Historias perversas: Un verano interminable
Claudia es una mujer con la familia perfecta: dos bellos adolescentes, un esposo de un ensueño. No podía pedir más. Pero, cuando una extraña llamada le revela un secreto de su marido, las cosas no volverán a ser iguales.
Este es una introducción al verdadero relato. Tomé la decisión de volver esta parte un prólogo, debido a lo largo que iba ser si era una primera parte.
Prólogo
La llamada
Claudia reposaba en un camastro cerca de la orilla de la piscina. Eran vacaciones, y aunque estaban por terminar, aún quedaban días de sus hijos llenando el espacio de vida.
Sobre todo José, quién estudiaba en un internado privado y solo en vacaciones podía volver a escuchar y abrazar a su pequeño de trece años.
Alzó la mirada y bajó su libro. Sus hijos peleaban en la piscina, gritando e insultándose.
Claudia suspiró. Traían mucha vida a la casa, ¿no?
Se preparó para levantarse e intervenir, pero su esposo Manuel, la detuvo.
— Yo voy. —dijo con la voz gruesa y profunda—.
Era un hombre de cuarenta y cinco años, dos menos que ella. Lucía increíblemente conservado, con un cuerpo trabajado gracias al tiempo libre que tenía ahora que administraba su empresa desde casa. Definitivamente aparentaría menos edad si su pelo y barba canosos no fueran un revelador.
Admiró cómo se veía su esposo en su traje de baño, sus bíceps, sus pantorrillas, la gran espalda y su pecho peludo. Sonrió como adolescente recién enamorada. La verdad es que, por dentro se sentía insegura. Ella estaba más cerca de los cincuenta, seguía siendo atractiva y delgada, pero el cansancio la estaba alcanzando. Apartó ese sentimiento.
Cuando Manuel llegó a intervenir, José en el agua, lo tomó del brazo y Valerie, lo empujó dentro de la piscina. Ella y sus hijos ríeron mientras su musculoso esposo salía a buscar aire. Que afortunada era.
Valerie, su hija de dieciséis se quitó el top de su traje de baño, se quedó mostrando sus blancos y redondos pechos. Se acomodó su cabellera rizada en un chongo y puso cara de incomodidad.
— Creo que me está rosando mi traje, mamá. —dijo la adolescente sobando sus pechos—.
— Quédate así, hija y luego te pones crema. —dijo Claudia—.
Se levantó y fue a buscar una bebida en lo que las carnes en el asador estaban listas. Se sirvió un poco de jugo de naranja natural, cuando estuvo apunto de regresar con su familia, un teléfono sonaba.
Lo encontró, viendo que era el suyo, contestó.
— ¿Sí? ¿Bueno?
— Hola. —dijo la voz de una mujer— ¿Hablo con Claudia?
— ¿Quién habla?
— Soy una compañera de su marido, Manuel. ¿Está ahí?
— ¿Quiere que se lo pase?
— No. —la voz se tensó y esperó unos minutos. Claudia se desesperó y amenazó con colgar si no decía quien era—. Es muy difícil de decir, pero escuche, hace unos días salimos con su marido…
La mujer en el teléfono no había dicho nada y aún así, el corazón de Claudia esperaba lo peor. ¿Su marido la engañaba? ¿Por eso desde que iniciaron las vacaciones no habían tenido sexo, y como las vacaciones anteriores a esas?
Intentó recuperar la respiración y pidió que siga.
— Salimos con varios compañeros de trabajo, después él y yo nos quedamos solos…
Ahí estaba. Su vida estaba arruinada.
— Es usted su amante, ¿verdad?
— ¿Qué? ¡NO! Le aseguro que no.
«Él estaba muy tomado, fue al baño a vomitar y yo fui a ayudarlo. Estaba muy mal, muy borracho y no creo que se acuerde de nada. Pero, rompió a llorar, me dijo que no podía seguir haciéndote lo que te estaba haciendo. Que sabía que estaba mal, pero no había hecho nada para evitarlo…
Los ojos de Claudia comenzaron a llenarse de lágrimas. Tal vez esa mujer no era su amante, pero definitivamente tenía una.
La mujer en el teléfono tomó aire.
— Escuche Claudia… me reveló que está haciendo cosas con uno de sus hijos…
¿Qué? Claudia rompió la inmóvilidad que la había tomado, sin dar crédito a lo que estaba escuchando, alzó la voz.
— ¡¿Quién es usted?! ¿Cómo sé que no es una loca que arruinar a mi familia? Esto es imposible..
