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Gays, Zoofilia Hombre

instructor de smart fit se deja cojer por su perro enfrente de cliente

Continuación de relato anterior, nombres cambiados.
Un jueves por la noche, después de mi turno en el Smart Fit, Adrián me esperaba en la entrada. Llevaba una sudadera negra, los brazos cruzados, apoyado contra su camioneta. Cuando me vio salir, enderezó la espalda y caminó hacia mí con esa seguridad que ya empezaba a conocerme. —Oye, Diego —dijo, su voz baja, apenas un susurro entre el ruido de la calle—. ¿Qué haces el sábado? Me detuve en seco. Mis manos sudaban dentro de los guantes de gym que aún llevaba puestos. Canelo estaba en mi cabeza, en mi piel, en cada pensamiento que tenía desde que Adrián había empezado a insinuarse. —Nada planeado —respondí, tratando de sonar casual—. ¿Por qué? Adrián sonrió, una sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos. Se acercó un paso más, hasta que estuvimos a unos centímetros. Podía oler su perfume, algo amaderado, mezclado con el sudor fresco del ejercicio. —Pensé que podríamos ir al Ajusco el sábado —dijo—. Tú sabes, a caminar, a respirar aire limpio. Y tal vez… a hacer algo más. Mi estómago dio un vuelco. Sabía lo que quería decir. Lo había sabido desde la primera vez que me miró de esa manera, desde la primera insinuación en el gimnasio. —¿Puedo llevar a Canelo? —pregunté, y mi voz sonó más pequeña de lo que quería. Adrián rió suave, una risa que vibró en el aire frío de la noche. —Claro, wey. Obvio que sí. Tu perro es parte del plan, ¿no? Me quedé callado. No sabía qué decir. No sabía si estaba listo para que alguien más viera lo que hacía con Canelo, lo que Canelo hacía conmigo. Pero al mismo tiempo, una parte de mí, una parte oscura y hambrienta, necesitaba que alguien lo viera. Necesitaba que alguien supiera. —Está bien —dije al fin—. Sábado. ¿A qué hora? —Te recojo a las ocho —respondió Adrián, y antes de darme la vuelta, puso una mano en mi hombro, apretando suavemente—. No lleves nada más que a tu perro y tu cuerpo. Yo me encargo del resto. Pasé el viernes entero en un estado de nerviosismo que no había sentido desde la primera vez que dejé que Canelo me montara. En el gimnasio, apenas podía concentrarme en las rutinas. Los pesos se me caían de las manos. Los clientes me miraban raro. La señora de las poleas me preguntó si me sentía bien. Llegué a mi casa y Canelo me esperaba en la puerta, moviendo la cola como siempre. Me arrodillé frente a él, enterré mi cara en su cuello, aspiré su olor a perro, a tierra, a algo salvaje que siempre me calmaba. —Mañana viene alguien, mi amor —le susurré—. Alguien que quiere vernos. Canelo me lamió la oreja, metió su cabeza entre mis piernas, empujando suave. Lo dejé hacer, sintiendo cómo su lengua húmeda encontraba camino a través de mi pants, lamiendo mi verga que ya empezaba a endurecerse. Me recosté en el suelo de la entrada, dejando que me oliera, que me lamiera, que me recordara quién era el dueño de mi cuerpo. Esa noche no cogimos. Solo dormimos abrazados, su cuerpo grande y caliente pegado al mío, su respiración rítmica acunándome hasta que me quedé dormido. El sábado amaneció despejado, con un cielo azul intenso que prometía un día caluroso. Me levanté temprano, me bañé, me puse unos shorts deportivos, una camiseta holgada, tenis. Canelo me miraba desde la cama, moviendo la cola, sus ojos brillantes. —Ya sé, ya sé —le dije, acariciándole la