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Gays, Incestos en Familia

Mi ‘hermanito’ cubano

Sacó las tapas de la cama y bajó su ropa interior hasta la altura de sus rodillas. Por primera vez vi su miembro totalmente erecto.

Mi “hermanito” cubano

Estaba cerca de los 14 cuando mis padres decidieron adoptar un hijo.

Después de haber nacido yo, mi madre decidió operarse para no tener más, pero con el tiempo comencé a sentirme un poco solo y hasta raro ya que casi todos mis amigos o compañeros de escuela tenían hermanos o hermanas, menos yo.

Finalmente mis padres creyeron que sería lo mejor para mí lo de tener compañía.

Justo en esa época hubo una ola gigante de migración de gente de Cuba hacia mi país. Algunas familias buscaban asentarse, otras estaban de paso a otras naciones, y algunos derechamente abandonaban a sus hijos con la esperanza de que tuvieran un mejor futuro.

Uno de esos niños fue José Luis, quien tras unos meses de trámites se convirtió en parte de nuestra familia.

Yo estaba emocionado. Tendría con quien jugar en casa, hablar hasta tarde y todas esas cosas que hacen los hermanos y que yo jamás había experimentado. Puede parecer algo muy trivial, pero para mí era importante.

No lo vi hasta el día que mis padres llegaron con él a casa. Tenía 13 años también, le sacaba un par de meses, pero se veía más desarrollado que yo. Vestía una bermuda de tela café y una camisa blanca y holgada que dejaba a la vista una clavícula bastante marcada, brazos finos pero fornidos y bastante marcados, hombros ligeramente anchos y piernas atléticas. Sus extremidades se veían alargadas así como todo su cuerpo, y coronaba un rostro bastante agraciado: nariz pequeña y redondita; labios ni tan gruesos ni tan finos pero de un color rojizo provocador; ojos grandes de un pardo bellísimo acompañados de pestañas largas y cejas finas pero pobladas, y su piel era de un color trigueño intenso, casi tostado. Su rostro, al igual que el resto de su cuerpo, relucía facciones marcadas pero conservando un aspecto infantil encantador. De estatura, sin embargo, yo le aventajaba un poco.

Cuando me acerqué a saludarlo mis manos estaban sudorosas y a medida que estábamos más cerca me invadió una sensación de nerviosismo horrible, un tanto desconocida hasta ese momento.

Antes de estirar el brazo para ofrecer un apretón sequé la palma de mi mano derecha en el costado de mis ropas. El se quedó pensativo unos segundos y terminó por envolverme en un tímido pero muy sentido abrazo.

– Gracias por recibirme — dijo aún sin soltarme con un acento caribeño que me provocó un vuelco en el estómago muy agradable.

No supe muy bien que responder cuando me soltó así que solo asentí. Sentí el ardor en mis mejillas.

– Soy José Luis.
– Y yo Samuel. Pero me puedes decir Samu.
– Encantado, Samu.

Nuevamente, y como si no tuviera modales, solo pude asentir con una sonrisa nerviosa que debe haber parecido forzada. Realmente estaba nervioso, pero contento.

Hasta que le adaptaran un cuarto nuevo tendríamos que compartir habitación. El espacio era amplio, así que no hubo problema con instalar una segunda cama, un armario extra y una mesita de noche. Le ofrecí ayuda para desvalijar y aceptó. Mis padres nos dejaron a solas. Supongo que me notaron un poco tímido.

– Y… Qué tal el país — pregunté para romper el hielo.
– Extraño a mi familia de allá de Cuba un poco. Bastante, en verdad. Y bueno, sacando la parte de que tuvimos que dormir en la calle unos días y luego en un albergue… Pues no tan mal.

Dijo todo eso con una sonrisa optimista en el rostro y entonces me sentí estúpido por haber preguntado algo que tenía una respuesta tan amarga.

– Perdón por preguntar — solté con una mueca.
– No cojas lucha — respondió con regalándome una sonrisa amplia. Tenía una sonrisa muy linda, sus dientes eran parejos y muy blancos.

No entendí a qué se refería con esa frase y así como otras expresiones o modismos de su Cuba, pasaron un par de meses hasta que nos acostumbramos. Jose Luis explicaba con mucha gracia y paciencia qué significaba cada cosa mientras yo le daba cátedra de modismos de mi país. Fue muy divertido ese periodo de intercambio cultural.

