Hombre embarazado
Después de una noche en un cuarto oscuro, un hombre queda embarazado y dará a luz por el ano.
El Cuarto Oscuro
No sé ni cómo explicar lo que me pasó, pero necesito contarlo. Soy un tío normal, o al menos lo era. Trabajo en una oficina, salgo con mis amigos, me gusta el fútbol y las series de mierda de Netflix. Pero también me va el sexo duro. Y no me refiero a un par de azotes y ya. Me refiero a lo bestia, a lo que te deja temblando en la cama durante días. Y ese día, ese maldito día que entré en ese cuarto oscuro, todo cambió. Ahora estoy aquí, escribiendo esto con la barriga llena de un bicho que me crece dentro, y lo peor de todo es que me encanta.
La noche que empezó todo
Fue hace nueve meses. Bueno, nueve meses justos ya, porque el parto es mañana según mis cálculos. Pero empecemos por el principio. Salí del trabajo, me fui al gimnasio, y luego, en vez de volver a mi piso, tuve esa puta idea de ir a una sauna gay que conocía. No era la primera vez. Normalmente solo iba a echar un polvo rápido, una mamada en la oscuridad, y luego a casa. Pero esa noche tenía más hambre. Me sentía vacío, necesitaba algo… más.
La sauna estaba llena. Entré, me desnudé en el vestuario, me puse la toalla alrededor de la cintura y caminé por los pasillos con ese olor a lejía y a semen. El corazón me latía fuerte. Al fondo, había un cuarto totalmente negro, sin luz, donde solo se oían gemidos y el sonido húmedo de la carne. Esa era la zona de no retorno. Siempre había querido entrar, pero me daba vergüenza. Esa noche, no sé por qué, empujé la puerta.
El cuarto olía a sudor, a sexo, a varios cuerpos. No veía absolutamente nada. Sentí manos tocándome, dedos que me recorrían los brazos, el pecho. No sabía cuántos eran, pero estaba excitadísimo. Dejé que me quitaran la toalla. Alguien me agarró de la polla, que ya estaba dura, chorreando líquido preseminal. Otro me metió los dedos en el culo, sin lubricante, solo con su saliva. No me importó. Me apoyé contra la pared y abrí las piernas.
El primero que me penetró fue el que me había estado jugando con el ojete. No le vi la cara, solo sentí una polla gorda y caliente que me abría completamente. Gemí, me mordí el labio para no gritar. Me folló rápido, sin miramientos, como si fuera un puto objeto. Y yo quería más. Cuando acabó, noté que se corría dentro de mí. Su leche caliente me llenó el culo, espesa y abundante.
Pero no se fueron. Otro cuerpo se colocó detrás de mí, y sentí otra polla, más larga, que empujaba contra mi culo lleno de semen. Entró sin problemas, resbalando con el lubricante natural que ya tenía. Empezó a follarme mientras el primero me agarraba del pelo y me metía su polla en la boca, aún mojada de su propia corrida.
No sé cuántos fueron. Perdí la cuenta. En algún momento estaba de rodillas en el suelo, y me follaban por turnos. Uno detrás de otro. Algunos se corrían dentro, otros fuera, en mi cara, en mi pecho. Todo era una mezcla de sudor, saliva y semen. Yo solo existía para ser usado. Me corrí varias veces, sin tocarme, solo sintiendo cómo me reventaban el culo. Me corría como un puto torrente, y ellos lo aprovechaban para meterme más profundo.
Cuando al final salí de allí, estaba temblando, apenas podía caminar. Tenía el culo tan abierto que sentía que se me escapaba el semen que llevaba dentro. Manaba entre mis piernas mientras me vestía. Llegué a casa, me metí en la ducha y me senté en el suelo, dejando que el agua caliente me limpiara. Pero dentro de mí, algo había quedado. Algo que no sabía que cambiaría mi vida para siempre.
