Mi hermano mayor 8
El reencuentro con Sergio es mejor de lo esperado..
Pueden encontrar las partes anteriores en mi perfil.
Esteban guardó el teléfono sin responder. Pero su mandíbula se tensó. Lo conocía demasiado bien para no notarlo. Ese músculo que se marcaba en su mejilla, justo antes de que explotara.
—No le contestes —dije, deslizando mis dedos por su antebrazo.
—No pienso hacerlo.
—Entonces…
—Entonces nada. Hoy es nuestro día. Que se joda.
Quiso volver a recostarse en mis piernas, como si nada hubiera pasado. Yo seguí acariciando su cabello por inercia, pero mi mente ya estaba en otro lugar. Mis dedos jugaban con sus mechones castaños mientras sentía su peso sobre mis muslos desnudos. La película seguía sonando, pero ninguno de los dos la miraba.
Yo solo podía pensar en Sergio. En la forma en que me había besado. En cómo sus manos grandes me habían sostenido con una delicadeza que contrastaba con su cuerpo imponente.
Pasaron veinte minutos. Tal vez treinta.
Entonces se escuchó el timbre de la puerta.
Esteban levantó la cabeza de golpe, su nuca rígida. Me miró. Yo lo miré.
—No puede ser —murmuró, y en su voz había algo que no escuchaba desde hacía días: miedo.
—Quizá es tu mamá…
—Mi mamá tiene llaves.
El timbre sonó otra vez. Más insistentemente. Como si el que estaba afuera supiera que estábamos ahí y no pensara irse.
Esteban se levantó de la cama sin decir palabra. Se puso unos boxers grises que marcaban la forma de su medio pene—todavía dormido, pero presente—y una camiseta negra que encontró en el suelo. Yo me cubrí con la sábana hasta el cuello, el corazón latiéndome en la garganta como un pájaro atrapado.
—Quédate aquí —ordenó. No era una orden cruel. Era para protegerme. Pero aún así, sus dedos temblaron un segundo al tocarme el hombro antes de irse.
Salió de la habitación. Escuché sus pies descalzos bajando las escaleras. La madera crujió bajo su peso. Contuve la respiración.
La puerta se abrió.
Silencio.
Un silencio que duró demasiado. Un silencio que pesaba como una losa.
—¿Qué carajo haces aquí, Sergio? —la voz de Esteban llegó cortante como un cuchillo.
—Necesito hablar con ustedes. Con los dos.
—Ya te dije que no.
—Esteban, por favor. No vine a pelear.
—Entonces ¿a qué viniste?
Otra pausa. Podía imaginarme a Sergio en el umbral. Las manos en los bolsillos. Su mandíbula apretada. Esos ojos negros que me habían mirado con tanta intensidad aquella tarde.
—A disculparme —dijo al fin. Su voz temblaba, pero apenas—. En serio. Lo que hice estuvo mal. Mentirle a Dany sobre lo que sentías… hacerme el enamorado para poder follármelo… No estuvo bien.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero quería decirlo. En persona. Frente a los dos. Mirándolos a los ojos.
No pude quedarme en la habitación ni un segundo más.
A pesar del dolor en mi cadera—esa punzada sorda que me recordaba lo de anoche—, me levanté. La sábana cayó al suelo. Me puse la camiseta enorme de Esteban, la que siempre usaba para dormir. Me llegaba hasta la mitad de los muslos. No llevaba nada debajo.
Bajé las escaleras con cuidado, agarrándome del pasamanos. Cada escalón era un pequeño recordatorio del sexo rudo de la noche anterior.
Ambos me vieron al mismo tiempo.
Esteban frunció el ceño, preocupado. Dio medio paso hacia mí, como si quisiera ayudarme. Pero Sergio… Sergio me miró como si fuera la primera vez que me veía. Sus ojos recorrieron lentamente mis piernas desnudas, la camiseta holgada que apenas me cubría las nalgas, mi pelo revuelto, mis pezones marcándose contra la tela fina.
