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Gays, Zoofilia Hombre

Me cogió mi perro a un lado de mi novio dormido

Si mi novio no me da lo que necesito, mi perro si.
Me llamo Jorge, tengo ya 26 años y vivía en la Gabriel Ramos Millán, cerca del Metro Coyuya. Ya les he cintado de otras experiencias pero esta es una continuación.

Estudio en la UAM Xochimilco, en la licenciatura de Diseño Industrial, pero la neta, lo que más me gusta hacer los fines de semana es ponerme hasta el culo de cerveza y olvidarme de todo. Mi vida siempre ha sido un desmadre, desde morro. Pero nada como lo que pasó hace unos años, cuando descubrí que mi cuerpo podía sentir cosas que ni en mis pedas más locas imaginaba. Todo comenzó una noche que iba bien pedo, saliendo de casa de un cuate en la colonia Aculco. Eran como las dos de la mañana, yo iba caminando por el camellón que está cerca del metro Coyuya, ese que está junto al puente vehicular del metro Aculco. Iba bien marihuano, casi no veía ni dónde pisaba, cuando escuché unos ladridos. Eran dos perros callejeros, bien grandotes, de esos que andan en jauría por la noche. En lugar de asustarme, no sé qué me pasó, sentí una calentura bien cabrona. Me bajé los pantalones, me puse en cuatro y dejé que me olieran. El primero se montó en mí, sentí su verga bien dura, caliente, entrándome sin pena. Me dolió un chingo al principio, pero luego… luego el puto placer me recorrió todo el cuerpo. El segundo me cogió mientras el otro me lamía la cara. Esa noche, debajo de ese puente, me cogieron como perro, y me encantó. Lo hice varias veces después de eso. Me iba al mismo camellón, a veces pedo, a veces sobrio, buscando a esos perros o a otros. Me volví adicto a sentir esa verga canina adentro de mí, caliente, palpitante, llenándome. Pero un día conocí a un vato, se llamaba Diego. Era más grande que yo, tenía 28, trabajaba en una tienda de telas en el centro. Me enamoré bien pendejo de él. Me pidió que viviéramos juntos, y le dije que sí. Me mudé a su depa, también por la Ramos Millán, y dejé de ir al camellón. Pensé que ya la había librado, que con Diego era suficiente. Pero después de un año de relación, Diego empezó a salir solo los fines de semana. Se iba con sus amigos a antros en la la zona rosa, me decía que yo era muy intenso, que necesitaba su espacio. Yo me quedaba solo en el depa, con nuestro perro, un pastor alemán bien hermoso que se llamaba Thor. Lo adoptamos juntos, pero el perro siempre fue más mío. Lo cuidaba, lo bañaba, lo sacaba a pasear. Thor era mi compañero fiel. Las primeras veces que Diego salía, yo me tomaba mis chelas y veía la tele, acariciando a Thor. Pero una noche, una puta noche, Thor se subió a la cama y se puso a lamer mi cara. Yo iba bien pedo, y sentí su lengua caliente en mi mejilla, luego en mi cuello. Recordé el camellón, recordé a esos perros, y sentí una erección bien cabrona. Me bajé los calzones y le mostré mi culo, todo tembloroso. Thor me olió, movió la cola, y luego se montó en mí. Su verga era enorme, más grande que la de esos perros callejeros, más caliente, más viva. Me penetró despacio al principio, y yo gemía como puta. Luego empezó a moverse más rápido, jadeando, y yo sentí que me iba a volver loco. Me vine como nunca, chorros y chorros de leche, mientras Thor me cogía sin parar. Después de esa noche, ya no pude parar. Cada fin de semana, cuando Diego se iba de fiesta, yo me quedaba con Thor y me dejaba coger por él. A veces en la cama, a veces en el piso de la sala, a veces en el baño. Me volví su puta, su macho, su perra. Dejé de importarme Diego. Cuando llegaba pedo los domingos, yo lo veía y sentía asco. Su verga humana ya no me satisfacía. Necesitaba la de Thor, caliente, larga, perra. Me volví adicto a su olor, a su jadeo, a su leche caliente dentro de mí. Pasaron dos años así.