Logramos que se inscribiera en mi escuela para finalizar el año. Compartíamos salón y, honestamente, no hizo falta que le hiciera de presentador: el muchacho tenía una personalidad desbordante. Era muy entrador, gracioso y agradable. Le caía bien a todo el mundo y pronto se integró a mi grupo de amigos. Ante todos nos presentábamos como hermanos y si bien el acento nos delataba como hermanos no sanguíneos, más lo hacían nuestras apariencias: él, un morocho caribeño de tomo y lomo y yo con la piel pálida y un poco rosada. Los ojos, el cabello, la complexión de nuestros cuerpos: todo era diametralmente opuesto o diferente entre ambos, y aún con esas, nadie preguntó alguna vez o refirieron alguna burla sobre el origen de José Luis. Supongo que no hacía falta preguntar lo que saltaba a la vista y el era muy agradable como para que alguien lo odiara.

Llegó fin de año y comenzaba la temporada navidades y holgazanería.

Las primeras semanas nos entretuvimos jugando juegos de mesa con mis padres. Para el, todo era una novedad así que los disfrutaba bastante. Luego por las tardes jugábamos fútbol, a veces se nos sumaba mi padre y muy escasamente, mamá. En otras ocasiones salíamos a recorrer el campo que era enorme.

Me gustaba mostrarle a Jose todos los lugares que para mí significaban algo y las cosas que había hecho acá y allá y todo eso. El escuchaba con atención y reía con mis anécdotas, que tampoco eran tan entretenidas.

El arroyo se convirtió en nuestro lugar predilecto. Allí nos pasábamos horas conversando trivialidades y poco a poco me iba contando cómo era su vida en Cuba; las cosas que extrañaba y lo que no. Cuando la conversación terminaba generalmente estábamos sentados a orillas del caudal y el me quedaba mirando con una semi sonrisa en el rostro. Hacía eso muy seguido y yo no podía sostenerle la mirada. Esa sensación del primer día en casa me invadía y me obligaba a ver el agua correr como si fuera la cosa más interesante del mundo.

– ¿Y tienes alguna jeva por ahí? — preguntó un día después de una larga charla. Me sorprendió la pregunta, pero no era algo incómodo.
– No — contesté primero con el gesto y luego con las palabras. Sin querer soné un poco tosco. — ¿Tú?
– Na — replicó — a mí no se me dan esas cosas — recogió un poco sus rodillas hacia su pecho y envolvió sus brazos alrededor de las piernas. Noté un poco de nostalgia en su respuesta.

La charla pudo haber quedado ahí pero los pensamientos me ganaron y salieron como agua por mi boca.

– No te creo nada. Alguien como tú no puede… Decir… Eso — mis palabras perdieron fuerza a medida que me arrepentía de lo que acababa de decir.

Imité su gesto de hace un rato escondiendo un poco el rostro entre las rodillas. Qué estupidez acababa de decir.

Se hizo el silencio y por el rabillo del ojo noté como ladeaba un poco la cabeza y se dibuja una sonrisa blanca.

– Alguien… ¿Como yo? — preguntó con tono divertido.
– Bah. No sé por qué dije eso — respondí un poco avergonzado y enfadado. Agradecí que no me molestara más.

Pasaron unos segundos y volvió a hablar.

– Y tú — espetó. Me giré a mirarlo extrañado — con tremenda pinta y soltero.

Lo dijo tan tranquilo y con tanta confianza que solo hizo que el rubor en mis mejillas se hiciera todavía más intenso. Desvíe la mirada y no pude evitar que se me escapara una pequeña sonrisa.

Cuando volvimos a casa por poco se había escondido el sol por completo. Mis padres nos regañaron por la hora.

La cena ya estaba casi lista y aún nos teníamos que bañar. A Jose le pareció entonces que nos debíamos bañar juntos para no demorar tanto y mis padres lo apoyaron.

– Tienen diez minutos — espetó Mamá con toda la seriedad del mundo.

Nuevamente la sensación en el estómago y el calor en mi rostro.

Toalla en mano entramos al baño, que era amplio y desvestirse uno frente al otro se convirtió en una cosa laboriosa, lenta. No era la primera vez que lo hacíamos — lo de vernos desnudos — pero nunca nos habíamos duchado juntos. Eso sí era nuevo.

