La Puta de Rubén
Como cambia mi vida .
Mi nombre es Rubén y tengo cuarenta y tres años. Hace cinco años que me divorcié de mi mujer, una fría de mierda que no me chupaba la polla ni en sueños. Fue después de la separación cuando descubrí mi verdadera naturaleza. Una noche de borrachera, en un bar de mala muerte, un desconocido me metió mano por debajo de la mesa. Estaba pedo, no reaccioné, y cuando me llevó al baño y me bajó los pantalones… no sé cómo explicarlo. No me gustaba él, no me gustaban sus manos peludas ni su aliento a tabaco, pero cuando sentí su polla dura contra mi culo… algo dentro de mí se encendió.
Me folló ahí mismo, en el baño mugriento, sin condón, a pelo. Duele la primera vez, duele mucho, pero cuando empezó a moverse… joder. Sentí cómo me llenaba, cómo me marcaba por dentro. Se corrió dentro, me dejó chorreando, se subió los pantalones y se fue. Yo me quedé ahí, agarrado al váter, con el culo abierto y su leche escurriéndome por las piernas. Y me sentí… usada. Vacía. Y me encantó.
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Ahora vivo solo en un piso pequeño en las afueras. Desde aquella primera vez, no he parado. Tengo un perfil en varias apps donde me llamo «Zorrita_Casa_Sola». Mi foto de perfil es mi culo en pompa, con un plug negro metido hasta el fondo. En la descripción pongo: *»Divorciado, 43 años, culo entrenado. Sin besos, sin romanticismo. Entras, me follas, te vas. Sin condón si quieres preñarme. Me visto de puta para ti.»*
Y es cierto. Me compro ropa en tiendas de chinas: medias de red, ligueros baratos, tangas de encaje rojo, falditas de colegiala. Me depilo el culo y las piernas cada dos días. Me pongo un collar de perro con la etiqueta «PUTA». Y espero.
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Pero hay uno que es diferente. Agustín. Treinta años, gay activo, tiene barriga pero me encanta, polla de dieciocho centímetros y gruesa como mi muñeca. Con él he hecho de todo. Es el único que viene más de una vez a la semana, el único que me ha follado en cada rincón de mi casa, el único cuya leche me vuelve absolutamente loco.
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Hoy es martes, las once de la mañana. Llevo puesta una tanga rosa que se me mete entre las nalgas, medias negras de rejilla y un liguero rojo. Estoy de rodillas en el salón, con el culo entrenado: un plug de 7’5 centímetros de ancho me mantiene abierto, listo. Tengo el móvil en la mano.
*Ding.*
«Javier, 62 años, casado. Mi mujer ya no me toca desde hace años. ¿Disponible?»
Contesto al instante: «Sí. Dirección: Calle Falsa 16B, 1º3 puerta. En el timbre pone Rubén. Entra directo, la puerta abierta. Estoy de rodillas en el salón.»
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Diez minutos después, escucho la puerta. No me giro. Me quedo así, en cuatro patas, con el culo en pompa, mirando hacia la tele apagada. Escucho pasos. Un hombre entra en el salón. Lo veo por el rabillo del ojo: canas, barriga de cerveza, traje de viejo. Huele a colonia barata y a tabaco.
«Joder, vaya culo,» murmura.
No digo nada. Él se acerca. Se oye el tintineo del cinturón, la cremallera. Yo sigo quieto, con el corazón a mil. Entonces siento su mano en mi nalga, la mano áspera de un mecánico o un jubilado que ha trabajado toda la vida. Me tira del plug.
*Pop.*
Sale de golpe. Mi culo se queda abierto, contrayéndose en el aire, rojo y hambriento. Javier jadea.
«Puta madre, qué culo más tragón.»
Se arrodilla detrás de mí. Siento su aliento en mi agujero. Entonces… *slup*. Me está lamiendo el culo, metiendo la lengua, babeándome. Gimo. No puedo evitarlo.
«Qué buena zorra,» gruñe él.
Se incorpora. Siento la punta de su polla contra mi entrada. Es gruesa, 17 cm, la polla de un viejo que no folla desde hace meses. Empuja. Entra fácil, mi culo está entrenado, tragón, hecho para esto. Me llena por completo. Empieza a moverse, sin piedad, sin calentamiento. *Plap, plap, plap.* El sonido de sus huevos contra mis nalgas resuena en el salón.
«Joder, qué puta,» jadea. «Mi mujer ni me hace caso y tú… tú estás aquí, con el culo abierto, esperando leche.»
«Fóllame,» gimo. «Fóllame, usame, soy tu puta.»
Me coge del cabello, tira hacia atrás, me arquea la espalda. Me penetra más hondo, buscando mi punto, clavándose en mi prostata. Siento cómo su polla me masajeaba por dentro, cómo me llena de carne ajena.
