Hola, dejé el Smart Fit y ahora estoy en Sports World y…no sé que hacer
Pensé que mi secreto se quedaría en el smat fit, pero parece que me ha seguido hasta ahora.
Me llamo Diego, ya les había escrito antes, trabajaba en Smart Fit del Valle, y tengo un problema que no sé si llamar vicio, enfermedad o simplemente la forma más jodida de vivir que alguien podría elegir. Treinta y siete años, instructor en Sports World de Oasis Coyoacán, cuerpo trabajado de años de levantar pesas y correr en la cinta, y un secreto que me quema por dentro cada vez que alguien me mira de más. Todo empezó hace unos años, cuando trabajaba en Smart Fit del Valle, pero esa historia ya la saben.
Dejé Smart Fit, me cambié a Sports World, pero el vicio me siguió. Ahora tengo una red de contactos, tipos que tienen perros grandes y que no preguntan demasiado. Me buscan, me pagan, o simplemente me dejan pasar la noche con sus animales. Yo no cobro. Lo hago porque lo necesito. Porque cuando un perro me monta, cuando siento su verga caliente y veteada metiéndose en mí, el mundo se apaga y solo existe ese momento. Pero ahora hay un problema. Un cliente nuevo, un chavo de unos treinta años, guapo, con esa energía de quien sabe más de lo que dice. Se llama Adrián, y desde la primera vez que lo vi, sentí que me miraba raro. No de la forma en que te mira un tipo que quiere ligar, sino de la forma en que te mira alguien que ha descubierto algo. Algo sucio. Algo tuyo. Adrián entrena en la zona de pesas, siempre a la misma hora, justo cuando yo termino mi turno. No es casualidad. Me saluda con una sonrisa que no llega a sus ojos, y a veces, cuando estoy agachado corrigiendo la postura de alguien, lo siento mirándome el culo. No es una mirada de deseo. Es una mirada de reconocimiento. Como si supiera exactamente lo que hago cuando salgo de aquí. La semana pasada, mientras yo acomodaba unas mancuernas, Adrián se acercó y me dijo: —Oye, Diego, ¿tú tienes perro? Me quedé helado. Se me ocurrió mentir, decir que no, pero algo en su tono me hizo dudar. —No —contesté, tratando de sonar casual—. ¿Por qué? —No sé —dijo, encogiéndose de hombros—. Es que te veo con unas marcas en el cuello, como rasguños. Pensé que tal vez jugabas con uno. Me toqué el cuello. Tenía razón. Un perro, un rottweiler que me había montado la noche anterior, me había dejado marcas. Pensé que las había cubierto con la toalla. Adrián sonrió, y esa sonrisa me hizo sentir desnudo. —Cuídate, Diego —dijo, y se fue a la banca de press. Desde entonces, no puedo dejar de pensar en él. Me excita que sospeche. Me aterra que lo sepa. Pero hay algo en su mirada que me dice que no lo va a contar. Que tal vez, solo tal vez, él también tiene su propio secreto. Y eso me hace querer provocarlo, mostrarle más, ver hasta dónde llega su curiosidad. Ayer, en el vestidor, me lo encontré. Estaba desnudo de la cintura para arriba, secándose el pelo con una toalla. Yo fingí que buscaba algo en mi casillero, pero no podía dejar de mirarlo. Su cuerpo es delgado pero definido, con ese tipo de músculo que se ve natural, no de gimnasio. Tenía un tatuaje en el antebrazo, un lobo aullando. Cuando me vio mirándolo, sonrió y dijo: —¿Te gusta? Me lo hice el año pasado. Dicen que los lobos son leales, pero yo creo que son más salvajes que nada. —Depende —contesté, con la voz ronca—. Si los provocas, te muerden. Adrián rió, una risa corta y seca, y se acercó. Olía a jabón y a sudor, una mezcla que me puso la piel de gallina. —¿Y tú, Diego? ¿Eres de los que muerden o de los que provocan? No supe qué contestar. Me quedé ahí, con la boca abierta, mientras él se ponía la camiseta y salía del vestidor. Me dejó con una erección que tuve que esconder con la bolsa del gimnasio. Ahora estoy en mi departamento, solo, con mi perro, un labrador negro que me consiguió uno de mis contactos. Él no sabe lo que hago con otros perros, pero a veces me mira con una curiosidad que me hace pensar que tal vez también lo sabe. Lo acaricio, y él me lame la mano, y yo me pregunto si esto es lo que quiero para mi vida. No sé si parar. No sé si puedo. Cada vez que un perro me monta, siento que estoy vivo, que soy dueño de mi propio placer, aunque sea sucio y prohibido. Pero Adrián me ha hecho dudar. Su mirada, sus comentarios, esa forma de sonreír como si supiera exactamente lo que soy. Y lo peor es que me excita. Me excita pensar que él lo sabe, que tal vez lo aprueba, que tal vez quiere ser parte de eso. Hoy, durante mi turno, lo vi de nuevo. Estaba en la máquina de remo, y yo pasaba por ahí con una botella de agua. Me detuvo con un gesto. —Oye, Diego, ¿qué haces el sábado? —preguntó, sin dejar de remar. —Nada especial —dije, tratando de sonar casual—. ¿Por qué? —Es que tengo un amigo que tiene un perro enorme, un mastín. Y pensé que tal vez te gustaría conocerlo. Digo, si te gustan los perros. Se me heló la sangre. Lo miré, y él me miró de vuelta, con esos ojos oscuros que no parpadeaban. No había burla en su voz, pero tampoco inocencia. Era una prueba. Una invitación. Una trampa. —¿A qué te refieres? —pregunté, con la voz temblorosa. Adrián se detuvo, se secó el sudor de la frente, y sonrió. Una sonrisa lenta, que me hizo sentir que me estaba desnudando frente a él. —A lo que tú quieras que me refiera, Diego —dijo—. Solo digo que tengo un amigo con un perro muy cariñoso. Y que si algún día quieres conocerlo, me avisas. Se levantó de la máquina, me dio una palmada en el hombro, y se fue. Me quedé ahí, con la botella de agua en la mano, sintiendo el corazón latir tan fuerte que creí que iba a reventar. No sé qué hacer. No sé si Adrián lo sabe de verdad, o si solo está jugando conmigo. Pero hay algo en su actitud que me dice que no es casualidad. Que él ha visto algo en mí, algo que yo mismo no quiero ver. Y lo peor es que me excita pensar que él lo sabe, que tal vez quiere ser parte de eso. ¿Debería parar? ¿Debería decirle que tiene razón, que soy un puto degenerado que no puede dejar de ser cogido por perros? ¿O debería seguir fingiendo, esperando que este juego termine antes de que me destruya? No lo sé. Solo sé que esta noche, cuando llegue a mi casa y mi labrador me reciba moviendo la cola, voy a sentarme en el sofá y voy a pensar en Adrián. En su sonrisa. En su invitación. Y en el mastín de su amigo, esperándome. ¿Qué harían ustedes? ¿Seguirían con el secreto a salvo, o le darían al cliente la confirmación que parece estar buscando? Porque yo, la verdad, ya no sé si quiero seguir escondiéndome.
Escribeme a [email protected] bannearon mi tg e ig



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