Dos meses después: el descubrimiento
Pasaron las semanas. Seguí con mi vida normal, pero tenía síntomas raros. Primero, los pezones me dolían. Me tocaba y estaban sensibles, como si los tuviera inflamados. Luego, empezaron las ganas de vomitar por las mañanas. Lo primero que pensé fue que había cogido una intoxicación, pero no se me pasaba. Me sentía hinchado, y mi culo… notaba algo extraño, como si hubiera presión en el recto, como si hubiera un bulto allí dentro.
Una noche, después de cenar, me quedé mirándome al espejo. Me toqué la barriga, y no era grasa. Estaba más dura de lo normal, y notaba como una pequeña protuberancia justo encima del pubis. Me entró el pánico. Fui al médico de cabecera, todo tímido. Le dije que tenía dolor abdominal, pero él me hizo una ecografía. La cara que puso no la olvidaré jamás.
—Vamos a hacer una prueba de embarazo —dijo, muy serio.
—Pero si soy hombre… —balbuceé.
—Lo sé, pero hay una anomalía que he visto en la ecografía. Una especie de saco gestacional en la cavidad abdominal baja, conectado con su recto. No es normal, pero en casos rarísimos puede ocurrir un embarazo extrauterino en hombres que han recibido semen en el ano, si hay ciertas condiciones anatómicas. Usted tiene una especie de bolsa interna, como un útero rudimentario, probablemente congénito.
No entendía nada. Me hicieron un análisis de sangre. La beta-hCG salió positiva. Estaba de ocho semanas. Se me heló la sangre.
—Pero… ¿cómo? —pregunté, con la voz temblorosa.
—El semen que recibió en esa sauna… uno de ellos, su esperma fecundó algo que no debería ser fecundado. Es un milagro biológico. Y no, no podemos interrumpirlo. No es un embarazo normal. El feto se está desarrollando dentro de una cavidad formada entre el recto y la próstata. No se puede abortar con métodos convencionales. Va a tener que gestarlo nueve meses y dar a luz por vía anal. Es la única salida.
Me quedé en shock. Pero luego, mientras conducía a casa, empecé a pensar en ello. Estaba embarazado. Llevaba dentro a un bebé de esos desconocidos. Uno de ellos había sido tan potente que me había dejado preñado. Y recordé aquella noche, cómo me llenaban, cómo se corrían dentro de mí una y otra vez. De repente, sentí una excitación brutal. Se me puso dura. Mi mano bajó a mi entrepierna mientras manejaba. Imaginé a todos aquellos hombres, sus pollas chorreando semen dentro de mi culo, y ese semen había creado vida dentro de mí. Una vida que crecía en mi vientre, que empujaba mi ano desde dentro.
Esa noche me masturbé pensando en ello. Me corrí como un loco, con la mano en la barriga, sintiendo que allí dentro había un ser formándose. Era enfermo, sí, pero me calentaba horrores.
El embarazo
Los meses siguientes fueron una locura. Mi barriga empezó a crecer. A los cuatro meses ya se notaba un bulto evidente. Tenía que usar ropa ancha. Nadie lo sabía excepto mi médico. Mis amigos me preguntaban si había engordado, y yo les decía que era estrés. Pero por las noches, me encerraba en mi cuarto, me desnudaba y me miraba al espejo. Me acariciaba el vientre, y notaba los movimientos del feto dentro. Era una sensación indescriptible. Sentía pataditas, pero no en el útero, sino en el fondo de mi recto, como si el bebé estuviera pateando mi culo desde dentro.
Y eso me ponía más duro que una roca. Me sentaba en el borde de la cama, me abría las piernas y me metía los dedos en el culo. Podía sentir el saco amniótico presionando contra las paredes anales. Era como tener un juguete sexual vivo dentro. A veces me masturbaba hasta correrme, imaginando que eran aquellos hombres de la sauna los que me embarazaban de nuevo.
