Mi historia: Inicios
Una vuelta a mi pasado real. Donde les cuento cómo inicié en este mundo y las aventuras que viví desde pequeño..
Soy el autor de los relatos de este perfil y por primera vez, me gustaría contarles mi vida sexual desde el inicio hasta el presente. Todos hechos reales, de una vida que me transformó en el perv que soy hoy en día.
Yahir: inicios
El agua de la regadera caía en mi cuerpo moreno, delgado y pequeño. Mi hermano mayor, Eduardo, tarareaba a mi lado.
Él ya tenía doce años, yo solo siete, pero mi mamá insistía en seguir bañándonos juntos.
Era nuestra rutina todas las mañanas, antes de ir a la escuela a medio día. La puerta cerrada, nuestra ropa infantil tirada en el piso y nuestra mamá abajo, ajena a nosotros bajo el agua.
Solo nosotros tres. Mis abuelos paternos, que vivían en la planta baja, estaban en su trabajos. Mi papá también.
Mi hermano estaba creciendo, su cuerpo ya era el de un adolescente. Era alto, delgado y con un abdomen marcado por el fútbol. Era igual a mí, pero en lugar de tener una belleza tierna, era un preadolescente guapo.
Me hice para atrás para que me caiga más agua y topé con él. Sentí el toque de su verga dormida, me alejé sin más, ajeno a lo que estaba por provocar.
Mi hermano, se volvió a pegar a mi culito e inmediatamente sentí algo duro en mi rajita. Volteé y vi su verga ahora erecta. Hasta ese momento, las únicas vergas que había visto, eran la mía y la de mi hermano, pero siempre flácida. Así que, no comprendí porqué hoy era diferente.
— ¿Qué le pasó a tu pollito? —le pregunté de la manera más inocente—.
No me contestó. En cambio, se tapó con las manos y me pidió que salga, que necesitaba usar el inodoro.
Sin más, salí.
Al día siguiente, mientras nos desvestíamos para el baño diario. Me fijé con curiosidad en el cuerpo de mi hermano. Su verga era más grande que la mía, pero aun así, estaba pequeña y tapada por el prepucio. Seguía preguntándome, cómo hizo para que le crezca. Miré la mía pequeña, lampiña y con el prepucio tapando completamente lo que, ni siquiera sabía que se llamaba glande.
Eduardo comenzó a bañarse y cuando comenzó a enjabonarse la verga, nuevamente comenzó a crecer. Me cachó viéndolo fijamente.
— Apúrate a bañarte o te va regañar mamá. —se volteó dándome la espalda y siguió su baño—.
— Es que, no entiendo porqué se te pone así de larga.
— Porque estoy grande y ya.
— Sí, pero pasa de estar chiquita cuando te quitas la ropa a larga como un lápiz cuando te enjabonas.
Eduardo se quedó serio, me ignoró y terminamos de bañarnos. No seguí preguntando, sabía que esa cara de mi hermano, significaba que lo dejara en paz.
Dormíamos esa noche en nuestro cuarto, cada quien en su cama en cada extremo. Cuando mi hermano escuchó el seguro de la puerta de nuestros papás ponerse, se levantó y fue a despertarme.
— Yahir, Yahir.
Abrí mis ojos y se acostó a mi lado. Era una noche calurosa, ambos llevábamos pijamas de shorts cortos.
— ¿Qué es? —pregunté intentando abrir bien los ojos—.
— ¿Te acuerdas que me preguntaste en el baño?
La curiosidad me hizo despertar completamente, le asentí y me quedé expectante.
— Bueno, te voy a mostrar. Solo que no le digas a nadie, porque mamá nos va regañar.
Acepté su condición sin dudar. Sabía que mi mamá nos regañaba por todo, así que ni pregunté porqué no podía decirle a nadie. Si era un secreto para mamá, sabía que era algo emocionante.
Se levantó y cerró nuestra puerta.
— Cuando llegues a mi edad. —dijo volviendo a mi lado—. Tu pene crece, pero también se pone durito porque te gusta que lo toquen. Se siente rico.
— ¿Sí? ¿Cómo sabes?
— Issac me dijo y sí es cierto.
Issac era el mejor amigo de mi hermano, un año mayor y un chavo super vulgar para nuestros estándares de esa época.
— Pero, si me lo tocas también se pone duro. —me dijo apuntando con la cabeza su entrepierna—. ¿Quieres verlo?
