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Fantasías / Parodias, Gays, Zoofilia Hombre

Homeless gay invadido por cucarachas, y se excita

Hace muchos años dejé mi casa y abandonpe la carrera, tuve que vivir en la calle y aunque siempre me dieron asco y miedo las cucarachas, algo pasó, y me convertpi en puto pervertido.
Me llamo Diego, tengo veintidós años, y soy el tipo de persona que te cruzas en la calle y no volteas a ver dos veces. Antes de que todo valiera verga, estaba en la UAM, estudiando administración, con un cuarto en la Narvarte que pagaba con una beca y lo que me daban mis jefes. Pero luego llegó el putazo: reprobé todo el segundo año, me quedé sin beca, mis jefes se hartaron y me cortaron el apoyo. Les dije que ya no quería estudiar, que iba a trabajar, pero la neta era puro orgullo pendejo. Me salí, me quedé sin lana en dos meses, y cuando el casero me aventó mis cosas a la calle, me di cuenta de que no tenía a dónde ir. Los primeros días fueron de puro coraje y vergüenza. Dormía en el Metro, en las estaciones que cierran tarde, hasta que los de seguridad me corrían. Luego descubrí el mercado Juventino Rosas, en Iztacalco. De día hay un chingo de gente, puestos de todo, el olor a carnitas y a fruta podrida mezclándose en el aire. De noche, cuando cierran los puestos y se van los comerciantes, el mercado se vuelve otro pedo. Los callejones se quedan vacíos, con montones de cajas, tarimas, cartones. Ahí encontré mi refugio: un callejón entre dos bodegas, donde el techo de lámina cubría un poco de la lluvia y donde nadie se metía porque apestaba a orines y a basura vieja. Las primeras semanas fueron de puro sobrevivir. Comía lo que encontraba en la basura de los puestos: tortillas duras, fruta pasada, a veces un pedazo de pollo que todavía tenía algo de carne. El hambre es cabrona, te hace olvidar el asco bien rápido. Mi ropa se fue poniendo mugrienta, rota, hasta que ya nomás me quedaban unos pants cagados y una sudadera sin cierre. El frío en las noches era una chingadera, y cuando empezó a llover más seguido, tuve que aprender a lavar mi ropa en los lavabos del mercadoesos que estan aun a la mano estando cerrado. Esa noche, la que nunca se me va a borrar, había llovido todo el día. La humedad se metía en los huesos pero hacia calor. Me había quitado los pants y la sudadera para lavarlos en el lavabo, los estrujé bien, los dejé escurriendo sobre una reja del callejón. Me quedé en cueros, no tenía tanto frío pues era época de calor. Extendí unos cartones que junté de la basura, me acosté boca arriba, y me cubrí con periódicos viejos. Estaba tan cansado que me quedé dormido como piedra. No sé cuánto tiempo pasó. Lo único que supe fue que algo me despertó. Una sensación rara, como cosquillas, como si un montón de deditos diminutos estuvieran caminando sobre mi cuerpo. Abrí los ojos, y en la penumbra del callejón, iluminado apenas por un foquito amarillo que colgaba de un poste, vi lo que me estaba pasando. Estaba lleno de cucarachas. Pinche imagen bien cabrona. Había como cincuenta, sesenta, quizás más. Grandotas, de esas color café oscuro, con antenas largas y patas que se movían rápido. Las sentía caminar sobre mi pecho, sobre mis piernas, sobre mi cara. Una se me subió al labio y sentí el roce de sus patas en la boca. Otra estaba en mi cuello, otra más cerca del ombligo. Lo primero que me llegó fue el asco, claro. Un asco bien pinche, de esos que