A los siete meses, la presión era enorme. El bebé ya pesaba más de un kilo, y mi culo se había dilatado naturalmente. Tenía que ir al baño constantemente, pero no era para cagar. Era el bebé empujando hacia abajo, preparándose para salir. El médico me dijo que el parto sería natural, por el ano, y que tendría que empujar como si fuera una defecación, pero que saldría un bebé completo. Me advirtió que sería doloroso, pero también que mi cuerpo estaba diseñado para ello.
No podía dejar de pensar en el momento del nacimiento. La idea de expulsar a un bebé por el culo me volvía loco. Me pasaba horas jugando con mi ano, estirándolo con juguetes, preparándolo. Quería que ese momento fuera lo más placentero posible para mí, aunque los médicos dijeran que sería terrible.
La noche antes del parto
Ahora estoy aquí, en mi cama, con la barriga enorme, a punto de reventar. Mañana iré al hospital. No quieren que pare en casa porque es un caso único y necesitan supervisión médica. Pero esta noche, la última noche antes de que ese bebé salga de mi culo, quiero recordarlo. Quiero excitarme una vez más. Mi mano baja a mi entrepierna, toco mi polla, que sigue dura a pesar del embarazo. Abro las piernas, me unto los dedos con lubricante —el médico me ha prohibido meter nada, pero qué carajo—, y me los meto en el culo.
Siento la cabeza del bebé presionando contra mi esfínter. Está ahí, listo para salir. Me muerdo el labio y empujo suavemente con los dedos. Siento el bulto de su cráneo, pequeño, duro, moviéndose dentro de mí. Cierro los ojos y recuerdo aquel cuarto oscuro. Las manos, las pollas, las corridas dentro de mí. Uno de aquellos espermas tuvo la fuerza para crear esto. Y mañana, voy a parir a su hijo por el agujero que ellos usaron.
Me pongo a masturbarme fuerte, con la otra mano metida en el culo, rozando la cabeza del bebé. Me imagino que ellos están aquí, mirando cómo empujo su cría fuera de mi ano. Me corro violentamente, gritando, y siento que el bebé se mueve más abajo, como respondiendo a mi orgasmo.
Me quedo allí, sudado, jadeando, con la mano llena de mi propia leche. Mañana será el gran día. Voy a dar a luz a un varón. Lo he sabido por la última ecografía. Un niño. Y me excita saber que su padre es uno de esos desconocidos que me follaron aquella noche. Quizás nunca sepa quién es, pero su hijo va a nacer de mi culo. Y cuando salga, cuando lo tenga en mis brazos, voy a recordar cada polla que me llenó. Es retorcido, lo sé. Pero es mi verdad.
El Nacimiento
Me desperté con un dolor que me partía el culo en dos. No era un dolor normal, de esos que te dan cuando te has pasado con un consolador grande. Era un dolor profundo, como si alguien me estuviera desgarrando las entrañas desde dentro. Miré el reloj: las cinco de la mañana. Maldecí, pero al mismo tiempo sentí una oleada de calor en la entrepierna. Sabía lo que era. El bebé quería salir.
Me levanté como pude, agarrándome la barriga enorme. Tenía el culo húmedo, y al tocarme noté que estaba manchado de un líquido claro y espeso. El saco amniótico se había roto durante la noche. No era agua como en las películas, era un líquido más espeso, caliente, que me resbalaba por los huevos y las piernas. Me puse una toalla entre las piernas y llamé al hospital. Me dijeron que fuera ya.
No sé cómo conduje hasta allí. Cada contracción me obligaba a apretar el volante, a gemir como un puto animal. Sentía la cabeza del bebé presionando contra mi esfínter, como si quisiera abrirse paso a empujones. Llegué al hospital y me llevaron directo a una habitación especial. Me dijeron que era el primer caso documentado de parto anal en un hombre. Iba a ser histórico. A mí me importaba una mierda ser histórico; solo quería que aquello saliera de una vez.
Me pusieron en una camilla, con las piernas abiertas en estribos. Era humillante, pero también excitante. Estaba completamente desnudo, con el culo al aire, y una médica y dos enfermeras me miraban como si fuera un bicho raro. Una de ellas, rubia, joven, me puso una mano en el muslo.
