La playa y la suerte de José 1.
La suerte de un nene de 8 cambia gracias a cinco amigos. .
1.
Tiene ocho años, forma parte de una familia numerosa y pobre, como muchas que habitan el pueblo cercano a esa playa. Desde chico trabaja vendiendo comida típica de la región, diariamente desfila entre los bañistas para conseguir la cuota diaria de dinero que debe entregar en casa. Un poco bajo de estatura para su edad, piel morena, cabello y ojos negros, cuerpo delgado. Eso no le impide cargar la cubeta con toda su mercancía y moverse rápido cuando hay gestos de hostilidad de otros comerciantes.
Estos días de la semana ha corrido con suerte, un grupo de tipos que diariamente visitan la playa le han comprado bastante. No importa lo que lleve, ellos siempre consumen. Le dijeron que se hospedan en un búngalo que está localizado a 40 minutos de la playa, lo suficientemente resguardado para que nadie los fastidie. Han ganado la confianza del pequeño poco a poco, invitándole de sus botanas o bebidas, sacándole plática, comprando extra, invitándole a sus distracciones de playa. En los últimos días José, como se llama el niño, ha podido tomarse una pausa para descansar, aprovechando que con ellos gana lo que normalmente le tomaría varias horas. Los adultos por su parte no han tenido problema con que disfrute de la sombra en su tienda. El día anterior hasta jugó un poco de futbol en la arena antes de volver a sus tareas.
El niño disfruta la atención de los forasteros porque nadie en su vida se interesa por él. No solo por el hecho de que tiene varios hermanos, sino porque sus padres no tienen el deseo de preocuparse por alguno de sus hijos. Todo contacto familiar se limita a una constante indiferencia si llevan dinero, o si no llevan reciben una paliza. Además, para la demás gente es invisible o indeseable, como todo niño carenciado. Que turistas con aspecto relajado, carismático, divertido y privilegiado lo inviten a su espacio de esparcimiento para José es un raro acontecimiento agradable.
Los hombres han tenido suficiente amabilidad para favorecer que José les cuente un poco de su vida, ya saben que el pueblo donde lo esperan sus padres está a una hora caminando, que anda sin compañía por todos lados, que no tiene hora de llegada, que a veces entrega su cuota diaria y nuevamente sale a deambular.
Cuando José ve a esos hombres se percata que son personas como la gente quisiera llegar a ser. El primero, Raúl, es un tipo bastante alto, con musculatura poderosa de alguien que realiza una rutina deportiva exigente, tiene 28 años, piel muy morena, su cuerpo está cubierto de vello y su cabello es rizado cortado al ras. El mejor amigo de Raúl se llama Luciano, tienen la misma edad aunque la apariencia de este hombre es distinta: estatura común, tal vez 1.75 m, piel clara, cuerpo delgado pero fibrado (tiene el aspecto de corredor), cabello lacio, igualmente negro y usa una barba corta.
El segundo con una musculatura muy trabajada y definida es Pablo, 25 años, su tez es blanca, tiene ojos cafés en un rostro con rasgos que recuerdan a los hombres de medio oriente, solo que sus cejas pobladas, barba y vello corporal son castaños, a simple vista parece que su estatura es de 1.78 m. Gregorio es el mayor del grupo, José escuchó decir que tenía 35 años, su cuerpo es firme, pero no tan voluminoso como el de Raúl o Pablo, ya que realiza ejercicio moderado, igualmente tiene tez blanca, la cual luce bronceada, algo enrojecida en estos días, su cabello medio largo es castaño claro, cejas pobladas, ojos cafés y algunas pecas distribuidas por el rostro. El menor del grupo se llama Víctor, solo 20 años, es el hermano menor de Pablo, y es muy similar a él en aspecto solo que en una versión más pequeña: solo mide 1.68 m de alto, pero tiene cuerpo atlético definido, su cabello largo lo lleva amarrado en un moño samurái.
El tren del destino se echa a andar con un comentario.
— Ya me voy, muchas gracias.
— ¡¿Cómo cachorro?! Pero si te estás divirtiendo mucho.
— Es que tengo que terminar de vender señor Gregorio.
— Jajaja — el hombre ríe sonoramente— ¿Cómo señor? Me has matado, chibolito. Si no soy tan grande. A ver, hey amigos — grita para llamar la atención de los otros — aquí el buen Pepín dice que ya se tiene que ir cuando se la está pasando bomba. Porque tiene que terminar su venta.
— No, Pepín, — comenta Raúl — pero si estás muy a gusto aquí.
— Es que si no llevo el dinero por flojo me van a regañar.
— Eso no es problema, chico. — Habla Gregorio. —Para que te entretengas hoy te compramos todo lo que traes.
— ¡¿En serio?!— pregunta entusiasmado el nene.
— Si, no importa si es mucho, nos lo comemos en la cena y luego mañana al desayunar.
