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Fantasías / Parodias, Gays, Zoofilia Hombre

La verdadera historia de la creación de Adán

Adan después de haber sido creado, descubre su propósito.
1 Génesis 1:1

Y vio Dios que la luz era buena, y separó la luz de las tinieblas. Pero antes de la luz, antes del primer amanecer sobre las aguas primordiales, existía ya el jardín en el pensamiento del Creador. Y en ese pensamiento, como una semilla en la matriz del cosmos, aguardaba Adán. No fue formado del polvo en un día de labor como cuentan los escribas. Adán fue soñado primero, sueño dentro de sueño, un deseo del Creador de tener un espejo donde mirarse y encontrarse bello. Y cuando el sueño se hizo carne, la carne era perfecta. Su piel era como alabastro caliente, tersa sobre músculos que se marcaban con cada respiración. Sus ojos, dos carbones encendidos que reflejaban la luz virgen del Edén. Su cabello, negro como la tierra húmeda después de la lluvia. Su cuerpo, una promesa de calor en medio de la perfección fría del paraíso. Y el Creador colocó a Adán en el centro del jardín, desnudo y sin vergüenza, porque la vergüenza no había sido inventada aún. Las flores se inclinaban a su paso, los árboles inclinaban sus ramas para besar su frente, y los ríos cantaban su nombre al correr sobre las piedras. Pero el Creador, en su infinita sabiduría, había sembrado en cada criatura el impulso de buscar placer. Y en su soberbia, decidió que el placer supremo de su creación sería experimentado por Adán, el más bello de todos sus seres. Los animales llegaron primero como curiosos, luego como devotos. El león, con su melena dorada y su aliento cálido, fue el primero en lamer la sal de la piel de Adán mientras este dormía bajo la sombra de un sicómoro. El hombre despertó entre sueños, sintiendo la lengua áspera del felino recorrer su cuello, su pecho, descender por su vientre. Y en lugar de temor, sintió un calor que creció desde sus entrañas y se extendió por sus miembros. —¿Qué haces? —preguntó Adán sin abrir los ojos, dejando que el placer lo envolviera como una niebla matinal. El león no respondió con palabras, porque las palabras no eran necesarias en aquellos días. Su respuesta fue un gruñido profundo, una vibración que se transmitió desde el pecho del animal hasta los huesos de Adán, y luego la lengua continuó su viaje hacia abajo, hacia el miembro del hombre que ya se erguía, hinchado y ansioso como una fruta madura que espera ser mordida. La primera vez que la boca del león rodeó la verga de Adán, el hombre arqueó la espalda y gimió un sonido que nunca había salido de sus labios. Era un sonido antiguo, anterior a las palabras, anterior al lenguaje mismo. Era el sonido del descubrimiento. El Creador observaba desde su trono invisible, sintiendo cada estremecimiento de Adán como propio. Su mano descendió, casi sin voluntad, hacia su propio miembro divino. No había pecado aún, porque el pecado no existía. Solo había placer, puro y terrible como el primer rayo de sol. El león trabajó el miembro de Adán con devoción, su lengua áspera masajeando el glande mientras sus colmillos, cuidadosamente retraídos, acariciaban la piel sensible del tallo. Adán gimoteó, sus caderas comenzando a moverse por instinto, empujando su verga más profundo en la garganta del animal. —Más —susurró, sin saber qué pedía exactamente, solo sabiendo que necesitaba más. La serpiente observaba desde las ramas de un árbol cercano. Era la más astuta de todas las criaturas, la que más tiempo había pasado en la presencia del Creador, absorbiendo sus pensamientos más secretos. Había visto cómo el Creador miraba a Adán, cómo su mano se movía mientras sus ojos recorrían el cuerpo del hombre. Y había entendido algo que las otras criaturas no entendían. La serpiente descendió del árbol, deslizándose sobre la hierba con un movimiento fluido que hipnotizaba. Era hermosa, cubierta de escamas que brillaban con todos los colores del Edén, sus ojos como gemas líquidas