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Sexo Sin Tabues 3.0
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Gays

Invocación

Sebastián tiene veintitrés años, una vida privilegiada y la arrogancia de quien siempre consigue lo que quiere. No cree en lo sobrenatural, hasta que sus amigos lo ofrecen en broma a un espíritu durante una sesión de ouija en Halloween. El problema es que alguien acepta. Pronto, sueños inquietante.

Sebastián tenía veintitrés años y esa clase de presencia que hacía que la gente se corriera un poco al pasar, aunque él casi nunca lo notaba. Medía un metro ochenta y siete. Los hombros anchos, la espalda que se iba cerrando hacia una cintura firme, el pecho marcado bajo cualquier camiseta. Su cuerpo era el resultado de años de deporte universitario y una genética generosa: brazos fuertes, antebrazos definidos, piernas largas y potentes que le daban un andar seguro, casi arrogante.

La piel pálida contrastaba con el cabello oscuro, casi negro, siempre un poco desordenado. Mandíbula marcada, boca bien dibujada y unos ojos tan oscuros que, bajo cierta luz, parecían completamente negros. Su expresión habitual era de leve aburrimiento, como si estuviera evaluando en silencio si lo que tenía enfrente merecía realmente su tiempo.

Inteligente, competitivo y acostumbrado a ganar. En la facultad de Economía todos sabían quién era: el que sacaba las mejores calificaciones sin parecer que se esforzaba demasiado, el que organizaba las mejores fiestas y el que nunca perdía una discusión. Reservado con lo que sentía. Engreído. Muy engreído.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando la fiesta por fin se terminó de morir.

El departamento de Marcos todavía olía a cerveza barata, ambientador de calabaza y el humo dulce que había quedado pegado en las cortinas. Las luces estaban bajas desde hacía horas. Botellas vacías, vasos tirados y restos de comida cubrían casi todas las superficies. La música de terror seguía sonando de fondo, pero ya nadie le prestaba atención. Los últimos invitados se habían ido hacía rato. Solo quedaban cinco.

Sebastián estaba recostado en el sofá más grande, con la cabeza apoyada hacia atrás y una cerveza tibia en la mano. La camiseta negra se le pegaba al pecho por el calor acumulado de tantas horas. Los pantalones deportivos grises le marcaban los muslos. Tenía los ojos entrecerrados, claramente pasado de copas, pero todavía lo suficientemente lúcido como para mantener esa expresión de superioridad aburrida.

Marcos sacó el tablero de una bolsa de plástico arrugada y lo dejó sobre la mesa con un golpe sordo.

—¿De verdad vamos a hacer esto ahora? —preguntó Sebastián, sin ni siquiera levantar del todo la cabeza—. Es un pedazo de cartón con letras. Ni siquiera compraste uno decente.

—¿Acaso necesitas que sea de lujo para hablar con los muertos? —respondió Marcos, con la lengua un poco pesada.

—No. Pero esperaba un poco más de producción a estas alturas de la noche. Valeria se dejó caer al suelo junto a la mesa y empezó a acomodar las pocas velas que todavía quedaban encendidas.

—Si tanto te molesta, puedes irte a dormir.

—¿Y perderme la oportunidad de verlos hacer el ridículo completamente borracho? Jamás.

Nicolás soltó una risa ronca.

—Algún día algo de verdad va a pasar y vas a dejar de hacerte el interesante.

—Ese día te aviso —contestó Sebastián, dando un trago largo.

Terminaron acomodándose alrededor de la mesa. Julia apagó las últimas luces del departamento. Solo quedaron las llamas temblorosas de las velas. Los cinco colocaron los dedos sobre el indicador. El ambiente estaba denso, caliente, cargado de alcohol y de ese cansancio tonto que llega cuando ya es demasiado tarde.

—¿Hay alguien aquí con nosotros? —preguntó Valeria.

Silencio.

—¿Algún espíritu quiere comunicarse?

Nada. Pasaron varios minutos entre preguntas sin respuesta y risas mal disimuladas. Sebastián ya había sacado el teléfono y revisaba la hora con desinterés.

—Creo que hasta los muertos tienen mejores planes a las cuatro de la mañana —murmuró.

—Tal vez necesitan un incentivo —dijo Marcos de pronto, con una sonrisa torcida.

—¿Un incentivo? —repitió Nicolás.