— ¡Genial! — dice José al tiempo que el hombre le da la cantidad de dinero y él lo guarda en una riñonera vieja que trae.
— Es más ¿por qué no le llevas el dinero a uno de tus hermanos en la playa cercana, les dices que te compraron todo pero como no traen recipiente dónde guardarlo te tienes que esperar a que se lo acaben para desocupar tu cubeta? Así ellos le entregan el dinero de hoy a tus papás y tu quedas desocupado. — Sugiere Víctor.
— ¡Si! — dice el niño y se dispone a hacerlo inmediatamente. Les deja encargada su cubeta en lo que regresa.
Unos minutos después los hombres lo ven regresar.
— Oye — le habla Raúl — ¿no te gustaría conocer la playa del búngalo?
— Si, pero no nos dejan entrar y está muy lejos.
— En la camioneta ni tanto, si quieres vamos. El nuestro tiene una pequeña alberca. Luego yo te regreso aquí. — Propone el adulto moreno. El chico acepta entusiasmado.
— En lo que desinstalamos aquí — dice Pablo —llévate la comida a la camioneta, ahorita te alcanzo para abrirte. ¿Recuerdas dónde te enseñamos que la dejamos estacionada?
El niño asiente. Así es como ante los bañistas que pudieran estar queda la ilusión que el chaval solo descansó un rato y luego se marchó para seguir su rutina. No queda registrado que se marcha con extraños, pues la camioneta donde se reúnen de nuevo se halla estacionada lejos del parqueadero principal y la vista de los demás. Veinte minutos después Víctor le alcanza, abre el vehículo, le pide que espere sentado porque prefieren acomodar todo el equipo de playa para que no estorbe, sugiere que para distraerse mire una película que le pone en una de las pantallas de los asientos de pasajero, el niño está encantado.
Para las apariencias externas el niño se fue primero y ellos casi una hora después. Pasando ese rato, los hombres llegan, se acomodan en la camioneta, Gregorio voltea y le pregunta — ¿Listo chaval? — El chico asiente. Se cierran las puertas y se ponen en marcha. El destino de José se ha sellado.
***
Dos horas después el niño nada en una pequeña alberca, se encuentra en una casa completamente aislada y oculta de la costa. Los muchachos han jugado con él, le han contado aventuras que tuvieron a su edad, se ha hartado de bocadillos y golosinas. Pablo y Víctor lo acompañan dentro del agua, Raúl está recostado en un camastro, Gregorio está sentado a la orilla de la piscina, remojando sus pies y pantorrillas; el que se ve extrañamente divertido es Luciano, quien lleva varios minutos con una cámara de video con la que graba pidiendo a todos que saluden. Todos están bebiendo algún tipo de alcohol.
José sale un momento de la alberca para tomar otra botana. Gregorio se levanta al mismo tiempo, se junta con él, saca del refrigerador una botella de vodka y se prepara un trago.
— Cachorro ¿tú ya bebes?
— No Don Gregorio.
— ¿Y por qué? Si ya estas grandote.
— Mis hermanos mayores a veces me dan a probar de su cerveza pero luego me dicen que me vaya. Lo grandes si beben mucho, mi papá toma bastante, a veces hasta se pelea por eso.
— Bueno, es que eso es precisamente porque no sabe beber. Por eso se empieza chico para ir aprendiendo y no hacer pendejadas. — El sujeto prepara una mezcla con poca cantidad de alcohol— ¿quieres probar?
— No sé— responde indeciso el niño.
— Eres nuestro camarada ¿no? ¿O eres un niño?— José se queda pensando un momento, pero toma el vaso y bebe todo el contenido. Hace una mueca.
— Sabe raro.
— Bebe otro igual de una para que te acostumbres.
Un tiempo después de beberse el último de tres tragos, el chaval camina descoordinado hacia un camastro, es evidente que está muy ebrio y mareado. Luciano se da cuenta y hace señas a sus amigos para que se reúnan dentro.
— Ya cayó el ratón.
— Pues vamos rifando los turnos. Aquí están los papeles— comenta Pablo.
— Yo me quedo con el último turno — dice Luciano — quiero sentir cuando ya esté abiertito y me resbale bien.
— Está bien, entonces si alguien le toca el cinco toma otro porque ese eres tú.
Todos se juntan, agarran uno de los papeles dentro de un recipiente, lo desdoblan.
— ¡Uno! — Dice Raúl. — Hasta que volveré a estrenar. Y está delicioso el pibito, se ve que lo tiene bien cerradito.
— Lo vas a dejar bien abierto, pero ni modo, la suerte es la suerte. A ver: me tocó el tres. — Comenta Víctor.
— Pues sigues después de mí, hermanito. Pero si quieres aprovechamos nuestros turnos y le damos en combo. ¿Hay problema Greg?
— Para nada. — Responde Gregorio. — Saqué el cinco, así que voy cuarto.
