeño de la nuca y lo cargó pegándolo al muro de la barda, aumentó sus movimientos haciendo que su verga llegara hasta la mitad en el interior de Miguel. Diez centímetros de veintiuno dentro del anito apretado.
— ¡UHMMM AAAH! —gritó el niño—.
— ¿Te lastimé? —le preguntó tapando su boquita para que otro grito así no se colara—.
Nuevamente disfrutando el placer por primera vez, Miguelito solo negaba con su tierna cabecita.
Llenó al niño de saliva cuando comenzó a devorar la boca de Miguel, mordiendo sus suaves labios, succionando su tierna lengua y tragando sus bellos gemidos.
Tomó al niño de las dos nalgas, las apretó y comenzó a bufar con tanta rabia, mientras sus calientes mecos llenaban el interior.
Sus huevos se contrajeron, su verga se hinchó y su glande escupió toda la leche que llevaba dentro. Segundos y segundos de placer mientras se corría y bufaba.
Sus bufidos pararon cuando los últimos chorros cayeron. Le sacó la verga al niño y se dejó caer a la cubeta.
Suspiró y actuando rápidamente, tomó al niño quién se quejaba levemente del ardor en su colita. Abrió la puerta y entraron a la casa.
Sentó al niño en el inodoro pidiéndolo que pujara con fuerza. Mientras el niño soltaba los mecos en el agua, Hugo limpió su verga manchada de mecos, sangre y excremento. Limpió al niño cuando esté terminó y buscando en todos lados, finalmente le colocó cremita en su entrada.
— ¿Te gustó? —le pregunto al niño cuando terminaron de ocultar las pruebas—.
Por primera vez desde que lo conoció, el niño tímidamente le dijo que sí. Miguelito lo había disfrutado tanto, que su extrema confianza infantil se perdió.
Ambos se vistieron y terminaron el tinglado, mientras platicaban acerca de lo que acababan de hacer. Miguelito creyendo que solo era un juego «prohibido» rogó volver a jugar, pero varias horas aguantando no correrse para preñar ese culito, lo habían dejado vacío para otra ronda. El niño prometió guardar el secreto, mientras se besaban eróticamente.
Karol llegó minutos después y Hugo se despidió de ambos, prometiendo que mañana volvería por su pago.
Con su corazón retumbando, volteó mientras se alejaba, se despidió con la mano de Miguelito, quien saltaba en la puerta de su casa.
Aquel bello niño, lo había hecho correrse como nunca y ese día, Hugo descubrió una nueva necesidad.
* Esta nueva saga serán relatos sin una continuidad fija. Si quieren leer sus fetiches favoritos, déjenlo en los comentarios.



(7 votos)
Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!