te hacen querer sacudirte, gritar, salir corriendo. Pero no sé qué pasó. Tal vez fue el aire frío, tal vez fue la desesperación de estar tan jodido que ya nada importaba. Tal vez fue que llevaba semanas sin sentir nada que no fuera hambre o tristeza. El caso es que el asco se fue transformando en otra cosa. Empezó a sentirse… raro. Las patas de las cucarachas, ese caminar rápido y ligero, me estaban poniendo la piel chinita. Pero no de frío, no de miedo. De excitación. Me di cuenta cabrón. Me di cuenta de que tenía el pene bien parado, tieso, duro como piedra. Una cucaracha grande, de esas bien alimentadas que viven en los mercados, se paseaba por mi muslo, subiendo despacio hacia la ingle. La sentí caminar por el borde del huevo, y en lugar de espantarla, dejé que siguiera. Otra se me subió al estómago, otra más al pecho. Abrí los ojos bien grandes, viendo mi propio cuerpo cubierto de esos bichos, y en vez de asco sentí una calentura bien cabrona. —Soy un puto depravado —me dije en voz baja, casi riéndome—. Estoy bien jodido de la cabeza. Pero no me detuve. Al contrario, llevé las manos a mis nalgas, las separé bien, abriendo el culo para que cualquier cucaracha que anduviera por ahí pudiera llegar al agujero. Y llegaron. Una, dos, tres. Las sentí caminar cerca del ano, las antenas tocando la piel, las patas haciéndome cosquillas en el esfínter. Gemí bien fuerte, sin importarme que alguien pudiera escucharme. El puto placer era demasiado, era sucio, era enfermo, pero era mío. Abrí la boca y saqué la lengua. Una cucaracha gorda, de esas que parecen de plástico, estaba cerca de mi cara. La atrapé con la lengua, la metí a la boca. Sabía a mugre, a basura, a algo rancio y amargo. Pero su textura, su cuerpo duro, sus patas moviéndose dentro de mi boca, me hicieron gemir más fuerte. La empecé a chupar como si fuera un pene chiquito, pasando la lengua por su caparazón, sintiendo cómo se retorcía. Luego tomé otra con los dedos, una más grande, y la metí entera a la boca, mamándola como si estuviera mamando una verga, con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados, el cuerpo temblando. La otra mano la llevé al culo. Metí un dedo, luego dos, abriendo bien el agujero. Estaba apretado, pero lo fui estirando, jalando la piel, hasta que sentí que podía caber algo más. Agarré una cucaracha grandota, de esas que parecen voladoras, y la empujé hacia mi ano. La sentí entrar, sus patas arañando las paredes del recto, moviéndose desesperada dentro de mí. Eso fue lo más cabrón. Solté un gemido bien fuerte, casi un grito, mientras seguía metiendo más cucarachas. Una, dos, tres, cuatro. Las sentía caminar dentro de mí, hacer círculos, chocar entre ellas. Me masturbaba mientras tanto, jalándome la verga bien duro, con la mano llena de saliva y tierra y restos de cucarachas. No supe cuánto tiempo estuve así. Nomás sé que cuando terminé, cuando me vine, fue un venirse bien cabrón, de esos que te dejan temblando, sin aire, con el cuerpo todo sudado y sucio. Me quedé tirado en los cartones, con el culo abierto, lleno de cucarachas que seguían moviéndose dentro de mí, con la boca llena de pedazos de caparazón y patas. Y en ese momento, en medio de toda esa mugre, me sentí más vivo que en meses. Me sentí como el puto rey de los depravados, el pinche monstruo más asqueroso de Iztacalco. Y me reí. Una risa bien pendeja, bien loca, mientras las cucarachas seguían caminando sobre mi cuerpo.

