Mi hermano mayor 7
Después de nuestra reconciliación surgen nuevas oportunidades..
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La luz de la mañana se colaba por la rendija de la cortina, dibujando una línea dorada sobre la cama desordenada. Mis párpados pesaban como plomo, pero algo me había sacado del sueño. Quizá el dolor. Quizá el calor del cuerpo que me envolvía.
Esteban estaba pegado a mi espalda, su pecho presionando contra mis omóplatos, un brazo pesado cruzado sobre mi cintura. Su respiración era lenta, profunda, todavía sumida en el alcohol y el cansancio. Pero yo no podía volver a dormir.
Cada vez que intentaba girarme, una punzada aguda me recorría desde el coxis hasta la base de la columna. La noche anterior había sido brutal. No la primera parte, cuando yo le chupé la polla con desesperación contenida, sino después. Cuando él, cegado por los celos y la cerveza, me había empotrado contra el colchón sin miramientos.
Recordaba sus embestidas salvajes, la forma en que me había partido en dos sin lubricante suficiente, sin la paciencia que solía tener cuando estábamos bien. Recordaba mis lágrimas silenciosas contra la almohada, la mezcla de dolor y placer que no sabía si quería seguir sintiendo.
Y también recordaba lo que le había dicho antes de dormir: *»Te amo»*. Y él me lo había devuelto.
Pero el amor no dolía así. Al menos, no debería.
Intenté moverme de nuevo, esta vez con más determinación. Un gemido se escapó de mis labios antes de que pudiera contenerlo, agudo y lastimero.
—¿Dany?
La voz de Esteban sonó ronca, rasposa, como si hubiera estado tragando vidrio. Sentí cómo su cuerpo se tensó detrás del mío, cómo sus brazos me apretaron un momento antes de que se apartara lo suficiente para verme la cara.
—¿Estás bien? —preguntó, aunque sus ojos vidriosos y su ceño fruncido delataban que ya sabía la respuesta.
—Me duele —admití, sin fuerzas para mentir.
Él se incorporó de golpe, como si mi voz lo hubiera electrocutado. La sábana cayó revelando su torso desnudo, los músculos de sus hombros tensos, la línea de vello oscuro que bajaba desde su ombligo hasta donde sabía que su pene aún descansaba semiduro.
—¿Dónde? —preguntó, y su tono era tan urgente que parecía el de un médico en una sala de emergencias.
—Ahí abajo —respondí, sintiendo el calor subir a mis mejillas—. En el… ya sabes.
Esteban no necesitó más explicaciones. Sus manos, grandes y cálidas, se posaron sobre mi cadera con una suavidad que no le conocía. Con movimientos lentos, casi temblorosos, me fue girando hasta quedar boca arriba. No protesté. El dolor me había dejado sin voluntad.
Me miró de arriba abajo. Yo estaba desnudo, la sábana apenas cubriendo mis piernas. El moretón oscuro en mi cadera derecha —producto de sus dedos la noche anterior— contrastaba con mi piel pálida. Esteban lo vio. Frunció los labios.
—Te lastimé —dijo. No era una pregunta. Era una constatación llena de culpa.
—Un poco —respondí, intentando quitarle hierro al asunto.
—No fue un poco, Dany. Fui un imbécil.
Pasó una mano por su rostro, restregándose los ojos como si quisiera borrar la imagen de lo que había hecho. Luego, sin decir nada más, bajó sus manos hasta mis piernas y las separó con una delicadeza que contrastaba con su fuerza habitual.
—Déjame ver.
—Esteban…
—Déjame ver —insistió, y esta vez su voz era suave pero firme.
Me quedé quieto. Sentía las sábanas frías bajo mis nalgas y la mirada de mi hermano escudriñando la parte más íntima de mi cuerpo. Era humillante, pero también extrañamente íntimo. Él había estado allí dentro horas antes. Ahora lo examinaba como si fuera algo precioso que había roto sin querer.
—Está un poco inflamado —murmuró, más para sí mismo que para mí—. Y enrojecido. Dany… no debí seguir cuando vi que llorabas.
—Tú no viste que lloraba —lo corregí—. Me escondí contra la almohada.
—Eso es peor. Mucho peor.
Dejó caer la cabeza sobre mi muslo. Sentí su respiración cálida contra mi piel, y por un momento pensé que también lo vi temblar. Mi hermano mayor, el que me había defendido de medio barrio, el que me había poseído cien veces con una seguridad arrolladora, estaba ahí, derrumbado, con la cara pegada a mi ingle.
—Perdóname —susurró—. Por favor, perdóname.
—Ya te perdoné —respondí, y era verdad—. Solo… no vuelvas a ignorarme así. Y no vuelvas a beber tanto si vas a cogerme.