Las otras veces había sido algo de segundos, momentáneo, como cuando nos cambiábamos de ropa en el arroyo, por ejemplo. O en la mañana para ir a la escuela. Ahí había podido ver su cuerpo de reojo en algunas ocasiones y siempre terminaba poniéndome rojo y sin entender muy bien por qué, mi pene se levantaba un poco, por lo que trataba de evitar ese tipo de situaciones.

Donde las prendas abandonaban mi cuerpo ahí se dirigía su mirada. Me observaba descaradamente y yo lo imitaba. Su cuerpo era bastante atlético comparado al mío: a el se le marcaban los cuadritos en el abdomen y si bien yo no tenía pancita, poseía el abdomen más plano del mundo. Y así cada parte de su cuerpo se veía aún más fibrosa en comparación al mío.

Su mirada se fue a mi entrepierna y la mía a la de él.

El momento era extraño. Había una tensión que habíamos arrastrado desde momentos antes en el arroyo y ahora se estaba disparando de manera descarada en el baño.

Tragué saliba y salí del trance.

– Hay que apurarnos — dije mientras entraba en la ducha y encendía el agua. El me siguió en silencio y lo demás transcurrió normal, aunque hacía un esfuerzo sobrehumano por no desviar la mirada, lo cual fue inevitable un par de veces.

Cenamos y jugamos un juego de mesa con nuestros padres antes de irnos a dormir. Hubo un silencio incómodo y atípico en la habitación. Cada uno se puso la pijama de espaldas y nos acostamos.

– Buenas noches — lo escuché decir luego de un rato. Respondí con las mismas palabras.

Pasó más o menos una hora y no podía pegar un ojo. Las imágenes de la ducha y las palabras en el arroyo daban vueltas en mi cabeza una y otra vez. Su miembro era muy distinto al mío: moreno, completamente recubierto de piel y sus testículos colgaban y eran ligeramente más oscuros que el resto de su intimidad. La mía, en cambio, era tan blanca como el resto de mi cuerpo. Mis testículos aún conservaban el color rosado propio de la pubertad y la piel me cubría casi todo el glande, pero dejaba una porción de color rosa pálido a la vista. El pubis de Jose Luis estaba cubierto por una mata de vellos no muy profunda, pero si abundante. En cambio, yo relucía un pubis casi lampiño, salvo por algunos vellos lisos. De tamaño estábamos casi igual, aunque el suyo se veía más ancho e imponente.

Sin darme cuenta en qué momento, una erección prominente apareció entre las ropas de mi cama. Jose Luis ya debía estar dormido. Su respiración así lo decía. Sólo sonaba un grillo fuera de la ventana y el claro de la luna que se filtraba en el espacio entre nuestras camas, que no era tanto, me permitía distinguir su rostro: boca entreabierta y ojos cerrados. Se veía hermoso así. Sacudí mi cabeza por pensar aquello pero instintivamente mi mano se dirigió a mí entrepierna para darle atención.

El movimiento era sigiloso, precavido, pero el agarre era intenso. Sólo tenía el cuerpo desnudo de mi «hermano» en mente. No lo podía evitar, así que simplemente me rendí y me deje llevar. Al cabo de unos segundos quité las tapas y me di placer a mi antojo. Cerraba los ojos con fuerza y movía ligeramente las caderas. Estaba cerca. Lo podía sentir.

– Hm — escuché de pronto. Era el típico sonido que uno hace cuando se quiere aclarar la garganta pero en silencio.

El problema era que no había salido de mí.

Abrí los ojos como plato y detuve el movimiento por inercia. Ni me subí la ropa interior cuando ya estaba cubierto por las tapas de la cama. Hice silencio. Podía sentir mi corazón latir con fuerza… ¿Jose estaba despierto?.

Pasaron unos segundos y miré hacia el costado. Ahí estaba él, girado hacia mí, con la misma sonrisa pícara en el rostro. Mierda. Sentí mi rostro arder como nunca.

– No te detengas — susurró con descaro — no me incomoda — sentenció.

¿Cuanto tiempo había estado observando? ¿Y que era eso de que siguiera?

Permanecí en silencio y de pronto se levantó de la cama. Dió unos 5 pasos hasta quedar de pie al lado de la mía. Mi corazón era un bombo.

– ¿Quieres que te dé una mano?