Pasaron tres semanas desde esa primera vez. Tres semanas en las que no pude sacarme la imagen de la cabeza. En las que, mientras buscaba comida en los botes del mercado, veía una cucaracha corretear y sentía el pene moverse solo, como si tuviera memoria propia. Me daba asco pensarlo, pero también me excitaba. Una pinche dualidad bien cabrona que me tenía pendejo todo el día. Una noche, después de lavar mi ropa en el lavabo y ponerla a secar en la reja, me quedé desnudo en el callejón, pero no me acosté a dormir. Me senté en los cartones, con las piernas abiertas, y esperé. Esperé a que salieran. Sabía que ahí estaban, en las grietas de las paredes, debajo de las tarimas, en los montones de basura que los comerciantes dejaban. Las había visto antes, pero esa vez las busqué. No tardaron en aparecer. Primero una, luego dos, luego un montón. Salían de los agujeros como si supieran que las estaba esperando. Me acosté boca arriba, abrí las piernas bien abiertas, y levanté el culo para que quedara expuesto. Con los dedos me jalé las nalgas, estirando el agujero, mostrándolo como una ofrenda. Y las cucarachas empezaron a subirse. Esta vez no esperé a que caminaran solas. Agarré una con los dedos, grandota, y me la llevé a la boca. La sentí patalear, sus patas arañándome los labios, y la chupé como si fuera un pene. Pasé la lengua por su caparazón, sintiendo las texturas, el sabor a tierra y a mugre. Luego la mordí suavecito, sin matarla, nomás para sentirla retorcerse. La escupí viva y agarré otra, y otra, y otra. Metía una tras otra a la boca, las mamaba, las lamía, las dejaba ir. Tenía la lengua llena de pedazos de alas, de patas, de esa cosa amarga que sueltan cuando las aprietas. Mientras tanto, con la otra mano, seguía abriendo el culo. Metí dos dedos, luego tres, estirando bien el esfínter, haciéndolo ceder. Las cucarachas empezaron a meterse solas. Una, dos, tres. Las sentía entrar, sus patas moviéndose rápido, buscando dónde agarrarse dentro de mí. El recto se me llenó de ese cosquilleo bien cabrón, esa sensación de tener algo vivo adentro. Me masturbaba mientras tanto, jalándome la verga con la mano sucia, sintiendo cómo se ponía bien dura, bien parada, como un puto poste. Esa noche metí como veinte. Veinte cucarachas dentro del culo, caminando, chocando, haciendo un desmadre. Me vine dos veces, la primera bien rápido, la segunda más lento, dejando que el placer se quedara un rato, que las cucarachas siguieran moviéndose mientras el semen me chorreaba por la mano. Cuando terminé, me quedé tirado, con el culo abierto, sintiendo cómo algunas cucarachas salían y otras se quedaban. Me reí bien fuerte, una risa de loco, mientras las veía caminar sobre mi cuerpo. Sabía que estaba mal. Sabía que era un pinche depravado. Pero no me importaba. En ese momento, en medio de la mugre y el olor a podrido, era lo único que me hacía sentir vivo. Pasó otra semana, y volví a hacerlo. Y otra, y otra. Se volvió un ritual. Llegaba al callejón, lavaba mi ropa, la ponía a secar, y me sentaba a esperar a las cucarachas. Ya sabía cómo hacerlo, cómo abrir bien el culo, cómo mamar las más grandes, cómo hacer que se metieran solas. A veces me ponía en cuatro patas, con el culo bien levantado, y dejaba que se subieran solas. Otras veces me acostaba boca arriba y me las metía con los dedos, una por una, sintiendo cómo se retorcían dentro de mí. Una noche, ya bien entrada la madrugada, llegó un punto en que ya no sentía asco. Ya no sentía nada, más que placer. Agarré una cucaracha bien grandota, y me la metí entera a la boca. La mastiqué lentamente, sintiendo cómo el caparazón se rompía, cómo el líquido amargo me llenaba la lengua. Me la tragué. Luego agarré otra, y otra, y otra. Me comí como diez, vivas, sintiendo cómo pataleaban en mi garganta, cómo bajaban por el esófago. El culo lo tenía tan abierto que ya no necesitaba usar los dedos. Las cucarachas entraban solas, caminaban hacia el agujero como si fuera un refugio. Me metí una botella de plástico vacía, de esas de agua, para estirarlo más, para que cupieran más. Luego la saqué y las cucarachas empezaron a meterse en fila, una detrás de otra, como si estuvieran haciendo una puta procesión. Me vine tres veces esa noche. La última vez fue tan fuerte que casi me desmayo. Me quedé tirado en los cartones, con el cuerpo todo tembloroso, con el culo lleno de cucarachas que seguían moviéndose, con la boca llena de pedazos de caparazón. Y en ese momento, en medio de toda esa mierda, me sentí completo. Me sentí como si hubiera encontrado algo que había estado buscando toda mi vida, aunque no supiera qué era. A la mañana siguiente, cuando desperté, las cucarachas ya se habían ido. Mi ropa estaba seca, tiesa por el aire de la noche. Me la puse, me fui a la fuente del mercado a lavarme la cara, y seguí con mi día. Pero en mi cabeza, en mi cuerpo, en cada puta célula de mi ser, sabía que iba a volver a hacerlo. Que no iba a parar hasta que encontrara algo mejor, o hasta que me muriera en ese pinche callejón.