Levantó la cabeza y me miró. Tenía los ojos rojos, pero no del alcohol. Había lágrimas ahí, o algo muy parecido.
—No lo haré —dijo—. Te lo juro.
Lo besé. Fue un beso torpe por el ángulo, pero sentí que necesitaba hacerlo. Necesitaba que supiera que no estaba enfadado, que no me iba a ir, que él seguía siendo el centro de mi mundo.
Cuando nos separamos, su mano seguía apoyada en mi muslo. Y entonces lo sentí: su pene, que había estado dormido, comenzaba a presionar contra mi pierna. No pude evitar sonreír.
—¿En serio? ¿Ahora? —pregunté con una ceja levantada.
—No puedo evitarlo —se excusó, sonrojándose como un niño—. Eres tú. Tu olor. Tu piel. Verte así, desnudo y rendido… me pone a mil.
—Estoy lastimado —le recordé.
—Lo sé. Por eso no voy a hacer nada.
Pero su erección crecía segundo a segundo, gruesa y caliente contra mi muslo. Podía sentirla palpitar, podía ver la cabeza asomando por encima de su boxer gris, húmeda ya con una pequeña gota de precum.
—Déjame chupártela —ofrecí, incorporándome un poco sobre los codos.
—Dany, no hace falta…
—Yo quiero.
No esperé su respuesta. Me giré con cuidado —el dolor seguía ahí, pero era soportable— y me coloqué entre sus piernas. Él ya estaba sentado contra la cabecera de la cama, los brazos caídos a los costados, como si no supiera qué hacer con ellos.
Bajé su boxer despacio. Su pene saltó libre, enorme como siempre, la cabeza rojiza y brillante. Olía a él, a sexo, a la noche anterior. Olía a hogar.
—Eres tan hermoso —murmuré antes de inclinarme.
Lamí la cabeza con la punta de la lengua, apenas rozándola. Él soltó un suspiro tembloroso. Hice un recorrido lento por todo el borde, saboreando esa piel tan suave que cubría un músculo tan duro. Luego bajé por el tronco, lamiendo la vena que le cruzaba por debajo, sintiendo cómo se tensaba bajo mi lengua.
—Dany… —gimió, y su voz era una súplica.
Tomé la cabeza entre mis labios y succioné suavemente. Solo la cabeza. Mi lengua jugaba con el hueco, con esa pequeña hendidura de donde seguía brotando líquido preseminal. Sabía salado, ligeramente amargo, pero me encantaba.
Empecé a bajar lentamente, centímetro a centímetro, sintiendo cómo su pene llenaba mi boca. Ya no tenía arcadas como al principio. Mis meses de práctica con él, con William, con Sergio me habían enseñado a relajar la garganta, a respirar por la nariz mientras me llenaba de carne caliente.
Cuando llegué a la mitad, me detuve. Subí. Bajé. Subí de nuevo. Establecí un ritmo pausado, casi perezoso, mientras mis manos masajeaban sus bolas, pesadas y llenas.
—Hoy no quiero venirme en tu boca —dijo de repente, con la voz entrecortada.
Me aparté lo suficiente para verle la cara. Tenía los ojos entornados, las mejillas sonrosadas, el labio inferior mordido.
—¿Dónde quieres venirte? —pregunté, aunque ya me imaginaba la respuesta.
—Quiero estar dentro de ti. Pero con cuidado. Muy despacio.
—Esteban, me duele…
—Lo sé. Por eso no voy a moverme. Solo quiero sentirte. Tú controlas todo. Tú decides cuánto, hasta dónde. Si duele, paramos. ¿De acuerdo?
Lo pensé unos segundos. Mi ano aún ardía de la noche anterior, pero también había algo en mí que necesitaba esa conexión. Necesitaba sentirlo dentro, aunque fuera solo un momento. Para recordar que el sexo también podía ser tierno. Que él también podía ser tierno.
—De acuerdo —dije—. Pero despacio.
—Más despacio que despacio.
Sonreí. Me incorporé con cuidado y me giré de espaldas a él. Iba a montarlo. Así controlaba yo la profundidad, la velocidad, el ángulo. Él solo tendría que quedarse quieto y disfrutar.
Me coloqué a horcajadas sobre sus caderas, sintiendo su pene caliente presionando contra la base de mis nalgas. Esteban puso sus manos en mi cintura, pero sin apretar, solo como un punto de apoyo.
—Ve lento —murmuró—. Tómate tu tiempo.
Me levanté un poco, tomé su miembro con una mano y lo guíe hacia mi entrada. Noté cómo la cabeza rozaba el exterior, todavía sensible. Di un pequeño respingo.
—¿Te duele? —preguntó al instante.
—Un poco. Pero sigue.