Me acuerdo de una noche, cabrón. Fue un sábado de esos bien culeros, Diego llegó como a las cuatro de la mañana, todo pedo, casi arrastrándose. Se fue derecho a la sala, se dejó caer en el sillón y al chile se quedó dormido como tronco, roncando bien fuerte. Yo estaba despierto, esperándolo, pero no porque me importara —ya desde entonces me valía verga—, sino porque sabía que esa noche iba a pasar algo más chingón. Thor estaba echado en su cama, pero cuando vio a Diego dormido, se levantó y vino a mí. Me olió la mano, movió la cola despacio. Yo ya estaba bien caliente nomás de pensar. Me bajé los bóxer bien rápido, me puse en cuatro en la alfombra de la sala, a unos putos metros de donde Diego roncaba. Thor se montó en mí sin dudar, su verga caliente entrando de golpe, y yo tuve que morderme el labio para no gemir bien fuerte, aunque no funcionó y gemí sin importarme si Diego me escuchaba. Sentía su pecho contra mi espalda, su jadeo en mi oído, y mientras me cogía, veía a Diego dormido, su cara relajada, su pecho subiendo y bajando. Eso me puso más duro que verga de burro. Saber que mi novio estaba ahí, a un metro, y yo dejándome coger por su perro, por el perro que adoptamos juntos. Thor movía las caderas rápido, su verga se deslizaba dentro de mí como cuchillo en mantequilla, y yo sentía que me iba a venir en cualquier momento. Me agarré de la pata de la mesa de centro, apreté los dientes, y cuando Thor dio una embestida bien honda, me vine como puta, chorreando leche en la alfombra, todo tembloroso. Thor siguió cogiendo un rato más, hasta que se vino también, su leche caliente llenándome. Luego se bajó, se fue a su cama y se durmió. Yo me quedé ahí, en cuatro, con el culo abierto y el cuero mojado, viendo a Diego roncar. Me sentí bien cabrón, bien perro, bien dueño de mi propio placer. Me limpié con la manga de la sudadera y me fui a la cama, sonriendo en la oscuridad. Esa noche dormí como bendito, soñando con la próxima vez.

 

Diego nunca se dio cuenta, o si se dio, nunca dijo nada. Pero un día me dijo que ya no quería seguir, que yo había cambiado, que ya no era el mismo. Tenía razón. Ya no era el Jorge que él conoció. Ahora era la perra de Thor. Terminamos, y él se quedó el depa. Y Thor. Me dijo que el perro era de los dos, pero que él lo había registrado a su nombre, y que yo no tenía derecho. Me fui llorando, pero no por él. Lloraba por Thor. Me mudé a un cuarto cerca de la UAM, en Xochimilco. Es pequeño, huele a humedad, y las paredes están todas chuecas. Pero no importa. Lo único que importa es que no tengo a mi perro. Ya no siento su verga caliente adentro de mí. Ya no huelo su jadeo en mi nuca. A veces, en las noches, me pongo bien pedo y me toco, imaginando que es él. Pero no es lo mismo. Me masturbo pensando en su verga, en su leche, en cómo me llenaba. Pero no es lo mismo. A veces voy al parque cerca de mi nuevo cuarto, y veo a los perros callejeros. Me dan ganas de buscarlos, de volver al camellón, de sentir esa calentura otra vez. Pero ya no soy el mismo de antes. Ya no soy el morro que se dejaba coger por cualquier perro en la calle. Ahora soy un puto roto, un perro sin dueño, un hombre que solo quiere sentir la verga de su perro otra vez. Pero Thor ya no está. Pero en el nuevo complejo de edificios, hay mucha área sola, tiene engtrada por calzada del hueso y periférico, muchos lugares aislados, quién sabe, en una de esas me encuentro un amante de cuatro patas, o adopte a mi propio novio canino.

Si gustas platicar manda correo a [email protected]

7 Lecturas/19 mayo, 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: amigos, baño, cogiendo, culo, metro, parque, puta, puto
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