cabeza—. Hoy es un día especial. A las ocho en punto, sonó el timbre. Abrí la puerta y ahí estaba Adrián, con una camiseta blanca que marcaba sus pectorales, unos jeans oscuros, una mochila en la espalda. Me sonrió, y por un momento todo se sintió irreal. —¿Listo? —preguntó. —Listo. Canelo salió disparado hacia él, olfateando sus piernas, su entrepierna, moviendo la cola con energía. Adrián se agachó y le acarició la cabeza, dejándose lamer las manos. —Qué perro tan hermoso —dijo, viéndolo a los ojos—. Se nota que lo quieres mucho. —Sí —respondí, sintiendo un nudo en la garganta—. Es mi todo. Subimos a su camioneta, una pick-up blanca con asientos de piel. Canelo se acomodó en la parte de atrás, con la cabeza fuera de la ventanilla, disfrutando del viento. Yo iba en el asiento del copiloto, viendo cómo la ciudad se desvanecía detrás de nosotros. Durante el camino, Adrián no habló mucho. Solo de vez en cuando lanzaba miradas hacia mí, sonriendo, como si estuviera saboreando algo que aún no había probado. Yo apenas podía respirar. Mis manos sudaban, mi corazón latía tan fuerte que seguro se escuchaba. Llegamos al Ajusco como a las nueve y media. El estacionamiento ya tenía algunos coches, pero Adrián no se detuvo ahí. Siguió por un camino de terracería, bordeando el bosque, hasta llegar a un lugar que yo no conocía. Un claro escondido entre los pinos, con una vista del valle que quitaba el aliento. —Aquí nadie nos va a molestar —dijo, apagando el motor. Bajamos. El aire olía a pino, a tierra mojada, a libertad. Canelo saltó de la camioneta y comenzó a correr en círculos, feliz, libre. Yo me quedé junto a Adrián, viendo cómo el perro se perdía entre los árboles. —¿Y bien? —preguntó Adrián, poniendo una mano en mi hombro—. ¿Vas a contarme o voy a tener que adivinarlo todo? Lo miré. Sus ojos eran oscuros, profundos, con una luz que no sabía si era curiosidad o lujuria. Tragué saliva. —¿Qué quieres saber? —pregunté. —Todo —respondió, su voz ronca—. Quiero saber cómo empezó. Quiero saber cómo te sientes cuando lo hace. Quiero saber si te gusta más que con cualquier hombre. Sentí que el mundo se detenía. Las palabras quedaron suspendidas en el aire, esperando. Canelo regresó corriendo, se detuvo frente a nosotros, moviendo la cola, lamiendo mis manos. —Empezó hace un año —dije, mi voz apenas un susurro—. Una noche, estábamos viendo porno. Él se acercó, me lamió… y no pude detenerlo. No quise detenerlo. Adrián asintió lentamente, sus ojos fijos en los míos. —¿Y desde entonces? —Desde entonces, es mi macho —respondí, sintiendo cómo el calor subía a mis mejillas—. Me coje en mi casa, en el bosque, donde sea. No necesito a nadie más. Él me llena. Adrián sonrió, una sonrisa lenta, llena de intención. Dio un paso hacia mí, luego otro, hasta que su pecho casi tocaba el mío. —Quiero verlo —dijo, su voz firme—. Quiero ver cómo te coje tu perro. Quiero ver cómo te pone, cómo gimes, cómo te abres para él. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que iba a reventar. Canelo se acercó, oliendo la tensión entre nosotros, su cuerpo rozando el mío. —¿Estás seguro? —pregunté. —Nunca había estado más seguro —respondió Adrián, y su mano bajó a mi entrepierna, apretando suave a través del short—. Muéstrame, Diego. Muéstrame cómo tu perro te hace suyo. Cerré los ojos. Sentí el viento en la cara, el calor de Canelo a mi lado, la mano de Adrián en mi entrepierna. Y supe que no había vuelta atrás. Me arrodillé en la