La última vez fue la más cabrona de todas. Ya llevaba como tres meses en el ritual, y cada noche quería más. Más cucarachas, más sensaciones, más de esa puta locura que me tenía atrapado. Pero esa noche, la última, decidí que tenía que ser especial. Tenía que ser la mejor, la más intensa, la que me hiciera olvidar todo el pinche dolor de vivir en la calle. Esa tarde, antes de que oscureciera, encontré una botella de plástico de agua mineral, de un litro. La lavé en el lavabo del mercado, la sequé con un trapo mugroso que usaba para limpiarme, y me la llevé al callejón. Sabía lo que iba a hacer. Me había pasado días pensando en cómo abrir bien el culo, cómo hacer que las cucarachas entraran sin resistencia, cómo llegar más adentro. Y la botella era la respuesta. Me quité los pants y la sudadera, los puse a secar en la reja, y me quedé en cueros en medio del callejón. El frío de la noche ya no me molestaba; el cuerpo se acostumbra a todo cuando no tienes otra opción. Me acosté boca abajo sobre los cartones, levanté el culo bien alto, y empecé a meterme la botella. Primero la punta, apenas la rosca. Sentí el plástico frío contra el esfínter, esa resistencia que siempre hay al principio. Pero empujé, despacito, sintiendo cómo se abría. La botella fue entrando, centímetro a centímetro, estirando todo a su paso. Cuando llegó a la mitad, ya sentía el plástico dentro, llenándome, abriéndome como no lo había hecho nunca. Metí la mano y empujé más, hasta que solo quedaba la tapa afuera, y luego la saqué un poco y la volví a meter, una y otra vez, como si estuviera follándome a mí mismo con una puta botella de plástico. El esfínter se fue relajando, cediendo, hasta que ya no sentía resistencia. La botella entraba y salía suave, como si estuviera engrasada. La saqué por completo y me quedé con el culo abierto, un agujero bien grande, bien expuesto, listo para lo que viniera. Me volteé boca arriba, abrí las piernas lo más que pude, y esperé. Las cucarachas no tardaron en salir. Esa noche salieron más que nunca, como si supieran que había preparado el camino. Se subieron a mis piernas, a mi vientre, a mi pecho. Una se metió entre mis nalgas, y sentí cómo caminaba sobre el borde del agujero, asomándose, decidiendo si entrar. Y entonces entró. Pinche sensación bien cabrona. La cucaracha se metió entera, sin resistencia, deslizándose hacia adentro como si el culo fuera su casa. Luego otra, y otra, y otra. Empezaron a entrar una detrás de otra, caminando por el túnel que había abierto con la botella. Las sentía avanzar, sus patas moviéndose rápido, tocando las paredes del recto, buscando espacio. Agarré una cucaracha grandota, de las más grandes que vi en mi vida, y me la llevé a la boca. La chupé entera, pasando la lengua por su caparazón, sintiendo sus patas arañarme los labios. Luego la mordí, no muy fuerte, nomás para sentirla retorcerse, y la escupí viva. Agarré otra, y otra, y las metía a la boca como si fueran putas golosinas, mamándolas, lamiéndolas, sintiendo el sabor amargo y a tierra llenarme la lengua. Pero lo que realmente importaba era lo que pasaba abajo. Las cucarachas seguían entrando, y yo las sentía avanzar más y más adentro. De repente, sentí algo diferente. Un toque, un roce, una presión en un punto