Vi cómo tragaba saliva. Cómo sus manos se cerraban en puños dentro de los bolsillos.
—Dany… —dijo, y en su voz había algo ronco. Algo que no era solo arrepentimiento.
—Está bien —corté, apoyándome en la pared—. Habla. Estamos escuchando.
Sergio pasó una mano por su cabello negro. Nervioso. Llevaba unos jeans negros apretados que ya empezaban a formar una pequeña joroba en la bragueta. Una camiseta blanca que marcaba sus brazos musculosos, el pectoral derecho, un abdomen que recordaba perfectamente.
—Siento haber sido un manipulador de mierda —empezó, sin apartar los ojos de los míos—. Siento haberle dicho a Esteban que tú querías estar conmigo cuando no era cierto. Siento haber actuado como si tuviera derecho a tu culo solo porque me gustabas desde niño.
—¿Desde niño? —pregunté, aunque ya lo sabía. Quería oírlo decir otra vez.
—Desde que te vi jugando en el patio de tu casa. Tendrías… once años, tal vez. Doce. No lo sé. Íbas con unos shorts azules y una camiseta blanca. Te caíste de un árbol y lloraste. Y yo quise ser quien te levantara del suelo.
El silencio se hizo más denso.
Esteban dio un paso al frente, interponiéndose entre Sergio y yo. Su cuerpo tapó la visión de Sergio.
—Ya escuchaste su disculpa —dijo con voz fría—. Ahora puedes irte.
—Espera —intervine.
Ambos me miraron.
Me separé de la pared y caminé hacia ellos. Sentía cada paso en mi cadera, pero no iba a quedarme atrás. Cuando estuve frente a Sergio, lo miré fijamente a los ojos. Estábamos tan cerca que podía oler su perfume. Algo amaderado. Algo cálido.
—¿Todo lo que sentiste aquella vez fue verdad? —pregunté—. ¿O también fue parte de tu mentira?
Sergio tragó saliva. Su nuez subió y bajó. Sus ojos se humedecieron apenas.
—Fue verdad. Cada palabra. Cada caricia. Cada gemido que te arranqué. La forma en que temblabas cuando me corrí dentro de ti. No mentí en eso. Solo mentí después, cuando tuve miedo de perderlos a los dos.
Esteban soltó una risa amarga. Perra. Corta.
—¿Sabes qué es lo peor? —dijo, mirando a su mejor amigo—. Que te creo, hijo de puta. Te creo.
—¿Entonces?
—Entonces no sé qué mierda hacer con eso.
Sergio dio un paso al frente. Ya estábamos los tres muy cerca. Demasiado cerca. Podía sentir el calor de sus dos cuerpos. Podía oler la mezcla de sus perfumes.
—Déjame demostrarte que puedo ser diferente —pidió Sergio, mirándome a mí, pero hablándole a Esteban—. No quiero quitarle nada. Solo quiero un lugar. El que ustedes me den. Un rincón. Una noche a la semana. Lo que sea.
Mi corazón latía con fuerza. Podía sentirlo en las sienes. En el cuello. Entre las piernas.
Miré a Esteban. Él me miró. En sus ojos vi la pregunta silenciosa de siempre: *¿Tú qué quieres?*
—Una condición —dije, volviéndome hacia Sergio.
—La que sea. Dime.
—Nada de secretos. Nada de mentiras. Si vuelves a manipularnos… desapareces para siempre. No solo de nuestra casa. De nuestras vidas.
—Acepto.
—Y esta vez —interrumpió Esteban, acortando la distancia hasta que su pecho casi rozó el de Sergio—, esta vez las reglas las ponemos nosotros. ¿Entendido?
Sergio asintió. Pero no apartaba los ojos de mí.
—¿Puedo…? —preguntó, extendiendo una mano hacia mi rostro.
Yo no dije que sí. Pero tampoco dije que no.
La yema de su dedo rozó mi mejilla. Fue un roce tan suave que parecía mentira que esas manos me hubieran sostenido con tanta fuerza apenas unos días atrás. Su pulgar acarició mi pómulo. Mi piel se erizó.