«Voy a correrne,» gruñe. «Voy a preñarte, zorra.»
«Adentro,» lloriqueo. «Dentro, por favor, lléname.»
Se queda quieto, clavado hasta las pelotas. Siento el chorro, caliente, abundante, su semen de viejo inyectándome en las tripas. Se queda ahí, jadeando, vaciándose en mí. Luego, sin decir nada, sale. Siento el vacío, la humedad escurriéndome por los muslos.
Se sube los pantalones. Me mira desde arriba, con desprecio.
«Puta de mierda,» dice, y se va.
La puerta se cierra. Yo sigo de rodillas, con su leche dentro de mí, sintiendo cómo me escurre por el culo, cómo me mancha. No me he tocado. No quiero correrne. Quiero quedarme así, usada, llena de un desconocido, sintiéndome la puta más barata del mundo.
Una hora después, sigo en el suelo, con las nalgas pegajosas, sintiendo cómo su semen ha ido bajando, cómo ha salido de mi culo y ha formado un charco en el suelo entre mis rodillas. Me inclino, meto dos dedos en mi culo, recojo lo que queda dentro, esa mezcla caliente de su leche y mis jugos, y me lo llevo a la boca. Cierro los ojos y trago, saboreando el regusto amargo, el sabor de ser usada, de ser el recipiente de un desconocido. Me chupo los dedos hasta dejarlos limpios.
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La semana siguiente, a la hora de comer, otro mensaje.
«Carlos, 38, casado con dos niños. Debería estar trabajando. Solo tengo media hora. ¿Puedo ir?»
«Ven,» escribo.
Estoy igual de vestido. Liguero, tanga, medias. Esta vez me pongo una peluca barata que compré online. Quiero que me vean como lo que soy: un agujero para follar.
Entra Carlos. Va de traje, corbata, cara de ejecutivo estresado. Lo veo en el reflejo del televisor. Se baja los pantalones y los calzoncillos de golpe. Tiene la polla roja, dura, palpitante. Se acerca a mi cara.
«Chúpala,» ordena. «Rápido, no tengo tiempo.»
No le hace falta decirlo dos veces. Me giro, abro la boca, y me la meto hasta el fondo. Sabe a sudor, a hombre, a urgencia. Me agarra de la peluca y me folla la boca, sin piedad, embistiendo mi garganta. Las lágrimas me corren por las mejillas. Me encanta. Soy una boca, un agujero, un recipiente para su estrés.
«Traga, puta,» gruñe. «Traga toda mi leche.»
Y explota. Chorros de semen caliente llenan mi boca, mi garganta, me atraganto pero trago, trago todo, saboreando el sabor salado, el regalo de un hombre casado que debería estar en una reunión y en cambio está descargando en mi boca.
La saca. Me limpio con el dorso de la mano. Él se sube los pantalones, ajusta la corbata.
«Gracias,» dice, y se va.
Me quedo ahí, arrodillado, con el sabor de él en la lengua, el culo todavía cerrado porque no me ha follado, solo ha querido mi boca. Me siento vacío, inservible, una puta barata que ni siquiera merecía su polla en mi culo. Me pongo de pie, cojo el plug de 7’5 centímetros, y me lo meto de nuevo, sintiendo cómo me abre, cómo me mantiene listo para el siguiente.
—
Pero hoy es jueves, y los jueves viene Agustín.
Son las siete de la tarde. Me he puesto especial para él: tanga blanca de encaje, medias de liga negras, y un arnés de cuero alrededor del torso. No me pongo la peluca con él. Él sabe quién soy, sabe que soy Rubén, el divorciado de cuarenta y tres años que se vuelve loco con su polla.
Escucho la puerta. No timbra, tiene llave. Entra Agustín. Treinta años, metro setenta, moreno, barba de tres días, camiseta ajustada que marca la barriga. Y el bulto… siempre se le marca el bulto. Lleva vaqueros rotos en las rodillas y zapatillas de deporte.
«Puta,» me saluda, y ya me pone la polla dura con solo la voz.
«Hola,» digo, arrodillándome en el pasillo mismo.
No perdemos tiempo. En el pasillo, a la entrada, me arrodillo y le bajo los pantalones. Su polla salta, enorme, gruesa, con la cabeza morada y brillante de presemen. La cojo con ambas manos, la acaricio, la adoro. La beso, le doy lengua en la punta, recojo el líquido transparente que gotea.
«Chúpala bien, zorra,» me ordena.
Y me la meto hasta el fondo. No me ahogo, estoy entrenado. La trago entera, siento sus huevos contra mi barbilla, el olor de su ingle, su sudor de todo el día. Me coge de la cabeza y me folla la boca, embistiendo, usando mi garganta como un agujero más. Gimo alrededor de su polla, las vibraciones le hacen jadear.