que veían más allá de la carne. Se acercó mientras el león continuaba su trabajo, mientras Adán gemía y se retorcía sobre la tierra húmeda. La cabeza de la serpiente se elevó, su lengua bífida danzando en el aire, probando el aroma del deseo de Adán. —Hombre —dijo la serpiente, y su voz era como seda rasgada, como miel derramándose sobre piedra caliente—. ¿Sabes por qué tu cuerpo canta así? Adán abrió los ojos, encontrar la mirada hipnótica de la serpiente mientras el león lamía su miembro erecto. Negó con la cabeza, sin aliento para hablar. —Has sido creado para esto —continuó la serpiente, deslizándose alrededor del cuerpo de Adán, rodeando sus piernas abiertas—. El Creador te ha hecho perfecto, y la perfección debe ser compartida. Cada criatura macho del Edén ha sido diseñada para encontrar descanso en ti, para vaciar su semilla en tu carne. Adán frunció el ceño, confundido. El león soltó su miembro, lamiéndose los labios, y se retiró un paso. La serpiente se deslizó entre las piernas de Adán, y su lengua bífida encontró el camino hacia el agujero que el hombre no sabía que poseía. —¿Qué haces? —preguntó Adán, sintiendo un nuevo tipo de cosquilleo, una extraña anticipación. —Te muestro tu propósito verdadero —susurró la serpiente, y su lengua penetró el ano de Adán. El hombre jadeó, sus ojos abriéndose de par en par. Era una sensación completamente diferente a la del león. Más íntima, más profunda, como si la serpiente estuviera tocando un lugar dentro de él que ni siquiera sabía que existía. Su lengua, larga y ágil, se movía en espirales, explorando las paredes internas de su recto, encontrando puntos de placer que hacían que sus piernas temblaran. —Cada criatura —dijo la serpiente mientras trabajaba—, desde el más pequeño insecto hasta el más grande de los mamíferos, tiene una necesidad que solo tú puedes satisfacer. Fuiste hecho para ser llenado, Adán. Tu vientre, tu boca, tu ano. Cada orificio de tu cuerpo es un templo donde la creación puede adorar. El Creador, desde los cielos, gimió. Su mano se movía más rápido ahora sobre su miembro divino, los nudillos blancos por la tensión. Veía a su creación más amada siendo abierta por la lengua de la serpiente, y en lugar de ira, sentía un orgullo que quemaba como fuego en sus venas. Pues el propósito de la vida es sentirse vivo. Y Adán nunca se había sentido tan vivo. La serpiente retiró su lengua, y Adán gimió ante la pérdida de la sensación. Pero la serpiente no se fue. Se posicionó, su cuerpo escamoso deslizándose sobre el pecho de Adán, hasta que su cola encontró el camino hacia su ano abierto y húmedo. —Ahora —dijo la serpiente, y comenzó a introducir su cola en el cuerpo de Adán. El hombre lloró de placer mientras la cola, más gruesa que la lengua, se abría paso en su interior. Las escamas rozaban sus paredes internas, una sensación de textura que lo volvía loco. Pronto, toda la cola de la serpiente había desaparecido dentro de él, y solo la cabeza del animal descansaba sobre su pecho, mirándolo con esos ojos de joya líquida. —Muévete —ordenó la serpiente. Adán comenzó a mecerse, a cabalgar la cola que llenaba su interior. Cada movimiento enviaba ondas de placer a través de su cuerpo, haciéndolo gemir y retorcerse. Su miembro erecto goteaba un líquido claro que caía sobre su vientre, y el león se acercó para lamerlo, su lengua áspera recogiendo cada gota. Y así, Adán descubrió la primera verdad de su existencia: que había sido creado para ser llenado, para ser usado, para ser el receptáculo del deseo de toda la creación. Y en ese descubrimiento, encontró una paz más profunda que cualquier otra que hubiera conocido en los brazos del sueño. El Creador, en los cielos, derramó su simiente divina sobre las nubes, y la semilla cayó sobre el jardín como una lluvia bendita. Había comenzado el gran ciclo. Y Adán, ciego de placer, abrió sus brazos para recibir a la siguiente criatura que se acercaba, ansioso por cumplir con el propósito para el que había sido creado…