—Vamos a intentar que sea lo menos traumático posible. Vas a tener que empujar como si estuvieras defecando, pero con mucha fuerza. El bebé está en posición correcta, con la cabeza hacia abajo en tu recto. Cuando lo sientas coronar, empuja con todo.
Empujar. Fácil decirlo. La primera contracción llegó y apreté como si me fuera la vida en ello. Sentí un desgarro, un dolor cegador, pero también una presión que me llenaba todo el canal anal. La enfermera me gritaba que siguiera, que la cabeza ya asomaba. No veía nada, pero sentía cómo mi ano se estiraba hasta un límite que jamás había alcanzado ni con el juguete más grande. Era como si me estuviera abriendo en dos, pero en vez de romperme, me expandía.
De repente, un alivio brutal. La cabeza salió. Sentí el cráneo pequeño y caliente entre mis nalgas, húmedo de sangre y líquido amniótico. La médica me dijo que parara, que dejara que el cuerpo girara. Yo jadeaba, sudando, con las manos aferradas a la camilla. La enfermera rubia me sujetaba la pierna y me animaba.
—Ya casi, Olaxer. Un empujón más fuerte y sale el resto.
Apreté de nuevo, con todas mis fuerzas. Sentí cómo los hombros pasaban, rozando mi esfínter desgarrado, y luego el tronco, y las piernas. Un chorro de sangre y líquidos me empapó los muslos. Y entonces oí un llanto. Un llanto de bebé, agudo, potente.
Me dejé caer hacia atrás, temblando. Había parido. Lo había hecho. Miré hacia abajo y vi a la médica sosteniendo a un niño cubierto de sangre y babas, con el cordón umbilical colgando de mi culo. Todavía estaba conectado a mí. El bebé lloraba, movía los bracitos. Era pequeño, unos tres kilos, moreno como yo, con una mata de pelo negro.
La enfermera lo limpió y me lo puso en el pecho. Yo seguía con las piernas abiertas, sintiendo cómo la placenta empezaba a desprenderse dentro de mi recto. Pero no me importaba. Tenía a mi hijo en brazos. Un hijo que había crecido dentro de mi culo, que había salido de mi ano. Lo miré a los ojos, esos ojitos oscuros que parpadeaban confundidos. Y entonces sentí algo increíble.
Mis pezones empezaron a hormiguear. No me había dado cuenta, pero durante el embarazo se me habían hinchado, y ahora notaba que se me humedecían. La médica me explicó que las hormonas del embarazo habían estimulado mis glándulas mamarias rudimentarias. Podría amamantarlo.
—Ponlo a succionar —dijo— Verás como sale leche.
No me lo pensé. Acercaba su boquita a mi pezón izquierdo. El bebé, instintivamente, lo chupó. Sentí un tirón suave, y luego un chorro caliente saliendo de mi pecho. Estaba dando el pecho. Mi propio hijo mamaba de mí. Era la sensación más extraña y placentera que había tenido nunca. Su lengua rozaba mi pezón, sus manitas apretaban mi piel. Y mientras lo hacía, notaba que mi culo todavía palpitaba, abierto, vacío, pero lleno de una satisfacción indescriptible.
Las semanas siguientes
Pasaron los días. A mi hijo le puse de nombre Daniel, por mi abuelo. No sabía quién era el padre, pero me daba igual. Daniel era mío, había salido de mi cuerpo. Lo amamantaba cada dos horas, y cada vez sentía ese hormigueo en los pezones que me recorría hasta la polla. Me ponía duro mientras él mamaba. A veces tenía que masturbarme disimuladamente para aliviar la tensión, con él en brazos, mientras su boca succionaba mi leche.