Raúl se dispone a cobrar su premio. Se sienta al lado del niño, que entrecierra los ojos, le alborota el cabello. — ¿Te sientes mal, bebé? — pregunta. José niega torpemente. — Se te subió un poco ¿quieres descansar en lo que se te baja? — El pequeño no responde. El hombre lo carga con facilidad y lo lleva a una habitación. Entre mareos, el pequeño siente que lo acuestan boca arriba en una cama, oye un chasquido metálico pero está tan ebrio que no se da cuenta que es el sonido del seguro de la puerta. Adentro está Luciano, de pie en una esquina, sosteniendo la cámara.
— Que hubo rey — saluda a Raúl.
— Que tal — responde Raúl a la cámara, su voz se escucha excitada — ¿listo para el descorche?
— ¿Tu lo estás? ¿Cómo te lo vas a comer hoy?
— A lo bestia, porque le va a caer pesado y es mejor aflojarlo.
Comienza la escena. Raúl se quita el traje de baño y queda completamente desnudo. Ya tiene una erección completamente rígida. Le quita el short al nene con brusquedad, lo que hace que el niño se sobresalte un poco. Rápidamente el hombre se agacha y comienza a chupar con firmeza el penecito de José. El chiquillo ahora si se despierta, intenta apartarse pero el adulto lo retiene empujándolo a la cama mientras continúa mamándole la verguita.
— No, no — se queja el pequeño, que empieza a retorcerse por la sensación dolorosa y extraña de la boca de un hombre succionando su lapicito por primera vez. Siente como un frio que se extiende por su pubis de niño. Sus quejidos aumentan y conforme crece la sensación comienza a quejarse, a gemir — no, no, no, ay, ay.
— Ven, grábale, mira nada más qué cosita — Raúl exhibe a la filmación de su amigo la diminuta erección enrojecida, luego regresa a chuparla. El niño continúa expresando su suplicio, comienza a soltar lágrimas. Un rato después se detiene. El hombre se levanta para ir a buscar vaselina a la maleta. José quiere aprovechar el momento e intenta correr a la puerta pero se encuentra con la imposibilidad de abrirla, comienza a golpearla pidiendo ayuda. El adulto lo toma de la cintura entre sus brazos musculosos, lo arrastra de regreso. Los gritos infantiles mezclan tanto pedidos de ayuda como súplicas de que no le hagan nada, los dos hombres solo responden con risas.
El fisicoculturista acomoda al niño boca abajo en la cama, con fuerza. Con las dos manos le abre el culito y enseña el apretado agujero del nene. Habla hacia la cámara que lo filma todo — Miren, así está antes de convertirse en una putita. ¿Para eso venías chamaco? ¿Verdad que querías que te rompiéramos el culo? — dice. Toma un poco de vaselina embadurnando el anito. José vuelve a gritar cuando el hombre introduce el dedo índice con tosquedad, comenzando a meter y sacar con rapidez, sin misericordia. Así continua por un tiempo que parece eterno.
La verga del hombre esta que explota, sus 19 centímetros con una cabeza gruesa ya no resisten más la espera de reclamar el premio. El hombre deja de dedear el agujerito, coloca la punta de su glande entre los pliegues vírgenes, toma las caderas del menor y empieza a meterle la verga.
— Nooo, me duelee, me dueleee. Mi colitaaaa. — Grita el pobre chiquito mientras ese pitote avanza por su estrecho recto, rompiéndolo. — Ayyyyy me dueleeeee. — Siente como si varias agujas le dieran pinchazos por dentro. Al tipo le ponen más duro sus gritos y lágrimas, aunque sigue siendo cuidadoso para no arriesgar la diversión que sus amigos están esperando. Cuando la mitad de su verga está adentro la saca nuevamente, al llegar otra vez al esfínter vuelve a introducirla. Así empieza un movimiento de entrada salida enérgico. Siente delicioso el culito del nene, resbaloso pero muy apretado. El niño sigue llorando, pero a nadie le importa. Raúl disfruta de escuchar sus gemidos, su figura se ve imponente mientras somete ese cuerpecito. La sensación estrechez es placentera, de vez en cuando el anito intenta rechazar sus embestidas y se contrae, lo que estruja delicioso su miembro. Entra y sale, entra y sale, así mantuvo el ritmo hasta que explotó y llenó de semen ese recto infantil.
— Fílmalo, fílmalo — ordena Raúl — que se vea cómo le sale la leche cuando saque mi verga. — Y así fue, cuando el musculoso sacó su verga empezó a escurrir semen con restos de sangre y excremento del agujerito recién profanado. En el cuarto se escuchaban gemidos de dolor de José, pero estos junto con el llanto los ahogaba en la almohada de la cama. Con el pene escurriendo, ya ablandado, Raúl sale de la habitación. — El que sigue.


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