 

1 Génesis 2:2

La lengua del león se retiró, dejando el miembro de Adán húmedo y palpitante, erguido como una torre de carne contra el vientre del hombre. Adán abrió los ojos, confuso y hambriento, buscando más de aquel placer recién descubierto. Pero el león ya se alejaba, su melena dorada meciéndose al caminar, dejando a Adán solo bajo el sicómoro. Fue entonces cuando la sintió. Una vibración apenas perceptible en la tierra, un susurro de escamas contra la hierba. La serpiente emergió de entre las raíces del árbol, su cuerpo largo y brillante como un río de aceite negro bajo la luz del Edén. Sus ojos, dos rendijas de oro líquido, se fijaron en Adán con una inteligencia que ningún otro animal había mostrado. Adán observó hipnotizado mientras la serpiente se deslizaba entre sus piernas, rodeando su tobillo, subiendo por su pantorrilla, enroscándose en su muslo como una pulsera viviente. El tacto de las escamas era fresco y seco, cada una un pequeño borde que se arrastraba sobre su piel, despertando terminaciones nerviosas que él no sabía que existían. —No temas —susurró la serpiente, y Adán se sobresaltó al escuchar palabras que entendía, palabras que no venían de su propia mente—. He sido enviada para revelarte tu propósito verdadero. El hombre quiso preguntar, pero la serpiente continuó su ascenso, deslizándose ahora entre sus nalgas, la cabeza del reptil acariciando ese pliegue de carne que ningún ser había tocado jamás. Adán contuvo el aliento al sentir la punta de la nariz de la serpiente presionar contra su entrada, ese anillo de músculo que se apretaba instintivamente ante el contacto extraño. —El Creador te formó perfecto —continuó la serpiente, su voz un murmullo que vibraba en el aire—. Pero hay una herramienta que no te dio. Una habilidad que debes aprender. Tu cuerpo fue diseñado para recibir, para ser llenado, para ser el templo donde toda su creación encuentre descanso. La cabeza de la serpiente presionó más firme, y Adán sintió el músculo de su esfínter ceder por primera vez, abriéndose para admitir al reptil. El avance era lento, metódico, cada escama ensanchando el pasaje mientras la serpiente se introducía centímetro a centímetro en el interior del hombre. Adán jadeó, sus manos aferrándose a la hierba. La sensación era abrumadora: una invasión que no era dolorosa pero que estiraba sus límites de una manera que lo hacía sentir completo, lleno de una manera que nunca había imaginado. Podía sentir cada movimiento de la serpiente dentro de él, el deslizamiento de las escamas contra las paredes de su recto, la pulsación del cuerpo del reptil adaptándose a la cavidad que lo recibía. El Creador, desde su velo de luz, sintió cada centímetro de aquella penetración como propia. Su mano divina se movía sobre su falo, que brillaba con un resplandor cegador, mientras observaba a su creación más amada ser abierta por la más astuta de las bestias. —No debes luchar —instruyó la serpiente, ahora completamente alojada dentro de Adán, su cuerpo formando una S perfecta en las entrañas del hombre—. Debes abrirte. Debes aceptar. Tu ano fue diseñado para esto, para ser la puerta por donde toda mi especie, toda criatura macho, entre en ti y derrame su esencia. Adán gimió, sintiendo la serpiente moverse dentro de él, un masaje profundo que alcanzaba lugares que ni siquiera sabía que tenía. Su propia erección, olvidada por un momento, volvió a la vida, goteando un hilo de líquido claro que se mezclaba con el sudor de su vientre. —El Creador te hizo bello para que todos deseen poseerte —continuó la serpiente, comenzando un ritmo de entrada y salida, cada movimiento más rápido que el anterior—. Tu culo es el altar donde toda su obra rendirá culto. Eres el receptáculo, el vaso, el agujero sagrado donde el semen de la creación se depositará para siempre. Cuando la serpiente finalmente se retiró, el cuerpo de Adán tembló violentamente, el espacio vacío que quedó dentro de él sintiéndose como una pérdida. Su ano, ahora abierto y húmedo, parpadeó en el aire del Edén, invitando sin saberlo la siguiente visita. La primera en llegar fue la liebre. Pequeña, temblorosa, sus ojos rojos fijos en el agujero abierto de Adán. El animal se acercó con pasos indecisos, su pequeño miembro rojo asomando entre el pelaje del vientre. No medía más de tres dedos, pero cuando la liebre montó a Adán, apoyando sus patas delanteras en las nalgas del hombre, aquel pequeño falo encontró su camino sin dificultad hacia el conducto aún lubricado por la serpiente. Las embestidas eran rápidas, nerviosas, apenas una pulsación que duraba segundos. La liebre gimió un sonido agudo y se derrumbó, su semen tibio y escaso derramándose dentro de Adán. Antes de que el hombre pudiera procesar lo ocurrido, la liebre ya se había ido, reemplazada por un zorro de pelaje rojizo que olfateó el ano de Adán con curiosidad antes de montarlo con la misma urgencia. Así pasaron las horas. O los días. En el Edén el tiempo no significaba nada. Llegaron los roedores, con sus miembros diminutos pero numerosos, entrando en Adán en grupos de tres o cuatro, llenándolo de semen líquido que goteaba por sus muslos. Llegaron los perros salvajes, sus vergas rojas y nudosas atrapándose dentro de él, obligándolo a quedar enganchado mientras descargaban torrentes de semen caliente que hinchaban su vientre. Llegaron los ciervos, sus miembros largos y curvos alcanzando profundidades que la serpiente apenas había rozado. El Creador observaba todo desde lo alto, su mano moviéndose incansablemente sobre su falo divino, cada embestida de un animal contra el culo de Adán reflejándose en una oleada de placer que atravesaba el cosmos. Dios gemía, Dios se retorcía, Dios veía su obra maestra siendo destrozada y reconstruida a la vez, y eso lo excitaba más que cualquier otra cosa que hubiera creado. —Míralo —susurró la voz de la serpiente, que ahora observaba desde las ramas del árbol—. Tu creación favorita, convertida en nada más que un agujero para tus bestias. ¿No es hermoso? ¿No es esto lo que siempre quisiste? Y el Creador, en lo profundo de su ser, supo que la serpiente decía la verdad.

19 Lecturas/29 julio, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: culo, madura, maestra, metro, semen, verga, viaje, virgen
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