Esteban observaba, mordiéndose el labio inferior. No interfirió. Pero vi cómo su mano bajó hasta su propia entrepierna, cómo se acarició por encima del boxer.
—Estás hermoso —susurró Sergio.
—Estoy despeinado y con una camiseta enorme —respondí, sin poder evitar una pequeña sonrisa.
—Por eso. Porque es tuya. Porque hueles a él. Porque sé lo que hay debajo.
El cumplido me llegó directo al estómago. Sentí un calor húmedo entre mis piernas. Me mordí el labio.
Y entonces, sin pensarlo, Esteban hizo algo que ninguno de los dos esperaba. Tomó a Sergio por la nuca—con fuerza, con posesión—y lo empujó hacia mí.
—Bésalo —le ordenó. Su voz era grave. Autoritaria. Y estaba completamente erecto. Los boxers grises no escondían nada.
—¿Qué? —pregunté, aunque ya sabía lo que iba a pasar.
—Si vas a estar con nosotros —dijo Esteban, acariciándose el bulto con una mano mientras con la otra sostenía a Sergio—, quiero ver cómo lo besas. Quiero ver cómo le chupas la boca. Quiero ver si de verdad te gusta o solo querías probar un culo virgen.
Sergio no lo dudó. Ni un segundo.
Inclinó la cabeza y sus labios encontraron los míos.
No fue el beso dulce de aquella tarde en la cocina. No fue el beso tímido de la primera vez.
Fue un beso hambriento. Contenido durante años. Su lengua pidió paso y yo se lo di. Abrí los labios y la deslizó dentro, encontrándose con la mía, bailando, lamiendo, saboreando. Sus manos subieron a mi cintura, pero no se atrevieron a bajar. Aún no.
Yo gemí contra su boca. Un gemido pequeño, agudo, que se perdió entre nosotros.
Esteban miraba, con los brazos cruzados y los dedos tamborileando sobre su propio antebrazo. Pero no apartaba los ojos de nosotros. Su boca estaba entreabierta. Vi cómo se lamía los labios.
Cuando Sergio me soltó, los dos estábamos respirando con dificultad. Mi camiseta se había subido un poco. Mis muslos estaban al aire. Mi pene—semiduro, goteando—apenas se asomaba por debajo del dobladillo.
—Así que era verdad —murmuró Esteban. Su voz era ronca. Tenía los ojos vidriosos—. Ahora bésame a mí.
Sergio giró la cabeza, sorprendido.
—¿Qué?
—Dije que me beses. —Esteban dio un paso al frente, acorralándolo contra la pared—. ¿No querías un lugar con nosotros? Pues demuestra que puedes con los dos. Porque a mí no me vas a tener en una esquina mirando mientras te follas a mi hermano. Si entras, entras con todo.
Por un segundo, creí que Sergio iba a negarse. Él siempre había mostrado interés en mí, nunca en Esteban.
Pero esta vez… esta vez lo vi dudar. Lo vi mirar los labios de mi hermano. Luego sus ojos. Luego otra vez sus labios.
Y luego, sin decir nada, los besó.
No fue un beso casto. No fue rápido.
Sergio tomó a Esteban de las mejillas—con una delicadeza que no sabía que tenía—y juntó sus bocas. Al principio fue solo un roce. Un tanteo. Pero luego Esteban abrió los labios y Sergio metió la lengua, y el beso se volvió húmedo, sucio, profundo.
Yo los miraba, hipnotizado. Mi pene ya estaba completamente duro, asomándose por completo por debajo de la camiseta. Goteaba sobre mis muslos.
Cuando se separaron, ambos estaban jadeando. Los labios brillantes de saliva.
Esteban sonrió. Una sonrisa peligrosa. De depredador.
—Bien —dijo, y su mano bajó hasta la cintura de su boxer, metiéndose por dentro. Lo vi acariciarse. El bulto se movía bajo la tela—. Creo que es hora de cerrar la puerta.
—¿Tus padres? —preguntó Sergio, la voz temblorosa. Pero no era miedo. Era otra cosa.