Mi culo tardó semanas en cerrarse del todo. Al principio tenía que usar compresas porque seguía manchando sangre y líquidos. Pero cuando se curó, noté que había quedado más abierto que antes, más elástico. Podía meterme tres dedos sin apenas esfuerzo. Y esa sensación de vacío, de haber expulsado algo tan grande, me volvía loco. Quería llenarlo otra vez. No de cualquier cosa: quería otro embarazo.
Empecé a investigar en internet. Había foros de hombres que habían parido, casos rarísimos como el mío, pero ninguno había repetido. Pero yo sabía que mi cuerpo era especial. Tenía esa bolsa interna donde podía gestar. Y la leche seguía saliendo, incluso después de que dejé de amamantar a Daniel a los seis meses. Se me secó un poco, pero si me estimulaba los pezones, aún brotaban gotas blancas.
Me masturbaba pensando en volver a aquel cuarto oscuro. En que me llenaran de semen otra vez. Pero esta vez no sería anónimo. Quería que fuera alguien específico. Y entonces, mientras veía a Daniel gatear por el salón, tuve un pensamiento retorcido, tan prohibido que incluso a mí me sorprendió.
Si algún día mi hijo crece, y tiene mi misma condición… podría él embarazarme.
Era una fantasía enferma, lo sé. Pero no podía quitármela de la cabeza. Imaginaba a Daniel adolescente, con su polla dura, follándome como aquellos desconocidos. Y su semen dentro de mí, fecundando otra vez, creando un hermano para él. O quizás una hermana. Un círculo vicioso de incesto y preñez.
A veces, cuando lo bañaba, lo miraba desnudo, pequeño e inocente, y pensaba en el futuro. Él no sabía nada. Pero yo sí. Y esperaba que cuando fuera mayor, compartiera mis mismos deseos. O quizás no. Quizás solo era una fantasía que nunca se cumpliría. Pero me excitaba tanto que me pasaba noches enteras masturbándome con esa imagen.
Los Años de Daniel
Los meses se convirtieron en años. Daniel creció, fuerte y sano, con esa piel morena que había heredado de mí y unos ojos oscuros que me miraban con una mezcla de inocencia y curiosidad. Yo seguía dándole el pecho. No era necesario, ya comía sólidos, pero no podía evitar ofrecérselo cada noche, antes de dormir. Era nuestro ritual. Él se acurrucaba contra mi pecho, chupaba suavemente, y yo sentía esa corriente caliente que me recorría hasta la polla.
Cuando cumplió cinco años, ya no mamaba tanto, solo un rato por las noches. Pero yo me aseguraba de que mi leche siguiera fluyendo. Me estimulaba los pezones a escondidas, me sacaba gotas blancas y las guardaba en frascos pequeños. No sabía para qué, pero me excitaba pensar que mi cuerpo seguía produciendo alimento para él.
A los diez años, Daniel empezó a preguntar. Se fijaba en mi cuerpo, en mis pezones hinchados, en mi barriga plana pero con esa cicatriz invisible en el ano. Una noche, mientras lo acostaba, me preguntó:
—Papá, ¿por qué todavía tienes leche? Los otros papás no tienen.
Me quedé en silencio. Le acaricié el pelo.
—Porque tú eres especial, hijo. Y yo también. Tuve que dártela cuando eras bebé, y mi cuerpo nunca dejó de producirla.
Él asintió, sin entender del todo. Pero esa noche, cuando se durmió, yo me masturbé en mi cuarto imaginando que algún día entendería. Que algún día la pediría por sí mismo.
La Adolescencia
A los trece años, Daniel ya era un adolescente alto, delgado, con una polla que empezaba a crecer. Yo lo veía cambiarse, lo espiaba cuando se duchaba, y sentía una mezcla de orgullo y lujuria. Mi hijo se estaba convirtiendo en un hombre. Un hombre que, según mi fantasía más retorcida, algún día me llenaría.
Una noche, entré en su cuarto sin llamar. Estaba desnudo, mirándose al espejo. Se volvió, sonrojado.
—Papá, ¡toca la puerta!
—Perdona —dije, sin apartar la mirada de su cuerpo joven, de su polla medio erecta—. Solo quería darte las buenas noches.