Eso no lo esperaba. Mi cuerpo actuó casi con consciencia propia y sin saber por qué, hice espacio corriéndome hacia el rincón. El no demoró en incorporarse a mi lado. Cuando me atreví a dirigirle la mirada seguía con esa expresión en el rostro y una semi sonrisa. De pronto, su mano se escabulló por debajo de las ropas de cama hasta hacer contacto con mi abdomen. El roce de sus dedos bastó para que mi cuerpo se tensara por completo. Bajó lentamente hasta llegar a mi pubis. Con su tacto fue suficiente para que mi pene se pusiera duro de nuevo. Su pulgar acariciaba la zona, paciente, como memorizando. Acercó su cuerpo al mío. Podía sentir su respiración entre el hombro y el cuello, esa altura precisa donde se pierde la cosquilla y el placer.

– Llevo semanas notando como me miras — soltó casi en un resoplido a la vez que envolvía por primera vez mi intimidad entre sus dedos.

Se me escapó un pequeño gemido ahogado, profundo, mientras permanecía en silencio. Mi cuerpo temblaba. Su mano emanaba tanto calor como su aliento y cuando hubo comenzado el sube y baja sentí una extraña presión en los ojos y cierto hormigueo en los labios.

Nunca nadie me había tocado antes. No de esa manera. Era un placer totalmente nuevo, excitante y casi morboso.

Ahora mi cuerpo se había acercado al suyo, facilitando el trabajo manual de mi hermanito, y por una especie de magnetismo, giré un poco la cabeza y entreabrí los labios. El pareció entender la señal. Sus ojos se veían grandes en la oscuridad de la habitación, como los de un búho, y se dirigían a los míos y a mí boca repetidamente. Milímetro a milímetro su rostro se acercaba al mío. Cuando cerró los ojos yo hice lo propio y cuando los labios se tocaron por primera vez sentí una calidez que jamás había sentido, como dos manos que se entrelazan un día de verano: húmedas y calurosas pero con una sensación reconfortante.

El beso fue un poco tímido al inicio y fue adquiriendo sensualidad e intensidad a medida que el movimiento de su mano también aumentaba. Mis caderas seguían la cadencia de su extremidad y nuestras respiraciones — aunque más la mía — se hacían cada vez más intensas y profusas a causa de la falta de aire.

Sus labios se apartaron de los míos e instintivamente incliné la cabeza hacia adelante, deseando más. Abrí los ojos y me miraba con una sonrisa bellísima y ardiente, divertido. Me dió unos 3 picos cortos y un poco sonoros, pero pareció no importarle hacer ruido. A mí tampoco.

Sus besos se fueron a mi pecho y de pronto su lengua recorría mis pezones y casi toda extensión de piel en mi abdomen. Luego volvió arriba para hundirse en mi cuello. Rodeé el suyo con mi brazo derecho y mis dedos se perdieron en su cabello rizado. Permanecí con los ojos cerrados, disfrutando. Bastaron solo unos segundos más cuando sentí que ya me venía. Sin avisar, largos y acuosos chorros de semen cayeron sobre mi abdomen y la mano de Jose, que aprovechó para volverme a besar, ahogando de paso mis gemidos en su boca.

Jamás había experimentado un placer tan intenso. Me sentí en el cielo por unos segundos y caí en cuenta de lo mucho que me atraía Jose desde le primer día que lo vi, pero no había querido admitirlo hasta entonces.

Me podría haber sentido asustado o abrumado, pero parecía ser correspondido, lo que me reconfortaba bastante. Su lengua seguía invadiendo el interior de mi boca, mientras mi intimidad perdía tamaño todavía envuelta en su mano.

De pronto me sentí agotado y somnoliento. La intensidad del beso disminuyó y Jose por fin me liberó. Había satisfacción en su rostro.

Se puso de pie en silencio, cogió unas toallas de papel y con parsimonia limpió mi abdomen. Yo me dejé hacer. Mi cuerpo pesaba, pero logré subir mi ropa interior a su lugar. Luego limpió sus manos y cuando creía que volvería a su cama, se acostó a mi lado. Pasó su brazo por encima de mi pecho y hundió su cabeza en mi cuello, a la altura de los hombros. El contacto era grato y me rendí ante la pesadez de mis párpados.

Así, sin más, me dormí.

Desperté por un pequeño cosquilleo a la altura del abdomen; ahí donde las costillas dejan un espacio al medio.

Jose me tenía abrazado por la espalda, como de cucharita, aunque cuidadoso con el espacio que dejaba entre su miembro y mi trasero. Su pulgar acariciaba rítmicamente ahí donde sentía las cosquillas. Demoré unos segundos en incorporarme y cuando lo hice, el recuerdo de todo lo que había ocurrido la noche anterior me vino de golpe. Abrí los ojos. Aún no distinguía si había sido un sueño o no. Supongo que tenerlo ahí abrazándome era suficiente prueba de que era muy real.