Yo era super curioso a esa edad, sin preguntar nada más, llevé mi mano a su pijama. Él se paró y se bajó toda la ropa de la cintura para abajo. Su verga estaba semi erecta, acostada de lado. Era morena, con el glande de un tono rosa viejo y el tronco delgado. Le medía como doce centímetros y apenas le asomaban pelos en la base.
La tomé y sentí como iba creciendo en mi mano. Mi hermano cerró los ojos y echó la cabeza para atrás.
Por su expresión, era cierto lo de que se sentía rico.
Rápidamente, alcanzó su tamaño máximo. Me sorprendió ver que mientras crecía, el glande se iba descubriendo, a diferencia del mío tapado en todo momento.
La sentía caliente, dura y suave a la vez en mi mano. Sonreí por inercia, aunque por dentro, algo me decía que lo que estábamos haciendo estaba mal. En mi, un sentimiento de miedo y extasis iba creciendo mientras mi hermano subía su pelvis.
— Hazle así, mira. —tomó mi mano y comenzó a guiarla en su sube y baja—.
Se relamió los labios y siguió a levantando su pelvis mientras yo, iba aprendiendo a masturbarlo.
Sentía un calor en mi interior, sin saber que era mi primera vez sintiendo excitación.
— Cuando lo sigues jalando así, llega un momento que se siente muy rico y te vienes.
— ¿Qué es eso?
— Que te sale un líquido blanco por donde haces pipí. —dijo Eduardo apuntando a su uretra, mientras yo lo seguía masturbando—. Dice Issac que eso es lo que hace que las mujeres se embaracen.
— ¿En serio? ¿Ya te salió a ti?
— ¡Sí! Hace unas semanas, cuando fui a su casa, nos la jalamos juntos.
Seguí a jalándosela con más velocidad, sintiendo su trozo caliente en mi mano. No sabía porqué, pero no podía dejar de pensar en lo delicioso que se sentía y se veía esa verga adolescente. El calor de la verga de Eduardo, ya era igual al que mi propio cuerpo emitía.
Mi hermano comenzó a suspirar en voz baja. Se pegó a la base de la cama y comenzó a mover su pelvis más rápido, simulando embestir mi mano que seguía jalándosela.
— ¡Oh! Ya me voy a venir, chaparrito. —dijo Eduardo casi susurrando—.
De su verga, salieron unos chorritos casi transparentes. Eduardo bufó y me sostuvo de la mano mientras dejaba de mover su cuerpo.
Algunas gotas cayeron en mi mano, le solté la verga y me lleve la mano manchada a la nariz.
— ¿Me hiciste pipí?
Eduardo río y negó con la cabeza.
— Eso es leche, chaparro. Así me dijo Issac que le dicen.
Lo probé e hice una mueca de disgusto.
Escuchamos la puerta de mi mamá abrirse y Eduardo pegó la carrera a su cama. Se tapó sin subirse el short y ambos fingimos dormir. Mi mamá abrió la puerta, se quedó viéndonos y volvió a cerrar.
Los días después, se la seguí jalando en la baño hasta que se corriera. De pronto, él se había vuelto muy cariñoso y me rogaba cada baño que lo deslechara. Yo obediente lo hacía, además me encantaba ver su verga hincharse, a él con su cara excitada y esos chorros blancos. No era algo del que solo él sacaba provecho, a mí también me hacía sentir bien masturbarlo. No podía explicarlo, pero me sentía extasiado de hacer algo prohibido.
Un fin de semana, mis papás viajaron a una boda sin niños. Nos quedamos con nuestros abuelos, pero en la noche cayeron dormidos en su cuarto de abajo.
A media noche, mi hermano me levantó y me llevó al cuarto vacío de mis papás donde estaba la tele.
Cerró con llave y buscó Golde Edge, que para quiénes saben, ahí pasaban películas porno en la madrugada.
Mis pupilas se dilataron. Por primera vez, vi porno. Era una película vintage, con una mujer en la playa siendo clavada por dos vergas negras.
— ¡Wow! —dije acostándome en la cama—. ¿Qué hacen, Edu?
— Se la están cogiendo. Así se llama cuando desnudos se lamen sus partes y le meten a la mujer el pene. Me lo mostró Issac. —dijo mi hermano—. Siempre a esta hora ponen eso en este canal.
Mi ojos se centraron en esas erecciones enormes, entrar y salir de la vagina de esa mujer. El glande, las venas, los huevos colgantes. Desde la primera vez, supe que eras algo que yo quería intentar.