—No vuelven hasta la noche. Tenemos horas.
Esteban caminó hacia la puerta principal con pasos lentos, deliberados. La cerró con llave. No contento con eso, corrió la cortina que daba a la calle. Luego la otra. Luego la de la ventana de la cocina.
Cuando se dio la vuelta, sus ojos brillaban. Sus boxers estaban manchados en la punta. Un pequeño círculo húmedo.
—Mira lo que provocaste, Sergio —dijo, avanzando hacia nosotros como un lobo—. Mira lo que hiciste. Tuviste que venir a remover todo otra vez. Teníamos una mañana perfecta. Yo estaba dentro de él anoche. Lo tenía todo. Y tú llegaste con tus disculpas de mierda y tus ojitos de perro arrepentido.
—Yo solo quería…
—Lo sé. Querías follártelo otra vez. Querías sentir su culo alrededor de tu polla. Querías venirte dentro de él mientras yo miraba, como la otra vez.
Sergio no negó nada. Solo bajó la mirada.
Esteban me tomó de la cintura—sus dedos ardían contra mi piel—y pegó mi espalda contra su pecho. Su erección presionaba contra mi coxis. Sentí el calor a través de la tela. Sentí el húmedo.
Sus labios encontraron mi cuello, mordiendo suavemente ese punto justo detrás de la oreja que sabía que me volvía loco. Yo gemí, dejando caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en su hombro.
—¿Ves lo que haces? —me susurró Esteban al oído, pero mirando a Sergio—. Lo tienes completamente hipnotizado. Mira sus pantalones. Mira lo duro que está solo por verte a ti.
Sergio nos miraba, paralizado. La boca ligeramente abierta. Los pantalones notablemente ajustados. Una mancha húmeda crecía en la tela de sus jeans.
—Dany —susurró Esteban contra mi piel, lamiendo el lóbulo de mi oreja—, baja los pantalones de Sergio. Quiero verlo. Quiero ver cómo tiembla cuando lo tocas.
—¿Yo? —pregunté, aunque ya me estaba separando de él.
—Tú. Nadie más puede hacerlo.
Mi corazón se aceleró. Caminé hacia Sergio con pasos lentos, sintiendo la mirada de Esteban en mi espalda. Cuando estuve frente a él, lo miré a los ojos. Tenía las pupilas dilatadas. Respiraba por la boca.
—¿Me dejas? —pregunté, con una voz que no reconocí como mía. Era ronca. Era segura.
—Por favor —respondió él. Apenas un susurro.
Mis dedos temblorosos bajaron al botón de sus jeans. Lo desabroché. El metal hizo *click*. Bajé la cremallera lentamente, diente por diente. Podía ver la tela blanca de su boxer, el bulto enorme que apenas contenía.
Me arrodillé.
Las baldosas estaban frías contra mis rodillas, pero no sentía nada más que el calor de su cuerpo cerca de mi cara.
Bajé sus jeans. Luego sus boxers.
Y su polla salió disparada.
Era enorme. Gruesa. Más gruesa que la de Esteban en la base. El piercing en la cabeza brillaba bajo la luz mortecina de la sala. Olía a jabón, a hombre, a deseo.
La tenía completamente erecta, con la cabeza morada y una gota de precum resbalando por el costado.
—Joder —murmuró Esteban detrás de mí. Lo escuché acercarse—. Qué bestia.
Envolví los testículos de Sergio con una mano. Eran pesados, calientes. Los acaricié mientras con la otra mano tomaba su pene. Apenas podía rodearlo con mis dedos.
Sergio soltó un gemido grave. De esos que nacen en el pecho. Cerró los ojos y apoyó la frente en la pared.
—Ábrelos —ordenó Esteban. Ya estaba a mi lado, arrodillándose junto a mí—. Quiero verlo mirarte mientras se lo chupas.
Sergio abrió los ojos. Me miró. Tenía lágrimas en las pestañas.
—Chúpalo —dijo Esteban, con la voz ronca—. Y hazlo bien.