—Claro. Algo a cambio de responder.

Valeria negó con la cabeza, aunque estaba demasiado ebria para sonar realmente seria.

—No se supone que debamos ofrecerles cosas.

—Estamos jugando con un cartón de supermercado, Valeria. Dudo mucho que haya reglas oficiales.

Marcos miró alrededor de la mesa hasta detenerse en Sebastián. La sonrisa se le ensanchó.

—Ya sé qué podemos ofrecer.

—No me gusta esa cara —dijo Sebastián sin levantar la vista del teléfono.

—Espíritu… si estás escuchando… te ofrecemos a Sebastián. El hombre más codiciado de nuestra universidad.

Nicolás empezó a reírse.

—Excelente elección. Guapo, inteligente, con dinero y completamente insoportable.

—Y está soltero —añadió Julia—. Aunque no esperes que te llame al día siguiente.

—Qué considerados —respondió Sebastián con sarcasmo.

Marcos levantó una mano de forma solemne, casi teatral.

—Puedes quedártelo. Es todo tuyo.

—Por favor, no hagan eso —protestó Valeria, aunque también reía.

—Tranquila —intervino Sebastián, todavía sin apartar los ojos de la pantalla—. Si hay algo del otro lado, seguramente tiene buen gusto. Entonces el indicador se movió. Fue un desplazamiento pequeño, casi imperceptible al principio, pero lo bastante claro como para que todos se callaran de golpe. Lentamente, avanzó hasta una sola palabra.

SÍ.

—¿Quién lo movió? —preguntó Julia en voz baja.

—Yo no —respondió Nicolás.

—Marcos, ya basta.

—No estoy haciendo nada.

Sebastián observó el tablero con una media sonrisa incrédula.

—Muy gracioso. Ahora resulta que también tengo admiradores muertos.El indicador volvió a deslizarse. Esta vez pasó de letra en letra con una deliberación incómoda, hasta formar una sola palabra más larga.

ACEPTO.

Nadie se rio.

Valeria retiró los dedos de inmediato.

—Creo que deberíamos terminar.

En ese instante, la música se detuvo. Las luces del departamento, que habían permanecido tenues durante la sesión, parpadearon una vez.

Luego otra.

Y se apagaron por completo.

Julia soltó un grito corto. Alguien tiró una botella y el sonido del vidrio rompiéndose se extendió por la habitación.

—¡Marcos, enciende la luz! —exigió Nicolás.

—¡No fui yo!

Sebastián permaneció sentado, mirando hacia la mesa, todavía iluminada por las velas.

Durante un par de segundos, sus llamas se inclinaron todas en la misma dirección, como si alguien acabara de abrir una ventana.

Pero todas las ventanas estaban cerradas.

Entonces las velas también se apagaron.

Una detrás de otra.

—Bueno —dijo Sebastián, rompiendo el silencio con una voz más baja de lo normal—. Si esto es una broma… admito que está bastante bien preparada.

Nadie respondió.

Y por primera vez aquella noche, una sensación extraña le recorrió la espalda.

No era exactamente miedo.

Era la impresión absurda, casi ridícula, de que en algún lugar de aquella habitación completamente oscura… alguien acababa de sonreír.

La electricidad regresó de golpe y las luces volvieron a encenderse. Hubo gritos ahogados, acusaciones confusas y alguien recogiendo el tablero con manos temblorosas. Sebastián apenas participó. Observó el desorden unos segundos, restándole importancia con una media sonrisa cansada, y anunció que se iba a su casa.

Nadie insistió en detenerlo.

El departamento de Marcos quedaba apenas a unas cuadras del suyo; no valía la pena quedarse a dormir en un sofá o en una habitación prestada cuando podía llegar caminando en menos de diez minutos.

Salió sin hacer mucho ruido. El aire frío de la madrugada de octubre le golpeó el rostro y le despejó un poco los efectos del alcohol. Caminó por la acera casi desierta, con las manos en los bolsillos de los pantalones deportivos y la camiseta negra ligeramente adherida al torso por el calor acumulado de la fiesta.

A medida que avanzaba, el cansancio comenzó a pesarle en los hombros más de lo habitual, como si cada paso le exigiera un esfuerzo extra.Llegó a su edificio, un complejo moderno de departamentos para estudiantes con dinero. Subió en el elevador hasta el quinto piso y abrió la puerta de su departamento. El espacio era amplio para una sola persona: sala integrada con cocina de acabados limpios, ventanales grandes, muebles sobrios y de buen gusto.