Debe haber sentido que había despertado porque depositó un suave beso en mi espalda. Luego otro, y otro, y otro hasta que hice un pequeño movimiento producto de la exquisita sensación que me estaba produciendo.

– Buenos días — susurró
– Buenos días — respondí con suavidad.

Mi voz salió casi en un hilo. Aclaré un poco la garganta. Estaba disfrutando bastante el contacto como para romperlo, así que permanecí tal cual para exprimir al máximo posible el momento.

Sus caricias eran suaves, pausadas y mimosas.

De pronto, su pelvis se aproximó a mi. Y luego otro poco. Cuando sentí su virilidad en mi trasero, no pude evitar un pequeño sobresalto. Aún así, no solo no me aparté: me hice hacia atrás, haciendo que el contacto fuera más lascivo, sin rodeos.

La respiración de Jose se intensificó. Un suave vaivén acompañaba sus caderas y yo parecía estar en un trance. Todo mi cuerpo funcionaba en automático. Me estremecí cuando comenzó a besar mi cuello y pronto me tomó de la barbilla para besar mis labios.

El movimiento en mi retaguardia era rítmico y cada vez más intenso. Podía sentir como su pene se ponía cada vez más y más duro y se envolvía entre mis nalgas, rozaba mis testículos y se introducía en el espacio entre mis muslos. Todo esto por sobre las ropas y, aún así, era tremendamente excitante.

Permanecimos así unos minutos hasta que me atreví a darle atención a su entrepierna. El se acomodó y yo también. Sacó las tapas de la cama y bajó su ropa interior hasta la altura de sus rodillas. Por primera vez vi su miembro totalmente erecto. Se veía enorme, aunque era casi del mismo tamaño del mío. Supongo que eran los vellos. Lo envolví con mis dedos casi a la altura de la cabeza y luego bajé la piel por primera vez. Se sentía totalmente diferente a cuando yo me masturbaba. La acción era la misma pero la sensación era distinta. Mucho. Y de alguna manera, más placentero.

Comencé el sube y baja, liberando por ratos un glande de color rosa intenso, húmedo y bastante apetecible. Sentí el deseo de llevármelo a la boca, pero no lo hice. Mi hermanito mantenía los ojos cerrados y una expresión exquisita en su rostro. Su respiración era entrecortada y ahogaba sus gemidos mordiéndose los labios hacia el interior; primero el de arriba, luego el de abajo.

Yo estaba perdido en ese gesto y mi mano continuaba en su novedosa faena. Arriba y abajo, un movimiento simple pero efectivo. No tardó mucho en eyacular abundantemente sobre mi mano y su abdomen, igual que yo lo había hecho la noche anterior. El líquido se sentía caliente y espeso. Quise probarlo pero tampoco lo hice.

Nos besamos unos minutos más antes de limpiar el desastre.

Cuando nos levantamos nos bañamos casi a escondidas y a toda velocidad. Olíamos a sexo y no sería nada prudente desayunar junto a nuestros padres en esas condiciones.

En la ducha pensé unos momentos. Yo no era ningún experto en sexo. Todo eso era nuevo para mí, y tal vez también para Jose. Pero su cuerpo y el mío parecían dos engranajes hechos para encajar, y no necesitaba saber nada porque mi cuerpo parecía actuar por su cuenta. Era un magnetismo extraño pero riquísimo, tanto, que no me daba siquiera tiempo a dudar o cuestionar si lo que habíamos hecho estaba bien o no.

Si se sentía tan bien, ¿Por qué sería algo malo? Esa sensación en el estómago estuvo desde que lo vi por primera vez y con el tiempo no hizo más que intensificarse. Para qué negarse. Para qué negar lo obvio. Yo le atraía tanto como el a mí.

El desayuno fue incómodo pero en el buen sentido. Nos sentamos uno frente al otro y las miradas cómplices iban y venían. Lo mismo los juegos con los pies descalzos bajo la mesa. Estuvimos más risueños que de costumbre, pero nuestros padres no lo notaron o le restaron importancia, porque no dijeron nada.

El resto del día transcurrió normal hasta que llegó el atardecer y salimos en busca de moras. En verdad, las moras eran solo una excusa. Lo que queríamos era estar solos.

