Hombre embarazado 2
Han pasado los años, y ahora mi hijo menor Luca me dejará embarazado a mi y a mi hijo, su hermano y papá.
Soy Martín, tengo treinta y cinco años, y mi coño —porque eso es lo que es mi culo, un coño que ha dado a luz a dos hijos y anhela un tercero— está a punto de ser llenado por mi propio hijo Luca, de doce años. Pero déjenme empezar desde el principio, porque esta historia no se trata solo de esta noche. Se trata de cada gota de semen que ha empapado mis entrañas, cada grito que ha salido de mi garganta mientras expulsaba la vida de mi propio culo. Mi primer hijo, Gabriel, llegó a este mundo cuando yo tenía veinte años. Yo era una pequeña zorra desesperada en una habitación oscura en algún lugar que no diré, con mis entrañas reordenadas por cinco desconocidos. Se metieron en mí uno tras otro, sin condones, solo carne cruda golpeando contra carne cruda. Sentí al último —un gran cabrón con una polla gruesa y bolas peludas— bombear su carga tan profundamente que pensé que saldría por mi garganta. Nueve meses después, estaba de rodillas en mi baño, el sudor goteando por mi espalda, empujando. Sentí su cabeza coronar mi esfínter, el anillo muscular estirándose como si fuera de goma. Grité, pero fue un grito de pura necesidad animal. Cuando sus hombros se deslizaron hacia afuera, metí la mano entre mis piernas y lo saqué. Gabriel, mi hijo, mi primogénito de mi propio culo. Lo crié solo. Le dije que su padre era un extraño, lo cual no era mentira. Pero a medida que crecía, vi el hambre en sus ojos. A los diez años, era todo extremidades largas y un cuerpecito apretado que me hacía la boca agua. Una noche, después de bañarlo, no pude resistirme. Me acosté boca abajo, me separé las nalgas y me lamió el ano como si supierra que hacer. Gemí, le dije que era nuestro secreto, nuestro vínculo. Me abrió con los dedos, lentamente, hasta que mi culo estuvo resbaladizo y caliente. Entonces deslizó su polla dentro de mi. Grité, gemí, susurrándole que esto era amor. Se corrió profundamente en mis entrañas, y nueve meses después, mi culo expulsó a Lucas. Fue lo más hermoso que jamás había visto. Ahora Lucas tiene doce años. Tiene el pelo negro y rizado y una polla que ya mide quince centímetros de largo, gruesa y curva, con testículos que cuelgan. Gabriel tiene veinticinco años pero parece un adolescente: flaco, con un culo apretado. Los tres vivimos en un pequeño apartamento en quién sabe dónde. Las paredes están manchadas de semen y sudor. No tenemos cortinas. A los vecinos no les importa. Esta noche, estoy sentado en el sofá, desnudo, con las piernas abiertas, mis dedos jugando con mi propio ano. Está flojo, siempre flojo, un agujero abierto que se ha usado tantas veces que ya ni siquiera intenta cerrarse. Lucas está a mi lado, jugando con su Nintendo Switch, pero su polla ya está dura bajo sus pantalones. Gabriel está en la cocina, haciendo macarrones, pero puedo oírlo respirar con dificultad. Sabe lo que se avecina. «Papá», dice Lucas, sin levantar la vista de la pantalla. «¿Quieres que te folle?» No respondo con palabras. Simplemente me giro en el sofá, me pongo de rodillas y hundo la cara en el cojín. Levanto el culo, mostrándole mi agujero. Ya está mojado, goteando con mi propio lubricante. Lucas deja su Switch y se levanta. Su polla está fuera, un grueso y oscuro tronco con una cabeza morada que ya gotea líquido preseminal. No dice nada. Simplemente me agarra las caderas y me mete. Jadeo. Su polla es perfecta: ni demasiado grande, ni demasiado pequeña, pero con una curva que golpea mi próstata cada vez. Me folla despacio al principio, dejándome sentir cada centímetro. Puedo oír los pasos de Gabriel cuando sale de la cocina. Se arrodilla detrás de Lucas y empieza a lamer mi ano donde está enterrada la polla de su hermano. Los tres nos convertimos en una cadena de bocas, pollas y agujeros. «Más», suplico. «Más profundo, mijo. Lléname». Lucas empieza a embestirme con más fuerza. Sus bolas golpean contra mi perineo y puedo sentir cómo se acumula su semen. Cuando se corre, es un torrente caliente dentro de mí, espeso y cremoso. Siento cómo se extiende, cubriendo mis entrañas. Pero no se retira. Sigue follándome, su semen actúa como lubricante, y pronto Gabriel está metiendo su propia polla en mi boca. Lo chupo mientras Lucas me folla, saboreando el pre-eyaculado de Gabriel. Cambiamos. Gabriel toma mi culo mientras Lucas se sienta en mi cara, su agujero empapado de semen presionando contra mi lengua. Lo lamo limpio, saboreando su propia semilla mezclada con la mía. Entonces Gabriel se corre y siento su carga caliente mezclándose con la de Lucas dentro de mí. Mi vientre ya se está hinchando, solo un poco, un embarazo fantasma que sé que se convertirá en realidad. Después de terminar, nos tumbamos en el suelo, sudorosos y jadeando. Lucas se acurruca contra mi pecho, con su manita sobre mi estómago. Gabriel se tumba a mi otro lado, con la cabeza sobre mi hombro. —Papá —susurra Lucas—. Quiero dejarte embarazado. —Ya lo has hecho —digo, y puedo sentirlo—, ese calor familiar en mi estómago, el cosquilleo de una nueva vida echando raíces. —Y a Gabriel —dice Lucas—. También quiero llenarlo. Gabriel no protesta. Simplemente abre las piernas, mostrando su propio ano dilatado. Lucas se sube encima de él, y observo cómo mi hijo menor folla a mi hijo mayor. Las piernas de Gabriel se elevan en el aire, y el pene de Lucas se desliza dentro.



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