Sebastián dejó las llaves sobre la mesita de la entrada y avanzó hacia la habitación sin encender más luces de las necesarias. El cansancio se le vino encima de golpe, denso, casi físico. No era solo el alcohol ni las horas en vela. Era una pesadez extraña que le pesaba en los párpados y en los músculos, como si algo le estuviera drenando la energía desde dentro.

Ni siquiera se molestó en quitarse la ropa. Se dejó caer de lado sobre la cama king size, todavía con la camiseta negra y los pantalones deportivos puestos. El colchón de buena calidad cedió bajo su peso. Enterró la cara en la almohada y cerró los ojos, respirando hondo. En menos de un minuto ya estaba profundamente dormido.

El calor llegó de forma gradual al principio, como una marea lenta que subía desde el colchón y se extendía por su espalda. Sebastián frunció el ceño dormido, todavía con la cara hundida en la almohada. Era una noche de octubre; el aire que entraba por la ventana entreabierta debería haber sido fresco, casi frío. Sin embargo, una temperatura espesa y húmeda empezó a envolverlo por completo, pegándole la camiseta negra a la piel y haciendo que el elástico de los pantalones deportivos le resultara cada vez más incómodo.

Entre sueños, se removió con torpeza. Una mano buscó el borde de la camiseta y tiró de ella hacia arriba. El tejido subió con dificultad por el torso ancho, revelando primero el abdomen tenso y pálido, después el pecho marcado. Tenía poco vello en el pecho: apenas un rastro oscuro y fino entre los pectorales que bajaba en una línea discreta hacia el ombligo. Los pezones, rosados y pequeños, ya estaban endurecidos. Se quitó la prenda por completo sin despertar del todo y la arrojó a un lado de la cama. El aire de la habitación le rozó la piel desnuda, pero en lugar de refrescarlo solo pareció avivar el calor que le subía desde dentro.

Forcejeó después con los pantalones. Los bajó por las caderas firmes, por los muslos largos y musculosos, hasta quedar solo en los bóxers negros. La tela se le había ajustado de forma evidente. Incluso profundamente dormido, su cuerpo reaccionaba con fuerza. El bulto bajo la tela era grueso, pesado, y latía con un pulso lento y constante que levantaba la tela a cada latido.

Sebastián se quedó boca arriba, una pierna flexionada y el brazo tirado sobre la frente. Su respiración se había vuelto más profunda, casi pesada. En algún punto entre el sueño y la vigilia, una de sus manos bajó por el abdomen, rozando la línea de vello oscuro que se densificaba conforme descendía. Ese vello era más abundante desde el ombligo hacia abajo. Los dedos se deslizaron por encima de la tela, presionando con torpeza el contorno duro de su erección. Un sonido bajo, casi un gemido, se le escapó de la garganta.

Las imágenes empezaron a formarse detrás de sus párpados.

No eran sueños claros, eran fragmentos calientes y confusos: manos ajenas recorriéndole el pecho, una boca cerca de su cuello, el roce de una piel más suave que la suya contra los muslos. Cada imagen hacía que sus caderas se movieran un poco, buscando más presión. Con los ojos todavía cerrados, empujó el elástico de los bóxers hacia abajo hasta liberarse por completo.

Su polla quedó expuesta contra el vientre. Era gruesa, pálida, de un tono ligeramente más rosado hacia la cabeza. Medía lo suficiente como para llenar por completo una mano grande, con venas apenas marcadas a lo largo del tronco. La cabeza estaba hinchada y brillante, ya húmeda en la punta. Debajo, sus bolas colgaban pesadas y apretadas por la excitación, redondas, cubiertas de un vello oscuro y rizado más denso que el del resto del cuerpo. El vello se extendía un poco hacia el interior de los muslos y subía hasta rodear la base de la polla, formando un contraste marcado con la piel pálida del bajo vientre.