«Joder, qué boca,» gruñe.
Se aparta, me levanta de un tirón. Me pone de espaldas contra la pared del pasillo, me baja la tanga hasta los tobillos, y me levanta una pierna. Siento su polla contra mi entrada, húmeda por mi saliva, y empuja.
Entra de una, sin piedad, llenándome por completo. Grito, no puedo evitarlo. Él me tapa la boca con la mano.
«Calla, puta,» gruñe. «O los vecinos van a saber que eres una zorra.»
Me folla contra la pared, *plap plap plap*, sus embestidas duras, profundas, metiéndome toda su polla hasta el fondo. Me golpea el culo con las caderas, me deja la espalda marcada contra el yeso. Gimo contra su mano, sintiendo cómo me llena, cómo me posee.
«Córrete dentro,» suplico cuando quita la mano. «Por favor, Agustín, lléname.»
«Espera,» jadea. «Vamos al comedor.»
Me saca, me coge de la mano, y me arrastra hasta el comedor. Me dobla sobre la mesa, entre los restos de mi comida, y me penetra de nuevo desde atrás. Ahora puede moverse más, embestir más fuerte. Me coge de los hombros y me clava su polla una y otra vez, buscando mi punto, machacándome la prostata.
«Joder, Rubén, qué culo tienes,» gruñe. «Tan tragón, tan puta.»
«Soy tu puta,» gimo. «Solo tuya. Fóllame, Agustín, fóllame.»
Me coge del cabello, tira hacia atrás, me arquea. Con la otra mano me agarra la cadera y me penetra con fuerza brutal. Siento cómo voy a estallar, aunque no me toco, aunque no quiero correrne. Pero con él… con él es diferente.
«Voy a venirme,» avisa.
«Dentro,» lloriqueo. «Por favor, Agustín, dentro, lléname de tu leche.»
Se queda quieto, clavado hasta el fondo, y siento el chorro. Una, dos, tres… cinco embestidas profundas mientras descarga, inyectándome su semen caliente, abundante, la leche de un hombre de treinta años que me vuelve absolutamente loco. Sigue moviéndose, vaciándose en mí, usando mi culo para su placer.
Se queda dentro un momento, recuperando el aliento. Luego sale. Yo me quedo doblado sobre la mesa, con las piernas temblando, su semen escurriéndome.
«Ponte de rodillas,» ordena.
Obedezco. Se baja los pantalones de nuevo. Su polla está roja, húmeda, brillante con nuestras mezclas. Me la acerca a la cara.
«Límpiala,» ordena. «Límpiala con la lengua, puta.»
Y la lamo. Saboreo nuestros jugos, su semen, mi culo, todo mezclado. La chupo despacio, limpiando cada centímetro, adorando su polla con mi boca. Se pone dura de nuevo, pero él se aparta.
«Vamos a la cama,» dice.
—
En el dormitorio, me tumbo boca arriba. Él se tumba encima de mí, me levanta las piernas sobre sus hombros, y me penetra de nuevo. Esta vez es más lento, profundo, mirándome a los ojos. No besos, nunca besos, pero sus ojos me dicen que soy suya, que mi culo es suyo, que soy su puta personal.
Me folla durante veinte minutos así, cambiando de ritmo, haciéndome gemir, haciéndome rogar. Cuando está a punto de correrse, se sale, y se masturba sobre mi cara.
«Abre la boca,» ordena.
Abro. Y descarga. Chorros de semen caliente caen sobre mi lengua, mi cara, mis ojos. Es abundante, es su segunda corrida y sigue siendo mucho. Trago lo que cae en mi boca, saboreando su sabor, su dominación.
Se tumba a mi lado, recuperando el aliento. Yo me quedo así, cubierto de su leche, sintiéndome suyo, completo.
Una hora después, cuando ya se ha ido, estoy en el suelo del pasillo, donde me folló la primera vez. Hay un charco seco de semen en el suelo, una mancha blanquecina. Me inclino, paso los dedos por el suelo, recojo lo que puedo, y me lo llevo a la boca. Es su leche, mezclada con el polvo del suelo, pero me la como igual. Es Agustín, es mi dueño, es el hombre que me vuelve loco.
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Los sábados son los mejores. Vienen varios. Tengo un grupo de WhatsApp: «Los Viejos de Rubén». Seis jubilados, entre 58 y 67 años, todos casados, todos con mujeres que ya no les tocan. Llegan a las cinco de la tarde, uno tras otro.