Caminamos más o menos unos 20 minutos casi en total silencio, alguna que otra mirada y alguna que otra sonrisa. Era como si nos adivinasemos el pensamiento, y muy seguramente estábamos pensando en lo mismo. Me fascinaba ese jueguito.

Su rostro era una mezcla bellísima de inocencia juvenil y la madurez que le otorgaba una mandíbula y pómulos prominentes. Su mirada delataba la calentura, pero en cuanto sonreía, disipaba cualquier rastro de emociones propias de quienes son más maduros que lo que éramos nosotros en aquel entonces. Las navidades estaban cerca.

Llegamos a un claro de bosque, justo casi al medio del frondoso verde. En el camino recogimos cuántas moras pudimos. Allí mismo, en el claro, descansamos unos momentos.

– Creo que con estas es más que suficiente — dijo con tono tranquilo mientras señalaba una cubeta casi llena que el había cargado. La mía estaba más o menos debajo de la mitad.
– Si — afirmé

Silencio de nuevo. No era un silencio malo, era más bien uno cómplice, como la antesala de algo que sabes que va a ocurrir y que te emociona pero te contienes de mencionar hasta que simplemente ocurre. Y así pasó.

– Creo — dijo bajito, casi en un susurro — que tenemos algo de tiempo libre.

Entendí inmediatamente lo que quería y no me hice de rogar. Me estiré y así como estábamos, sentados uno al lado del otro, nos besamos. Sus labios me parecían tan familiares ahora. Su sabor, su aroma, la textura suave y carnosa me eran tan reconocibles como los míos propios, y sentía que, al igual que nuestros cuerpos, encajaban a la perfección los unos sobre los otros, como hechos a medida y destinados a encontrarse.

Sólo se oía el viento entre los arboles y el cantar de los pajaritos que seguramente observaban la escena con deleite.

Sus manos recorrían mi cuerpo y las mías el suyo. Siempre sobre la ropa, como si sólo bastara con eso y el contacto de nuestros labios. Y en cierta forma era así, pero los impulsos te empujan más allá de lo que necesitas realmente; te empujan a lo que deseas, a lo que quieres. Así mis dedos buscaron espacio entre la cinta de su ropa hasta encontrar su pubis, sus vellos. El imitó el movimiento buscando por el lateral, a la altura de mis caderas y peligrosamente cerca de mi retaguardia. Seguí bajando hasta encontrar su miembro, palpitante, deseoso de atención. Con cierta incomodidad y sin dejar de besarnos, yo me encontraba masturbándolo mientras el acariciaba mis nalgas con un suave pero intenso masaje.

Una a la vez. Ambas al mismo tiempo. A veces un poco más cerca del interior.

Me tenía con la piel hirviendo en deseo. Nunca mi cuerpo había sido explorado de esa manera, con tanto descaro, y la verdad es que me gustaba demasiado la sensación. Estaba totalmente entregado.

Jose pareció leer mi pensamiento y en un susurro me indicó que me diera vuelta. Sin dudar, sin cuestionar sus palabras, obedecí.

Sentí los besos en la espalda, en el cuello, y de pronto sus manos bajaron mis ropas hasta la altura de las rodillas, dejando mi desnudez al aire.

Escuché un suspiro profundo salir de sus labios cuando mi culo estuvo a su disposición, y un pequeño gemido salió de los míos cuando sus manos retomaron la faena de hace unos momentos, esta vez directo sobre la piel. Presionaba su pene, el cual había desnudado, justo en la raja, buscando titubeante el interior. Sentí la humedad de su liquido preseminal como si un pincel sobre un lienzo fuera.

De pronto, sus labios comenzaron a descender mientras su dedos se hundían en la calidez de mi trasero. Cuando su rostro estuvo a la altura, separó ligeramente con sus dedos y recorrió de arriba a abajo con la lengua. Dios. Sentí mi cuerpo estremecerse por completo, lo que pareció ser una señal para que Jose se atreviera a más, hundiendo su boca y rostro se con desesperación en mis cavidades para probar cada rincón.

XXXXXXXXXX

 

Hola amigos. Volví después de unos meses. Espero poder seguir escribiendo con regularidad.

Ya saben, dejen apoyo en los comentarios si quieren parte II, y pueden pasar a leer los otros relatos que tengo publicados.

Xoxo

 

12 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por samuel.hgh
Etiquetas: amigos, hermano, hermanos, hijo, madre, maduros, padre, sexo
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