La mano de Sebastián la rodeó sin dudar. El agarre fue firme, exactamente como lo hacía cuando estaba despierto, y empezó a masturbarse con movimientos lentos y pesados. El sonido húmedo de la piel contra la piel llenó la habitación en penumbra. Cada vez que las apretaba suavemente, un gemido más profundo se le escapaba. Su respiración se aceleró. Los músculos del abdomen se contraían a cada embestida de la mano, y una gota gruesa de líquido preseminal se deslizó por el glande hasta perderse entre sus dedos, dejando un hilo brillante.

En el sueño, alguien sonreía muy cerca de su cara.

Una voz baja, casi divertida, le rozó el oído aunque no hubiera nadie en la habitación:

—Vaya… qué urgente te pusiste. Y mira nada más cómo tienes todo esto…

La sensación de que alguien lo observaba mientras se tocaba era tan nítida que un escalofrío le recorrió toda la espalda desnuda, pero Sebastián no abrió los ojos. Seguía perdido entre el sueño y esa excitación densa que no le permitía despertar del todo. Su mano continuaba subiendo y bajando por la polla gruesa y pálida.

Entonces sintió algo.

Fue un roce ligero, casi imperceptible, a lo largo de su costado. Como si unos dedos apenas rozaran la piel desde la costilla hasta la cadera y luego desaparecieran. Sebastián frunció el ceño dormido, pero no detuvo el movimiento de su mano. Segundos después volvió a sentirlo, esta vez más arriba: una presión suave y cálida que le recorrió el pecho, pasando muy cerca de un pezón sin llegar a tocarlo del todo. El contacto era tan sutil que podría haber sido solo el roce de la sábana o una corriente de aire caliente, pero se repitió con una lentitud deliberada que le erizó la piel.

Su respiración se volvió más pesada. Unos segundos despues sintió otra caricia ambigua: esta vez en el interior del muslo, subiendo con una lentitud casi perezosa hasta quedar muy cerca de sus bolas, sin llegar a tocarlas. El calor de esa presencia imaginaria —o no— le hizo abrir un poco más las piernas sin darse cuenta.

El placer se le acumulaba rápido. Cada vez que su puño bajaba hasta la base, las bolas pesadas se tensaban y un gemido ronco se le escapaba de la garganta. Volvió a sentir el roce en el pecho, ahora más claro, como si una palma abierta se apoyara un segundo sobre su pectoral y luego se deslizara hacia el abdomen, deteniéndose justo encima del vello que bajaba hacia su polla. El contacto desaparecía y reaparecía, siempre al borde de lo real, siempre lo bastante ligero como para que su mente borracha y dormida pudiera atribuirlo al sueño.

Sebastián aceleró el ritmo. Su mano subía y bajaba con más fuerza, retorciendo la cabeza hinchada en cada subida, mientras las caderas empujaban hacia arriba de forma rítmica. El vello de su pubis estaba ya húmedo y pegajoso. Las bolas se le habían contraído un poco, pesadas y calientes, y cada embestida de su propio puño le arrancaba un sonido más profundo. En algún momento creyó sentir una respiración muy cerca de su cuello, un aliento cálido que le erizó todos los vellos de la nuca, pero cuando intentó concentrarse en ello la sensación se disolvió como humo.

El orgasmo lo alcanzó de forma brusca e intensa. Su polla latía con fuerza dentro de su propia mano mientras se corría en chorros espesos y calientes que le mancharon el abdomen, el vello oscuro del bajo vientre y hasta le llegaron al pecho. Cada pulsación le sacudía el cuerpo; las bolas se le contraían una y otra vez mientras seguía soltando semen, más de lo habitual, como si algo estuviera exprimiéndole el placer hasta el fondo. Gemía con la boca entreabierta, el ceño fruncido, completamente perdido en la descarga.

Poco a poco los temblores fueron cesando. Su mano se detuvo, todavía envuelta alrededor de la polla sensible y húmeda, y el cuerpo se le quedó pesado y rendido sobre las sábanas manchadas. La respiración le costaba trabajo. El calor seguía ahí, espeso, envolviéndolo, y por un instante creyó sentir de nuevo ese roce ligero a lo largo de su costado… como si alguien le estuviera acariciando la piel con el dorso de los dedos, con una lentitud casi cariñosa.

Después ya no sintió nada. Solo el silencio de la habitación y el latido todavía acelerado de su propio corazón.

4 Lecturas/20 de octubre de 2026/0 Comentarios/por ElianVale
Etiquetas: alcohol, amigos, culo, metro, orgasmo, polla, semen, universidad
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