Acerqué mi boca a la cabeza de su polla. Pasé la lengua por el piercing, jugando con él, sintiendo el metal frío contra el calor de su piel. Él gimió otra vez, más agudo. Su mano fue a mi cabello, pero no empujó. Solo se quedó ahí, temblando.
Comencé a chupar.
Introduje su cabeza en mi boca poco a poco. Era tan gruesa que tuve que esforzarme para que cupiera. Mi mandíbula se estiró. Mis labios se tensaron alrededor de él. Tragué saliva y bajé un poco más.
—Así me gusta —dijo Esteban, y lo sentí detrás de mí, abriéndome la camiseta, dejando mi trasero al aire. Su mano acarició mis nalgas, separándolas—. Así me gusta, Dany. Cógesela toda. Que se ahogue en tu garganta.
Hice garganta profunda. O al menos lo intenté. Su polla tocó el fondo de mi garganta y mi cuerpo reaccionó con una arcada. Salí un segundo, tosiendo, babeando. La saliva resbalaba por mi barbilla.
—Tranquilo —susurró Sergio, acariciándome el cabello—. No te fuerces.
—No le digas eso —interrumpió Esteban—. Él puede. ¿Verdad que puedes, Dany?
Lo miré. Tenía los ojos encendidos. Estaba masturbándose lentamente mientras me miraba.
Asentí. Volví a meter la polla de Sergio en mi boca. Esta vez fui más lento. Tragué para lubricar. Bajé. Paré. Aguante. Bajé un poco más. La arcada volvió, pero esta vez no me aparté. La contuve. Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Joder, sí —gimió Sergio. Su cuerpo se tensó todo—. Así. Así, por favor.
Empecé a moverme. Subía y bajaba por su polla, chupando con fuerza, jugando con el piercing con la lengua cada vez que llegaba a la cabeza. El sabor salado del precum se mezclaba con mi saliva. Me encantaba.
Esteban seguía masturbándose. Lo escuchaba. El sonido húmedo de su mano sobre su propia carne. Su respiración cortada.
—No te vengas todavía —ordenó Esteban, y su voz temblaba—. No sin mi permiso.
Sergio gimió, frustrado. Sus caderas se movieron apenas, empujando hacia mi boca.
Esteban se incorporó. Lo vi caminar hacia la cocina y regresar con algo en la mano. Un aceite de cocina. Lo había usado otras veces.
—Párate —me dijo.
Obedecí. Mis rodillas crujieron. Mi boca estaba llena de saliva y del sabor de Sergio.
Esteban me dio la vuelta y me empujó contra la pared, justo al lado de Sergio. Levantó la camiseta y la metió en mi boca.
—Muerde esto —ordenó.
La mordí.
Sus dedos, mojados con aceite, encontraron mi entrada. Ungieron mis pliegues con movimientos circulares. Uno. Luego dos. Luego tres. Yo gemí contra la tela. El dolor de anoche todavía estaba ahí, pero el aceite ayudaba. Y la excitación también.
—¿Crees que ya está listo? —preguntó Esteban, mirando a Sergio.
Sergio asintió. Tenía la polla en la mano, masturbándose lentamente, sin dejar de mirarme.
—Prepáralo —dijo Esteban—. Y esta vez, quiero verlo todo.
Sergio se acercó. Me tomó de las caderas y me dio la vuelta, quedando yo de espaldas. Pero Esteban lo detuvo.
—No. Quiero verle la cara. Quiero ver cómo te recibe.
Me giraron otra vez. Ahora estaba frente a Sergio, con la espalda contra la pared. Esteban se puso detrás de mí, sosteniéndome por los hombros, susurrándome al oído.
—Va a entrar ahora. Y no va a parar hasta que yo diga.
Sergio me levantó por los muslos. Yo enganché mis piernas alrededor de su cintura sin pensar. Mi peso reposaba contra la pared. Su polla, caliente y goteando, presionaba contra mi entrada.
—Mírame —pidió Sergio.
Lo miré.