Primero viene Antonio, el más viejo. 67 años, polla curvada hacia abajo, enorme cabeza morada. Me pone de espaldas en el sofá, me levanta las piernas y me folla mirándome a los ojos, aunque no nos besamos. Nunca besos. Solo me mira con odio y deseo mientras me penetra lento, profundo, metiéndome toda su polla de viejo hasta que siento sus huevos contra mis nalgas.
«Puta,» me dice. «Zorra. Basura.»
«Sí,» gimo. «Soy tu basura, fóllame, rompeme.»
Se corre dentro, abundante, el semen de un hombre que ya no produce esperma pero que sigue teniendo la necesidad de marcar, de poseer, de dejar su esencia en un culo más joven.
Se va, y entra Pepe. 61 años, barrigón, polla corta pero gruesa como una lata. Me pone de lado, en cucharita, y me mete la polla por detrás mientras me pellizca los pezones. No me gusta, pero no digo nada. Soy una puta, estoy para servir. Me folla rápido, desesperado, como si fuera la última vez en su vida. Se corre en tres minutos, añadiendo su leche a la de Antonio.
Así van llegando. El tercero, el cuarto, el quinto. Mi culo está rebosando, chorreando, una mezcla de semen de viejo que me escurre por los muslos y mancha el sofá. No me importa. Quiero más. Quiero sentirme llena, usada, el recipiente de toda su frustración marital.
El último es Roberto, 59 años, el más joven del grupo. Es el único que me hace gritar. Me pone a cuatro patas, me coge de las caderas, y me penetra con fuerza, machacándome el punto, haciendo que mi polla flácida vuele contra mi vientre. Gimo como una perra, sin control, el placer anónimo, el éxtimo de ser usada.
«Te voy a dejar el culo como un cañón, puta,» gruñe.
«Por favor,» lloriqueo. «Más duro, más, usame, rompeme.»
Y me rompe. Me folla durante veinte minutos, sin piedad, mientras los otros lo miran desde la puerta, ya vestidos, ya satisfechos, viendo cómo esta zorra de cuarenta y tres años toma la última polla del día.
Roberto se corre con un gemido animal, inyectándome su leche profundo, llenándome hasta rebosar. Sale. Se van todos.
Yo me quedo en el suelo, desecha, el culo abierto y palpitante, cinco cargas de semen dentro de mí, escurriéndome, manchándome. No me he tocado. No quiero correrme. Quiero quedarme así, sintiendo su leche dentro de mí, sintiéndome la puta más barata, más sucia, más disponible del mundo.
Una hora después, cuando el apartamento está en silencio y solo queda el olor a sexo y a viejos, me pongo de rodillas en el suelo del salón. Pasó los dedos por el sofá, por donde he estado sentada, recogiendo las gotas secas de semen. Me las llevo a la boca, una por una, chupando los dedos, tragando la mezcla de cinco hombres diferentes. Es salado, es amargo, es el sabor de ser usada, de ser el recipiente de su frustración.
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Pero el domingo viene Agustín otra vez.
Esta vez llega por la mañana. Trae café y cruasanes, como si fuéramos algo más que un culo y una polla. Pero no somos nada más. Desayunamos en silencio, y cuando termina, se levanta y me mira.
«Al baño,» ordena.
Lo sigo. Se baja los pantalones, saca su polla, y empieza a mear en el wáter. Yo me arrodillo a su lado, esperando. Cuando termina, me agarra de la nuca y me acerca su polla a la boca.
«Límpiala,» ordena. «Límpiala toda, puta.»
Y la lamo. Saboreo su orina, su sudor, su hombría. Limpio su polla con mi lengua, desde la base hasta la punta, chupando cada gota, adorando su miembro con mi boca. Se pone dura en segundos.
«De pie,» ordena.
Me pone de cara al espejo, me baja los pantalones del chándal, y me penetra de una. Me mira en el reflejo mientras me folla, viendo mi cara de puta, mis ojos vidriosos, mi boca abierta jadeando.
«Eres mía, Rubén,» gruñe. «Este culo es mío. ¿Entendido?»
«Sí,» gimo. «Soy tuyo, Agustín. Solo tuyo.»
Se corre dentro, profundo, llenándome de su leche. Se queda dentro un momento, luego sale. Me mira en el espejo, me da una palmada en el culo.
«Hasta el jueves, puta.»
Y se va.
Yo me quedo en el baño, mirándome en el espejo. Tengo el culo chorreando, la cara sonrojada, los ojos brillantes. Sonrío. Soy Rubén, la zorra divorciada, la puta de los viejos casados, la perra de Agustín. Y estoy completo.
—
*Si te la has tocado pensando en mí, si te has corrido imaginando mi culo lleno de leche ajena… mándame un mensaje. Quizás pases por mi puerta algún día. La tendré abierta. Y mi culo también.*

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