mi cliente de smart fit mama la verga de mi perro
continuación relaro anterior.
Adrián sonrió, y luego bajó la mano hasta la verga de Canelo, que ya empezaba a asomarse, rosada y gruesa, saliendo del prepucio. —Mira nada más —susurró—. Qué verga tan hermosa. Canelo jadeó, moviendo la cola más rápido, empujando sus caderas contra la mano de Adrián. Yo veía todo desde mi lugar, sintiendo cómo mi propia verga se endurecía dentro de los shorts, cómo el calor se acumulaba en mi vientre. Adrián se inclinó, y su boca se abrió, y su lengua tocó el glande de Canelo. —Mierda —susurré, sin darme cuenta de que había hablado en voz alta. Adrián chupó suavemente al principio, como probando, como saboreando. Su lengua rodeó la cabeza, se deslizó por el eje, mientras su mano sostenía la base. Canelo jadeaba más fuerte, sus patas temblaban, su verga se endurecía completamente, larga, gruesa, chorreando un poco de líquido transparente. —Sabe a ti, Diego —dijo Adrián, separándose apenas para hablar—. Sabe a tu culo, a tu sudor, a todo lo que has estado escondiendo. Y volvió a chupar, esta vez más profundo, más hambriento, tomando toda la verga de Canelo en su boca, hasta que su nariz tocó el pelaje del vientre. Canelo soltó un gemido, un sonido bajo, gutural, que vibraba en el aire. Yo me tocaba a través de los shorts, sin poder dejar de ver, sin poder apartar la mirada de esa imagen: Adrián, el abogado del gimnasio, el cliente que siempre había visto como un simple conocido, arrodillado en la tierra del Ajusco, mamándole la verga a mi perro. Adrián movía la cabeza rítmicamente, su mano subiendo y bajando por el eje de Canelo, su otra mano acariciando los testículos del perro, grandes y peludos. De vez en cuando se separaba, dejaba que la verga se deslizara fuera de su boca, y la lamía, larga y lenta, desde la base hasta la punta, saboreando cada centímetro. —¿Te gusta verlo? —preguntó, con la boca brillante, con la voz ronca—. ¿Te gusta ver cómo le chupo la verga a tu perro? Solo pude asentir, sintiendo cómo se me escapaba un gemido, cómo mi mano apretaba mi verga a través de la tela. —Entonces ven aquí —dijo Adrián—. Ven a ayudarme. Me levanté como en trance, mis piernas temblorosas, mi verga dura y goteando. Me arrodillé al lado de Adrián, frente a Canelo, que nos miraba con sus ojos color ámbar, su lengua colgando, su verga chorreando. —Tú toma sus bolas —dijo Adrián—. Acarícialas, juega con ellas. A los perros les encanta. Mis manos temblaban cuando toqué los testículos de Canelo, grandes y calientes, llenos de semen esperando ser liberado. Comencé a masajearlos suavemente, mientras Adrián volvía a tomar la verga en su boca, chupando más fuerte, más rápido. Canelo comenzó a moverse, sus caderas empujando contra la boca de Adrián, su respiración volviéndose más agitada. Sabía que estaba cerca, conocía esa señal, ese temblor en sus patas, ese gemido profundo. —Se va a venir —dije, mi voz apenas un susurro—. Se va a venir, Adrián. Adrián no se separó. Al contrario, succionó más fuerte, su mano apretando la base, su garganta abriéndose para recibir el semen de Canelo. Y entonces llegó. Un chorro grueso, caliente, que llenó la boca de Adrián. Luego otro, y otro, mientras Canelo gemía y temblaba, mientras yo seguía masajeando sus testículos, sintiendo cómo se contraían, cómo liberaban todo lo que habían guardado. Adrián tragó, una, dos, tres veces, sin soltar la verga de Canelo, lamiéndola mientras el semen seguía saliendo. Cuando finalmente se separó, su boca estaba brillante, y una gota blanca cayó de su labio inferior. —Mierda —dijo, limpiándose con el dorso de la mano—. Mierda, Diego. Esto es lo mejor que he probado en mi vida. Se volteó hacia mí, y vi en sus ojos algo que no había visto antes. Tpdp terminó y digamos que el cliente fue frecuente…
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