Cerré la puerta, pero mi corazón latía fuerte. Lo había visto. Era hermoso. Y yo quería más.
A los catorce, empezó a tener sueños húmedos. Yo lo sabía porque manchaba las sábanas. Una mañana, mientras él estaba en el colegio, entré en su cuarto y olí su semen en la ropa de cama. Me llevé una de sus sábanas a la nariz, inhalé su olor, y me masturbé allí mismo, frotándome contra la tela, imaginando que era su polla la que me penetraba.
Esa noche, cuando se acostó, me senté en el borde de su cama.
—Daniel, ¿has tenido sueños raros?
Se puso rojo.
—¿Cómo sabes?
—Lo sé todo, hijo. Es normal. Pero si quieres hablar de ello, yo estoy aquí.
Él no dijo nada. Pero yo me incliné y le besé la frente.
—Buenas noches, cariño.
Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, me desabroché la camisa y le ofrecí mi pezón. Él lo miró, dudó, pero luego lo chupó, igual que cuando era pequeño. Sentí su lengua, caliente, y mi polla se puso dura de inmediato. Él lo notó, porque mi erección presionaba contra su muslo.
—Papá… —susurró, soltando el pezón.
—Shhh, no pasa nada. Esto es nuestro.
Él siguió mamando, más hambriento que nunca, y yo gemí bajito, dejando que su boca succionara mi leche. Esa noche, no pude dormir. Sabía que el momento se acercaba.
La Primera Vez
Tenía dieciséis años cuando ocurrió. Era verano, hacía calor, y estábamos solos en casa. Daniel estaba en el salón, viendo la tele, con un pantalón corto que apenas le cubría los muslos. Yo llevaba un albornoz abierto, sin ropa interior. Me senté a su lado, muy cerca.
—¿Papá? —preguntó, notando mi cercanía.
—¿Te apetece tomar un poco de leche, hijo? —dije, abriendo el albornoz, mostrándole mis pezones erectos.
Él tragó saliva. Ya no era un niño. Sabía lo que aquello significaba. Pero su cuerpo reaccionó antes que su mente. Se inclinó y chupó mi pezón izquierdo, mientras yo le acariciaba la nuca.
—Más fuerte, cariño —susurré.
Él succionó con más fuerza, y yo gemí. Mi mano bajó hasta su entrepierna. Su polla estaba dura, enorme para su edad. La acaricié por encima del pantalón.
—¿Te gusta, Daniel?
—Sí, papá —dijo, la voz temblorosa.
—Pues entonces haz lo que sientas.
Él levantó la cabeza, me miró a los ojos, y entonces me besó. Fue un beso torpe, de adolescente, pero lleno de deseo. Yo se lo devolví, abriendo su boca con mi lengua. Nos besamos largo rato, mientras yo le bajaba el pantalón y dejaba al descubierto su polla. Era perfecta, larga, recta, con la cabeza rosada y brillante.
Me arrodillé frente a él.
—Déjame probarte, hijo.
Y sin esperar respuesta, me la metí en la boca. Gemí al sentir su sabor, salado, joven, virgen. Su semen aún no había tocado a nadie más que a mí. Mamé su polla como si fuera mi pezón, succionando, acariciando con la lengua. Él jadeaba, se aferraba a mi pelo.
—Papá, voy a… voy a…
—Adelante —dije, sin soltarlo.
Y se corrió. Un chorro caliente, espeso, que me llenó la boca. Lo tragué todo, cada gota. Su semen sabía a vida, a futuro. Sabía a mi sangre.
Esa noche, lo lleve a mi cuarto. Lo tumbé boca arriba, me puse a horcajadas sobre su cara.
—Ahora me toca a mí, Daniel. Chupa mis pezones.
Él obedeció. Mientras, yo me bajé, poniéndome de rodillas, y me senté sobre su polla. Todavía estaba dura, cubierta de su propia saliva y la mía. Guie la cabeza contra mi ano, ya abierto, elástico, esperándolo.