que nunca había sentido antes. Era una cucaracha, una bien aventada, que había llegado hasta el fondo. Hasta la próstata. Pinche puta madre. Cuando esa cucaracha tocó la próstata, sentí un putazo de placer que me recorrió todo el cuerpo. Fue como si un rayo me hubiera atravesado, como si cada nervio de mi ser se hubiera encendido al mismo tiempo. La cucaracha se movió, sus patas rozando esa zona sensible, y yo gemí bien fuerte, sin importarme quién pudiera escucharme. Y entonces otra cucaracha llegó al mismo punto. Las dos se movían juntas, pataleando, rozando la próstata una y otra vez. Me agarré la verga con la mano y empecé a masturbarme como loco, sintiendo cómo el placer crecía, cómo se acumulaba en algún lugar profundo de mi cuerpo. Las cucarachas en mi boca, las cucarachas en mi culo, las dos cabronas en mi próstata. Todo al mismo tiempo. El orgasmo llegó como una puta explosión. Me vine tan fuerte que el semen me salió disparado, cayendo sobre mi pecho, sobre los cartones, sobre las cucarachas que todavía caminaban sobre mi cuerpo. Me vine una, dos, tres veces, sin parar, sin poder controlarlo, mientras las cucarachas seguían moviéndose dentro de mí, rozando esa puta próstata que me tenía temblando como un condenado. Cuando terminé, me quedé tirado, sin fuerzas, con el cuerpo tembloroso y el culo lleno de cucarachas. Las sentía salir poco a poco, algunas caminando hacia afuera, otras quedándose dentro, como si quisieran vivir ahí. Tenía la boca llena de pedazos de caparazón y de ese sabor amargo que ya conocía bien. Me reí, una risa de loco, mientras las lágrimas me corrían por las mejillas. Esa fue la última vez.

Pasaron los meses. No fue fácil, pero logré salir del hoyo. Un día, uno de los dueños de un minisúper que está a unas calles del mercado me vio buscando en la basura y me ofreció chamba. Barriendo, acomodando mercancía, ayudando en la panadería que tienen atrás. No pagaba mucho, pero me dio para rentar un cuartito en una vecindad de por ahí, con baño compartido y una cama que no tenía colchón, pero que era mil veces mejor que los cartones del callejón. Con el tiempo, ahorré lo suficiente para reinscribirme en la UAM, en el turno vespertino, para terminar la carrera que había dejado tirada. Pero hay cosas que no se olvidan. Esa noche, la del callejón, las cucarachas, el placer enfermo, la sensación de estar tan jodido que ya nada importaba, eso se quedó grabado en mi cerebro como una puta marca de fuego. A veces, cuando estoy en la panadería, vendiendo conchas y bolillos, veo una cucaracha corretear por el piso y siento un escalofrío que no es de asco. Es de recuerdo. Es de saber que, en el fondo, soy un depravado, un pinche pervertido que encontró placer en lo más bajo, en lo más sucio, en lo más miserable. Y aunque ahora tenga un cuarto, aunque esté estudiando otra vez, aunque la gente me vea y piense que soy un chavo normal, yo sé la verdad. Yo sé lo que pasó en ese callejón. Yo sé lo que soy. Y la neta, no sé si eso me da vergüenza o me pone bien cabrón.

Si quieres charlamos por correo: [email protected]

24 Lecturas/20 julio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: baño, culo, gay, madre, orgasmo, puta, puto, semen
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