— Mire, estuve días pensando en si iba a decirlo, jamás diría algo así si no fuera cierto. Pero soy mamá, y si algo así estuviera pasándome, me gustaría que me lo dijeran…
Claudia perdió la fuerza de sus piernas, se acostó en el sillón atónita.
Volvió su mirada a la piscina, donde su esposo ponía a su hija en el cuello y se aventaban juntos a la piscina. Valerie aún iba con el pecho desnudo.
— ¿Es la niña? —la voz de Claudia, salió apenas—.
— No dijo con quién, pero me dijo: «es que sus ojos, su pelo rizado y su sonrisa…» creo que sí, es la niña. Lo siento mucho.
De vuelta en el almuerzo, Claudia tenía la mirada perdida en su plato. ¿Su esposo se estaba cogiendo a su propia hija? No, eso era imposible. Él no haría eso. ¿Verdad?
Pero, cada vacaciones dejaban de tener sexo, justo cuando Valerie estaba libre por la casa a cada hora. Eran demasiadas coincidencias. No, solo era una loca mintiendo. Era imposible…
— ¿No tienes hambre, amor? —dijo Manuel sacándola de su trance—.
— No mucho, desayuné tarde.
Valerie se levantó y se dirigió al camastro donde había dejado la parte de arriba de su traje. Sin pudor, se bajó la parte de abajo, mostrando su blanca y apenas peluda vagina. Colocó su traje a secar y tomó una toalla.
— Haz eso en el cuarto, Valerie. —dijo en un tono más amargo y fuerte de lo que quiso—.
— Tranquilízate, mamá. No es como si no me hubieran visto así antes. —respondió la adolescente en un tono defensivo. Tomó sus cosas y se fue—.
En la tarde, mientras el sol se ponía, Claudia salió del baño. No encontró a su esposo en el cuarto, así que rápido se vistió y bajó a toda velocidad.
Manuel estaba en la cocina, Valerie sentada en la meseta, con un top sin brasier y solo un calzón morado. La ropa que usaba para dormir.
Tenía los dedos de su padre dentro de su calzón, acariciando una y otra vez.
— ¿Qué están haciendo? —dijo nerviosa—.
Ambos voltearon a verla confundidos.
— El traje también me rosó la entrepierna, papá me estaba poniendo crema…
La tomó del brazo y la llevó al baño.
Su hija la miró con desdén. Extrañada del comportamiento de su madre.
— Así no se trata un rosón.
La niña no respondió, amargada solo alzó las cejas. Claudia sacó un botiquín y después de tratar la entrepierna de su hija, la miró.
— No te quiero volver a ver como en la tarde. Ponte ropa, entiende que ya estás creciendo y no puedes andar como quieras, como cuando eras una niña.
— Aplícalo con José entonces, porque siempre sale del baño sin ropa, anda en bóxers y no le dicen nada, nada más porque estudia lejos.
— Valerie, eso es…
Dejándola colgada, la adolescente abandonó el baño.
Salió del baño. Su marido le ponía una toalla en la espalda a José. El niño aún seguía mojado, con el traje pegado al cuerpo y mostrando la realidad: su hijo estaba creciendo, podía ver la verga de su hijo pegada al traje. Se sonrojó. Tendría que hablar con él, también.
Se levantó en la madrugada, sintiendo la ausencia de su marido en la cama. Eran las cuatro AM. Se levantó y rápidamente bajó, revisando el patio, la cocina, la sala, pero no estaba ahí.
Subió a los cuartos y despacio, intentó abrir el cuarto de Valerie. Tenía seguro. Con al corazón a reventar y muy molesta, acercó su oído, pero no alcanzó a percibir nada. Fue al cuarto de José, justo al lado a ver si podía escuchar algo.
Al entrar a la puerta de su hijo, se dio cuenta que Manuel estaba acostado ahí. Abrazaba al adolescente de trece y los dos dormían plácidamente. Suspiró llena de alivio.
José era un niño blanco, con el pelo rizado como ella. Le caían los churros en su rostro cada vez más juvenil. Estaban tapados con la sábana, aunque el aire acondicionado no estaba tan fuerte. Sonrió al contraste del enorme cuerpo paternal de Manuel y el cuerpo delgado, aunque en forma por el deporte de José.
Cuando era niño, solo podía dormir si su padre estaba en su cama, ahora era Manuel quien necesitaba a su pequeño, luego de tenerlo estudiando lejos. Sabía que Manuel, quien dió la idea de meterlo en el colegio privado, se arrepentía, pues extrañaba demasiado a su hijo. Les cerró la puerta y mientras iba lentamente a su habitación, escuchó el seguro ponerse en el cuarto de su hijo.


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