—Papá, ¿estás seguro?
—Más que nunca.
Me dejé caer. Su polla entró entera, sin resistencia, deslizándose por mi canal anal hasta el fondo. Gemí largo, sintiendo cómo llenaba cada centímetro de mi interior. Era más grande que cualquiera de los desconocidos de la sauna. Era perfecto.
—Muévete, hijo. Fóllame.
Él empezó a empujar, torpe al principio, luego más seguro. Yo cabalgaba sobre él, sintiendo su polla rozar esa bolsa interna donde dos años atrás había gestado a su hermano. Ahora era él quien me llenaba.
—Quiero que te corras dentro de mí —dije—. Quiero tu semen en mi culo.
Él gimió, apretó mis caderas, y se derramó. Sentí su leche caliente, espesa, llenándome el recto. Era como aquella noche en el cuarto oscuro, pero mejor. Porque era él. Era mi sangre.
Yo me masturbé mientras él seguía dentro de mí, eyaculando sobre su pecho.
—Gracias, papá —susurró.
—No, hijo. Gracias a ti.
El Embarazo
Supe que estaba embarazado a las dos semanas. Los mismos síntomas: pezones sensibles, náuseas, y esa presión en el recto que recordaba tan bien. Fui al médico, me hicieron la ecografía. Allí estaba, el saco gestacional conectado a mi pared rectal.
—Un varón —dijo el médico—. De nuevo.
Sonreí. Sabía que sería así. Mi cuerpo solo podía engendrar varones. Y ese hijo sería el hermano de Daniel, pero también el suyo. Porque él era el padre.
Cuando se lo dije, se quedó en shock.
—¿Voy a ser… padre de mi hermano?
—Sí, Daniel. Y yo voy a parir a tu hijo. Nuestro hijo.
Lo abracé, sintiendo su polla endurecerse contra mi barriga. Él también sentía la excitación prohibida. Esa noche, me folló otra vez, despacio, cuidando mi interior, corriéndose dentro de mí tres veces. Quería asegurarse de que el bebé creciera fuerte.
Pasaron los meses. Mi barriga creció, y Daniel no se separaba de mí. Me tocaba la tripa, hablaba con el feto, me lamía los pezones hinchados. A veces, mientras me chupaba, sentía movimientos en mi recto, pataditas del bebé contra mi esfínter.
—Está ansioso por salir —le decía.
—Y yo ansioso por verte parir otra vez —respondía él.
Llegó la noche del parto. Daniel me llevó al hospital, me sujetó la mano mientras yo empujaba, sintiendo la cabeza del bebé coronando mi ano. Gemí, grité, apreté con todas mis fuerzas.
—Ya sale, papá. La cabeza ya está fuera.
Sentí el cráneo caliente entre mis nalgas, y entonces, con un último empujón, el resto del cuerpo. El bebé lloró, fuerte, sano. Daniel lo tomó en brazos, llorando también.
—Es hermoso —dijo—. Y es nuestro.
Lo llamamos Lucas. Esa noche, en la cama del hospital, Daniel me ayudó a ponerlo al pecho. Lucas mamó hambriento, igual que su padre hacía diecisiete años. Y yo, con mi hijo mayor a un lado y mi hijo menor succionando mi leche, sentí que había alcanzado la plenitud.
No sabía qué pasaría en el futuro. Si Daniel querría embarazarme otra vez, si Lucas seguiría sus pasos. Pero sabía una cosa: mi culo siempre estaría abierto, esperando ser llenado. Esperando crear más vida, más varones que continuaran este ciclo retorcido y hermoso.
Mientras Lucas mamaba, Daniel me besó el cuello.
—Te quiero, papá.
Yo sonreí.
—Y yo a ti, hijo. Y a tu hijo también.
Y así, con la leche brotando de mis pezones y el semen de mi hijo aún caliente en mis entrañas, supe que esta historia no había hecho más que empezar.


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