Presioné suavemente. La cabeza entró con cierta resistencia, y un gemido se escapó de mis labios. No era un gemido de placer puro. Había dolor ahí, un ardor sordo que me recordaba el maltrato de la noche anterior.
—Para —dijo Esteban—. Para, Dany.
—No, espera…
—Te estás haciendo daño.
—Solo un segundo. Déjame acostumbrarme.
Cerré los ojos y respiré hondo. Sentía su cabeza dentro de mí, caliente, latiendo ligeramente. Mi cuerpo se resistía, pero mi mente necesitaba seguir. Aflojé los músculos de la pelvis, conscientemente, como me había enseñado él meses atrás. Poco a poco, la tensión fue cediendo.
—Ya —susurré—. Ahora me bajo un poco más.
Bajé dos centímetros. La sensación seguía siendo intensa, pero el ardor había bajado de intensidad. Esteban estaba inmóvil debajo de mí, las manos quietas sobre mis caderas, los nudillos blancos de la tensión contenida.
—¿Cómo te sientes? —preguntó, con la voz ronca.
—Lleno —respondí, y era verdad—. Me siento lleno.
—Eres increíble, ¿lo sabías?
Sonreí y seguí bajando. Poco a poco, centímetro a centímetro, fui engullendo toda su longitud. Cuando por fin sus bolas tocaron mis nalgas, dejé escapar un suspiro largo. Lo tenía todo dentro. Cada palmo de su carne caliente estaba alojada en mi interior.
—Mierda —jadeó Esteban—. Eres tan apretado. Y tan caliente. Siempre lo eres, pero hoy…
—¿Hoy qué?
—Hoy más. Quizá porque sé que te duele. Porque sé que te estoy pidiendo un esfuerzo.
—Me gusta hacer esfuerzos por ti.
Moví la cadera en un círculo lento. Su pene se desplazó dentro de mí, rozando paredes que todavía estaban sensibles. Un escalofrío me recorrió la espalda. No era dolor puro. Era algo más complejo. Una mezcla de molestia y placer que me hacía sentir vivo.
—¿Puedo moverme? —pregunté.
—Si tú controlas, puedes hacer lo que quieras.
Empecé a subir y bajar, movimientos cortos, de apenas un par de centímetros. Su pene entraba y salía con dificultad, arrastrando consigo la poca lubricación que quedaba de la noche anterior. Pero poco a poco, mis propios fluidos comenzaron a hacer su trabajo, y el deslizamiento se volvió más suave.
—Así… —gimió Esteban, apretando mis caderas sin querer—. Así, así…
Aceleré un poco. No mucho. Lo justo para que el placer empezara a opacar el dolor. Mis manos descansaban sobre su pecho, sintiendo los latidos de su corazón acelerados. Él tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, la boca entreabierta.
Era hermoso. Y era mío.
—Esteban —lo llamé.
Abrió los ojos.
—Te amo —dije.
—Y yo a ti. Más de lo que puedes imaginar.
Seguí moviéndome sobre él, sintiendo cómo su pene se hinchaba ligeramente dentro de mí, señal de que estaba cerca. Pero no quería que terminara todavía. Quería alargar este momento de paz, de conexión pura, donde no había violencia ni apuros ni malentendidos.
—¿Te gusta? —pregunté, imitando las palabras que él solía decirme.
—Me encanta —respondió con una sonrisa torcida—. Me encanta verte así, encima de mí, tan seguro de ti mismo. Me encanta que tomes el control.
—¿No te molesta?
—Para nada. Hay algo muy sexy en que mi hermanito me monte como si fuera su juguete.
Me reí, y la risa hizo que mi interior se contrajera alrededor de su pene. Él gimió, agarrándose a mis caderas como si fuera a desmayarse.
—No hagas eso —pidió, aunque sus ojos decían todo lo contrario.
—¿Esto? —Volví a reír, a propósito esta vez.
—Dany…
—¿Qué? ¿No te gusta?
Me empujó hacia arriba con las caderas, sin violencia, solo para cambiar el ángulo. Su pene se hundió en un punto diferente y un gemido agudo escapó de mi boca. Ese. Ese era el punto exacto. El que me hacía ver estrellas.
—Ahí —jadeé—. Ahí, otra vez.
Él repitió el movimiento, empujando hacia arriba mientras yo bajaba. Un chispazo de placer me recorrió desde el coxis hasta la nuca. El dolor había desaparecido por completo. Solo quedaba él, dentro de mí, llenándome como solo él sabía hacerlo.
—Voy a venirme —anunció, con la voz rota—. ¿Dónde quieres?
—Dentro —respondí sin dudar—. Quiero sentirte dentro.
Dio tres embestidas más, profundas, pausadas, y entonces lo sentí. Su pene se hinchó, dio un último latido, y una oleada de calor inundó mi interior. Chorros y chorros de semen caliente llenándome, goteando por sus bolas, empapando la cama bajo nosotros.