Y empujó.
Entró con una lentitud deliberada. La cabeza hizo presión, se abrió paso, y de repente estaba dentro. Yo grité contra la camiseta que todavía mordía. No era el dolor agudo de anoche. Era otra cosa. Era plenitud. Era ser llenado hasta el borde.
—Dios, qué apretado —gimió Sergio, enterrando la cara en mi cuello—. Siempre igual de apretado.
Empezó a moverse. Lentamente al principio. Sacando apenas un par de centímetros, volviendo a entrar. Estableciendo un ritmo. Pero yo necesitaba más.
Apreté mis piernas alrededor de él.
—Más rápido —susurré, soltando la camiseta.
Esteban rió detrás de mí.
—Escucha al putito. Quiere más. Dale más.
Sergio obedeció. Aceleró el ritmo. Sus embestidas se volvieron más profundas, más firmes. El sonido de su piel chocando contra la mía llenó la sala. *Clap, clap, clap.*
Yo gemía sin vergüenza. Cada vez que su polla entraba hasta el fondo, sentía un disparo de electricidad recorrer mi espalda. El piercing raspaba mis paredes internas de una forma que Esteban no podía igualar.
—Te está gustando —dijo Esteban, y su voz tenía un dejo de orgullo—. Mira cómo gime. Nunca gime así conmigo.
—Miente —alcancé a decir entre jadeos—, miente, tú…
Pero Sergio no me dejó terminar. Me besó. Otra vez esa lengua. Otra vez esa hambre. Y cuando nos separamos, él también gemía. Bajo. Grave. Como un animal.
—Me voy a venir —dijo, y su ritmo se volvió errático—, dime que puedo, por favor, dime que sí…
Esteban lo miró.
—No adentro. En su boca. Quiero verlo tragar.
Sergio gimió, frustrado, pero se apartó. Su polla salió de mí con un sonido húmedo. Yo casi lloro por el vacío.
Pero no hubo tiempo para quejarme. Esteban me tomó del cabello y me guio hacia el suelo, de rodillas otra vez. Enfrente de Sergio.
—Ábrela —dijo.
Abrí la boca.
Sergio se masturbó furiosamente durante unos segundos, hasta que vi cómo su abdomen se contrajo, cómo sus testículos se tensaron, cómo la cabeza de su polla se hinchó.
Y entonces se vino.
El primer chorro fue potente. Golpeó mi lengua. El segundo, mi paladar. El tercero, el fondo de mi garganta. Seguí trapiando. Tragando. Sin apartar los ojos de los suyos.
Cuando terminó, su polla todavía temblaba. Yo lamí la cabeza, limpiando los restos.
Esteban se arrodilló a mi lado.
—Ahora a mí —dijo, y me giró para quedar de espaldas a él, de rodillas aún—. Quiero meterla mientras todavía tengas su leche dentro.
No hizo falta que me preparara. Su polla entró de golpe, aprovechando el aceite y la lubricación que Sergio había dejado. Yo grité. No de dolor. De placer.
Me folló así, de rodillas en el suelo de la sala, mientras Sergio se dejaba caer en el sillón a mirar. Sus ojos no se apartaban de nosotros.
—Mira cómo la tiene —jadeaba Esteban, embistiendo más fuerte—. Mira cómo le gusta.
Yo ya no podía hablar. Solo gemía. Solo temblaba. Solo sentía.
Y cuando Esteban se vino dentro de mí, profundo, caliente, yo también terminé por primera vez sin tocarme. Solo con el roce de su polla. Solo con la presión. Solo con ellos.
Corrimos por el suelo de la sala. Los tres. Un desastre pegajoso que olía a sexo.
Pasaron varios minutos hasta que alguien habló.
—Esto no fue una disculpa —dijo Sergio, riendo débilmente.
—No —respondió Esteban, también riendo, mientras me ayudaba a incorporarme—. Pero servirá.
Yo me limpié la cara con el dorso de la mano y sonreí.
—¿Sergio?
—¿Dime?
—Bienvenido a casa.


Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!