Fue la primera vez que vi una verga adulta y en mi interior, me preguntaba qué se sentiría jalársela a una de ese tamaño.
Uno de los hombres, le metió su trozo de chocolate en la boca a la mujer. Ella se atragantaba, pero su rostro lucía excitado.
Volteé a ver a mi hermano que levantaba sus cejas con orgullo de mostrarme algo prohibido.
Se quitó su short y toda ropa que llevaba puesta. Se recargó en la base de la cama de mis papás con la verga parada y comenzó a masturbarse. Sin invitación, le agarré su erección y comencé a jalarsela mientras ambos veíamos el espectáculo en la tele.
Yo no veía a la mujer, veía al negro gemir fuertemente por la mamada que recibía en ese trozo irreal. No sabía que estaban haciendo, pero parecía que le estaba gustando al hombre. Mi mirada se clavaba en la verga del negro, su glande, sus huevos y su rostro perdido en el placer.
Volté a ver a mi hermano, siseaba y subía lentamente su pelvis mientras yo seguía masturbándolo. Miré su verga en mis manitas, dura, delgada y aunque mucho más pequeña que la del actor porno, igual de bella.
Llevé mi boca a la punta de mi hermano y comencé a chupar, imitando lo que veía. Mi hermano se estremeció, pero se dejó.
Escuché que se ría y que me pida que cuide mi dientes, porque lo lastimaban.
Seguí o intenté seguir el ejemplo de la película. Solo me metía poquito más del glande, chupándolo como si fuera un helado que tanto amaba lamer. Movía mi lengua, sintiendo lo suave de su piel y dejando su glande babeado. Fue una sensación extraña, porque aunque no sabía a nada, yo no quería parar.
Mi hermano me tomó de la cabeza y comenzó a embestir mi boca subiendo su pelvis. Me atraganté y me la saqué.
Eduardo me tomó del cuello y me besó con muchas ganas.
Yo intenté besarlo, pero torpe. Solo abría y cerraba mi boca. La verdad, mi hermano mucha experiencia tampoco tenía.
Tomó las esquinas de mi playera y me la quitó sin dejarme de besar.
Ya ninguno le prestaba atención a la tele, solo teníamos tiempo para nuestros cuerpo infantiles calientes.
Aún con su lengua en mi boca, subió mi cuerpecito pequeño encima suyo. Sentí mi piel erizarse, su calor en mi abdomen ahora desnudo.
De un tirón me quitó mi pijama, dejándome con la trusa que llevaba.
Metió su mano dentro y sentí una electricidad recorrer mi cuerpo.
— Viste, ya se te pone durita. —me dijo mi hermano acariciando el palito que tenia por verga—.
Me quitó la trusa y comenzamos a frotarnos las vergas juntos. Me sentí en el cielo en ese momento, jamás había sentido tanto placer. Había una sensación repentina que iniciaba en mi penecito cada que mi hermano me tomaba del culito y nos frotaba las vergas.
La suya estaba super dura, más incluso que las veces en el baño.
Me bajó la cabeza y se la seguí mamando como pude.
Eduardo gemía igualito a los dos hombres de la tele. Echaba su cabeza para atrás y me decía lo mucho que me quería. Sentí bonito, porque nunca me había hablado así, siempre era seco.
Comenzó a bufar y alzar en espasmos su pelvis, lastimando mi boca con su verga dentro. Intenté salir, pero me sostuvo fuerte.
Comencé a quejarme, empujándolo con mis manos, pero él no me soltó hasta que lleno mi boca de sus mecos cada vez más espesos. Comencé a llorar porque sentí que me atragantaba. Escupí en el piso con la cara roja y llena de lágrimas. Él me tapó la boca, diciendo que si seguía llorando, los abuelos iban a subir.
— Ya chaparrito, perdón. —me tomó del cuello y me recostó en su pecho—. Es que me hiciste sentir rico. Pero no lo vuelvo a hacer.
Yo asentí saboreando la leche de mi hermano en mi boca. Él me dio piquitos y se levantó a limpiar el desorden del piso.
Se acostó conmigo pidiéndome perdón y desnudos, dormimos de cucharita.
Esa noche, ambos descubrimos dos cosas: que yo amaba tener la leche de mi hermano en la boca, y que él amaba correrse en mí.
Y así dio comienzo, el como mi hermano mayor me inició.


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