Se dejó caer contra el cabecero, jadeando, las manos todavía en mis caderas. Yo seguía sentado sobre él, sintiendo cómo su miembro se ablandaba lentamente dentro de mí, cómo su semilla se filtraba por los bordes.
—Dios… —murmuró—. Eres perfecto.
Me incliné hacia él y lo besé. Podía saborear su propia saliva, y la mía, y algo que era solo nosotros. Cuando me separé, tenía lágrimas en los ojos. De emoción, de alivio, de amor.
—¿Por qué lloras? —preguntó, preocupado.
—Porque te quiero —respondí—. Porque te extrañé. Porque no quiero volver a sentir que te pierdo.
—No me vas a perder. Nunca. Te lo prometo.
Me acurruqué a su lado, con cuidado de no apoyar mal la cadera. Él me envolvió con sus brazos y me pegó a su pecho. Por un rato largo, solo escuchamos nuestra respiración volverse lenta, nuestros latidos encontrarse.
Luego, Esteban habló.
—Hoy te voy a cuidar —dijo, con la voz todavía ronca pero llena de determinación—. No te levantas de esta cama. Yo te traigo el desayuno. Te preparo un baño con agua tibia para que baje la inflamación. Y te voy a dar un masaje en la espalda con crema.
—¿Y si quiero ir al baño?
—Te llevo en brazos.
—¿Y si quiero ver tele?
—Pones lo que quieras. Ergo, la tele no la pones tú, la pongo yo. Pero tú decides el canal.
Me reí. Era un Esteban que no salía a menudo: el Esteban servicial, el Esteban tierno, el Esteban que quería compensar sus errores con cariño.
—Está bien —acepté—. Pero también quiero que desayunes conmigo.
—Eso ya estaba planeado.
Bajó a la cocina y regresó diez minutos después con una bandeja humeante. Había preparado panqueques con miel, jugo de naranja recién exprimido y una taza de leche con chocolate. Me dio de comer en la cama, sentado a mi lado, mientras con la otra mano me acariciaba el muslo desnudo.
—¿Sabes? —dijo entre bocado y bocado—. Creo que lo nuestro puede funcionar. A pesar de todo. A pesar de mí.
—A pesar de los dos —lo corregí—. También soy un desastre.
—Tú eres un desastre adorable. Yo soy un desastre a secas.
Terminamos de desayunar y él cumplió su promesa: me llevó al baño en brazos, llenó la tina con agua tibia y añadió sales de baño que encontró en el armario de mamá. Me sumergí con cuidado y él se sentó en el borde, mojándome la espalda con una esponja.
—¿Esto duele? —preguntaba cada vez que me tocaba.
—No —respondía yo cada vez.
Fue un baño largo, tranquilo. Él me lavó el pelo con ese champú que sabía que me gustaba, me enjuagó la espalda, me ayudó a secarme cuando la piel ya estaba arrugada como una pasa. Me envolvió en una toalla grande y me devolvió a la cama.
—Ahora el masaje —anunció, frotándose las manos con crema hidratante.
Me acosté boca abajo y él empezó a trabajar mi espalda con movimientos lentos, circulares, sin apretar demasiado. Sus manos eran cálidas y seguras, y poco a poco fui sintiendo cómo los nudos de tensión se disolvían.
Cuando llegó a la parte baja de la espalda, cerca del coxis, se detuvo.
—¿Te duele aquí? —preguntó.
—Un poco. Pero tu masaje ayuda.
—Entonces sigo.
Pasó otros veinte minutos sobre mí, deshaciendo cada contractura, cada molestia. Cuando terminó, me di la vuelta y lo miré. Estaba sudando ligeramente, concentrado como si hubiera estado haciendo un examen.
—Eres un enfermero excelente —bromeé.
—Solo con mis pacientes favoritos.
Me besó la frente y se recostó a mi lado. El sol de mediodía entraba ya por la ventana, y la cama olía a nosotros, a crema hidratante, a paz recuperada.
Estábamos bien. O al menos, estábamos mejor.
Pero entonces, el teléfono de Esteban vibró sobre la mesita de noche.
Él lo miró. Frunció el ceño. Y sin decir nada, me lo mostró.
En la pantalla, un mensaje de Sergio.
*«¿Podemos hablar? Necesito verlos. Es importante.»*
El ambiente cambió en un segundo. El aire se volvió más denso. La paz se quebró como un espejo al que le acaban de lanzar una piedra.
Esteban guardó el teléfono sin responder. Me miró, y aunque no dijo nada, yo sabía lo que estaba pensando. Porque yo lo estaba pensando también.
Sergio seguía ahí, esperando.
Y pronto tendríamos que decidir si dejarlo entrar o echarlo para siempre.


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