tierra, sintiendo las piedras y las hojas bajo mis rodillas. Canelo se acercó, oliendo mi nuca, lamiendo mi oreja. Adrián se sentó en una piedra cercana, sus ojos brillando con anticipación. —Ponte en cuatro —ordenó Adrián, su voz firme—. Quiero ver cómo te preparas para él. Obedecí. Me puse en cuatro patas, sintiendo la tierra húmeda bajo mis manos. Canelo se colocó detrás de mí, su aliento caliente en mi nuca, su lengua recorriendo mi espalda baja. Adrián se inclinó hacia adelante, viendo cada movimiento. —Así es —susurró—. Así, mi amor. Déjalo que te huela, que te lama, que te abra. Canelo comenzó a lamer mi entrada, su lengua áspera y caliente recorriendo mi ano, humedeciéndolo. Gemí, apoyando la frente en el suelo. Adrián se bajó los jeans, sacó su verga, y comenzó a masturbarse lentamente, viendo el espectáculo. —Dios, qué puto eres —dijo, su voz ronca—. Qué rico te ves así, abierto para tu perro. Canelo montó mi espalda, sus patas en mis caderas, su verga buscando entrada. Cuando encontró su camino, empujó, llenándome por completo. Grité, un gemido ronco que se perdió entre los pinos. —Sigue —dijo Adrián, su mano moviéndose más rápido—. Sigue, no pares. Las embestidas de Canelo eran rítmicas, profundas, llenándome de una manera que ningún hombre había logrado. Adrián se levantó, se acercó, y se arrodilló frente a mí. Su verga estaba dura, goteando precum, justo frente a mi cara. —Abre la boca —ordenó. La abrí. Metió su verga en mi boca, y comencé a chuparla mientras Canelo seguía embistiéndome desde atrás. El sabor salado del precum se mezcló con mi saliva, con el olor a tierra y a pino. —Así, puto —gemía Adrián—. Chupa mientras tu perro te coje. No sé cuánto tiempo pasó. Minutos, horas. El mundo se redujo a las embestidas de Canelo, al ritmo de la verga de Adrián en mi boca, a los gemidos que se escapaban de mi garganta. Cuando Adrián se vino, lo hizo en mi boca, un chorro caliente y espeso que tragué sin dudar. Casi al mismo tiempo, Canelo se tensó, empujando profundo, llenándome con su semen caliente. Me quedé ahí, temblando, cubierto de sudor y tierra, sintiendo cómo los líquidos se mezclaban dentro de mí. Adrián se recostó en el suelo, respirando pesado, una sonrisa en su cara. —No mames, Diego —dijo, su voz ronca—. Eres lo más puto que he visto en mi vida. —¿Y? —pregunté, mi voz apenas un susurro. Adrián se incorporó, se acercó a Canelo, que aún estaba oliendo mi espalda. Acarició la cabeza del perro, luego bajó su mano a su verga, aún húmeda y erecta. —¿Crees que me deje? —preguntó, viéndome a los ojos. Mi corazón dio un vuelco. Canelo movió la cola, lamió la mano de Adrián, y se acercó a su cara, lamiéndole la mejilla. —Solo si se lo pides bien —respondí, sonriendo. Adrián se arrodilló frente a Canelo, acariciándole el lomo, susurrándole cosas al oído. Luego, lentamente, bajó su cabeza y abrió la boca, tomando la verga del perro entre sus labios. El gemido que soltó Adrián cuando la verga de Canelo llenó su boca fue algo que nunca olvidaría. Un sonido de rendición, de entrega, de placer puro. Canelo movió sus caderas, embistiendo suave, mientras Adrián lo chupaba con una devoción que me hizo sentir celos y excitación al mismo tiempo.

Si quieres platicar, manda correo a luappalupgmailcom o a ig: @rafaeodzoom

3 Lecturas/16 julio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: bosque, celos, culo, gimnasio, gym, puto, semen, verga
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